VIII. Pecar el resto de la vida
Toc, toc, toc, oí la puerta de mi recámara para salir de un sueño negro, inconsciente y sin imágenes, ya sin preguntas ni respuestas, como si hubiera muerto. Salí en pésimas condiciones y me sorprendió la presencia de Camila frente a mí cuando ya era demasiado tarde.
–¿Cómo estás, preciosa? –Después de un preámbulo de cortesía con Obdulia y Sanjuana, cuando estuvimos más o menos solos, Camila se desató:
–Vine a verte, a saber qué pasa contigo, he tenido noticias de ti que no quiero creer.
–Tienes razón, no las creas. ¿Quieres platicar conmigo?, vente para acá. –La conduje hacia mi recámara.
–Pee..., pero... ¿ya viste a dónde me llevas?
–¿Eh? Sí, a mi recámara, ¿qué tiene de malo? ¿O tú piensas hacer algo malo conmigo?
–Pe pe pero ¿qué van a decir tus tías?
–Ay, mi amor, mis tías saben que soy un hombre íntegro y muy decente, tú lo sabes, ¿verdad, tiíta Obi, tiíta Fani? Díganle a esta muchacha que puede entrar con toda confianza en la recámara de este que habla, un intachable e irreductible caballero. –Las tías se acercaron, se miraron, hicieron algún gesto, sonrieron, no supieron como reaccionar, desaprobaban mi actitud, pero no se atrevían a llevarme la contra y metí a Camila, por primera vez en nuestras vidas, en mi recámara. Camila, nerviosa, mirando el mobiliario se sentó en una silla, cerré la puerta y me acomodé en la cama. –¿De qué quieres hablar, mi amor?
–Es que no sé qué pensar. Me han llegado noticias que me niego a creer. Dicen que estuviste en la delegación de policía, que te metieron a la cárcel y que estuviste en una cantina donde hubo un pleito, que estaba contigo una mujer.
–Mi amor, la verdad es que el primer día me llevaron a la delegación por error. El segundo, cometí una agresión, no lo niego, llevé a divertirse un poco a una amiga de mi madre, estarás enterada de que vino a verme, y algún borracho trató de propasarse y le di un balazo, creí que lo había matado, pero por fortuna sólo quedó herido. –Camila me miraba con un asombro cada vez mayor.
–¿Pero tú?... ¿dijiste un balazo? Eso no lo puedo creer. Tú nunca has tenido un arma, nunca habías ido a una cantina. Siempre pensé que tú nunca pisarías esos lugares. Las cantinas, Dios mío, la cárcel, mujeres, mujeres... malas. No puede ser. Quiero que me expliques qué está pasando contigo. Así no podemos continuar con nuestro compromiso. Yo creí que te pasaba algo grave...
–Camila, perdóname por lo que voy a decirte. Yo no puedo sostener el compromiso que habíamos hecho. Han pasado cosas en mi vida que cambian todo. Me voy a ir de Guanajuato, bueno, de México, me voy... a... al extranjero y no puedo eludirlo. Así que lo nuestro tiene que terminarse. Te juro que no tengo otra salida.
–¿Qué dices? ¿Tú crees que yo puedo quedarme así? Necesito saber qué ha pasado, a dónde te vas, por qué te vas, por qué dices que tenemos que romper, no puedes hacerme esto. Ahora estás haciendo cosas que nunca habías hecho. Te desconozco, tenía la esperanza que me dijeras que no era cierto y que eran chismes.
–Es un viaje que me retendrá... años, varios, muchos años.
–Y ¿por qué no puedo ir contigo?
–Porque... porque es... porque no tengo derecho.
–Pero ¿si yo quiero irme contigo? Nos casamos antes de irnos. O nos casamos en el lugar donde tienes que ir. ¿Por qué no, Tranquilino, dime? Dime que no quieres romper conmigo por otra razón, dime la verdad, por favor... –y empezó a llorar–. He estado contigo desde hace cuatro años, Tranquilino. Tengo derecho a saber qué pasa. ¿Por qué quieres romper nuestra relación, nuestro compromiso? He gastado mi juventud contigo. Ahora me quieres dejar. Tranquilino, dime la verdad por favor... bu, bu, bu... ¿qué voy a hacer? Bu, bu, bu, bu ... –la abracé. No podía contarle de mis seis meses de vida en el mejor de los casos y un año en el peor, o al revés. Me desconsolaba. La amaba. ¿La amaba? ¿Después de coger con otra apenas dos días antes? Teníamos una relación y no era ingrata.
