domingo 1 de marzo de 2009

Capítulo IX. Bienaventuranza. Maldición.

IX. Bienaventuranza. Maldición


La mañana siguiente de lo ocurrido con Camila estuve pensando que qué sorpresa me tenía guardada la muchacha. Jamás hubiera sospechado que debajo de la mujer tímida, introspectiva, bonita pero casi insignificante, ya empezada la cuarta década de vida –situación de extrema gravedad para una mujer de pueblo– y muy cerca de la abnegación (sí, negarse a sí misma) de tan modesta, una pueblerina, una mujer digna del hombrecillo que siempre había sido, traía lo suyo guardado muy en lo profundo. ¿Igual que yo? Nunca pensé que reaccionara como lo hizo, ni me hubiera imaginado que llegara al descaro por pasión, por ansias de entregarse, que rompiera sus límites ¿o no los habría roto? Yo había hecho cosas que traía cargando desde la infancia: picarle la cola a una mujer, hurgarle en el culo, ponerle el pene en la boca, revisarle el coño, lamérselo. Y sospeché que sí había transgredido sus límites al seguirme, a mí que carecía de límites pero por razones que ni ella ni nadie sospechaban. Una vez más estaba haciendo trampa. Pero si eso no era vivir, entonces ¿qué era vivir? Si no indagaba, si no satisfacía mis obsesiones, si no buscaba en mí y en el mundo, si no era valiente para ampliar los límites que me había impuesto una educación de católico cerrado, entonces ¿qué sería mi pedazo de vida que quedaba? ¿Lo mismo que había sido siempre? Lo que me parecía triste era haber empezado tan tarde y a consecuencia del aviso de la muerte.
Estuve reflexionando mucho rato después de despertar, me sentía inmerso en una agradable tristeza, con un desgano tranquilo y hasta armonioso, como viendo al mundo tan curioso, tan raro, tan grato, con tantas mujeres tan hermosas. Me pregunté por qué son hermosas. Por qué una muchacha obesa –lamenté mucho por las que existen– no nos atrae; por qué las mujeres mayores de cuarenta o cuarenta y cinco años, con salvedades soberbias, no levantan en los hombres la ansiedad casi desesperada que nos causan las muchachas, casi todas, siempre y cuando no tengan un defecto grave, casi todas son la belleza viviente, la mayor belleza, uno de los más grandes misterios de la existencia. Ninguna belleza superior ni más intensa ni más pura por su universalidad animal, por su profundidad espiritual, por su inmediatez sin dudas y sin remedio, por su cualidad absoluta y sin necesidad de teoría, por su abrumadora atracción que es tan grande que hay que ocultarla, detenerla, evitarla, sustituirla. Comprendí que jamás en su vida un hombre lograría un momento más sublime en este mundo material que al gozar de la belleza femenina. Creí descubrir que nuestro instinto sexual indetenible, avasallador, rayano en la temeridad suicida, era una orden del universo, sólo eso podía ser manifestación de la divinidad, ¿qué otra cosa era comparable? Pero ¿para qué la divinidad nos dotó de tan brutal impulso? La respuesta fue obvia e inmediata, para preservar la vida de nuestra especie sin dudas y sin mezquindades. El placer sexual, la belleza de la mujer son tan inmensos que bien vale la pena incluso arriesgar la vida por obtenerlos. Son los premios de la divinidad (dignos premios, divinos premios) para el macho que se atreve a perpetuar su especie. Y la belleza que lo atrae tiene que ser, por lo menos, sublime. En buena hora lo descubro. En mi familia, sin exagerar, por lo menos en la rama paterna, había una tradición de siglos de represión católica. Y en mi caso, cuando descubría qué era la vida y sus delicias, la idea de que el verdadero y único pecado era el de ser timorato y cuando había librado ese escollo, muy pronto vendría la nada. Ya no me importaba. Si veo a la muerte aproximándose, que llegue, de cualquier manera ha de llegar. Mientras tanto hay que aprovechar el tiempo. Obedecer a la divinidad que se hace manifestar con semejante poder a través de los instintos y nos obliga a obedecer su mandato.
