URGENTE Madrid, viernes, 2 de octubre
Gran éxito del II Concurso de Novela Irreverentes
El escritor español Raúl Hernández Garrido ganó, con la novela Abrieron las ventanas, el II premio Irreverentes de Novela convocado por Ediciones Irreverentes de Madrid, España. El certamen recibió 174 novelas de 16 países.
El escritor mexicano Pterocles Arenarius (Jesús Ortega Rodríguez), con la novela Una muerte Inmejorable, se colocó entre los diez autores mejor calificados del concurso, de entre los cuales surgió la novela ganadora. Cabe mencionar que esta novela se desarrolla en la ciudad de Guanajuato, patrimonio de la humanidad, donde reside su autor y fue, de los trabajos provenientes de México, la única considerada como candidata para este premio.
Participaron en este concurso internacional, 174 novelas de 16 países. 29 de estos trabajos fueron de Argentina, 10 de México, 9 de Colombia, 7 de Cuba e igual número de Alemania, entre otros.
Más información: http://www.edicionesirreverentes.com/ Enlace II Premio Irreverentes de novela
sábado 3 de octubre de 2009
domingo 7 de junio de 2009
Epílogo
Epílogo
–¿Y qué te pareció el librito, Pterocles? Cómo ves, ¿lo publicamos?
–Mira, Felipe, como novela tiene fallas muy grandes. Hay hilos que quedaron sueltos, el estilo literario es muy pobre, lo que más me caga es que sea tan didáctico; me hace pensar que cree que soy un pendejo; también pareciera que quiere ser novela metafísica pero más bien es un cogedero, es la historia de un mojigato que cuando se libera sigue siendo un mojigato pero ahora reprimido; sus muchachas, sus mujeres en general, no son mojigatas, son mojiperras, o sea puras putas cuando no señoritas decrépitas. En fin, los planos narrativos no tienen una estructura novedosa, no tiene final, o el final es puro rollo. ¿Qué pasó con el llamado Tranquilino Vallehermoso?
–Fíjate que el señor Vallehermoso se desapareció. Se fue de Guanajuato, eso lo sabemos porque simplemente desapareció como ya hemos dicho. Nadie sabe qué fue de él. He oído versiones de que se fue a Chiapas y se alistó en el EZLN. Pero también me dijeron que no, que anda en Colombia enrolado con la guerrilla de allá. Hay quien dice que de plano se fue a Irak a pelear contra los gringos. No se sabe a ciencia cierta pa’dónde jaló don Tranquilino buscándose una buena muerte, una muerte inmejorable, como él escribe. No sé quien me dijo que se fue a Huautla a vivir sus últimos días con los indios comiendo hongos. Con eso de que descubrió el mundo espiritual por la mariguana. Pero en ese mismo rollo dicen que se fue a La India y se incorporó a un monasterio budista. Pero, un detalle, a dondequiera que se haya ido pues se llevó a Camila, a su novia. La que menciona en su narración. Eso se supone, porque ella también se desapareció del pueblo y ya ves que no la menciona al final de su historia, por ahí dice que…
–Sí, me acuerdo de lo que dice. ¿Y sus familiares, existen, viven aquí?
–Claro, Pterocles. Si quieres te presento a doña Sanjuana y doña Obdulia, sus tías, viven aquí por Mexiamora. Nadie de los familiares de Tranquilino quiere decir la verdad. A la mejor ni la saben. Hay quien dice que ya se murió, pero no, Pterocles, no creo que el Tranquilino se haya muerto, al menos, no de cáncer –el Podrido se puso a buscar algo en la amplia miscelánea de su mochila–. Mira esto que, con algunas trampas, conseguí:
Laboratorios y Análisis Clínicos de
El Sagrado Corazón de Jesús
El Sagrado Corazón de Jesús
Guanajuato,Gto. Cantarranas 35, Centro Histórico Reg. SSA: 8438-N234 Reg. SHCP 148-M245987/J6 Aut. SPR128876
Guanajuato, Gto. Miércoles 20 de agosto de 2003Estimado Señor Tranquilino Vallehermoso
Presente.
Por un lamentabilísimo error humano el diagnóstico que se proporcionó a usted el pasado 8 de agosto del año 2002 contiene una grave equivocación. Ésta consiste en que la persona responsable de elaborar la documentación cambió los nombres involuntariamente; el usted, con el del finado señor Pedro Zacarías Galván, a quien correspondía en realidad el diagnóstico que le fue entregado a usted como suyo. Si en algo vale que aclaremos –a la vez que rogamos su comprensión–, el señor Zacarías recién falleció de acuerdo al diagnóstico emitido. Queremos hacerle saber que hemos tomado las medidas correspondientes con el empleado responsable de esta equivocación, incluso se le han fincado responsabilidades penales, para lo cual sería deseable su presencia con la finalidad de que esta persona sea castigada ejemplarmente. El laboratorio de El Sagrado Corazón de Jesús, el personal clínico, el administrativo le presentamos disculpas asimismo en nombre de los propietarios y gerentes, quienes no tenemos ninguna responsabilidad en el lamentable suceso que, sin embargo, esperamos no haya trastornado sus expectativas vitales. Adjunto a la presente le estamos enviando tanto el diagnóstico que sí le corresponde así como el acta de defunción del señor Zacarías. Sinceramente suyos, reciba usted la más distinguida de nuestras consideraciones.
Atentamente
Romeo Lucas García.
Dr. Romeo Lucas García
Gerente general.
Dr. Romeo Lucas García
Gerente general.
–¿Cómo ves?
–Pues pobre cabrón. Qué puta broma.
–No, pero qué bueno que lo sacaron del marasmo y lo echaron al mundo.
–Y, además, ¿quién nos metió aquí, Felipe? Yo no estoy de acuerdo.
–Bueeeeno, pos por mí no importa.
–No, güey, es que además eso de Pecar es ser no ritual, es anagrama de Pterocles Arenarius, qué poca madre.
–¿Y qué es anagrama…?
–Ah qué la chingada…, amargan al anagrama… Toda la literatura son variaciones de anagrama.
–¿Cómo anagrama, de qué?
–Del abecedario.
domingo 31 de mayo de 2009
Capítulo XXII y Final.
XXII. La batalla de Guanajuato
–¡Ahi viene el muertito! ¡Ahi viene el muertito! –gritaban los chamacos como a las siete de la noche. La troca de Senorina se bamboleaba por el camino entre las casas de Cajones. En la caja de la carrocería venían tres mujeres y dos más en la cabina. Las que viajaban atrás estaban sentadas sobre el ataúd para viajar más cómodas y con ello también evitaban que la caja del muerto se moviera de un solo lugar. El pueblo se arremolinó afuera de la casa de don Anselmo. Su mujer nos pidió (por la falta de mano fuerte masculina me tocó cargar al muerto) que colocáramos el ataúd en la sala de su casa. Ella abrió la ventanilla del féretro y derramó lágrimas sobre el rostro del cadáver.
–Anselmo, mi viejo, inocente, mi niño. Cómo te arrancaron la vida estos malditos. Te mataron a golpes como si fueras un animal –agarró el cadáver por el rostro y besó su frente y sus mejillas. Como ya era tarde se decidió que el paseo de protesta del muertito sería hasta el día siguiente. Las mujeres se pusieron a organizar el velorio.
Aparecieron cirios, flores, mujeres rezando, café para todos, rosquillas de pan, luego llegaron los tamales y atole. Mientras tanto, los pocos hombres –sin la presencia del transportista Palemón que la noche anterior había sido golpeado por las mujeres– arrimaron mezcal para que mientras ellas rezaban, acorde con la tradición, ellos bebían y jugaban baraja.
Cuando empezaba a sentir que no tenía un lugar en el pueblo que se iba sumergiendo en una de sus costumbres más tradicionales, la de velar a sus muertos, en la puerta de la casa del difunto Anselmo vi que desde lo lejos se fue acercando un taxi con la lentitud que le imponían las irregularidades del camino. Se detuvo en el único lugar en que había humanidad seguramente en varios kilómetros de viaje, la puerta de la casa de Anselmo y su esposa, donde me mantenía a la expectativa. Del taxi bajó una mujer. Mi madre.
–Pero ¡qué haces aquí?, ¿cómo llegaste?
–Vine a buscarte. Quiero estar contigo y saber qué está pasando…
Mi madre y yo nos retiramos caminando despacio. Recorrimos de ida y vuelta varias veces el diámetro del pueblito. Confesé a mi madre en larga charla cuanto ella desconocía de lo que está escrito en este texto y ella de pronto se mostraba conmovida, todo el tiempo pensativa, aunque de pronto atacada de la risa y en algún momento indignada. Creo que pocas veces me había sentido tan cerca de ella.
–Tranquilino, creo que nunca te conocí en realidad. Y mientras más te conozco más te admiro. Creo que te has vuelto un ser humano excepcional.
–Lo cierto es que yo tampoco pensaba que fuera capaz de hacer tantas cosas. De pronto no sé si estoy haciendo trampa… Cuando cuidaba mi vida y mi salud mezquinamente lo único que me conseguí fue un cáncer fulminante. No dudo que sea el resultado de ser tan respetuoso, tan reprimido y tan… pendejo, ni hablar. En cambio ahora que me he vuelto borracho, mariguano, mujeriego, parrandero y líder campesino dicen Obdulia y Sanjuana, descubro que la vida es mucho más tremenda de lo que no tenía ni la menor idea.
–Pero ¿tú cómo te sientes?
–Si no fuera por la amenaza de la muerte, estoy viviendo la mejor época de mi vida. O a la mejor gracias a ella. A pesar de que he descubierto cosas horribles de la realidad cotidiana en donde vivía, he logrado darme maravillas que también ahí estaban pero nunca descubrí.
–¿Y aquí qué, Tranquilino, por qué te metiste en este lío que no te corresponde?
–No me corresponde, pero algo tengo que hacer con mis seis meses de vida. Quiero hacer tantas cosas, dármelas, cosas que antes me las negué por una falsa moral, por prejuicios y por miedo. Podría estar en Irak para ganarme una buena muerte o en Colombia, no sé. La bestia se encuentra en todo el mundo, pero en algunos lugares está más suelta que en otros y no creas que en México estamos muy bien; pero gracias al cielo, los prodigios también están en cualquier parte.
–¿También aquí?
–Aunque te parezca inconcebible no tienes idea de cuántos prodigios pueden ocurrir en este pinche pueblito. Lo que ocurre aquí puede ocurrir en cualquier lugar del mundo y si estoy bien aquí mientras llega lo que habrá de llegar, puedo estar bien en cualquier parte.
–¿Pero no es insoportable vivir en peligro, arriesgar la vida? Para lo que me has contado un mal día bien pueden matarte. Hasta por error.
–Madre, no dejo de temer el momento de la muerte, pero he pensado mucho en ella, en la muerte y en la vida, como dice la madre Emeteria, y creo que…, no sé cómo decirlo…, pero se me hace que no es tan malo morirse y además terminé por darme cuenta que tampoco es importante. Es más, pensándolo bien es hasta una vulgaridad. Imagínate cuántos se han muerto, todos, sin excepción, antes de que nosotros estuviéramos en este mundo. Y también todos los que están ahorita en este mundo se van a morir. A raíz de esto que me está pasando he llegado a ver fotos de hace cien años o más y me digo de toda esta gente que se ve aquí nadie vive. Sin embargo, aquí estamos.
–¿Podemos decir que ya te resignaste?
–Sí. Estoy cierto de que no hay otra salida y de que vivir seis meses más o sesenta años es, escucha bien esto, absolutamente relativo. Te juro que lo que he vivido, bueno y malo, en estos últimos diez días no te los cambio por los veinte años anteriores. Es que antes no viví. Vegeté. –Regresamos al velorio y formamos un grupo ajeno a los dos que había: el de las mujeres que rezaban y el de los hombres que bebían y jugaban a las cartas. Nosotros charlábamos con gran paciencia y atención, bebíamos café y de pronto hablábamos con las mujeres. Cuando dieron las tres y media de la mañana le dije a Andrea, mi madre:
–Si quieres te cedo mi recámara, bueno, la que me ha asignado doña Senorina. –Nos fuimos a la recámara. Estuvimos fumando y charlando largo. A eso de las seis de la mañana regresé al velorio. Los que se habían aplicado a la bebida se encontraban borrachos y algunos de ellos, dormidos sobre la mesa. Otros tres continuaban bebiendo y alegando, ya sin naipes se encontraban sentados en piedras rodeando una fogata y circulando el mezcal jaraleño. Las mujeres, adentro de la casa, dormitaban sentadas alrededor del féretro.
–Señorito Tranquilino, ven conmigo, quiero que veas una cosa.
–¡Madre Emeteria, ¿qué anda haciendo aquí a estas horas?!
–Pos es que los viejitos ya dormimos poquito y a la gente del campo nos levantan los gallos. Pero es que quiero que le veas bien la cara al difuntito.