–Dime por favor la verdad, Tranquilino. ¿Ya no me quieres?
–Te quiero más que nunca, mi amor, pero... no puedo...
–¿Por qué no puedes? Bu, bu, ¿qué es lo que no puedes? Dime que ya te volviste borracho y no me importa, me caso contigo. Pero no me digas que tienes a otra porque me muero. No me digas que te vas de viaje porque eso no te lo creo... Dime la verdad... bu, bu, bu.
–Mi vida. Chiquita. No sabes lo que he sufrido. Yo te amo... tú y yo... nos vamos a casar. Nos casaremos aunque sea lo último que haga en esta vida.
–Tranquilino, ¿por qué me haces esto? ¿Qué ha pasado entre nosotros? ¿En qué cometí un error?
–No, mi amor. Nos casaremos... si así lo quieres. Mira, voy a tener que irme de viaje. Pero regresaré en unos seis meses o en un año, iré a arreglar todo lo necesario y regresaré a casarme contigo antes del viaje definitivo. Tienes razón, tú eres, de hecho, mi mujer; la mujer de mi vida. Me casaré contigo aunque sea en el trance in mortis.
–Tranquilino, júrame que es cierto.
–Te lo juro.
–Tranquilino, ¿me vas a llevar contigo?
–Te voy a llevar. No puedo dejarte. Me tengo que ir, pero te llevo conmigo.
–¿Me lo juras?
–Pues… Te lo juro. –Empezamos a besarnos con desesperación. Comprendí que, sin decirle la verdad de mis tumores, mi cáncer y próxima muerte, la había colocado en un trance semejante. El haber probado la posibilidad de la ausencia, del final, le provocó una sacudida. Los besos entre lágrimas (y también mocos, ni hablar) eran tremendos, humanos, ambiguos, angustiosos pero deliciosos, húmedos y calientes. Me besaba temblorosa y apasionada, sin dejar de llorar.
–Dime por qué no querías llevarme contigo... Por qué querías irte tú solo... –Me hablaba pegada a mí, con su boca con la mía–, dime por qué querías dejarme... –de pronto me di cuenta que con sus manos maniobraba mientras mantenía su rostro aún mojado de lágrimas pegado al mío, pasándome su aliento cuando hablaba–, por qué no querías llevarme contigo... dime, Tranquilino... –me di cuenta que se estaba desnudando cuando se sacó la blusa sin despegarse de mí–; dime una cosa, ¿has estado con mujeres?, ¿te has ido a acostar con prostitutas? Tranquilino, dime una cosa ¿quieres probar lo que es una mujer que te ama? ¿Quieres saber lo que soy capaz de hacer por ti? –Tomó mi mano y la puso sobre uno de sus pechos–. Tócame, agárrame, hazme tuya, tómame, Tranquilino, hazme lo que quieras, ándale.
–Mi amor, yo sí te hago el amor, pero... es que...
–Cógeme, cabrón; quiero que veas que yo soy una mujer. Ándale, hazme lo que quieras, o ¿qué quieres que yo haga? Ponme como quieras, dime qué hago –Ya estaba desnuda y se puso a desnudarme–. Chúpame aquí, chúpame las chichis. –Y, una vez más, entre la confusión de sentimientos y el revoltijo de ideas obedecí. Obedecí a la mujer y a mis instintos. Camila es una hermosa mujer, de otra manera que Laura. Y la metí en mi cama después de levantarla toda desnuda. Me saqué la ropa y cubrí a la mujer. Me hizo entrar en ella y puso lo mejor de su persona, de sus instintos, de sus sentimientos y de su sensibilidad exacerbada por la situación, entregada sin reticencias, una mujer que se jugaba su resto cuando creyó haber tenido el juego perdido. Estuve dentro de ella gozando tanto de su pasión, de su belleza, de su entrega. Como un condenado a muerte que quiere alargar su vida unos instantes, cuando me encontré cerca del orgasmo me detuve para alargar el placer.
–¿Qué pasó?