Fue en ese momento en que decidí ir a la papelería y compré una libreta en la que me puse a escribir este texto. La conclusión obtenida y la decisión consecuente me pusieron de buen humor y salí de mi cuarto –conseguí la libreta en la que fui escribiendo esto y de la cual después transcribí en computadora– y me puse a desayunar con las tías en el mejor plan del mundo, conversando con gran animación, elogiando sus guisos y los cambios que recién habían hecho de los muebles (hay mujeres que en el cambio de muebles sustentan la trascendencia de su vida) y los adornos de servilletas decoradas a punto de cruz. Se pusieron muy contentas y se volvieron locuaces de gusto; pero, pobres, en cuanto notaban tal mensaje (“por alguna razón este hombre está muy contento con nosotras”) hacían una mala interpretación y trataban de apropiarse de mí, de ordenar mi vida, de decirme qué es lo bueno, lo decente y lo sensato. Ahora, pensarían, necesitaban hacerlo. ¿Y antes? No necesitaban pero lo hacían. Pensarían “Otra vez regresó al redil este niño, bendito sea Dios”. Decidí, para evitar su errónea interpretación, irme el resto de la tarde. ¿Adónde? Ni idea. No les había contado bien lo que pasara en la universidad, que estaba desempleado. Con lo que veían de mí era más que suficiente para tenerlas alarmadas; no estaba asistiendo a trabajar, dos mujeres habían dormido conmigo o al menos habían dado evidencias de intimidades inadmisibles, había caído en la cárcel dos veces, me había emborrachado otras tantas. Hechos que por primera vez realizara en mi vida, según sabían ellas. Aunque no sabían de mi renuncia al trabajo algo sospechaban pues ya era miércoles y no había asistido, excepto un día y fuera de horario, a la oficina. A eso de las tres de la tarde me salí sin rumbo fijo. Pasé por el Jardín Unión con la idea de sentarme a beber una cerveza y no me gustó la cantidad de gringos sentados en las mesas de restaurante en vía pública. Pasé por la Plaza de la Paz y terminé por meterme en la Plaza de San Fernando. Busqué un lugarcito apartado, a la sombra de un hermoso y extraño árbol tan retorcido como las calles de mi ciudad y me senté a tomar una cerveza. El lugar era tan tranquilo y hermoso que ahí me llegó el poderoso antojo de empezar a escribir y lo hice. Por largos ratos reflexionaba. Bebía cerveza hasta agotar la botella y pedía otra. Escribía un poco, ideas deshilvanadas; ya las ordenaría. Así estuve hasta las nueve o diez de la noche. Y me levanté del lugar sólo porque no quería que pensaran que era un borracho, aunque seguía respondiendo al condicionamiento de tantos años, pero en realidad no me importaba lo que pensaran, lo cual era una grandiosa virtud recién adquirida.
Caminé sin rumbo hasta que descubrí que estaba cerca de La dama de las camelias, un viejo antro, famoso por su ambiente de bohemios y, entre los pudientes, la gente bonita de Guanajuato, más bien por su sordidez y “las horribles cosas que en ese lugar ocurren” entre hombres y mujeres. No es necesario aclarar que jamás había entrado en La dama... y que sospechaba lo peor del lugar. Subí las escaleras y me encontré con una viejísima casa adaptada para salón de baile, decorada –por un famoso cineasta guanajuatense adoptivo, ya fallecido– con motivos rupestres y muchos más temas que conseguían un abigarrado ambiente entre kitsch y populachero mexicano, pero abundaban los motivos rupestres. No me disgustó el ambiente. De las diez o doce mesas casi el total estaban ocupadas. Escogí una de las tres mesas libres que había y pedí un whisky con agua. Una muchacha enseñaba a bailar salsa a un grupo de gringos jóvenes o casi. Esperaba ver prostitutas, un ambiente mucho más sórdido. Me di cuenta de la exageración de la “gente bien” de Guanajuato, La dama... era un lugar más que decente, ciertamente bohemio. En una pared descubrí dibujos simuladamente prehistóricos que exhiben hombres con el pene erecto: antepasados con el pito parado. Me dio la impresión –y sigo con ella– de que nadie lo ha notado.
