domingo 8 de marzo de 2009

Capítulo X. El inframundo

X. El inframundo


–Lo único que quiero es que lo chinguen. Tienen que escarmentar con él a toda la gente; si seguimos así, al rato nadie nos va a tener respeto, un policía, la autoridad van a ser como cualquiera. Ya hablé con el delegado de la pe-ge-erre y dice que tenemos que darle una lección a esta gente, porque si no, al rato ya no podremos hacer operativos, cualquiera y todos se nos van a poner al brinco y lo importante son los operativos. Así que por mi parte, señores, aunque sea un ciudadano respetable y muy honrado de Guanajuato, no puede ni debe ponerse contra la ley. Por eso es que, señor juez, quiero ver una sentencia lo más dura posible contra este individuo. –Tal fue el discurso que el comandante dirigió al juez gordo y al calvo ministerio público que tan bien me conocían. El hombre habló con una autoridad irreprochable, como si la suerte de la ciudad o del país completo dependiera de sus operativos. El insólito privilegio, ilegal, de que me permitieran oír lo que decía de mí en mi propia cara era una forma del juez y el MP para curarse en salud ante mí y quitarse toda culpa. Luego, con discretas palabras al oído el MP dijo al comandante que querían hablar conmigo, porque éste se apartó unos metros con actitud de haber sido agraviado, caminando con su paso de bailarín y su gran cabeza porcina.
–Señor Vallehermoso –me dijo el juez a solas– esta vez nos va a ser muy difícil hacer algo por usted, tenemos la presión muy fuerte del comandante y más, a través de él, también nos presiona... –movió el pulgar señalando hacia arriba y volteando los ojos– el delegado de la pe-ge-erre.
–Pero vamos a hacer lo siguiente, señor Vallehermoso –dijo el ministerio público–, en cuanto se vayan los federales, no van a estar más de tres días, inmediatamente lo ponemos en la calle.
Viendo a unos pasos de mí, en el área para el público, al comandante, sin avisar a mis bien conocidos ministerio público y juez, me dirigí hacia el comandante.
–Señor comandante, quiero decirle que usted y sus muchachos están violando... –Mucho antes de oír la primera razón el comandante se puso de pie como si quien se dirigiera hacia él fuese una rata que, ante su vista, hubiese salido de una cloaca. Se apartó de mí con un gesto de indudable repugnancia. Fue hacia el juez y el MP.
–Señores, cómo pueden permitir esto. ¿Un detenido puede dirigirse a la autoridad? ¡deténganlo y enciérrenlo inmediatamente! O díganme si el señor es muy influyente en la ciudad y lo detengo yo. –Se llevó la mano a la pistola que llevaba al cinto y que descubrió al recorrer el saco–. No entiendo cómo es que lo tienen aquí, él debe estar en las celdas. Señores, díganme si no pueden y yo me encargo. –Hablaba con seguridad de primer mandatario a la que agregó un tonillo de quejarse de una repugnancia insoportable a la que habrían incurrido unos anfitriones por imperdonable descuido. Luego se dirigió a los policías que cubrían la guardia y estaban dedicados a deambular por las instalaciones de la edificación–, muchachos, hagan algo, detengan a este sujeto y métanlo a los separos. –Y fue a reunirse con el MP y el juez; éstos aprobaron cuanto hizo y dijo el comandante.
Los policías, obedientes, me tomaron por los brazos y me llevaron a los cuchitriles donde mantenían a los detenidos. Me encerraron en un cuarto infecto en el que unos veinte hombres estaban juntos tanto los detenidos por cualquier tontería como los que estaban por cometer algún crimen. Trataban de matar el tiempo y el aburrimiento sentados en el suelo y recargados en la pared pues no había sitio en donde sentarse; algunos conversaban y todos voltearon a verme entrar cuando dos policías abrieron la reja.