–Santo Dios y ¿para qué, madre Emeteria? –Con sus manos oscuras cuya piel era casi translúcida sobre los huesos, como de un ser de otro mundo, abrió la tapa del ataúd demostrándome fuerza y energía que no se concebían en esa viejita diminuta, sin duda achicada por tantos años, delgada y frágil.
–Acércate y míralo bien. No te dejes engañar, ve su rostro, ¿de qué tiene cara? No te dejes llevar porque está muerto, dime si no tiene cara de felicidad. Dime si no está casi riéndose porque sintió algo hermoso cuando se fue.
–Bueno… sí, sí es cierto… pero debe ser porque todos sus músculos se relajaron al morir…
–¡Claro que sí, señorito!, y dejar el cuerpo, si nunca lo has sentido, es una de las grandes felicidades, digo, si no te da miedo. Y cuando te relajas bien por ahí dejas a tu cuerpo abandonado. Quiero que de hoy en adelante te fijes bien tanto en los que están dormidos como en los que están muertos. Y vas a ver que ningún dormido tiene una cara de tanta felicidad como cualquier muerto. Es que nadie sabe lo que es morirse. Y los que saben ya no pueden decirlo. Por eso no hay que tenerle miedo. Pero tampoco hay que buscarla, señorito…
Estaba empezando a clarear con debilidad cuando inició el anuncio, una vez más, del desastre. Los niños, que habían revoloteado alrededor del velorio casi toda la noche durmiendo por ratos, aparecieron gritando: “Vienen tres camiones de guerrilleros”. “Cómo que tres camiones de guerrilleros, ¿por qué dicen que guerrilleros?”. “Es que traen la cara tapada con una máscara y todos traen su ametralladora y vienen vestidos de negro”. “Alabado sea el cielo, ahora qué traen contra nosotros”.
–Ahi vienen los gobiernos, señorito Tranquilino. No dudes ni un tantito así que vienen por ti –me dijo la madre Emeteria, luego fue con Senorina y le dijo–; Senorina, tenemos que esconder al señorito porque si lo agarran ya no lo vamos a ver.
–¿Dónde lo vamos a meter, madre?
–Tenemos que sacarlo de aquí. Trae a todas las mujeres, a los borrachos ni les avises, vamos a sacar de su caja al difuntito.
–¿A sacar al difuntito de su caja, madre? ¿Y para qué?
–Para meter ahí al señorito, porque si lo agarran ya no lo volvemos a ver… –En ese momento llegaron los niños gritando “Los guerrilleros andan gateando todas las casas, una por una”. “Cómo que gateando, se dice cateando”. “Pos las andan gateando porque se meten a gatas por las azoteas y se descuelgan con riatas”.
Las mujeres se apresuraron.
–Voy a ver para qué me quieren –le dije a la madre Emeteria.
–No, señorito, si te agarran ya no te vamos a ver y esto se va a quedar sin cabeza. Mejor hazme caso y escóndete, así tanto escándalo y movilización que ya hicieron será de oquis. Ellos tienen la fuerza y si te agarran es una derrota para nosotras. Pero si te escapas es una burla para ellos y nomás habrán venido a hacer el ridículo. Traen camiones y metralletas y se van a ir como vinieron, sin nada, como los estúpidos que son…
“Ya agarraron a los borrachos, los guerrilleros agarraron a los borrachos y los están madreando. Dicen que quién es Tranquilino el más hermoso”. “¿Dónde agarraron a los borrachos, por qué los agarraron?”. “Pos los guerrilleros agarran a todos los que encuentran y corretearon a los borrachos y hasta sacaron de sus casas a los que se les echaron a correr. Dicen que vienen por el señor más hermoso”.
–¿Ya lo ves, señorito Tranquilino?, vienen por ti. Ándale, métete a la caja del difuntito. No vale la pena que te agarren y les vamos a dar en la jeta si te les escapas. –Las mujeres bajaron el féretro, sacaron el cadáver y lo metieron al escusado. Me acosté en la caja de muerto y lo volvieron a subir a las bases entre los cuatro cirios con mi cuerpo de (todavía) falso cadáver adentro. Me encerraron. Me di cuenta que los muertos pueden oír casi todo lo que se dice de ellos en el mundo que acaban de dejar. Sentí lo que los muertos (creemos) ya no pueden sentir: estar dentro de la caja de muerto. No dejé de preguntarme ¿algo así será la muerte? Primero oí los pasos de hombres brutales, por supuesto que hasta en el caminar se les identifica.
–Buen día, señoras, buscamos al señor Tranquilino Vallermoso.
–¿Cuál es la necesidá que tienen de ese señor? –les dijo doña Senorina–. Pero antes que me respondan, señores, les exijo que primero que nada nos guarden el respeto que nos deben, pues estamos velando un hermano nuestro, marido nuestro, vecino y compadre nuestro; al que ustedes o sus compañeros mataron a golpes. Les exijo más respeto, señores y les digo en su cara, aunque la traigan tapada como bandidos, que no esperen que cooperemos con ustedes en nada. Y no creo que se necesite decirles por qué. Por favor ya váyanse de este pueblo lo más pronto que puedan y no hagan más fuerte nuestro dolor ni más inquinosa la rabia que ya despertaron en todo el pueblo contra ustedes y sus gobiernos; tenemos más que motivos para no quererlos, señores. Váyanse de esta casa y de este pueblo que aquí no estamos a gusto con su presencia y menos velando a nuestro pariente que ustedes mismos o sus compañeros mataron. Váyanse ya, por favor… Y de ese señor tan hermoso que ustedes nombran, aquí no nos pregunten que no tenemos idea ni de su persona ni de su paradero y cuantimenos de su camino y sépalo, señor comandante, o lo que usté sea, si tuviéramos idea de su persona y camino no se lo íbamos a decir. Así que por favor váyanse en el momento que ya mucho nos perjudicaron.
–Tenemos que peinar todo el pueblo, revisar casa por casa, traemos orden legal de aprehensión para el señor Tranquilino Vallehermoso Lagunes, residente de Guanajuato. Es más, vamos a abrir la caja del muerto.
–Pos ábrala si quiere, señor, el difuntito se petateó anteantier, para hoy ya estará bien podrido. Así que si quiere abra la caja pero aquí adentro de la casa no, imagínese la pestilencia. Y haga lo que vaya a hacer pero ya, porque no tenemos su tiempo y además, respete, señor, respete el dolor y las costumbres ajenas, ya que no se respetan ni a sí mismos.
–Señora, comprenda que nosotros tenemos que cumplir órdenes. Y nuestras órdenes son no regresar sin este señor tan hermoso, digo Vallehermoso. –Y como respuesta las mujeres se pusieron a rezar:
–Ave María purísima…
–Sin pecado concebida…
–Dios te salve, María, llena eres de gracia, el señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús…. –dijo Senorina, me la imagino hincada dándole la espalda a los gendarmes con pasamontañas negro con siglas de la AFI, rezando con todo su vigor, haciendo sentir a los afis la porquería que son. Un nutrido coro de mujeres le contestó:
–Santa-María-madre-de-Dios-ruega-señora-por-nosotros-los-pecadores-ahora-y-en-la-hora-de-nuestra-muerte-amén… –al mismo tiempo se oían los zapatazos de la gendarmería incurriendo en las habitaciones de la casa, los portazos, la llegada de más gente. Luego unos gritos “¡Está prohibido tomar fotos, señora!”. “¿Quién le prohíbe a una comunicadora hacer su trabajo?”, era la voz de mi madre. “Este pueblo está bajo la autoridad de la Agencia Federal de Investigaciones, señora y le prohíbo que tome fotos”. “Puede usted prohibir lo que quiera, señor, pero no va a impedir que este asalto militar se sepa en los periódicos nacionales; y si quiere hacer más grave la denuncia que vamos a hacer intente quitarme la cámara”. Mientras oía a las mujeres confrontar a los negros policías pensé que fácilmente podrían encontrar al difuntito que habían encerrado en el baño. Pero luego me enteré que, mujeres al fin, no olvidaron ese detalle y pusieron a los borrachos en movimiento para que se llevaran al muertito en un carro, a una de las casas que ya habían sido cateadas, lo hicieran pasar por uno de los hombres que ya borrachos parecían tan muertos como él y, ni modo, compraran otro féretro y siguieran el interrumpido velorio de su amigo y vecino.
Los agentes federales se fueron. Sin embargo el pueblo quedó vigilado. No estaba el ejército como en la noche anterior, pero decenas de policías vestidos de civil, en función de pistoleros, vigilaban –muy torpemente por cierto– el pueblo; casi ante sus ojos se llevaron el cadáver simulando que era un vivo que estaba muy borracho después de beber toda la noche en el velorio. Desde mi refugio escuché que se organizó el desayuno colectivo y se decidió, conforme al plan, pasear el ataúd en una manifestación en la ciudad. En algún momento, mientras alguna mujer simulaba llorar desconsoladamente, me pasó algunas viandas para que no estuviera en calidad de cadáver y en ayunas. Los policías encubiertos ni se las olieron.
El féretro viajó en una troca hasta Guanajuato y fue llevado por las mujeres de Cajones junto con quienes mi madre cargó a hombro el féretro de su hijo y marchó a pie con Senorina, Adela, Angustias y unas treinta o cuarenta mujeres más. Subieron mi ataúd al camión y se subieron muchas y unos cuantos. Media hora después estábamos en Guanajuato. Me bajaron y se inició la caminata al palacio municipal. También marchó la madre Emeteria a sus ciento dos o ciento ocho o ciento diez años.
Hicieron el mitin en el palacio municipal y las autoridades tragaron camote. Llegó a hacerse un tumulto y hubo periodistas locales y nacionales, de televisión, radio y periódico. Un éxito completo.
La ciudad estaba paralizada. Los guanajuatenses tienen un enorme respeto por los ataúdes ocupados. Siempre que hay un sepelio, éste sale de alguna de las iglesias y recorre una de las dos únicas calles de la ciudad y la detiene en el tiempo durante una hora, tiempo que tarda el cortejo en llegar de la iglesia al panteón. Así ocurre cada vez que muere un guanajuatense.
Mientras se desarrollaba el acto de protesta en el palacio municipal de Guanajuato los granaderos hicieron una valla en la calle Belaunzarán, para no dejar que la marcha avanzara hacia el palacio de gobierno estatal. Sin embargo la marcha se encaminó hacia ese lugar, pasó por el sitio en que 295 años atrás descendieran las tropas del padre Hidalgo –junto al puente de El Campanero– para atacar La Alhóndiga de Granaditas. Al llegar a Belaunzarán, los granaderos cerraron las calles por donde los manifestantes podrían salir. Entonces la manifestación, que cada vez se hacía más grande, ocupó Puente del Campanero y Cantarranas. El ataúd iba en la descubierta y la gente empezó a jalonearse con los policías que custodiaban la entrada a la avenida Belaunzarán, justamente frente a la Plaza de Don Quijote que al fondo izquierdo yendo por donde íbamos aloja al teatro Cervantes y al frente el formidable conjunto escultórico de Don Quijote de la Mancha, Sancho Panza, el escudero y sus sendas monturas.
De pronto, los granaderos fueron atacados por la retaguardia. Muchos de los aliados nuestros de las comunidades cercanas llegaron por la carretera panorámica y bajaron al centro de la ciudad por Sangre de Cristo, después de brincar por en medio de Don Quijote y Sancho, también llegaron por Sóstenes Rocha, se agregaron a la refriega habitantes del lugar. Los policías les debían muchas, como a todo mexicano de clase popular. La gente Traía palos, hondas, piedras lanzadas con la mano, bombas molotov y hasta las improvisadas bazucas que se estrenaron meses atrás en los enfrentamientos de Oaxaca. Los granaderos, sorprendidos por la acometida, huyeron y el avance continuó. Los policías que se encontraban a lo largo de la avenida Padre Belaunzarán corrieron por esta misma calle donde hace curva y descendieron hasta el Paseo Madero, en Embajadoras, ya cerca del Paseo de La Presa y, luego de reorganizarse, se hizo ahí un gran enfrentamiento. El ataque de los granaderos provocó que el ataúd donde yo iba cayera. Por fortuna era tan confortable –como merece un muerto que se respete– que no sufrí lesiones, sólo el susto y la incertidumbre de lo que estaría pasando. Alguien tuvo la feliz idea de abrir el ataúd para sacarme. La madre Emeteria, preocupadísima por mí no menos que mi madre, ambas me dieron la mano para salir de la caja de muerto. Me abrazaron las dos madres, la mía y la del pueblo.
Los policías, a pesar del combate vieron la inigualable escena del renacimiento del muertito. Algunos creerían que el ocupante del ataúd no era un difunto y que lo que ocurría era una estratagema de los manifestantes, pero otros, sólo Dios sabe qué pensarían y huyeron aterrorizados. Guanajuato es tierra de leyendas de muertos y resucitados. Alguien pensó que el que abandonaba el féretro no estaba muerto sino que había sufrido una catalepsia. Salí deslumbrado y me sentía como si de verdad renaciera, luego del calor y la pesadez del aire dentro del catafalco a pesar del pequeño agujero que tuvieron la precaución de hacerle a la caja, por si las dudas. Fue precioso salir otra vez a la vida y encontrarme en las manos de mis dos madres. Pero el combate continuaba. Nuestra gente persiguió a la desconcertada policía con una pedrea y mentadas de madre ambas a discreción.
Llegamos al palacio de gobierno estatal y los dirigentes fuimos incapaces de contener a la multitud que ingresó en el casi desprotegido lugar. Retuvieron a varios miembros del gobierno e incluso a los escasos guardianes que, confiados, esperaban que el operativo de los granaderos nos detendría. El gobernador tuvo suerte de no encontrarse, o más bien, sabía del riesgo en que se encontraba y no se asomó por ahí. En poco tiempo llegaron de nueva cuenta las fuerzas “del orden”, pero ahora tendrían que asediar al palacio de gobierno estatal porque nadie estaba dispuesto a entregarlo.
Y comenzó la batalla.
De fuera llegaban bombas de gas lacrimógeno que rompían los vidrios, del palacio salían bombas molotov que estallaban cerca de los granaderos. En cierto momento algún inconsciente o varios de ellos dispararon con armas de fuego. Pero había periodistas de los medios locales, nacionales y no faltaban los televisivos. Era un acto de inmensa estupidez disparar balazos contra nosotros.
En algún momento, la madre Emeteria decidió descender a la búsqueda de una buena muerte y en medio de la balacera salió del palacio de gobierno. Iba dispuesta a morir a balazos. Los policías no interrumpieron la balacera, algo que ya no es inaudito, los mexicanos están convencidos que la peor gente de México y de la peor del mundo ha sido reclutada por las múltiples policías mexicanas. Eso es extraño. Muchos extranjeros que visitan México aseguran que en este país han encontrado a la mejor gente del mundo, la más bondadosa, la más humilde, la que les ha mostrado más generosidad. Pero los mexicanos saben que en la policía coinciden las peores personas, las más crueles, las más mezquinas, las más brutales que muchos hayan visto en su vida. Nadie puede negar que los policías mexicanos torturan de manera sistemática y cotidiana. Igualmente roban y extorsionan amenazando con la aplicación de la ley. Todos los mexicanos saben que, en general, la justicia en este país está casi totalmente corrompida, que nada hay más utópico en México que esperar una acción aseada de los defensores de la sociedad, los magistrados, los jueces, el ministerio público y la policía.
Pero los miserables policías rasos, cómo van a considerar con generosidad a sus conciudadanos si sus superiores los miran con desprecio, los consideran inferiores y, en el mejor de los casos, les encubren sus faltas a la ley, sus raterías y sus mezquindades.
Pero como no serán iguales los MP si los jueces no son menos corruptos que ellos y usan sus posiciones para enriquecerse mientras la ley que se pudra, pero cómo no serán así los jueces si los magistrados son unos señores que prácticamente no trabajan y ganan dinero a carretadas y los magistrados son así porque todos son así, los empresarios, los legisladores, muchos profesionistas muy exitosos, los secretarios de estado y más que nadie el presidente de la república.
O será que la mejor gente del mundo, por ser tan pobre, se corrompe con facilidad. O será que por la ignorancia de la gente que se mete a la policía y a la que le otorgan relativamente mucho poder, se vuelve malvada porque un poco de poder corrompe mucho a los miserables de espíritu. O será que –para nadie es un secreto–, por décadas la policía reclutó a los maleantes con el pretexto de que eran los que mejor conocían el modus operandi de la delincuencia. O será un atavismo de la mayoría de los mexicanos que siempre han sido expoliados, humillados y ofendidos por los poderosos y buscan meterse a la policía y cuando lo logran muestran lo peor de sí mismos, lo que ocultamos de lo peor del espíritu mexicano. O será simplemente la natural maldad del humano género. O será la falta de educación, de sensibilización que les impide la piedad. O será todo lo anterior junto o al menos un poco de todo. Lo cierto es que los policías mexicanos son unos hijos de la chingada.
O será que por habernos metido a imitar a los gringos en todo –tratar de ser los mejores, los más competitivos–, nos hemos vuelto muy inteligentes, muy astutos para competir, pero no en nuestro oficio. Y eso es ser corrupto. Porque quienes llegan a la cima no son los mejores, sino los que se han preparado para competir, para destruir a quienes compitan con ellos, la habilidad, la destreza, el verdadero arte no importan, lo que importa es competir. Y así, paradójicamente, los que dirigen el país son los más mediocres, los astutos para la competencia, no los que tienen la mayor cantidad de talentos para su oficio. Igualito que los gringos.
Los periodistas, vieron a una pinche viejita inverosímil, casi como un changuito de renegrida y pequeña, con su humilde vestido y su delantal de cuadritos. Pero aguerrida y vociferante en su desamparo y en su dulce vejez. Valiente como nadie a pesar de su debilidad. Cientos de miles de mexicanos, quizá millones la vieron en vivo en sus televisores y, no sé, una energía monstruosa se desató. Estoy seguro que en ese momento empezó una tormenta al menos en Guanajuato, con vientos vertiginosos y truenos enloquecedores, como aquellos de que hablara Ramón López Velarde, en su Suave Patria se desataron mientras la gente veía a semejante mujer desafiando a la policía y con ello a la muerte; por alguna razón, de suerte o de magia, los periodistas de televisión se esmeraron en grabar el momento o en registrarlo en sus grabadoras, sus placas y sus notas. Y todo el país puso atención para ver lo que pasaba en Guanajuato, una injusticia más del maravilloso país que es México.
Cosas muy raras desquiciaban de desconcierto a las fuerzas de la ley y el orden: primero un muerto que se levanta de su sarcófago, luego una anciana de edad imposible los encara a pesar de los balazos sin que le hagan ni un rasguño y luego, en ese momento se desata una feroz y atronadora tormenta y contemos también que un pueblo católico, pacífico y dejado como el de Guanajuato se unió a la rebelión sin pensarlo, porque de pronto, una vez más, la policía fue atacada por la retaguardia. Por más que los policías estuvieran muy dispuestos, como siempre, a romper madres, a torturar y a violar mujeres y hombres, aquello era demasiado. Porque al fin y al cabo los policías y sus máximos jefes son extremadamente pendejos. Tanto fenómeno extraño sí detuvo a la policía. Como nunca desde la guerra sucia de los años 70-80; como nunca en el fraude del 88 ni en el del 2006 y la guerra sucia de Oaxaca y la venganza contra Atenco, la magia de la madre Emeteria detuvo a los tecolotes.
La policía se detuvo y hasta se replegó y sus jefes se aplicaron a hacer declaraciones descabelladas a la prensa, poniéndose en ridículo en cadena nacional. Pero también tuvimos acceso a los reporteros que fueron capaces de acercarse al palacio de gobierno. Nuestras estrellas fueron doña Salud, doña Senorina y, como nadie, la madre Emeteria quien saltó a la fama nacional y se volvió la gran heroína no sólo de Guanajuato.
Ni tres horas después de que ocurriera la coincidencia asombrosa de la tempestad en medio de la batalla, se presentó un representante del gobierno federal, es decir, del presidente de la república, con amplias facultades para negociar.
Luego de un breve jaloneo entre que “Salgan a negociar” y “Usted entre para que platiquemos”, por fin ellos instalaron rápidamente una carpa muy cerca del Palacio de Gobierno, prácticamente en nuestro territorio. Éramos ocho mujeres y yo que no soy mujer, al menos admito que no totalmente.
Elaboramos las demandas. La primera fue el puente de Cajones. Para que no murieran más niños ahogados. La segunda una clínica. La tercera pensiones para los viejos de Guanajuato, algunos de ellos, habitantes de Cajones, nietos de la madre Emeteria. El representante del presidente de la república cedió en todo, con tal de que se detuviera la rebelión de doña Emeteria. No entregamos el palacio municipal sino dos días después y eso porque firmaron los compromisos que les impusimos.
En los pocos días siguientes Senorina se hizo también nacionalmente famosa como la dirigente de los colonos. Organizaciones defensoras de derechos humanos se pusieron en contacto con ella y, en los hechos, a sus órdenes.
El gobierno estatal, en cuanto entregamos “su” palacio de gobierno comenzó a negociar con Senorina, pero, como siempre, en estrategia perversa, también con Palemón, quien organizó una Asociación de Colonos de Cajones asesorado por funcionarios de gobierno. El puente ignoro si haya sido construido. Pero la comunidad sí fue dividida en dos grupos, el de Senorina, asesorado por la madre Emeteria y el de Palemón por el gobierno. Aunque predomina el que encabezan las mujeres, el segundo es muy bien tratado y subsidiado por el gobierno.
Algún día regresaré a Guanajuato.
Voy a buscar en otra parte… lo que aquí no quiso encontrarme.
Creo, al fin, que morir no es importante.
Creo haber descubierto que nuestra existencia no tiene sentido.
Y si lo tiene es sólo para construirnos a nosotros mismos. Porque el mundo, los átomos que lo forman son siempre los mismos y sólo están dando vueltas. La naturaleza, haciendo experimentos ha logrado ordenar de manera tan prodigiosa a esas partículas que les ha dado vida y en los casos más avanzados, consciencia. Entonces, si buscamos aventuras en esta vida, lo único que lograremos es construirnos en algún sentido, ser grandes criminales, genocidas, archimillonarios. Pero estoy seguro que los que se construyen de semejante manera descubren que tampoco tiene sentido. Que la existencia se vuelve un pozo sin fondo y la vida termina sin conclusión, sin sentido ni claro objetivo. Y quizá los santos también lo hayan descubierto aun en su vida de santidad, de amor a los hombres, pero estoy seguro que se habrán dado cuenta de que en el sinsentido, el menos peor es el de que la humanidad sobreviva, porque en medio de tanta porquería que somos (descendientes de los animales, pero mucho peores que ellos porque actuamos despiadadamente a consciencia y no por instinto, no por obedecer a la naturaleza como ellos), hay vidas preciosas, bellísimas, generosas, que nos salvan a todos. Porque –ya lo dije– “Belleza es verdad. Verdad es belleza. Nada más es necesario”.
Pero me parece que si consideramos que haya un sentido mínimo para esta existencia ése es que siga. Que siga la vida. Porque si hay vida puede haberlo todo, hasta la belleza. Si la vida se acaba ¿qué hay? Nada. O el reinicio. A que la naturaleza vuelva a ordenar los átomos para ver si logra crear otra vez la consciencia. Seguramente sí podrá, pero eso no podemos saberlo.
Y, quién lo diría, en esos inicios, todos estaríamos ahí, en esos átomos desorganizados que a vuelta de millones de años (4 mil 500 millones de años, en el caso de nosotros) se organizarían creando y matando a seres hasta llegar a los humanos quienes crearán civilizaciones y ciudades, muriendo y naciendo por generaciones de humanos, malvados y geniales, estúpidos, criminales y santos, pero más que nada, personas comunes y corrientes que estarán aquí para perpetuar la especie y para morir por ella, cada ser humano es un ensayo de la humanidad para que la especie humana se adecue a la naturaleza, como lo hacen todos los seres vivos. Luego cada uno tiene que dejar la existencia pues su oportunidad ha concluido, pero tendrá que haber dejado algo al resto de los humanos, algo que él haya creado y su sacrificio, su muerte para dar otra oportunidad al género humano. (En ese sentido, cada ser humano es Cristo, que muere para salvar a todos los demás). Además, en otras palabras, puesto que todos descendemos remotamente de la misma materia original, todos somos uno y lo mismo. Esa masa primigenia de materia indiferenciada y con grandes cantidades de energía para que pueda realizar tantos cambios, tantos experimentos, tanta evolución durante tanto tiempo, hasta que dé algo como nosotros, nos contiene a todos. Ahí estamos y de ahí salimos. De ahí vamos a salir (y ahí vamos a regresar, al menos en átomos). Todos somos uno y lo mismo: la naturaleza (¿Dios?). Pero se nos figura que somos otra cosa, diferente y única, separada. Se nos figura que no somos animales. Pobres de nosotros, cómo no vamos a sufrir si así pensamos. Y eso pasa porque pensamos. O porque eso creemos.
O quizá haya un Dios que dirija la gran orquesta, que haya impreso instrucciones en esos átomos para que evolucionen como él quiere. Pero eso no podemos saberlo. Quizá cuando muramos. Pero no podremos descubrir el secreto a los que se quedaron aquí, viviendo.
A pesar de todo lo que me ha enseñado este breve tiempo, tengo miedo de morir. Pero he aprendido que –puesto que morir es el acto más vulgar, tanto o más que comer, defecar, enamorarse y hacer sexo– la muerte es un trance simple y sin tanta importancia. La muerte es tan vulgar que sería absurdo tener miedo de ello. La muerte es también nuestra misión en esta vida tanto como procesar materiales a través de nuestro cuerpo o dejar hijos en el mundo. Aunque con la muerte volviéramos a la inconsciencia absoluta, aunque fuera la marginación total, el apartarse del mundo, el quedar fuera y no ser. Pero eso no es posible. Es ineludible morir, como vivir. Pero, por otra parte, el no ser no es posible, porque todo es y lo que no es ¿cómo hablar siquiera de eso si al mencionarlo ya es?
Hacer lo mejor de nosotros mismos es ayudarle a la naturaleza (¿a Dios?). Y si nos construimos como alguien extraordinario, pero además actuamos para bien de la humanidad, estaremos colaborando con la naturaleza (quizá con Dios, en caso de que exista), porque la naturaleza creó a la humanidad y no la ha destruido, al contrario, la consiente, a pesar de tanta estupidez. Y la salvación personal es imposible viviendo atrapado en un cuerpo de animal. Sin embargo, cuando la divinidad nos invade, abandonamos el cuerpo, abandonamos el mundo y nos convertimos en otra cosa. Y este mundo deja de ser nuestro, descubrimos que nuestro mundo es otro. Basta un poco de mariguana a veces o más bien de peyote y veremos el verdadero mundo, el verdadero no tiempo, no espacio, la eternidad y el infinito.
En algún momento llegué a sentir que todo esto que he escrito lo plasmé en el papel antes de vivirlo. O quizá, además de condenado a muerte, también me estoy volviendo loco. ¿Pero quién es el que no está condenado a muerte? ¿Dónde hay un cabrón que no esté loco? Así como vi las muertes de los niños en Cajones, así he visto todo lo aquí narrado o quizá lo viví también. Me voy de Guanajuato y ni siquiera quiero saber a dónde porque quiero vivir algo que yo mismo desconozca, en el poco tiempo que me falta por vivir. Tengo un secreto valioso, la piedra, aquel método para encontrar la verdad, de comprimir la materia hecha de ideas hasta encontrar que es imposible sacarle más porque se ha vuelto materia preciosa, purísima, una verdad o bien la belleza o bien un teorema. Y reconfirmo, si dispusiera de un tiempo eterno en este mundo, descubriría toda la verdad, la que no existe, todas las verdades que funcionan en los diferentes niveles. Sería Dios. Porque poseo la piedra preciosa.
Examino a futuro y siento que no voy a morir, o que ya morí ¿no es cierto que salí de un féretro? Eso es renacer. Y si ya morí y aquí sigo, significa que volveré a vivir. Voy a gastarme la nueva vida que me gané en ese renacimiento.
Todo lo que vivimos lo hemos hecho nosotros mismos. Cuánta porquería debe habitarnos para hacer esto que hacemos, este mundo. Pero los peores momentos que nos hemos hecho debemos sortearlos con armonía y buen humor porque esos sucesos son el espejo de lo que somos. No podemos estar enojados con el mundo, porque el mundo somos nosotros.
Me doy cuenta que vivir realmente sólo se logra en dos momentos: en las alturas de la inteligencia, de la creación, del desprendimiento de ti mismo, de la pérdida de tu cuerpo y tu personalidad en función del espíritu, cuando estamos afuera, muy arriba de este mundo, o en las bajuras de la animalidad, en los goces animales del más bajo, del más simple mundo, las bajuras del supremo placer que hay en el universo, el placer del cuerpo: el sexo, la suprema belleza –que conozcamos en este cosmos–, es la belleza de la mujer y gozarla es un acto tan animal como divino, tan fisiológico como espiritual, tan sucio como sublime. Donde lo más bajo se muerde la cola y se vuelve lo más alto y a la visconversa, como dice doña Senorina. Y que me maten si no. Porque lo demás, lo que no son grandes alturas o minúsculas bajuras no es vida, es vegetación. Hasta abajo, como animal o hasta arriba, como semidiós. Porque la vida para nosotros debe ser consciencia, si no, es despreciable.
La gran consciencia, aun en el mundo finito, es la que puede considerar más del propio mundo. La mejor consciencia humana es la que en un instante pudiera percibir el universo. De alguna manera la madre Emeteria lo intuye, o a la mejor lo ha percibido, pero como no hay palabras para comunicarlo, lo más que es posible hacer es mostrar la cara de los muertos, los que ven al universo en su totalidad, pero ya han dejado este mundo, ya no están atrapados en el cuerpo. Por eso tienen una expresión maravillada. Es el último mensaje. Las drogas maravillosas nos ponen en el mismo trance. Nos sacan del tiempo y para hacernos ver la realidad que es la simultaneidad total, la eternidad. Cuando es posible ver todo lo que sucede, lo que sucederá y lo que ha sucedido a la vez.
¿O será tan sólo que madre Emeteria más bien alucina porque ya está tan vieja? ¿Y yo trato de encontrar algo que me consuele porque ya me voy a morir y el único escape posible es la alucinación y la locura para no enfrentar el espantoso momento de la desaparición? También eso puede ser.
Al final, termino de escribir y siento la angustia de la muerte. Es muy posible que todo esto sólo sea una torpe construcción para vencer esa angustia. Mi cuerpo se va a ir a la mierda. Mi consciencia, bueno, esa no. Pero ¿a dónde se va a ir?
Aunque mi cuerpo se vaya a la mierda, ésta se reciclará. Quién sabe cual será el destino de mis átomos, ¿son míos?, además, ¿cuáles?, los que me pertenecieron, ¿me pertenecieron?, ¿a qué edad?, porque han ido cambiando con los años. Esos átomos han pertenecido –o más bien han formado– a muchos otros seres y ¿quién puede dudarlo?, estaban en este planeta al principio de su existencia. Es decir, la vida es una sucesión de muertes. Esto es, no soy nadie, soy muchos. Esto es, he existido siempre.
Y escribo esto porque me da la sensación de que algo quedará cuando me muera. “No moriré del todo amiga mía”.
domingo 24 de mayo de 2009
Capítulo XXI. Pecados capitales, aleluya
XXI. Pecados capitales, aleluya
–Véngase a cenar algo, Tranquilino –me dijo Senorina mientras hurgaba en su cocina.
–Estoy muerto de cansancio, Senorita, pero por poco también estaría muerto si no me defienden de este loco.
–Repósese tantito mientras le cocino un par de huevitos con frijoles. –Me senté en una silla de madera con asiento de fibra vegetal de las que suelen fabricar por aquí. Cerré los ojos y sentí mi cuerpo relajarse…, como si dejara de ser mío, sentí reconcentrarme en una profundidad abismal. Un vacío escalofriante me llenaba. La sensación era tan intensa que hasta sentí un poco de miedo y abrí los ojos. Observé mis manos y casi sentí que no me pertenecían. Vi a Senorina y era como si me encontrase en una dimensión aparte. Ella hablaba y, sin prestar atención, contesté que sí. Ella tenía un huevo en la mano. Escuché como estrellaba el cascarón contra el borde de una cazuela de barro. Cerré los ojos y vi quebrarse el huevo. Noté que había sido rojo…, cuando Senorina lo agarró subió la intensidad del color y en cuanto rompió el cascarón empezó a diluirse el rojo hasta convertirse en un gris cada vez más yerto. Escuché la música de huevos fritos, crepitante, invadiendo el espacio hasta llegar al mundo en que me encontraba. Ella repitió el acto: tomar otro huevo, estrellarlo y echarlo al aceite hirviente. Era rojo, tornó a naranja, bajó a amarillo, luego verde y al final gris entre el ruido en que se transfiguraban los inocentes huevitos en objetos inertes. Creí entender que la pérdida del rojo era la pérdida de la vida, la muerte de los huevos. “Eso es la muerte”, me dije. Senorina se movía por la vivienda para traer el plato, calentar las tortilla, los frijoles, por fin se acercó a la mesa y me sirvió. Me miró extrañada.
–Oiga, don Tranquilino, usté no se siente bien… –Le dirigí la mirada y aprecié que estaba a punto de caer en el espanto. Cerré los ojos fuertemente y me llevé los dedos a los párpados.
–Nada más estoy cansado, Senorina, tengo sueño. –Se tranquilizó pero no dejó de prestarme atención. Comí huevos asesinados, también con frijoles y tortillas que no menos habían sufrido idéntica suerte. Tomé consciencia de la maquinaria que se puso en marcha, los dientes triturando, el tubo esofágico deglutiendo, el estómago con los jugos preparados para deshacer, simplificar aquella materia que volvería a ser viva en mí. Formaría parte de mí. Maíz, frijol y huevo dejaban de ser eso y en pocas horas serían Tranquilino. Esos seres sacrificaban su vida para sustentar la mía. ¿Para qué? ¿Habrá un sentido para que todo esto ocurra? Digamos que sí, en principio ellos mueren para que yo viva. ¿Cuando yo muera pasaré a formar parte de otro ser para darle vida? Sí, pasaré a formar parte de La Tierra, que me descompondrá hasta volverme lo que es ella. ¿Y nada más? ¿Habrá algo más? ¿Y el alma? ¿Hay alma? Si la hay ¿a dónde irá? Senorina me miraba atentamente, como esperando que de pronto me diera un ataque epiléptico
–No se quedaría usté enfermo de susto, Tranquilino, lo iban a matar.
–Estoy bien, Senorina, no te preocupes, estoy bien…, nada más es cansancio…
–Ándele pues, don Tranquilino, váyase a dormir. Que descanse. –Deseó para mí la anfitriona Senorina. Casi me sentía como de la familia. Ya sin ser conducido me dirigí a la que fuera mi alcoba gloriosamente compartida con Adela. Entré y me dejé caer en la cama. Me sentía exhausto. Cerré los ojos y me imaginé que en estos momentos, de no haber cambiado el destino por la intervención de la madre Emeteria, Adela y Senorina, ya estaría tendido, muerto. ¿Quién podía asegurarme que no hubiera sido mejor? Me sentía, sin embargo, muy satisfecho de estar vivo. Sentía que por haber librado la muerte era como si mi vida se alargara. A pesar de todo no quería comprobar las maravillas que refería la madre Emeteria sobre la muerte. De pronto oí que abrieron la puerta. “Bendita seas, Adela Adelita, si te fueras con otro te seguiría por tierra y por mar”. De pronto dejé de oír sus pasos. “Es la vida que viene a mí”, bendita sea, que me quiere enseñar quién es antes de llevarme, como dice la madre Emeteria que la muerte es la otra cara de la vida. En ese momento dejó de importarme el huevo y quien lo puso o si pasaría a formar parte de mí como quizá yo pasaría a formar parte de otro ser. Pensé sólo en ella, en su belleza, estará a media pieza esperando órdenes. Me acomodé como quien fuera a leer en la cama y la miré. Me esperaba una sorpresa, que ya se hubiera desnudado o que se hubiera puesto ropa interior excitante o… pero la sorpresa fue superior. ¡No era Adela! Y, en efecto, estaba a medio cuarto mirándome sin mirarme, con la cabeza inclinada, envuelta en un gabán. Era una muchachita que, aunque no sabía su nombre, la había visto antes, como a todos los habitantes del pueblo, según calculé, acaso llegaba a los dieciséis.
–Ven…, acércate –le dije. Se acercó y me senté a la orilla de la cama–. ¿Quién te mandó?
–Yo vine sola. –Senorina me hace otro regalo, pensé. Pero ésta es una criatura.
–¿Pero, cuántos años tienes?
–Diecinueve. –Me puse de pie. La muchachita me llegaba a la barbilla. Separé sus manos que sostenían el gabán, lo soltó. Venía en camisón de dormir. Lo que me pareció un poco excesivo. Desabroché los botones sobre uno de los hombros del camisón y lo dejé caer. Los pezones arduos y oscuros, los pechos abrumadores y un calzoncito moderno me convencieron de que representaba muchos menos años vestida que desnuda y que sí tenía edad núbil. Hermosísima mujer. Prolijas fueron mis caricias por los seis rumbos de su cuerpo. La muchachita sólo temblaba.
–¿Cómo te llamas?
–Angustias. –Detuve los besos. La miré al rostro.
–Eres una hermosa chiquita…
–Ajá… –le saqué el calzocillo y no cooperó, tampoco opuso resistencia. Probé su coño amargo después de besar su vientre y sus ingles y el desconcierto la hizo retroceder. Pero la agarré por las nalgas y la apreté con suavidad contra mi boca. Sus manos quedaron como extensiones ociosas flotando a sus costados. Le separé las piernas y elevé mi vista para ver su expresión. Su rostro, en contrapicada desde mi postura, detrás de las dos montañas agresivas, había claudicado, se dirigía al cielo y apretaba los ojos. Jadeaba. Gozaba, al menos eso me pareció. La deposité en la cama y trepé en ella. Le metí la verga y se estremeció. Elevé una plegaria de agradecimiento al universo por haber creado semejante prodigio: esa muchacha. Y, más aun, por el prodigio mayor, el de haberla llevado hasta mi cama. También di gracias por todas las mujeres del mundo y de los tiempos. Por supuesto a Senorina que otra vez se preocupaba por que yo estuviera contento. No me importaba morir ni la suerte que correría después, ni siquiera si mi alma pasaría a formar parte de “algo más”. Y cogí, una vez más, de manera inolvidable. Cuando empecé a sentirme en peligro desmonté. Le dije:
–¿Te molesta si fumo?
–No. ¿Ya me puedo ir?
–¿? ¿Ya te quieres ir? Bueno. Como quieras. Pero antes dime ¿tú qué haces, a qué te dedicas, Angustias?
–Estudio la prepa abierta. Y le ayudo a mi mamá.
–¿Quién es tu mamá?
–Senorina. –Casi salto de la cama. Por instinto me alejé de ella, en un movimiento inconsciente.
–¿Y por qué viniste aquí?
–Vine al baño. –Me puse de pie y me cubrí con la colcha. Empecé a vestirme.
–¿O sea que… tú nada más viniste al baño? ¿Por qué aquí?
–Porque donde duermo el baño no sirve.
–¿Y por qué dejaste… que… te hiciera todo lo que te hice…?
–Pues usté me dijo “ven acércate” ¿no?
–Sí, pero eso qué…
–Pues yo nomás le obedecí.
–¿Pero por qué me obedeciste, Dios santo? Qué va a decir de mí tu mamá. ¿Por qué no me dijiste “déjeme, señor, yo soy la hija de doña Senorina”?
–Pues es que usté es el jefe del pueblo ¿no?, hasta mi mamá le obedece.
–Yo no soy jefe de nada. Ni nadie tiene por qué obedecerme. Mucho menos en… en algo como esto que pasó… Yo no sabía…
–¿Y con Adela? ¿Tampoco sabía? ¿O nada más con ella le gusta…?
–No… yo… es que con Adela… tu mamá…
–¿¡Con mi mamá también!?
–No, no, no… ¿Tú viniste por tu voluntad?
–Sí, pero yo nada más vine al baño… y usté me dijo “ven acá”…
–Angustias, ¿y ahora qué le vamos a decir a tu mamá?, ¿que viniste al baño a hacer pipí y regresaste cogida?
–Pues usté, señor, si quiere decirle…
–Dios santo. Dios santo… Vete corriendo… vete por favor… perdóname… perdóname…
–Adiós, señor Tranquilino… –se puso su calzoncito color de rosa muy a la moda, que dejaba fuera de su cubierta gran parte de las preciosas nalgas de la hermosa señorita. Se metió el camisón basto y se echó encima el gabán en que había llegado envuelta. Y salió. “¿Qué está pasando aquí?”, me pregunté. Menos de medio minuto después tocó a la puerta. En cuanto abrí un poco se metió.
–¿Qué pasó, Angustias?
–Me querían agarrar los soldados.
–¿Cuáles soldados?
–Salí de aquí, caminé un cachito, ni a la siguiente puerta cuando pasó una camioneta de soldados. Me vieron y me llamaron. Si me dejo agarrar me trepan a la camioneta y entonces sí…
–Entonces sí ¿qué?
–Entonces sí llegaría más que bien cogida con mi mamá, imagínate si me agarran… son capaces que me cogen veinte o treinta soldados, ni lo quiera Dios, me matan –fui a la puerta. Abrí la cortina. La camioneta de soldados estaba a la puerta del cuarto. Los soldados miraban y algunos se dirigían a la habitación. Me hice a un lado. Tocaron. No abrimos ni respondimos. Estuvieron un rato y luego subieron a la camioneta y se fueron.
–¿Qué está pasando, Angustias?
–No sé por qué hay soldados en el pueblo. Ha de ser por lo que hicieron en Guanajuato en la mañana.
–¿Serán capaces de habernos puesto en estado de sitio?
–Pos Cajones está lejos de todo. Aquí pueden venir y hacer lo que quieran porque nadie se entera en el mundo. –Me asomé sacando la cabeza de la puerta y era cierto, no tardé en ver otro vehículo militar. Luego un grupo de soldados caminaba entre las casas–. Señor Tranquilino, así yo no me puedo ir a mi casa. A menos que usté me acompañara. Pero si usté sale lo van a agarrar y se lo van a llevar desaparecido… Porque toda la movilización que hay en Cajones es cosa suya… –Recordé haber leído alguna vez algún cuento en el que los encuentros amorosos o simplemente sexuales ocurrían gracias a que la gente ya no podía regresar a su casa por el estado de sitio que vivieron en Uruguay, Chile y Argentina.
–¿Qué vamos a hacer, Angustias?
–Pos quedarnos aquí… Si en la tarde vinieron hombres, ni siquiera eran soldados, y se llevaron a tres muchachos.
–Tenemos que hacer algo –me puse a dar vueltas por el cuarto, pensando; teníamos que comunicarnos con alguien, denunciar–, qué tal si salimos y nos ponemos a gritar que todos salgan.
–Uy, no, agarran a los que quieran agarrar. Si abrimos las casas capaz que se meten. Lo que han de querer es que no salga nadie, que no se escapen de noche para agarrarlos mañana legalmente, con policía.
–Tienes razón –y nos pusimos a conversar. Hablamos de Senorina, de la madre Emeteria, del marido de Senorina y padre de Angustias que vivía en California y ya había hecho otra familia, de los niños muertos en la volcadura, del puente, de la agresión en la mañana. Hasta que eran las cinco de la mañana.
–Ay, señor Tranquilino, yo me voy a acostar en la cama. ¿Y usté?
–Yo me duermo en el suelo, Angustias, no te preocupes.
–Digo es que ya no tengo de qué preocuparme. Lo que a la mejor no debía de pasar ya pasó…, si quiere acuéstese aquí, conmigo… al fin que ya qué –volvimos a acostarnos juntos. Afuera seguían oyéndose los vehículos militares y los pasos de los soldados que interrumpían el magnífico silencio rural de Cajones. Seguimos hablando. A pesar de la fatiga no podíamos dormir.
–Señor Tranquilino…
–Dime, Angustias…
–¿Ya no quiere nada? Es que yo ya tengo mucho sueño.
–Angustias, me siento culpable por lo que pasó. Siento que estoy abusando de ti y de tu mamá.
–¿Y si ahora la que quiere hacer algo soy yo se le quita la culpa? Pues sí porque ya no será usté el que me diga ven acá y yo la que obedezca.
–¿Ahora seré yo el que obedezca?
–Sí, porque si ahora usté me obedece yo ya no podría acusarlo con mi mamá, ya no podría decirle “El señor Tranquilino me dijo ven acá, me desnudó y me… me hizo lo que quiso…” –Chiquita de mi vida. Mujer al fin. Me ordenó que le besara las manos. Luego los pies. Me puso a que masajeara sus hombros, que acariciara su nuca, que masajeara su espalda primero vestida y después, por fin, desnuda.
–Ahora hágame con la boca…
–¿Qué?
–Lo mismo me hizo hace rato. –La muchacha ya estaba más caliente quizá que yo mismo. Degusté su flor íntima de nueva cuenta. Hasta que exigió–: don Tranquilino, quiero que me la meta.
Y cogimos hasta que amaneció. Aunque era apenas un poco menor que Adela, parecía de otra generación. Practicamos todas las posturas e hicimos todo lo que se hace. Bendita seas, niña preciosa, dije para mis adentros y una vez más, di gracias al universo por la existencia de las mujeres.
–Tranquilino, ya me voy. Fíjate bien en lo que voy a decirte… si esto llega a saberse me vas a desgraciar… yo tengo mi novio y ya nos vamos a casar, de hecho yo ya soy su mujer… entonces te pido por el amor de Dios que nadie lo sepa… ¿estamos?
–Chiquita, no es necesario que me lo digas. Pero si ahorita que te vayas a tu casa alguien se da cuenta… ¿qué?
–Nadie se va a dar cuenta… me voy a brincar por el corral de los puercos y entro por la puerta de atrás de mi casa. Ni siquiera los soldados me van a ver… Ya me voy… Gracias por… por haberme dicho “ven acá”…
–Muchacha preciosa… gracias a ti por haberme ordenado todo lo que me ordenaste. Cuídate mucho y que Dios te bendiga… –me acosté como incendiándome del sentimiento de pasmo por lo que me pasaba. ¿Qué estoy haciendo yo aquí en una comunidad olvidada del mundo y que no llega a doscientos habitantes? ¿Por qué tengo tan buena suerte como para que las mujeres más bellas de Cajones, o de Guanajuato, o de México, o del mundo, vengan a mi cama a darme placeres divinos? ¿O serán las tentaciones del Diablo para condenarme? ¿Ya estoy más que condenado? ¿Merezco que Camila me mate? ¿Por qué me declaro incapacitado para decirle que no a una muchacha? ¿Por qué ni siquiera considero que sería capaz de decirle que no? ¿Estoy enfermo? ¿O será porque sé que me voy a morir y jamás podré volver a estar con una muchacha? ¿Y ahora qué va a pasar en la lucha contra el gobierno? ¿Iré a la cárcel de nuevo? ¿Por qué no? ¿Por qué me quería matar el cabrón del Palemón? ¿Soy un traidor? ¿Saldré vivo de ésta? ¿Por qué no me mató? ¿Si no me mató es porque no lo merecía? ¿O fue porque estas benditas mujeres cambiaron el destino al salvarme la vida? ¿Por qué me salvaron la vida? ¿Para qué? ¿Será cierto lo que dice la madre Emeteria? ¿Habrá algo llamado buena muerte? ¿Será tan maravilloso morir como dice la madre Emeteria? ¿Lo que me quiso decir la madre Emeteria es que la muerte es el último, el total orgasmo? ¿Cualquier clase de muerte será mejor que podrirse en vida de cáncer? ¿Conseguiré una buena muerte, una muerte digna y no una por cáncer? ¿Una muerte inmejorable?
No supe en qué momento me quedé dormido. Pero me despertó una gritería de mujeres. Eran las diez de la mañana y había dormido tres horas, pero, oh prodigio, había cogido al menos otras dos. Los soldados cometieron un error muy grave, se las dejaron llegar cuando habían dado fin al estado de sitio y luego no tuvieron, por fortuna, la desvergüenza de agredirlas ni ellas incurrieron en la ligereza de permitir contacto físico, sino que los apedrearon cuando ellos, de cualquier manera, ya se retiraban del pueblo.
Las mujeres de Cajones, a gritos, insultando, arremetían contra los soldados y éstos, corriendo, se trepaban a sus camionetas que ya estaban en movimiento. Cuando la soldadesca desapareció regresaron indignadas, temblorosas, con un orgullo casi inexpreso por el enojo. Nos reunimos espontáneamente en medio de las casas y empezamos a discutir qué haríamos. Me informaron de una nueva desgracia.
–Se murió Anselmo, uno de los dos golpeados en el pleito de ayer –me dijo Senorina con un aplomo que casi pareciera indiferencia; tal había sido la motivación para el ataque a los soldados–. ¿Qué vamos a hacer ahora don Tranquilino?
–Hay que ir y matarles un policía –opinó alguien entre un grupo. Y se desató la lluvia de ideas:
–No, un pinche policía no, hay que matar a uno de los cabrones que mandan, al presidente municipal. Los otros imbéciles nada más obedecen lo que les mandan los verdaderos ojetes, los de arriba.
–Vamos a ponernos, ahora sí, en huelga de hambre.
–Hay que quemar al palacio municipal.
–Mejor ya no hagamos nada, cada vez nos está yendo peor
–Yo digo que no podemos matar a nadie ni quemar el palacio. Si así, que no les hemos hecho nada ya nos mataron un compañero, si hacemos algo, nos matan a todos. Tampoco debemos quedarnos sin hacer nada. Les propongo que llevemos al muertito, cuando nos lo entreguen, a velar enfrente del palacio municipal –propuso Senorina con una lucidez que era producto del odio que habían despertado en ella los actos de la autoridad.
–Pero lo más importante es que denunciemos la intimidación, el estado de sitio que nos aplicaron con el ejército. –Se discutió un rato y luego se acordó que sólo pasearíamos el cadáver por el centro de Guanajuato en una manifestación con sendos mítines en el palacio municipal y también en el estatal y regresaríamos al pueblo a darle cristiana sepultura. Casi de inmediato nos pusimos a redactar cartas a los principales periódicos nacionales, a los canales de televisión y de radio. Comisionamos a las muchachas para que hicieran de desayunar. De pronto, antes de cualquier acción por nuestra parte, nos encontramos con un desplegado del gobierno municipal, en los dos periódicos que circulan en el pueblo, que es la capital del estado, en los comunicados informaban del desgraciado accidente en el que perdiera la vida un manifestante al tratar de irrumpir en el palacio municipal, como ya lo hicieran una vez, para exponer sus exigencias al gobierno. Lamentablemente, decían, el manifestante confrontó con violencia a las fuerzas del orden que por accidente lo maltrataron y, el inconforme, siendo un hombre mayor (sexagenario) y además de no gozar de buena salud, perdió la vida.