Los gringos miraban asombrados a la muchacha que trataba de enseñarles a bailar salsa y que movía las caderas con algún exceso y pedía que las gringas y los gringos hicieran lo mismo. Era increíble la incapacidad de las güeras para hacerlo, de los hombres mejor ni hablar, eran lamentables. Algunas lindas gringas lograron moverse de manera muy interesante pero que no tenía que ver con el rítmico serpenteo casi negroide del cuerpo de la mexicana. Jamás en mi vida había bailado y siempre tuve la idea, por ver como bailaban, de que era una actividad que presentaba, para mí, insolubles complicaciones. Pero la muchacha les enseñaba lo más elemental, supongo, pues observando con detenimiento me pareció demasiado fácil y en esa medida me resultaba incomprensible la torpeza de los gringos, más la de ellos que la de ellas. O quizá me parecía tan fácil porque ya estaba más bien ebrio que buenisano.
Sentado a mi mesa, solo, viendo bailar a gringos y gringas que sorprendían de torpes y fuera de ritmo; después de hacerlos intentar los pasos, simplísimos, sin pareja, los puso a bailar juntos. Había más mujeres que hombres. La enseñante de salsa vino a mi mesa, como a las de otros a invitar a que bailaran con sus discípulas.
–Señor, ¿puedo invitarlo a bailar? Pero no conmigo, con mi estudiante…
–Sí, pero yo no sé…
–No importa. Ellas tampoco…
–Tú, Caterín, vas a bailar con el señor... ¿cómo te llamas?
–Tranquilino.
–A ver, entonces tú, Tranquilino ¿verdad?, te vas con Caterín... –me puso con una bonita muchacha casi rubia de gesto ingenuo, un par de centímetros más alta que yo y que no llegaba a los treinta años. Perfecto–. Caterín, el señor es Tranquilino y nos va a ayudar a que practiques tus pasos de baile.
–Ou, aim veri plisd...
–Mucho gusto, señorita…–le dije, porque creo que así les gusta ser llamadas.
Aunque no era menos torpe que Caterín, al menos no padecía de la inverosímil carencia de sentido del ritmo que hacía más torpes que yo a la mayoría de los gringos. Me di cuenta que podía moverme al ritmo de la música. Tomé a la muchacha por la cintura. Era una suave mujer que, sin duda, había gozado una vida de comodidades, de estudios y cálidos afectos; una gentil señorita gringa, sensible y sin prejuicios para bailar con un mexicano prieto o al menos no tan blanco, ni mucho menos rubio como ella. Además de tocar la cintura de esa muchacha, su mano que de tan suave me parecía regordeta; me emocionó un poco que, de alguna manera, después de un rato de bailar juntos, o al menos intentarlo, le comuniqué mi sentido del ritmo a la muchacha. Y pronto estábamos bailando casi como lo haría una pareja mexicana no tan diestra en el baile. Después de los momentos iniciales de nerviosismo –descubrí que no estaba tan borracho como para no sentirme nervioso– y de lograr sincronizarnos haciendo los pasos que a ella le indicaran y que yo observé sin que fuera mi clase de salsa, comenzamos a divertirnos y más aún, sentir a la muchacha entre mis brazos, rozagante, prístina de ingenuidad a pesar de sus, quizá veintiséis o veintisiete, sonriente y sorprendida de nuestras mexicanas maneras de bailar; tener su mano suave envuelta en la mía, sentir de pronto sus senos que se oprimían contra mi cuerpo en fugaces delicias causadas por la bendita falta de sincronía de ambas partes, la igualdad en los asuntos dancísticos, ninguno sabía más que el otro, el efecto del alcohol en ambos casos pues ella bebía cerveza.