Me fui a un rincón desocupado. Me quedé parado recargándome sobre la pared. El cuartucho era iluminado por una luz miserable, los que ahí se encontraban habían sufrido la reducción de su humanidad hasta sus actitudes animales, a sus instintos básicos. Además así eran tratados por la autoridad. Nada se podía hacer más que estar sentado viendo a los otros o si acaso hablar con uno de ellos. En el lugar se sentía en su pesadez, en la falta de sensibilidad que afectaba a los que estaban ahí el sobajamiento animal a que éramos sometidos tenía el objetivo de degradar a personas, para someterlas y apropiarse de su cada vez más inexistente sentido de humanidad. El peso de la animalidad era insoportable, el sentimiento de hostilidad contra los que compartían la situación, contra los que nos habían sometido, contra los que no estaban igual que nosotros, contra los que nos condenaban a esto, contra todo el mundo. Pensé que quizá algo así, pero mucho más pesado, sería el hecho de estar muerto. De pronto uno se levantó, sin aspavientos, con naturalidad cruzó el cuarto hasta un hoyo en el suelo a la vista de todos, se bajó los pantalones y se sentó a cagar. El sitio se inundó de una espantosa peste de mierda. Nadie parecía notarlo. Empecé a vomitar en mi rincón. Estaba empinado basqueando con gran esfuerzo, con brutales arcadas y dolor en el vientre; oí gritos y me enteré que yo era el objeto:
–Hijo de su puta madre, mamón; ¿muy delicadito, hijo de su chingada madre? Aquí al señorito le dan asco los vapores de la mierda –dijo dirigiéndose al resto–, ¿Sabes qué, güey? Orita te voy a quitar lo asquerosito punta de puros madrazos. –Me agarró de los cabellos para mantenerme como estaba, doblado por la cintura, y empezó a tundirme con su más intenso vigor y su más entusiasta odio. Con su mano libre me golpeaba tan fuerte como le era posible buscando mi cara. Como yo la ocultaba ya sea volteándome o interponiendo mis manos, entonces me asestaba furibundas patadas en los costillares. Es cierto que a madrazos me quitó lo mamón, o lo asqueroso (en ese momento, a raíz de la madriza pensé que era curioso que la palabra asqueroso significara tanto repugnante como alguien con propensión a que muchas cosas le den asco, pues yo era el único asqueroso, ya que no soportaba el tufo asqueroso de la mierda de un presunto delincuente). Y digo que me quitó lo asqueroso porque las arcadas de asqueroso dejaron de ser importantes para mi cuerpo a pesar de que la peste no menguaba y, aunque distrayéndome con el pensamiento del cambio de significado de asqueroso cuando se usa como sustantivo y cuando se emplea como adjetivo, me preparé para la defensa de mi vida. De lo poco que tenía ya por defender, idea que me tranquilizó. Controlado el asco por el peligro y el dolor de los golpes, me dejé conducir aun a costo de dos o tres golpes más, pero tuve la ventaja de medir tiempos y distancias. Cuando aquel hombre menos lo esperaba, preparé, apunté y apliqué un terrible golpe sobre sus testículos usando la palma de la mano donde comienza la muñeca en una trayectoria ascendente. Sentí en mi mano como la sustancia cárnica cedió y se comprimió como si desapareciera por el impacto. El hombre emitió un gemido como de relajación y, en efecto, soltó el cuerpo de tal manera que debí sostenerlo para que no cayera. Al enderezarme dejé en uno de sus puños un grueso mechón de cabellos arrancados de raíz. Con la mayor cantidad de fuerza que pude reunir lo agarré de las orejas y estrellé su cabeza contra una pared que con gran rapidez fue desalojada por la gente; cayó bocarriba perpendicular al muro y coloqué el hueso de la espinilla sobre su garganta y le dejé caer el peso de mi cuerpo. No pasó un minuto cuando empezó a convulsionar. Pensé que en un minuto más estaría muerto. Bueno, yo lo estaría en unos miles de minutos más que él. A mis espaldas oía un escándalo, voces y hasta cuerpos que se habían azotado entre sí o contra las paredes. Además de estrangular a aquel individuo empecé a abofetearlo con una repetición de unos quince golpes. Un grito sobresalió de entre los ruidos “¡Ya déjalo, lo vas a matar!”. “¡A güevo que voy a matar a este hijo de su puta madre!”. De pronto sentí una voz tan cerca que llegué a dudar si no estaba adentro de mí.
–No lo mates, mejor vamos a darnos un toque. –Me volví y un tipo casi viejo, desdentado, con barba de semanas y rostro cacarizo, de rodillas me hablaba muy cerca del oído y a la vez me mostraba su mano empuñada. Cuando logró mi atención abrió la mano y me mostró un grueso cigarro, supuse, de mariguana.
No me movió el interés por la droga (de la que, además, desconocía el efecto), tampoco pensé en amistarme con nadie y ni siquiera le perdoné la vida por compasión. Aflojé la presión homicida sobre el cuello de aquel pobre desecho social porque el cinismo y la calma del cacarizo que me ofreciera la droga me parecieron un dictamen convincente de que importaba más fumar mariguana que matar a aquel perdulario.
Me levanté mirando a la víctima que aspiró en un doloroso y desesperado ronquido mientras su cuerpo se arqueaba como pidiendo aire por clemencia.
El cacarizo prendió el cigarro y aspiró con una fuerza que llegó hasta el gutural bufido. Se llenó los pulmones de humo mariguanesco y me ofreció el cigarro. El ámbito de la celda se llenó del penetrante olor de la mariguana. Con calma de conocedor me llevé el cigarro a los labios y aspiré con fuerza pero sin afanes imitativos; al tragar el humo sentí que me desgarraba la garganta y empecé a toser escandalosamente no sólo por el ruido sino más bien por mi notable novatez como drogadicto. Sin que eso me importara controlé la tos y volví a fumar con alguna precaución y cuando lo consideré suficiente entregué el cigarro. Todos los detenidos nos rodeaban con sus miradas de idolatría. El que fuera mi víctima, tras lograr alguna recuperación, arrastrándose, se apartó a un rincón a regocijarse por su renovada existencia. El cacarizo y yo éramos dos recalcitrantes criminales que habíamos declinado la comisión de un asesinato sólo porque nos interesaba más drogarnos aun en manos –y en desafío suicida– de la autoridad. Mi tos de mariguano novato era un detalle menor, perfectamente perdonable. Parados frente a frente fumamos entre gruñidos y aspiraciones prolongadísimas hasta que el cigarro se consumió. Cuando quedaba lo que llaman la bacha lo lancé hacia cualquier sitio; dos o tres saltaron a rescatarlo para fumarse los residuos entre quemadas de dedos.
El efecto del hidrocanabinol me llegó a la cabeza. Miré al cacarizo que tenía una chimuela y extraviada sonrisa. Emití un sonido como jajaja que era más bien como una resonancia ajena pero con dedicatoria al cacarizo, capaz que hasta le sonreí; él dijo “chido, cabrón, jajajaja” y me fui caminando tres pasos interminables que me separaban de la pared. Sentí la inmensidad del tiempo, el que en vez de avanzar con su normalidad cotidiana se detuvo a dar vueltas en un mismo sitio. A cada paso sentía ir manejando (como niño que aprende a andar en bicicleta) una inmensa maquinaria, mi cuerpo; con la circunstancia extra de que sentía cada parte de la máquina, en cada coyuntura percibía el rozar de los huesos, mis brazos colgantes, mis piernas como actuando por sí mismas. Deteniéndome de la pared me senté en el suelo y me recargué en el propio muro. Los demás quizá me miraban, ya no lo sabía, quizá dirían he ahí un feroz asesino que se echa a dormir, a soñar el sueño de la mota y ni siquiera le da miedo que lo mate el mismo que él estuvo a punto de matar y le perdonó la vida como si la diferencia entre matar y morir fuera eso, un toque de mota. Ni siquiera le da miedo porque conoce las reglas del crimen, porque sabe que todos y cualquiera lo protegeremos si el otro quisiera matarlo, porque él iba a matar frente a frente y hasta en desventaja y no permitiríamos que lo mataran a traición y con ventajas. Pensarían ellos, porque yo no pensaba. Y pensarían que un asesino empedernido como yo (parecía) no iba a cuidarse de que llegaran (como llegaron) los policías que cuidaban esa prisión al percibir el escandaloso olor de la mariguana que ya habría llegado hasta las mismas oficinas donde ellos atendían al público con su maldita prepotencia y su repugnante desprecio. Mi alma se había reconcentrado, por eso sentiría que manejaba una enorme maquinaria, por eso el tiempo se me había desmesurado. Nada oía o más bien nada entendía de lo que oía. Y sin embargo entiendo lo que pasó. Los policías, armados y agresivos entraron en la celda. Preguntaron quién estaba fumando mariguana. De pronto vi la celda como si estuviera pegado al techo, la triste luz, los policías maltratando a los detenidos, me vi sentado apoyándome en la pared, con las rodillas recogidas y la cara entre las rodillas. La mariguana me había hecho salir de mí o alucinaba imaginando, a partir de los ruidos, lo que ocurría. Los dos héroes malditos de aquella pequeña caterva de maldecidos, el cacarizo y yo, éramos intocables por un acuerdo sin palabras. Los policías golpearon, presionaron, preguntaron y alguno delataría a alguno, nadie nos delató al cacarizo ni a mí. Los policías –en cumplimiento infame de su infame oficio– exigirían sentir el aliento de varios de aquellos patibularios, les olerían los dedos porque saben que el olor de la mariguana es pertinaz. Alguno de ellos, sabedor de su tufo mariguano y sus dedos pestíferos, en acción violenta se fue al hoyo de las defecaciones, se metió los dedos hasta la campanilla y se obligó a basquear; luego, para librar a sus dedos del mariguano hálito, se los metió en el culo. Cuando los policías lo revisaron, al oler sus dedos se enfurecieron y lo golpearon hasta derribarlo, le dieron en el suelo con brutalidad a macanazos y, junto con otros tres que la asamblea de silenciosos maleantes acordó delatar, se lo llevaron para levantarle nuevos cargos y refundirlo un poco más en la cárcel. Al cacarizo y a mí no nos molestaron en el éxtasis mariguano que habíamos adquirido.
Yo deliraba entre la angustia del tiempo trastornado en una lentitud de plomo y unas ideas que entraban en mi mente y parecían sólidas de tan pesadas, de tan intensas, de que tan por completo ocupaban mi cerebro o quizá mi cuerpo entero. Pero eran ideas en forma de imágenes o de conceptos, eran objetos mentales que no tenían que ver con las palabras. No tenía palabras. Me habían abandonado. Las ideas me tomaban y me aplastaban y su pesadez me instalaba en la angustia. Me pregunté ¿por qué? pero no con palabras y me respondí que la angustia era porque tenía miedo a perder la consciencia, entonces me di cuenta que era miedo a la muerte, o miedo a la locura que era lo mismo y entonces me sumergí en la idea de plomo y mi valor me condujo a encontrar que la pesada idea era penetrable y que dentro de ella había otra idea, otro concepto que parecía más sólido, más duro. Lo examiné un poco y pude también penetrarlo y dentro estaba otro concepto que parecía más impenetrable. Ya casi con calma le di vueltas, lo examiné y con facilidad logré penetrar en él para encontrar que en su inte rior había uno más. Lo nuevo que hallaba era cada vez más concentrado y pequeño pero más duro y luminoso. La angustia iba cediendo y los objetos encontrados llegaron hasta uno que era una piedra preciosa, un objeto que emitía luz por sí mismo, como un diamante. Y además era impenetrable, lo único posible de hacer con él era contemplarlo porque iluminaba, me iluminaba y me llenaba de gozo y no era de plomo sino de un material muy ligero y durísimo. Descubrí que había llegado al final y que aquello era una verdad, supe qué es lo que se llama teorema. Pronto descubrí dos problemas, uno, que había llegado hasta aquello sin palabras. Me faltaría, como examinar la primera idea que llegara, convertir todo en palabras. ¿Qué era entonces, si no había palabras, lo que había descubierto? Creí responderme que había descubierto un método para acercarme a la verdad, para llegar a ella. Y el segundo problema era que las ideas que podía examinar eran infinitas, que no terminaría jamás y menos si habría de vivir ocho meses o doce. Pero un consuelo era que si fuese eterno, con el método descubierto podría apropiarme de todas las verdades del universo. Que si fuera eterno sería Dios, pues podría saberlo todo pues para ello sólo requeriría tiempo, si tuviera tiempo... Y descubrí que era lo mismo, casi exactamente lo mismo, los meses que me quedaban de vida que si hubieran sido años; no había mayor diferencia ante la eternidad. Pero ¿en qué consistía mi famoso método? No es traducible a palabras, supongo, pero algo será posible decir: el método consistía en examinar las ideas (convertidas en palabras) y encontrar otras ideas a partir de las iniciales. Continuar así hasta que mi inteligencia me indicara que había llegado a una verdad pura a la que no era posible encontrarle una idea más en su interior. Expresado en palabras me di cuenta que “pinche método para obtener conocimiento, vale verga”. Pero también sabía que no es así, pero ¿qué palabras uso para decir cómo se penetra en ideas según su consistencia cada vez más dura? De pronto pasó por mi mente que la penetración, que el descubrimiento había sido en mí mismo.
La existencia es un anillo que pudiera ser cilíndrico, pero tiene irregularidades, zonas más gruesas, zonas más angostas. En lo general es ancho de un lado y en la parte opuesta es tan delgado que parece haber desaparecido, pero no, no hay solución de continuidad, ahí está, pero es muy delgado, como un cabello. La parte más gruesa del cilindro en forma de dona es el momento de esplendor de la vida o de la existencia de cualquier objeto. La parte tan delgada que nos hace pensar que ahí desaparece el anillo, es el momento de la desaparición y el reinicio, porque todo desaparece y resurge. O la vida y la muerte. Ahí circula el universo. Todo lo que existe transita en ese anillo. El universo son muchos anillos de esos, interconectados, hay objetos y seres que cumplen su ciclo en un anillo y aparecen en otro. El mismo universo desaparecerá en apariencia, pero lo cierto es que ahí, en la parte más delgada, ocurre el renacimiento. Al desaparecer, al morir, la esencia se mete en sí misma y de ahí resurge como esas donas que penetran en sí mismas y salen a repetir el tránsito.
Cada rebanada de la dona es un instante de la existencia o de la vida y cuando el tiempo se nos detiene podemos ver la existencia de alguien o de algo completa o simultáneamente. Cada momento de su vida es una rebanada de la dona. Y cuando se acaban las rebanadas entramos a la parte muy pequeña donde la dona se mete en sí misma. Y volvemos a repetir el viaje a través de las rebanadas. Eso es la vida y la muerte. Puta, qué sencillo.
El efecto del tetrahidrocanabinol se disipó un poco. Levanté el rostro y miré el ámbito desolador, me sorprendí de encontrarme en la cárcel. Pensé que estaba en Estambul, con Camila, eso veía en una de las rebanadas de mi vida. Estaba, en realidad, a punto de cagarme en los pantalones. Me levanté tambaleando y me dirigí al agujero de las deposiciones pero me detuve a la mitad no del foro, sino del cuarto. Y no para cortar nada a la epopeya, sino para anunciar:
–Carnales, voy a hacer caca. Quiero que nadie vea como cago, no me da pena, me vale madres, pero como soy un macho y soy bien cabrón, quiero que nadie me vea el culo. Se van a poner en la reja, cabrones, viendo para afuera porque además no quiero que nadie se vaya a basquear, como me pasó a mí, con el olor de la mierda. Órale, pues, carnales, o díganme si tengo que partirle la madre a alguno. –Se levantaron sin aspavientos, sin molestias, demostrándome una vez más el fuero que entre ellos había ganado. Alguno me dijo “no hay pedo, carnalito, tú dime que hacemos”. Se fueron despacio pero sin molestia y se pegaron a la reja. Un chaparrito, viejo, alcohólico y desarrapado llegó hasta mí y me ofreció pedazos de hojas de un periódico, unas de ellas rotas pues, sin duda sobraban de otras que habrían usado para lo que yo habría de usarlas; “jefecito, tenga, éste le va a servir, pa’que se limpie” y se fue serio y disciplinado. Me senté en cuclillas y con la luz de un foco de unos cuarenta watts que entristecía la celda me puse a leer.