–Súbete en mí –la hice montarme, traté de que descubriera formas de excitarse usándome, pero me di cuenta que necesitaba calentarla más–. A ver, mi amor, ponte a gatas.
–¿A gatas?
–Sí, mi vida. –la hice sentirse usada, pero también la excité más. La penetré desde atrás. Sentí el bestial placer de hacer abuso del precioso cuerpo femenino, era un abuso de placer, de su cuerpo, aunque ella lo consintiera. El placer era tan tremendo que yo corría peligro. Me detuve, una vez más, a tiempo–. Preciosa, vas a ser mía, totalmente mía. Entonces, con tu permiso. –La puse de nuevo en la cama en decúbito supino, levanté sus rodillas y me aboqué a su sexo; se desconcertó, pero cuando sintió la lengua buscando el clítoris se dejó llevar por la novedad, la excitación, el placer. Sentí que, en efecto, se iba calentando la muchacha. Lamí su clítoris pensando en cómo podría llevarla al delirio, a volverla loca y el empeño y la disposición dieron buenos resultados, ella me agarró de la nuca y me apretó contra su clítoris, me manejó mientras movía su propia cadera al ritmo en que me usaba y cada vez su jadeo se hacía más intenso. Por fin me apiernó por el cuello y se estremeció, me sentí casi cerca de la asfixia porque me sostenía con manos y piernas y se restregaba desesperadamente contra mi cara completa, embarrándome de los jugos, ya no era mi lengua el instrumento y alcanzó un orgasmo de loca y me tuvo ahí metido, entre sus piernas, abocado a su sexo hasta que dejó de bramar y se relajó. Entonces me hizo subir hasta ella y se abrazó de mí con un cariño que jamás antes le había notado.
–Nunca me imaginé que tú fueras capaz de hacerme esto. Me siento terriblemente comprometida y quiero corresponderte –me dijo mientras se iba moviendo, dirigiéndose hacia la parte media de mi cuerpo.
Entonces comprendí, me separé, la invité a que se sentara en la cama y le dije: –¿es tu turno, mi amor?
–Tengo que chuparte la verga, ven acá –y tomó el pene, lo puso sobre sus labios, me miró hacia arriba jadeando con levedad.
–Pero... pero, es que... sabe a mí...
–Bueno, perdón. –Me limpié lo mejor que es posible hacerlo con la sábana–¿Todavía sabe a ti? –Y se lo metí en la boca–. Mi amor, serás mía por todas partes y de todas formas, ¿estás de acuerdo? –le pregunté tratando de dominar mis propios jadeos. Contestó que sí moviendo la cabeza mientras chupaba. La mantuve así unos minutos hasta que me sentí débil porque noté que en cualquier momento llegaría al orgasmo–. Ya, mi amor, ya... Acuéstate –la coloqué sobre la cama boca abajo y empecé a besar todo su cuerpo. Cuando terminé de recorrerlo con la lengua, lo repasé con mi verga. La puse boca arriba y le coloqué el falo en la garganta e hice que lo presionara con su mandíbula. De pronto me miraba extrañada, jamás habría esperado que un día hiciera lo que le hacía. Luego se lo coloqué entre los senos– esto, dicen, se llama la chaqueta rusa, –le informé. Sonrió mientras miraba los movimientos que hacía con mi pene entre sus senos. Luego lo mantuve un poco entre sus piernas y luego lo presioné apretándolo con sus rodillas, luego se lo puse en las corvas. La puse en decúbito prono y me masturbé con sus pies. Ascendí y obtuve jugos de su vagina en mis dedos, les agregué saliva y le metí el dedo medio por el ano.
–Ay, me duele, me duele..., pero no importa... –Entonces saqué el dedo y mientras ella estaba esperando que el recorrido continuara volví a lubricar su culito y sin previo aviso le puse la punta de la verga. El hoyito resistió pero agarré a la muchacha con firmeza por los hombros pasando mis manos por debajo de sus axilas, presionando con mis rodillas le abrí las piernas lo más que pude y apreté, se la fui metiendo despacio, con cuidado.