Además de comunicarle el sentido del ritmo (lo que me hizo descubrir que, obvia necesidad, las mujeres son formidables seguidoras de ritmos) noté que le comunicaba mi excitación. Mínimos movimientos de mi mano en contacto con la de ella, tocar con suavidad su talle, cambiar la palma de mi mano de posición sin dejar de tocar su cuerpo me provocaba la sensación de percibirla en detalles íntimos y preciosos propios de una sola mujer en el universo, ella, Caterín o Catherine, una mujer, hermosa como son las mujeres, cuya constitución es más suave que la del hombre y sus formas diferentes, ajenas, además, las imágenes que se desataban en mí al apreciar a través del tacto su ropa íntima, la leve alteración de la regularidad en el ritmo de la respiración por el ejercicio físico, sentir de pronto su aliento, acercar los rostros casi hasta tocarnos. Era un juego delicioso y, sentí, casi perverso: esa admisión de la cercanía, del tocamiento, de la búsqueda mutua de los ritmos para moverse en bilateral acuerdo, de la intimidad que se da al sentir las respiraciones, después de poco tiempo, el sudor; pero al mismo tiempo las restricciones, no propasarse, no tocar más allá de ciertas regiones separadas por centímetros de donde las manos del hombre palpan sin culpas ni pudores el delicioso cuerpo femenino: juego perverso. Descubrí algo que sin duda todo el mundo sabe desde la adolescencia, que el baile es preparación y antesala del acto sexual y hasta, estoy seguro, puede ser un sucedáneo, como una droga menor que, sin embargo, a corto plazo provocará llegar a la droga suprema en esa índole que sería el acto carnal. No había pasado mucho tiempo cuando tenía una espontánea e incómoda –por el temor de ser notado– erección. De pronto vino la pregunta ¿cómo fui capaz de perderme el baile, esta maravilla, durante tantos años? ¿Cómo pude no disfrutar de este acto sexual sin penetración ni intercambio (casi) de fluidos? Hubiera querido ser un buen bailarín con quien muchas mujeres desearan bailar. Y una vez más concluí que “si las cosas están pasando ahora no es tan bueno, pero podría haber sido peor, incluso que nunca ocurrieran, como ha sido la vida de tantos señoritos y señoritas guanajuatenses”. En un hecho del cual ninguno de los dos, creo, éramos muy conscientes, de pronto me di cuenta que nuestros rostros estaban muy cerca. Ni la muchacha ni yo lo evitábamos, por el contrario, nos brindábamos cada vez más confianza. La abracé con más cercanía, pasando mi mano hasta su espalda y nuestras caras se tocaban con frecuencia mientras bailábamos. Mi pito parado rozaba con frecuencia su cuerpo. De pronto estaba tan caliente que creí llegar a la desesperación si no pasaba algo más con la hermosa gringa. Interrumpimos el baile porque se acabó la música. No solté su mano y en poco tiempo, alabado sea el cielo, comenzó otra rumba. Y la abracé y me acerqué más a ella. Y pegué mi cara a la suya. Y así bailamos.
Comencé a besar a la muchacha gringa, repegué su cuerpo contra el mío apretando un poco un poco más todavía mi brazo contra su cintura al bailar y llegué a encontrarme en un lugar muy cercano al paraíso; Caterín correspondía como quien encuentra un divertimento agradable y hasta excitante. Sentí que faltaría muy poco para estar con ella en la intimidad. Y cogiendo.
Los cuerpos pegados, sintiendo sus senos tocando, comprimiéndose contra mi pecho, juntamos los rostros y haciendo los famosos pasos mucho más cortos nos encontrábamos en la situación de pasar a más. Resultaba escandaloso de ridículo bailar en tales condiciones de calentura. Ambos respirábamos con agitación. Besé la zona cercana a la oreja de la muchacha, busqué sus labios, no correspondió pero tampoco se apartó. Seguíamos dizque bailando y metí mi lengua en su boca. Empezamos a besarnos y le dije entre sus labios “no puedo seguir bailando”. Dejamos de hacer el ridículo, es decir, de bailar y quedamos besándonos.
Recuerdo que pensaba “Si toda mi puta vida fui desgraciado, por lo menos ahora, el tiempo que me queda, poco o muy poco, que deje de ser desgraciado” cuando, de pronto, se detuvo la música de salsa sin haber concluido la pieza que había sido una delicia bailar y más haber dejado de hacerlo y besarnos, pero el ambiente se sintió espeso como pantano. Me aparté un poco de la muchacha. Como el resto de los parroquianos miré hacia la entrada de La dama...; hombres vestidos de uniforme verde oscuro, con armas de fuego –al menos dos cada uno: pistola al cinto y metralleta al hombro– entraban en el lugar. Por si no fuera suficiente venían encapuchados con pasamontañas oficial, como si fueran delincuentes que temieran ser reconocidos. Uno de ellos, el jefe, habló con el gerente o encargado del antro y los demás se aprestaron a cachear a toda la concurrencia masculina. Por alguna razón pensaban que las mujeres no podían cargar drogas entre sus ropas o bien los hombres también podíamos traerlas pues la revisión era más bien un manoseo rápido y humillante que con dificultad permitiría encontrar un sobre con droga o un arma bien escondida entre la ropa.
Vi que un encapuchado obligaba a un hombre a colocarse, apoyado con sus manos, de cara contra la pared; el policía, a patadas que, es cierto, no eran fuertes, lo hizo abrir las piernas hasta que le pareció lo necesario, le metió las manos por debajo de las axilas y se las recorrió desde los hombros hasta la cintura, ahí evitó ¿pudorosamente? continuar su repugnante acto y tocar los genitales del sometido, luego le pasó las manos por la espalda, también evitó palpar las nalgas, y recorrió con ambas manos las piernas. Luego le diría algo como “está bien” y le indicó ahíto de autoridad que pasara a otra parte, en donde se apostaban los que ya habían sido manoseados. Los trataban como a prisioneros de guerra. Era un abuso de la autoridad y un deleite para los policías pues se sentía que lo disfrutaban a pesar de la máscara por el empeño meticuloso en ordenar: “párese aquí, suba las manos, póngalas contra la pared”. Un acto mezquino y brutal, ilegal, por supuesto, pero sustentado en el supuesto de “la honrada lucha contra la delincuencia organizada y el narcotráfico”, lucha que ordenan los más conspicuos delincuentes organizados que se mantienen impunes pues ellos tienen el poder político y son los más prósperos narcotraficantes. Era más que nada una demostración de los hombres del poder a los ciudadanos para indicarles con claridad dónde está el poder; un abuso agarrando a los ciudadanos en un momento de cierta vulnerabilidad pues, quién estando a medios chiles va a quejarse de haber sido humillado en una revisión ilegal.
La bonita gringa Caterín estaba muy desconcertada, casi rayaba en la angustia. Nos habían roto el encanto. La tranquilicé, le dije que se fuera con el grupo de gringos, pues bien sé, como lo saben todos los mexicanos, que a ellos no los molestarían pues los turistas adinerados tienen privilegios con respecto de los naturales.
Fui hasta el lugar en donde tres policías, alegremente, manoseaban a sendos culpables sin preocuparse por presumir que, antes que nada, eran inocentes. Dije a uno de los empinados:
–Oye, amigo, ¿sabes que esto es anticonstitucional? ¿Sabes que ninguna persona puede ser molestada en su persona, sus pertenencias, su domicilio y su tránsito mientras no le sea mostrada una orden judicial? –El que cacheaba, sin terminar su trabajo, ordenó a su víctima ir con los revisados y fue conmigo:
–Las manos en la pared, por favor –dijo desde atrás de su pasamontañas.
–Con mucho gusto, señor..., pero antes, un detalle, ¿me puede decir su nombre?
–Yo soy la ley, cabrón, manos a la pared te dije...
–Sólo quisiera que me mostrara su identificación, para saber que no me va a manosear un delincuente; la orden de revisión autorizada por la autoridad judicial, para tener una idea, por lo menos, del porqué sospechan que soy un delincuente y me gustaría ver su rostro porque es muy incómodo que lo revisen a uno sin saber quién lo hace.
–Yo no sé de eso, señor, ese no es mi trabajo, ya le dije que manos a la pared.
–Pero, por mi parte, insisto, la ley dice que todo el mundo es inocente mientras no se demuestre lo contrario. –Vino otro enmascarado y entre ambos trataron de someterme, no lo hicieron sólo porque no opuse ni la menor resistencia y me llevaron agarrado de los brazos ante su jefe, el que dirigía “el operativo”.
–Mi comandante, éste se siente muy leguleyo y dice quesque no lo podemos revisar, quiere ver la orden del juez.
–¿Así que muchos güevitos, jovenazo? Pues lo vamos a remitir ante el juez calificador para que, lo que nos dice, se lo diga a él; responderle a usted no es nuestro trabajo. Súbanlo a la unidá, muchachos. –El comandante, único sin capucha, era prototípico: con un vientre tan extendido que parecía digno de un embarazo de nueve meses; la cara, de formidable tamaño sobre cuello y hombros de buey almizclero y, me pareció, más porcina que la de un cerdo de exhibición; el gesto feroz, burlón y despiadado con un desordenado bigote de macho; caminaba como haciendo pasos de baile quizá por el gran peso de su barriga.
–Está usté en manos de la ley; ponga las muñecas... –Y fueron capaces de esposarme como si fuera un delincuente peligroso, aunque lo hicieron con cuidado. Me condujeron casi con suavidad, agarrado de los brazos, como ayudándome a bajar las escaleras. Me empujaron de la nuca hacia abajo para meterme en la patrulla. En cuanto estuvimos dentro de lo que llaman la “unidad” se desataron–. Mira, pendejo, ’orita primero te vamos a dar una calentadita na’más para bajarte los humos, luego te va a tocar pocito, a tragar mierda un rato, a ver si eres tan güevudito como quieres parecer, luego te vamos a dejar el culo negro de requemado con la picana trifásica a dos veinte voltios y ya entonces le pasas con el juez a ver si te avientas a decirle que te apañamos por nuestros puros güevos y que te metimos semejante chinga. Y también vas de chillón con los derechos humanos, nos pelan la verga tú y todos los pinches derechos humanos juntos y vas a ver que si chillas con el juez te va a ir peor. –Hablaban con una furia como si les debiera un agravio mayor, como tratando de contener una violencia que los desbordara, hablaban como si trataran de bajar la voz, lo que hacía parecer que lo hacían para controlar su furia, me hacían gestos como si me odiaran por ser una maldita bestia criminal. Era tanta la desmesura contra un pobre sujeto que apenas les invocó la ley y les pidió que se cumpliera que, más que causarme miedo, me despertaron asombro. Los miraba con una actitud muy próxima a la admiración, ¿pues por qué me odian así? Me pregunté. Lo bueno es que en mi circunstancia ser objeto de un odio tan feroz y además gratuito, no me daba motivos para el terror sino más bien era como un aliciente para vivir; quizá no tan grato como las caricias de una bonita muchacha, pero de pronto me pareció que esto, el odio, el resentimiento y la podredumbre con que pretendían asustarme era lo mismo que el amor y que el sexo, sólo que de sentido contrario; como el polo negativo de los sentimientos que todos los humanos tenemos. Y ellos seguían hablando con intenso rencor, como tratando de bajar la voz o de contener el odio, después de haber descubierto sus caras por subirse los pasamontañas pues estarían muy acalorados. –Me cai que si vas de chiva con el pinche juez te vamos a matar, hijo de tu puta madre, a ti y a toda tu chingada y puta raza. ¿Entiendes, pendejo? Contéstame, pedazo de chingadera.
Creí que había una forma de sabiduría o, al menos, de cierto conocimiento en sus palabras. En la circunstancia en que encontraba mi tan apreciable humanidad (por más cercana de la muerte que estuviera) no era más que un pedazo de chingadera en manos de la autoridad.
De pronto me sentí como una cosa. Un objeto que se encuentra en este mundo interactuando con el planeta, intercambiando gas –por la respiración (y de alguna otra manera)–, procesando sustancias del planeta y devolviéndoselas para que la Tierra a su vez las procesara y sometido a un sistema que nosotros habíamos hecho. Vi a esas cosas que maldecían frente a mí, que hacían las mismas funciones que la cosa que era yo. Y me sentí monstruosamente extrañado porque descubrí que algo funcionaba muy mal en esos objetos que me insultaban.
–¡Te dije que me contestes ¿no entiendes en cristiano, hijo de tu puta madre?! –Lo más difícil de la situación era reprimir mi respuesta a sus estímulos. Al igual que al hacer el amor, cuando sentimos una fuerte inclinación para corresponder con creces a las caricias y muestras afectivas, así sentía un fuerte impulso para entrar en sintonía con la actitud de violencia de los dos policías. Con miedo habría necesitado respirar hasta el fondo, calmar mis ánimos y pensar con detenimiento para evitarme daños. Pero no tenía miedo. Sentía que esas cosas estaban descompuestas, aunque las agresiones amenazaban con alterarme, sentí que debía interrumpir el intercambio que trataban de imponer: responder con violencia habría provocado que me golpearan en el cuerpo o bien someterme, para que me humillaran a su antojo, es decir, me golpearan en el espíritu. Lo sensato era detenerlos sin responder a los estímulos que me aplicaban. De alguna manera comprendí que ellos y yo éramos lo mismo.