Las mujeres me contaron que en realidad Anselmo, uno de los pocos hombres de Cajones que participaran en la manifestación fue golpeado con gran saña, porque los granaderos, con periodistas presentes, no se atrevieron a golpear a las mujeres, aunque sí las lastimaron, fue a ellas a quienes maltrataron. Mientras que a los hombres que no huyeron ni se ocultaron (como sí lo hizo el propio Tranquilino, yo mismo) los sometieron a terribles golpizas a garrote. Agregaron que no sería raro que el otro también muriera. Además la primera agresión fue de los granaderos, en fin, las lindezas tradicionales desde el poder. Y, como siempre, el culpable de haber perdido la vida era el propio muerto. Las señoras estaban furiosas.
–No, don Traquilino, son unos malditos. Nunca se me dio imaginar que fuera así de desgraciada esta gente. Pero ahora, ¿sabe qué?, aunque nos hagan el recabrón puente, van a tener a una enemiga para toda su puta vida. Es que no podemos vivir así, con unas bestias diciendo que nos gobiernan y abusando de la gente de todas las maneras que pueden. Mire, don Tranquilino, aunque no gane nada, me voy a dedicar lo que me quede de vida a chingar a esta clase de jijos de mala perra. Al fin que ya viví, al fin que ya nada pierdo, al fin que mis hijos que viven del otro lado me mandan dinero. Ningún gobierno va a desconocer, de aquí en adelante, quién es Senorina Garcidiego. –No tenía idea, doña Senorina, de cuánto compartía sus ideas–. Es que no, don Tranquilino, son unos hipócritas. Yo no sé si nada más la gente mala llega al poder o será que cuando llegan se vuelven esa porquería que son, como si el poder los pudriera.
Empezamos a redactar. Juntamos un poco de dinero para reproducir los comunicados y enviamos cuatro comisiones a entregarlos o bien mandarlos por correo electrónico o fax. Los familiares de don Anselmo abordaron la troca de Senorina y se fueron a Irapuato (única ciudad cercana que cuenta con Servicio Médico Forense) a recoger el cadáver. En algún momento de la actividad en que nos encontrábamos me topé con Adela. Me detuvo y me dijo que no había podido ir anoche a mi recámara “a ver si no se me ofrecía algo” porque ya no pudo salir por los soldados que andaban en el caserío. Alabado sea el cielo, me dije, ¿y si se me juntan las dos? También me encontré, por supuesto, a Angustias. Sólo nos miramos intensamente y en un momento tocó mi mano y me apretó con todas las fuerzas que pudo. Por alguna razón que desconozco, esa forma de apretarme la mano casi me provoca una erección.
Estaba entrada la tarde y continuamos, obsesivos, hablando de lo que haríamos de aquí en adelante.
domingo 17 de mayo de 2009
Capítulo XX. ¿Por qué no morir en Cajones?
XX. ¿Por qué no morir en Cajones?
En los pastitos se concentraron unas trescientas personas que venían de los pueblos, comunidades y colonias cercanas a la ciudad. Muchos ni siquiera sabían de qué se trataba porque habían sido invitados por otros, a los que sí les interesaba protestar. Me reuní con los líderes y me informaron que había unos cincuenta granaderos, listos para la pelea, es decir, con garrote y escudo, en la entrada de la ciudad. No nos dejarían entrar.
–Por lo pronto hay que acercarnos como si nada, para que también se vean presionados
–dijo un campesino. Así fue aceptado. Nos acercamos y la gente empezó a corear lo que se grita siempre en las marchas. Un jefe de los granaderos se desprendió de su grupo y se dirigió hacia nosotros. Doña Senorina y tres más se me acercaron y fuimos hacia los que venían. A mitad de camino de sus respectivas huestes con respecto de las contrincantes nos encontramos.
–Tenemos la orden de que no pueden pasar, señores.
–Señor, estamos ejerciendo un derecho constitucional.
–Sí, señor, pero no pueden perjudicar a la ciudad. Los derechos tienen límites.
–Nunca nos han hecho caso. Si no hacemos esto nomás no nos pelan.
La discusión se volvió como un fin en sí mismo. El policía tenía que cumplir órdenes por encima, incluso, de la ley. Discutimos quizá veinte minutos y nuestro grupo se fue diluyendo. Cuando regresamos ya quedaban alrededor de doscientas personas. La gente había empezado a irse hacia el centro de la ciudad circulando como peatones fuera de manifestación.
El policía, sin saber qué ocurría, pensó que nuestro grupo se dispersaba, es decir, se retiraba a sus comunidades, se acercó y nos exigió que desalojáramos la calle. Pues si no nos dejaban llegar a palacio municipal haríamos nuestro mitin ahí, en la glorieta de las ranitas. Nos advirtió que nos daba media hora para dispersarnos y no aceptamos. El contingente se iba haciendo cada vez más pequeño. Cuando se cumplió la media hora los granaderos empezaron a avanzar lentamente y el grupo manifestante desapareció antes que los guardianes del orden llegaran hasta ellos. Incluso nosotros, los dirigentes, nos fuimos caminando por el Jardín del Cantador, la calle de Pardo, la avenida Juárez hasta la Plaza de la Paz y cuando llegamos al palacio municipal ya habían instalado la casa de campaña en donde se refugiarían los huelguistas de hambre.
Llegaron policías que resguardan el palacio municipal y trataron de quitar la casita de campaña. Hubo algún jaloneo, unos cuantos gritos, pero la gente ya era mucha más que los cuatro policías que llegaran. Se retiraron diciendo que ya no tardaban los granaderos. Estábamos casi cien manifestantes. Si querían escándalo lo habría.
–Señor Vallehermoso, permítame unas cuantas palabras. –Llegó un hombre de elegante vestimenta. Delgado, sexagenario, de convictas actitudes. Un funcionario, sin duda. Se hacía acompañar por dos discretos, pero no menos temibles, guaruras. Por eso no me extrañó tanto que conociera mi nombre. Su impecable aspecto infundía confianza y su gran seguridad personal, más sus dos gorilas de compañía, causaban, a la vez, resquemor.
–A sus órdenes, señor. ¿Con quién tengo el gusto?
–Mi nombre es Pentecostés Morales, soy asesor en Secretaría de Gobierno estatal. Hemos seguido su movimiento social con mucho interés, como usted ha de suponer y estoy aquí a título exclusivamente personal, señor Vallehermoso. Me interesa establecer un acuerdo con usted para que a través de alguna instancia de gobierno estatal canalicemos las inquietudes o demandas del grupo, o los grupos que usted encabeza, hasta el gobierno municipal y, créamelo, los trámites fluyan con toda armonía y sin necesidad de reclamos ni confrontaciones.
–Me parece bien, señor Morales, pero cualquier diálogo tiene que incluir a las personas que nos acompañan en esta manifestación porque yo no tengo la representación de ellos y en todo caso prefiero que conozcan los detalles de lo que se acuerde.
–Estoy totalmente de acuerdo con usted, señor Vallehermoso, como le digo, esto es un asunto netamente de iniciativa personal; mire usted, esto es un sondeo para establecer contactos, lo invito a que sostengamos una charla informal en la que usted me exponga extraoficialmente la situación y en cuanto me sea posible, en esta semana, yo me encargo de que tengamos una reunión el secretario de Desarrollo Social, el alcalde con los líderes del movimiento. Le doy mi palabra. Mire, mientras sus compañeros se preparan vamos ahí, a la esquina y platicamos con calma. –Nos fuimos caminando de manera descuidada, como sin rumbo, con gran lentitud, hablando, sorprendentemente, de asuntos ajenos a la crisis, a la manifestación amenazada, a las demandas, al puente de Cajones. Fíjese, señor Vallehermoso, que estamos desarrollando un proyecto muy interesante para darle fluidez en el tráfico automotor a la ciudad. Es un proyecto muy ambicioso y que, cuando se lleve a cabo, detonará el comercio y los servicios turísticos…
En el restaurante enfrente del Teatro Juárez pidió el más luengo desayuno y se puso a hablar como un robot, usando los lugares comunes y las palabras usuales de los funcionarios para describirme los múltiples, los ambiciosos, los interdisciplinarios proyectos que nos harían felices en muy poco tiempo a todos los guanajuatenses.
Cuando le estaba contando la desgracia de Cajones, la volcadura del camión y la muerte de los niños, se escucharon los tambores y las trompetas de una procesión, estruendosas como pocas veces y en ruta inusual, pues yo no sabía que por aquel lado también entraran peregrinaciones. Los cohetones atronaban y me dio la impresión de que la ciudad entera se inundaba del ruido encerrado entre los cerros. En algún momento tuve la impresión de que algo grave ocurría, de que el desorden estaba imperando y hasta de que todo estaba preparado. Interrumpí mi narración y Pentecostés se puso a hablar como si quisiera aturdirme con planes de gobierno, proyectos estupendos, logros incontestables y “un gobierno amigo de todos”, el lema que usaran desde la precampaña. De pronto sentí que lo odiaba. Y entonces soltó la joya de su discurso:
–Mire, Tranquilino, queremos pactar con usted –incluso hablaba casi a gritos porque con el ruido de la peregrinación no era posible oír a volumen normal–, como caballeros, ni siquiera como aliados, sino como gente decente que sabe respetar sus compromisos y sus acuerdos. En sus manos vamos a poner doscientos mil pesos mensuales para que apoye a la comunidad que usted representa, no digo su comunidad por razones que ambos conocemos. O bien para que apoye a quien usted mejor decida o bien para que vaya forjando un equipo político. Si usted conserva la fuerza política que ha acumulado con estas movilizaciones, lo consideraremos para una candidatura, ya sea una diputación local o federal. Tampoco quedaría descartada la alcaldía. Si quiere puede construirles el puente o hacer lo que mejor le parezca, organizar lo que usted quiera. A cambio sólo le pedimos que no movilice a la gente contra el gobierno y que en los momentos definitorios nos apoye, sólo en los momentos coyunturales. Por lo pronto puede mantenerse independiente y empezará a recibir los recursos a través de la Secretaría de Desarrollo Social y Humano. No me dé la respuesta en este momento. No le estamos pidiendo que se corrompa, ni que traicione al movimiento que encabeza, al contrario, le estamos dando el poder y algunos recursos para que vaya resolviendo algunos problemas de la comunidad, que la represente ante el gobierno y que trabaje con nosotros. Creo que es un trato muy justo y todos salimos ganando. Basta con que se presente, con un aviso de un día antes de la cita, para que nos permita reestructurar agendas, en la sede estatal de la secretaría. Con eso entenderemos que aceptó el acuerdo con nuestras condiciones en lo general. Si tiene detalles que especificar, ahí los afinaremos. ¿De acuerdo, don Tranquilino?
Sin esperar mi respuesta, sacó de la bolsa interior de su saco un documento que desdobló cuidadosamente y me lo puso enfrente. Leí el texto. Era un contrato de colaboración entre las autoridades estatales, la Secretaría de Desarrollo Social y Humano, y la Organización de Colonos de Guanajuato, un nombre que ellos inventaran y que era dirigido por Tranquilino Vallehermoso Lagunes. Al final se encontraba el espacio para que firmaran, además del mencionado, el funcionario Pentecostés Morales Gamio, subdirector de Recursos y Desarrollo de la susodicha secretaría. En el cuerpo del texto yo aceptaba recibir, en efecto, 200 mil pesos mensuales por concepto de “apoyos a proyectos productivos” de la comunidad de Cajones “y otras”.
Luego me entregó un sobre amarillo tamaño oficio, sellado. Me pidió que lo abriera. Contenía 10 fajos de billetes de mil pesos perfectamente empaquetados por una banda de papel plástico. Cada fajo, calculé, debía contener veinte billetes de mil pesos.
–Pero no puedo firmar si no consulto con mis compañeros. –Le dije a Pentecostés, pleno de inseguridad.
–No importa, ya quedamos en vernos. Pero el dinero quédeselo, señor Vallehermoso. Yo confío absolutamente en usted.
Terminó de pasar la peregrinación y se quedó callado desayunando con una satisfacción que le brillaba en los ojos y le provocaba, al comer, la velocidad de un hambriento y lo hacía olvidar su elegancia.
–Pues mucho gusto, señor Morales. –Me levanté sin darle la mano y me retiré. En ese momento no sabía si fue una estupidez llevarme el dinero. Todavía no lo sé. Estaba terriblemente desconcertado ¿Y ahora qué…? ¿Este ofrecimiento significa que ganamos? ¿No será que me quieren corromper? ¿Para qué nos alcanzará con doscientos mil mensuales? ¿Cuántos meses habrá que ahorrar para construir el puente? ¿Qué más se podrá hacer con ese dinero? Lo ideal hubiera sido que nos hicieran el trabajo, la construcción y no nos dieran el dinero y menos limitado, pero si nos ponemos listos con esos billetes podemos hacer maravillas en el año y medio que todavía va a durar este gobierno. Me fui hacia el palacio municipal a doscientos metros de donde estaba. Había mucha gente de la peregrinación y más allá, algo inusual, una verdadera aglomeración que ni siquiera permitía el paso. Cuando por fin logré avanzar, había un cordón policiaco que rodeaba al palacio municipal. La gente que venía en la manifestación había sido por tercera vez dispersada. No había nadie conocido.
“¿Pues qué pasó? ¿Cómo fue que en tan poco tiempo se acabó todo? ¿Dónde está la gente? ¿Por qué no está la casa de campaña? ¿Qué diablos fue lo que pasó aquí? ¿Cuál fue el objetivo del llamado Pentecostés?”.
Todo era confusión en el centro de la ciudad. “Tengo que ver a toda la gente para informarles lo que conseguimos. ¿Pero ese dinero será para todas las comunidades o sólo para Cajones? Si es para todas no va a alcanzar, no va a servir; aun para usarlo sólo en Cajones es poco. Pero si lo usamos bien, insisto, podemos hacer maravillas”. Era urgente ir a Cajones a avisar a la gente de lo conseguido y a enterarme de lo que ocurriera en mi ausencia. Pero, en lo personal, era más urgente ver a Camila. Me fui por el Jardín de la Unión hasta la Plaza del Baratillo para encaminarme hacia la universidad. Pasé frente a la iglesia de La Compañía y cuando llegaba a la escalinata monumental de la universidad me di cuenta que no me había persignado frente al templo. Un gesto espontáneo y sincero que me demostraba que había perdido la fe, cierta fe. Que no se enteren Sanjuanita ni Obdulita. Casi estaba seguro de no encontrar a Camila en su oficina, por lo que tendría que ir a buscarla hasta su propia casa, al principio de la subida de la calzada de Guadalupe. Las oficinas estaban vacías, llegué hasta la de mi novia y oí voces de mujeres. Toqué la puerta y salió mi madre.
–¡Tranquilino!
–¡Madre mía! –nos abrazamos con júbilo y nos besamos. Luego saludé a Camila. Eludió con discreción el beso en la boca, me puso su mejilla. Por supuesto que no tenía por qué estar feliz.
–Qué bueno que llegaste. Íbamos a ir, aunque no me lo creas, a un pueblito que se llama Cajones, a buscarte. Tus tías nos dijeron que ahora casi allá vives. Tranquilino, Dios santo, ¿es cierto que ahora te metiste de líder campesino? –Mi madre me hablaba con un tono divertido, de complicidad y con un sentido del humor que sólo comprendíamos ella y yo pues mi secreto era suyo. En cambio Camila estaba dolida, decepcionada y, sentí, casi furiosa.
–¿Dónde habrás andado, Tranquilino? ¿Qué habrás hecho? Dicen que tú estás detrás de la manifestación y el pleitazo que hubo hoy.
–¿Hubo un pleito?
–¿No estuviste ahí? Se dieron una golpiza horrible, campesinos contra granaderos. Hubo muchos heridos. Vinieron varias ambulancias. –Camila me hablaba casi con crueldad, como si aquellos hechos fueran mi culpa.
–Santo Dios. No me digas que hubo golpes…
–Se llevaron heridos de los dos lados, granaderos y campesinos. Se agarraron a garrotazos en la Plaza de la Paz. Primero los policías hicieron correr a los campesinos, pero luego, no sé de dónde salieron muchos inditos y agarraron a garrotazos a los policías, unos traían machetes, golpearon y persiguieron a los granaderos hasta que los metieron al palacio municipal. Tuvieron que echar balazos para que se fueran. Estuvo feo, Tranquilino. Mucha gente confiable, tus tías, pues, dicen que tú eres el líder de los campesinos. Tranquilino, dime una cosa, aquí, delante de tu madre, ¿tú me quieres volver loca?
–Dios santo, qué pasó. No puede ser. El que se va a volver loco soy yo. Tengo que ir urgentemente a Cajones. Tengo que saber qué maldita sea la cosa que ocurrió.
–Tranquilino, no sé en qué te hayas metido. Esto parece mucho más serio de lo que pensábamos. No dudaría que las fuerzas de la ley te estén buscando. ¿Nos puedes contar qué está pasando? ¿Cómo te metiste en este lío? –mi madre me hablaba con benevolencia, como mi aliada, Camila como la inquisidora. Me puse a fumar. Cerré los ojos. Me calmé. Decidí.
–Vamos a comer juntos. Ahí les contaré todo. Luego me voy a Cajones. Me tendrán que perdonar. Voy a explicarles todo. No dudo que me ande buscando la policía. Si me detienen, les pido por lo que más quieran, dejen que los policías hagan su trabajo tranquilamente, ya nos pondremos en contacto, si es que llegara a ocurrir. Pero, miren, lo peor que puedo hacer en este momento es esconderme.
–Tranquilino, dime ¿qué es esto?, ¿qué va a pasar con nosotros?, ¿qué estás haciendo con tu vida?, dime si ya no cuento para ti… Quiero saber algo cierto de ti. ¿Ya no hay nada entre nosotros? ¿Qué va a pasar?
–Vamos, por lo pronto, a comer bien… Voy a contarles con lujo de detalles mi circunstancia. Luego tengo que irme a Cajones porque tomé una responsabilidad muy grande con esas personas y no quiero, por ningún motivo, defraudarlas.
Salimos del edificio universitario. Tomamos un taxi. “Señor, llévenos a La Casa Colorada, el restaurante que está en la punta del cerro”.
Comimos de manera deliciosa y opípara. Bebimos vino tinto. Les conté con detalles el caso de Cajones y mi involucramiento. Omití las noches de prodigio con Adela y la segunda aventura con Laura. Camila sospechaba o sabía que yo era infiel. Lo sabía inconscientemente que es la peor manera de saberlo, porque nada se puede probar, pero se siente. Y es una maldición que va trocando el amor en odio de la misma manera en que se llegó al conocimiento de la infidelidad de la pareja, inconscientemente. Un día despiertas y de pronto te das cuenta que odias a la persona con quien acabas de compartir la cama. Durante la comida me di cuenta que mi relación con Camila agonizaba. Y ella lo sabía pero no en su consciente. Y el asesino era yo. Y ella no lo sabía. Pero inconscientemente lo sabía todo. La situación con ella, entonces, era horrible y peligrosa. Bajamos del cerro bien comidos y un poco bebidos. Ahora sabían que estaba inmiscuido en un conflicto social. Camila estaba desconcertada y de pronto deprimida, de pronto furiosa. Acordamos llevar a Camila a su casa, aplazar así la resolución de nuestras relaciones y luego llevar a mi madre a mi casa o sea la de mis tías.
–Tenemos que hablar, Tranquilino… –me dijo Camila con gesto ominoso al despedirse.
–Sí, vamos a hablar. Mañana te busco. Comemos juntos ¿sale?
Con más libertad hablé con mi madre. Me siento muy bien, es extraño, creo que pocas veces en mi vida me he sentido tan bien y he sido tan activo; no cabe duda, me voy a morir en un excelente estado de salud; lo de Cajones todo es cierto, con Camila, lástima, espero que no se pudra la relación; vino Laura hace tres días, nos pusimos una borrachera espeluznante, mamá, también cogimos. Válgame Dios, Tranquilino. Pero también hay una muchachita, una campesina de Cajones. Ay Tranquilino y qué vas a hacer con este problema. De alguna manera lo solucionaré, la gente me quiere, no saben por qué, yo si sé, es porque nada me importa, sólo alguien a quien nada le importe puede defender los intereses de las personas sin tomarles ventajas. ¿Pero qué vas a hacer con Camila? No le voy a decir que le he sido infiel, que ni siquiera la he considerado; tampoco le puedo decir que ya no tiene caso nuestra relación porque para qué casarse con alguien que en unos meses la dejará viuda. Pero debías decirle la verdad y que ella decida. ¿Que me voy a morir y por eso me acuesto con todas las que se me paran enfrente? Dile lo que tienes, enséñale el documento del laboratorio, procura no hacerle daño. Sí, creo que eso es lo más decente. Lo de tus aventuras… sexuales, mejor no le digas nada. Mamá ya me voy, ni siquiera sé lo que pasó en el palacio municipal, quédate aquí con las tías, trata de que se tranquilicen, habla con ellas y diles que estoy normalísimo, sólo que cambié mi visión del mundo, no sé, diles algo para que se calmen; te veo mañana. Ándale pues, mi hijo. Cuídate mucho.
Salí a la calle.
–¿Cuánto me cobras a Cajones, amigo? –pregunté a un taxista.
–Son dos cincuenta hasta allá, señor.
–Vámonos.
Llegué a Cajones anocheciendo y el pueblo estaba más desolado que nunca. Me acerqué a la primera casa en mi camino pues no había una sola persona del pueblo que no me conociera. Toqué. Nadie contestó. Insistí. Se oyó:
–No hay nadie. La señora no ha regresado. –Avancé hasta la siguiente casa. Ahí me dijeron “Ya estamos dormidas, venga mañana si le urge”. En la tercera la respuesta ni siquiera fue que no había nadie. Decidí no tocar en ninguna otra puerta. Creí estar seguro de que nadie me abriría. Por un momento tuve la misma sensación que la primera vez que viniera a este pueblo, el desierto, la nada, la incomprensión. Fui hasta el tendajón de la madre Emeteria. Una sola de las hojas de su puerta se mantenía abierta. La histórica matrona de Cajones estaba en la entrada, detrás de la puerta, atisbando como si se asomara a otro mundo, como esperando algo increíble, más de lo que ya había visto en sus rebasados cien años de consciencia en este mundo, con su carita increíblemente arrugada y la sonrisa que se le había hecho tan permanente como sus arrugas.
–Pásele, jovencito, veo que ya lo dejaron solo. Le dije, esta gente no es buena para cosa de lucha.
–Es que los golpearon, señora Emeteria. Y yo no estaba presente.
–Pues verá usté, jovencito Tranquilino, ya se metió en un lío y ya nos metió a todo el pueblo. Vinieron hombres judiciales o pistoleros, sabe Dios qué serían y, sin orden oficial de gobierno ni de autoridá, se llevaron a cuanto muchacho se descuidó o sus madres no pudieron esconderlos. Tres muchachos, mis nietos o bisnietos, ya ni me acuerdo qué me vienen siendo, jovencitos ellos, de esos muchachillos que todavía son de escuela; se los llevaron. Por eso no hay gente en el pueblo o si la hay no quiere dar la cara. Y, es cierto, como usté dice, jovencito, allá en la suidá golpearon a hombres y mujeres pa’que se les quite, y a ver si se les quita, lo revoltosos. ¿No le digo?, los gobiernos son deveras malos, y si nos agarramos a hacernos una y una, óigamelo bien, jovencito Tranquilino, al rato nos vamos a andar matando pueblos contra gobiernos. Cuántas veces no se ha visto en estos y en otros campos que se hacen las matazones pa’que la gente entienda que con los gobiernos mejor ni se metan.
–Pero los gobiernos tampoco deben abusar, madre Emeteria, porque los pueblos se aburren y si ya no aguantan a los gobiernos y no pueden quitarlos, se empiezan a descomponer. Como si se pudrieran. Cuando ya todo está podrido nadie puede gobernarlo.
–Esto ya está más que podrido, niño Tranquilino. Yo vi como se fue pudriendo México desde hace muchos años. Se pudrió porque lo dejaron podrir y la porquería ya era tanta que la gusanera se comió lo podrido pero también mucho de lo que estaba sano. Y ya me tocó ver otra vez lo mismo. Es lo peor, la guerra es lo peor. Pero hay algo peor, que nos vayamos muriendo, matándonos poco a poco unos con otros, haciéndonos sufrir unos con otros años y años haciéndonos odiar, haciendo el infierno de esta vida. Mejor de una vez, que se muera lo que se tenga que morir.
–Madre Emeteria ¿vale la pena luchar por lo que le hace falta a la gente, defender a los pobres, vale la pena?