“Mueren dos menores en volcadura
“Camión de transporte suburbano es arrastrado por el río en Cajones
“Manuel Mora MacBeath
“Guanajuato
“Ayer, alrededor de las 6:30 de la tarde, dos menores murieron ahogados cuando un camión de la línea Clásicos intentó atravesar la corriente crecida por las lluvias del río Guanajuato que pasa cerca de la comunidad de Cajones.
“El accidente se debió a que en la presente temporada de lluvias todos los ríos de la entidad presentan avenidas extraordinarias. El chofer del camión intentó pasar después de que esperara dos horas que la creciente disminuyera.
“Los propios pasajeros exigieron a Rogaciano González, conductor del autotransporte, que atravesara la corriente pues ya estaban desesperados después de dos horas de permanecer en el camión esperando a que disminuyera el caudal. Los habitantes de esta comunidad, a pesar de las molestias y retrasos, están habituados a esta situación, pues cada año el río se desborda e impide el acceso y la salida de Cajones.
“El chofer decidió admitir la exigencia de los pasajeros y atravesar la corriente, pero a medio camino el camión se volcó y fue arrastrado unos veinte metros por la fuerza del agua. Los niños Julián Martínez, de 8 años de edad y Ezequiel Rendón de 10 perecieron ahogados. Hubo además 20 lesionados, de los que 6 se consideran graves.
“Los padres de los menores fallecidos se cuentan entre los lesionados y fueron trasladados al Hospital General Regional por los propios vecinos del pueblo aun a riesgo de nuevas desgracias al cruzar la corriente en sus vehículos para trasladar a las víctimas. Sin embargo, por fortuna no hubo más desgracias que lamentar.
“Muchos habitantes de la comunidad salieron de sus casas entre el aguacero para rescatar a las 43 personas que viajaban en el automotor. Por fortuna el camión se atrancó en un árbol antes de llegar a lugares más peligrosos en donde hubieran muerto muchas más personas.
“Tras el rescate, habitantes del poblado que prefirieron el anonimato, dijeron a este diario que han solicitado un puente al municipio desde hace quince años y, por diversas razones, no ha sido posible construirlo.
“Varios de los entrevistados manifestaron que cada tres años, desde que tienen memoria, los diversos candidatos, al hacer campaña electoral en la comunidad les han prometido el puente. Hasta el momento no se ha construido.
“Tres horas después de la tragedia llegaron elementos de Protección Civil y ambulancias para rescatar a los accidentados. Su labor fue exclusivamente de inspección, pero también se comunicaron con el Ministerio Público para las comisiones rutinarias de levantamiento legal de los cadáveres.
“Además planificaron las maniobras a realizar el día siguiente para extraer del río la unidad de transporte urbano.
“Finalmente, se pudo ver gran indignación contra la Presidencia Municipal por parte los habitantes de este pueblo por la desatención a su solicitud de que se les construya un pequeño puente que permita a los habitantes de este pueblo el tránsito ante las crecidas de la corriente del río que ocurren cada año”.

Leí la nota una vez. Terminé la misión que me encargara mi cuerpo para exonerar el vientre de materiales indeseables. Aseé debidamente lo que tenía que asear. Mis cohabitantes, con ejemplar disciplina, se mantuvieron pegados a la reja hasta que avisé “Muy bien, muchachos, se agradece su comprensión, el que quiera regresar a su lugar puede”. Me quedé con el recorte de la nota que leyera. Volví a leerla. Imaginé.

1 comentarios:

  1. Te limpiaste con mi presunta nota maestro Pterocles????

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