–Señores, creo que si, como dicen ustedes, no soy más que un pedazo de chingadera, deberían matarme, en vez de hacer tanto trabajo trasportándome, advirtiéndome que no los acuse ante el juez y amenazándome. Saquen su pistola y denme un balazo entre los ojos. –Se miraron sumidos en el desconcierto. Les parecí decidido a perder la vida. Ellos, a pesar de sacar porquería desde el fondo de su alma, no eran tan estúpidos como para matarme. Seguí hablando:
–Yo me siento incómodo así, atado y oyendo advertencias con insultos. Humillar y sobajar a un individuo indefenso indica una condición vil del que lo hace. En cambio si solamente sacan la pistola y me dan un balazo sin decir nada, creo que sería un acto enaltecedor, casi heroico, o como dicen ustedes, de muchos güevos. Si ustedes opinan eso que dicen de mí, no me lo explico, pues ni siquiera los conozco y no tienen motivo para opinar de mí de esa manera y mucho menos para decírmelo. Sin embargo, ustedes sí deben saber bien qué pienso de ustedes. –Me controlaba lo suficiente para hablarles con una tranquilidad que los mantenía desconcertados, tanto por la actitud como por el contenido del discurso; su estupor era tal que no acertaban más que a mirarme y a mirarse entre ellos–. Hay una razón por la que no puedo sentir miedo a la muerte y, además, mi vida vale poco, vale menos que la de cualquier persona. Ustedes deben saber que, en general, una vida vale poco; si desean tomar mi vida pueden proceder, pero en tal caso no tiene sentido que me insulten; se insulta sólo a aquél al que no podemos hacerle nada más que insultarlo. Ustedes, si quieren, pueden matarme; adelante, lo prefiero a los insultos. –Sumidos en el desconcierto, uno de ellos dijo:
–¿Qué hacemos, pareja? ¿Le damos en su madre?
–Pos ya no hay que discutir con él. Tenemos que cumplir órdenes, pareja; hay que entregarlo y que el jefe se arregle con él. –Y se pusieron en plan de servidores públicos austeros y disciplinados. Pero yo quería seguir hablando:
–Déjenme decirles, señores, que mi valor para invitarlos a matarme no es normal; las personas normales tienen miedo a la muerte. Yo no tengo miedo a la muerte porque soy... digamos que soy un muerto... no puedo tener miedo a morir si soy un muerto. Tengo esa enorme ventaja sobre todos ustedes que están vivos y que no tienen una idea de la muerte ni de cuándo vayan a morir. Las personas normales actúan como si fueran a vivir para siempre y morir les causa un terror como si con la muerte les fueran a quitar algo de lo que gozarían por la eternidad. Pero morir es algo demasiado simple y natural, morir es algo que no tiene importancia. No tienen idea de la muerte y, sin embargo, la muerte los acecha a cada instante, en cualquier momento cualquiera puede morir. Y sólo con esa idea bien fija, con la idea de que en el próximo instante podemos morir, es como de verdad se puede vivir. La muerte es lo único que le da valor a la vida. Vivir no es importante excepto por lo bueno que podamos hacer para que la vida tome un sentido, para que la misma vida sea importante. Si no es para eso, creo que no vale la pena vivir.
–Señor, por favor, ya cállese.
–Pareja, hay que madrearlo a ver si se calla.
–No, ya déjalo, ya vamos a llegar.
–No crean que desprecio lo que ustedes hacen. Ser instrumento de la justicia y también de la injusticia. Castigar o perdonar, a veces con justicia, a veces con injusticia en cada caso. Creo que eso también puede darle un sentido a la vida, pero no a la de ustedes, sino a la de los que sufren sus acciones. Finalmente ustedes, ni siquiera los letrados, los magistrados, no son quien para imponer justicia, la justicia es algo demasiado abstracto y lejano; ustedes apenas tratan de apegarse a un marco que hemos inventado y que es demasiado poroso, muchos crímenes se les escapan, muchas injusticias y hasta crímenes cometen ustedes mismos aun respetando su propio marco, entonces, en vez de justicia es una forma de ganarse la vida (bastante vil, por cierto) y de apropiarse del poder. Ustedes y sus jefes, los más altos jueces no hacen, no pueden hacer la justicia ni aplicarla y menos cuando no respetan sus propias leyes. Como en este caso...
–Mire, señor, ya llegamos. Si va a decir algo, dígaselo al juez, al ministerio público. Nosotros nada más cumplimos órdenes. –Así llegué por tercera vez en menos de una semana ante la autoridad judicial, acusado, en esta ocasión, de una vaguedad, a diferencia de la ocasión anterior en que llegué autoacusado de asesinato.
Me metieron una vez más en el calabozo en que estuviera ya dos veces.

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