–Ay, señorito Tranquilino, yo no sé, pero se me figura que no vale la pena. Las cosas pasan aunque no nos metamos y luego, aunque no nos hayamos metido, nos pasan, la vida nos pasa por encima y nos lleva. Y si no hacemos nada, pos entonces no tiene caso vivir. Pos hay que entrarle a todo, señorito Tranquilino y con muchas ganas y buen modo, porque si no de todos modos la vida te va a jalar pa’donde se le antoje y, aunque no te hayas metido en líos, te va a hacer como sus calzones. Yo he pensado mucho en que sufrimos así porque tenemos cosas que pagar y luego ni siquiera lo sabemos, pero pagamos. Y nos creemos inocentes, pero no, yo creo que debemos cosas, por eso pasa lo que pasa y tenemos que entrarle. Pero si de por sí le entras y de buen modo, es como si le obedecieras; la vida es una mujer y muy deseada, si eres mezquino te va a tratar muy mal, ya ves como son las mujeres, yo ya no me cuento entre ellas, ya no soy mujer; pero, te digo, si te le entregas de buena manera, la convences y la conquistas, te va a premiar, ya sea en esta vida o si no cuando ya te haya llevado, porque la vida es la misma que la muerte nomás que con su otra cara. Cuando te voltea la cara es que ya no estás de este lado y ya te llevó y no te perdona, ya entonces no se puede hacer nada. Por eso hay que jugarle bonito a la vida y siempre te premiará. Cuando te mueres te hizo suyo. A todos nos va a hacer como mejor se le antoje, pero más vale que sea de buena manera, que te lleve en buen plan porque te haya visto entregártele con mucho gusto. Ah, porque eso sí, con los que no hacen nada con la vida, esa mujer les mete unas pelas que pa’qué te cuento, jovencito, los chinga y feo. Y si no, los deja que se pudran.
–Madre Emeteria, usted me está leyendo.
–A mí de repente se me figura que tú te andas buscando una buena muerte, no vale la pena que la busques, ella te tiene siempre en la mira y te llevará cuando te tenga que llevar, no antes y hasta más bien, si le haces un guiño que le guste, hasta te deja otro rato. Como a mí, señorito. A mí me ha consentido mucho la vida y creo que le he pagado. Estás muy joven, señorito Tranquilino, para andar pensando tanto en la muerte y andártela buscando. Los hombres están como locos, mira, se la pasan buscándose la muerte, quieren hacer tanta cosa y le meten enjundia hasta que se juegan la vida y muchas veces se ganan la muerte. A veces nada más a lo tonto. Será por su condición de machos que la buscan porque ella es mujer, la vida es la muerte y los hombres no entienden, sólo la buscan sin saberlo. Las mujeres, aunque no lo sepamos, lo sabemos sin saberlo, por eso somos más tranquilas, nos entendemos mejor con ella, con la vida, o sea con la muerte. En cambio los hombres son borrachos, son bravos, son inquietos, se buscan problemas con mujeres de otros y con las propias. Y tanto la buscan a la mujer, a la vida, a la muerte, que se la encuentran cuando menos lo esperan o cuando ni la buscaban. Tú no tienes por qué buscarte una muerte, no eres de ésos, tú eres un hombre de los sosegados. Pero no sé por qué le andas buscándole la otra cara a la vida, qué no te ha dado su buena cara.
–¿Usted por qué sabe de la muerte, madre Emeteria?
–Ay, m’hijito, he visto a tanta gente vivir, o sea morir. A mis hijos, a mis nietos, bisnietos y tataranietos que yo también, no te creas, espero una buena muerte. Ya no la busco porque ya anda conmigo muy cerca, cualquier día se anima a llevarme. Ya somos tan buenas amigas. Ya me habla al oído con vocecita muy dulce, con cantos de pajarito y cada mañana le pregunto “¿’ora sí me vas a llevar, hermanita?” y me responde que me ande sin cuidado, que ella me avisa y que esté lista para que la goce.
–¿Para que la goce, madre Emeteria?
–Ay, señorito Tranquilino, tú vas a decir esta viejita ya se volvió loquita de tan viejita que se puso. Sí, júzgueme loca por lo que le voy a decir, no hay cosa más divina en este mundo que morirse. Es regresarse a la cuna de la madre. Por eso nada más se muere una vez. Mire, jovencito, el hombre cuando agarra a una mujer y ella lo quiere…, pos le voy a contar, no sé por qué, o sí sé, pa’que no se ande buscando la muerte porque en una de ésas ya no le toca una buena muerte. Le digo, de esto ya hace muchos años, pero cuando el hombre la agarra a una y una quiere que el hombre la agarre, llega un momento de calor que una quisiera que el macho nos deshaga, es tan hermoso que el hombre haga de una todo lo que hace, el hombre metido en una, que una siente que la traspasa y que la lleva al cielo, pero el hombre no te lleva a ningún lado, nomás nos hace sentir y eso cuando es buen hombre; el hombre es como el alcohol, anima pero no ayuda, te hace sentir bien bonito, pero no te resuelve nada… pero cuando la muerte nos tome es como si te agarraran todos los hombres del mundo… No eso no. Es como si te agarrara el hombre más hermoso del mundo, un ángel y ése sí, te llevara al cielo, te lleva al cielo. O como si un alcohol te embriagara y ya no se te quitara para nunca la más dulce embriaguez y te quedaras a vivir en un bonito sueño.
–O la mujer más hermosa del mundo…
–Sí, pa’los hombres debe ser una mujer la que se los lleva. La mujer que buscaron toda su vida y que nunca encontraron, porque cuando la encontraron dejó de ser la que buscaban; la mujer más hermosa, lo que siempre quisieron hacer y ahí se lo hacen, ella se lo hace, la muerte, o sea la vida. Usté cree que yo estoy loca, jovencito Tranquilino…
–Yo creo que usted es mi madre…
–Mira, jovencito, ya llegó la gente. –Miré el reloj y era la una y media de la mañana. La troca de Senorina venía cargada de gente como de reses. Vieron luz en la tiendita de la madre Emeteria y ahí se bajaron.
–¿Qué pasó con usté, señor Tranquilino, dónde se fue a meter cuando empezaron los golpes y los balazos? –Me dijo con gesto agresivo la conductora de la troca, Senorina.
–Por eso vine. Yo no sabía… Tuve una charla con el subdirector de…, un funcionario de la secretaría de Gobierno… Me aseguró que…
–Mientras usté hacía transa con un hijo de perra a nosotros nos agredían a balazos. Usté es un traidor, señor Tranquilino. –Me gritó Palemón, el dueño de una flotilla de camionetas de transporte público–. Y ahorita me va a conocer, cabrón. –Se fue enfurecido.
–Venimos del hospital. Tenemos a seis compañeros heridos. Dos están graves de la golpiza, a puro garrotazo, que les dieron los granaderos. También hemos estado buscando a Damián, Ruperto y don Estrabón. Vinieron a agarrarlos aquí a Cajones y no sabemos nada de ellos, nos los niegan en donde hemos ido a buscarlos. Y aparte están cuatro mujeres detenidas, ésas sí legalmente, las agarraron allá en el palacio. Las tienen aquí en Puentecillas. También hay detenidos de otros pueblos ¿Y usté, cómo se escapó, don Tranquilino? –Me preguntó con la peor entraña doña Salud. Sentí que me tragaba la tierra.
–Qué puta es mi suerte. Mientras a ustedes los golpeaban yo estaba en un restaurante con un funcionario de la Sedesol y asesor de Gobernación que se llama Pentecostés Morales. Me prometió una ayuda de doscientos mil pesos mensuales para que vayamos resolviendo problemas… –Y saqué de inmediato el sobre lacrado. No le hicieron caso al sobre.
–¿Doscientos mil, don Tranquilino? ¿A quién y cómo, dónde y para qué van a dar ese dinero?
–Miren, en cuanto a este dinero yo… –en ese momento regresó Palemón y se acercó al pequeño grupo de mujeres, unas diez o doce, que estaban conmigo. Casi dio la vuelta al grupo y cuando estaba lo suficientemente cerca de mí, por la espalda, oí el espantoso sonido del disparo, seco, ensordecedor, me empezaron a zumbar los oídos, pero no sentí nada más. Sonó otro disparo y vi que Palemón forcejeaba con dos mujeres como si fueran perros peleando, ellas rugían con desesperación: Senorina y Adela (era mi preciosa Adela). Otras gritaban. Palemón y las mujeres peleaban con furia por la posesión de la pistola. Varias más se agregaron al combate. No sabía que hacer. Una, Filemona, lo agarró del cabello, doña Isidra lo golpeaba con gran fuerza en la cara, con el puño, doña Salud le puso una rodilla en la garganta y lo abofeteaba. Finalmente lo desarmaron y continuaron tundiéndolo. Lo tenían agarrado de los cabellos, inclinado hasta el suelo y lo golpeaban sin misericordia entre cinco mujeres. Hasta el momento no sabía bien qué estaba ocurriendo.
–¡¿Qué ibas a hacer, desgraciado, qué ibas a hacer maldito perro matrero!?
–Pero ’orita te va a llevar la chingada, cabrón este.
–Hijo de tu chingada madre, pero si eres un cabrón asesino, maldito…
Luego lo corrieron.
–Lárgate, cabrón, lárgate antes de que el que salga difunto seas tú…
–Cabrón este, desgraciado, hijo de la chingada. Ah pero si se acerca otra vez yo sí le voy a dar un balazo en el culo al cabrón. Mira nomás qué barbaridad iba a hacer el maldito. –Decía Senorina indignadísima y con la arrebatada pistola en la mano.
–Mire, señor Tranquilino, no es por atemorizarlo, pero este cabrón viejo ya debe varias muertes. Y si no es por la madre Emeteria que avisó cuando el cabrón venía y Adelita que lo agarró y luego Senorina que lo sometió, ’orita usté ya fuera difunto.
–Pero ¿por qué me quería matar?
–No nos quiera ver la cara de tontas, don Tranquilino…, mientras usté negociaba dinero en su beneficio a nosotros nos traían a chingadazos, nos metían a la cárcel y nos balaceaban. Capaz que hasta nos mataron a algún compañero. –Sentí que los pelos de la nuca y la espalda y los brazos se me erizaban. Por supuesto que lo habían preparado. La peregrinación con cohetones (que se confundieron con los balazos), peregrinaciones que nunca pasan por el Teatro Juárez, la confusión, el operativo a gran velocidad, las provocaciones y advertencias previas. Sólo a un estúpido como a mí podían tenderle una trampa tan obvia y cayera en ella. Y además hasta me habían dado dinero. ¿Qué decirles?
–Me engañaron. Me pusieron una trampa y caí en ella de la manera más pendeja del mundo. Me ofrecieron dinero quesque para ayudar al pueblo, pero es bien poquito, no nos resuelve nada. Y mientras aprovecharon para atacarlos y dividirnos… –le entregué el sobre con el dinero a Senorina.
“Hubieran dejado a Palemón que me matara. Nomás le hubieran dicho mátalo pero no por traidor, sino por estúpido… que viene siendo lo mismo o más bien peor. Porque si no me sé cuidar yo y caigo en trampa tan tonta ¿cómo espero cuidar a la gente que me sigue?
“¿Por qué me defendieron?”
–Pos na’más queríamos ver qué nos decía. El cabrón viejo este lo quería difuntear sin saber ni siquiera qué realmente pasó o qué mentira nos iba usté a echar… –me dijo Senorina–. Y esto qué, ¿es el dinero que le dieron?
–Por ese dinero ellos me acusarán de que ya me compraron, de que los traicioné.
–Pero si don Tranquilino está aquí es porque viene con su pecho sano o sólo que de plano fuera muy pero muy cínico, no nos hubiera dado el dinero y además viniera armado, porque aquí ya vio, don Tranquilino, si no lo defendemos del tal Palemón ya se lo hubiera quebrado –coligió doña Salud.
–Véngase pa’que duerma en mi casa. Y aprenda una lección, señor Tranquilino, los hombres de Guanajuato son aventureros, por eso se largan pa’l otro lado y también son matones, y por eso es también que se largan los cabrones –me informó Senorina. Claro que lo sabía, a pesar de ser un señorito de ciudad, pero quién me iba a informar que iba a enfrentarlos tan pronto y en mi contra.
Pasamos enfrente de la tiendita de la madre Emeteria y me llamó al vano de su puerta. Me habló al oído:
–Ay, señorito Tranquilino, ¿ya ve? Esa no iba a ser una buena muerte.
–Madre Emeteria, le debo la vida.
–Ya sé, señorito, que no quieres que te dé miedo morirte, pero sí te da. Y es que sabes, no le aunque que no lo creas, sabes que tienes que vivir mucho todavía.
–No, madre Emeteria, yo me voy a morir pronto.
–No te creas m’hijo. Vas a vivir mucho. ¿Te leyeron las barajas o te echaron una maldición poderosa y por eso crees que ya te tienes que morir?
–Sí madre Emeteria, algo así, de hecho me entregaron una carta en donde dice, más o menos la fecha de mi muerte.
–Pues serás muy tonto si le crees al hechicero charlatán que te la dio. ¿Y no te ofreció la cura? Porque así trabajan esos brujos para sacarte más dinero.
–No, hasta eso que no… Me dijo que no tengo remedio. Usté me va a enterrar, madre Emeteria.
–Pos sólo que malamente te la encuentres. Pero yo creo que no.
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