Gritó –¡Aaaaaaaayyy, ay, ay, ay, ay, aaayyy! Me duele. Me duele mucho–. Pero ya tenía adentro de su cuerpo, de su aparato digestivo, la parte más gruesa de mi verga. Me moví tan delicadamente como era posible, pero se quejaba y, con el cuerpo tenso, a punto de la contractura, muy cerca del llanto . Empujé con fuerza por última vez y además de gritar se movió por acto reflejo para zafarse, para escapar gateando. Le entró todo. Saqué mi pene rápidamente, estaba batido de mierda amarillenta, que parecía no haber sido terminada de procesar y me fui al baño de mi recámara a lavarme la verga con agua caliente y jabón. Cuando regresé me dijo:
–Me sacaste sangre, me lastimaste.
–Mi amor, perdóname. Es que quería que fueras mía de todas las formas. Mía por todas tus partecitas. ¿Me perdonas?
–¿Por eso lo hiciste?
–Por eso. Porque quiero que seas mía completa. Quiero que sepas que también amo tu culito.
–Mi amor, qué cosas dices. ¿Qué está pasando contigo? Nunca pensé que tú fueras un... hombre... así. Gracias, mi amor y gracias por decírmelo, yo también quiero ser tuya, hasta de... esos lugares..., de mi... culito, tú dijiste. Y si me lo sangraste un poco, no importa. –Me besó, me abrazó y se quedó arrebujada entre mis brazos.
Dormitamos un rato, agradeciendo al cielo que tantos asuntos se fueran resolviendo como lo iban haciendo. Poco más allá de medianoche se levantó deliciosa de desnuda y empezó a vestirse.
–Tengo que ir a mi casa y ve qué horas son. Yo soy una señorita decente que no puede salir a estas horas de la casa de su prometido. ¿Qué pensarás de mí?, ¿que me voy a acostar contigo a la primera insinuación que me hagas? Pues sí, señor, o cuando mucho a la segunda. Las que sí me dan cosa son tus tías. Pobrecitas inocentes, si supieran que aquí en su casita estuvimos haciendo tantas porquerías. Ay no..., hasta mi culito, Dios santo, así dijiste ¿no?
Cuando salimos las tías estaban escandalizadas, pero su educación les impedía hacer preguntas o comentarios. Nos miraban con suspicacia y sin disimulo. Nos ofrecieron chocolate y pan de Acámbaro para cenar, pero Camila se despidió disculpándose por la tardía hora y agradeciéndoles el ofrecimiento. Llevé a Camila a su casa. Caminamos abrazados. Antes de despedirse me preguntó:
–Pero, dime ¿qué ha pasado contigo? ¿Te volviste borracho de repente? ¿La mujer esa, con la que saliste quién es? ¿Por qué estabas con ella en una cantina a esas horas? ¿Por qué no quisiste hablar conmigo el día que fui a buscarte a tu casa?
–No ha pasado nada. Nunca he sido borracho, ni lo seré ahora. Mi madre, que se trajo a su marido, me encargó que la llevara a dar una vuelta por Guanajuato esa noche –mentí–, se nos hizo tarde y nos metimos en una cantinilla que le gustó. Y lo que está pasando es porque el viaje ese me tiene un tanto confundido.
–Después me vas a contar bien cómo está eso del viaje, a dónde vamos a ir a dar.
–Sí, lo vas a saber todo, porque tú eres mi mujer.
–Y ahora ya soy tuya, ¿entiendes?, tuya, porque me tomaste de todas formas y por todas partes, ¿verdad? Quiero ser tu mejor amiga y tu mejor amigo, quiero ser tu novia siempre y, ¿sabes?, quiero ser tu... tu puta, por eso me gustó que me hicieras tantas porquerías que me hiciste, porque si yo soy tu putita, quiero que tú seas mi cabrón, quiero ser tuya completa, de todas formas, en todos los ámbitos, porque quiero que tú seas mío de igual manera, ¿entiendes? Y ahora te amo más, mucho más; me encanta que seas este hombre que yo no conocía. –Y me dio un beso apasionado. Se fue.
No se me ocurrió preguntarle si era virgen, a pesar de que no encontré evidencias de que lo fuera. Me di cuenta que no me importaba, además, con un poco de cinismo pensé que después de haber hecho sexo conmigo estaba garantizado que ya no lo era de ninguno de sus orificios. “No estoy seguro si la desfloré, quizá algún día lo sepa, pero sí estoy seguro de que por lo menos la desculé”, fue lo que concluí con algún cinismo.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada