XI. Atisbos
La escena corrió como una película ante mis ojos. El chofer era gordo, bigotón y desastrado. Los pasajeros, gente del pueblo: morenos, humildes, de ojos negros, los viejos de sombrero, los jóvenes, del ámbito rural, ya indiferenciables con los de la ciudad, con ropas, aunque pobres, a la moda; las mujeres mayores con vestido y rebozo, algunas cargan bolsas o canastas, las jóvenes visten pantalones, a veces bolso de mano y algunas utensilios escolares. Los niños flacos y mal vestidos, algunos con uniforme de escuela. Los veo, los invento, dejo que surjan en mí, son. Aunque, lo sé, los he creado.
Viajan indiferentes, metidos en ellos. Algunos charlan. En la larga espera se muestran inquietos, comentan, llegan a bajar del camión, observan, bajo la lluvia, el río, vuelven a subir, discuten, se desesperan, obligan al chofer a meterse en el río, a intentar el cruce.
–Órale, Chano, –y me imagino al Rogaciano, al chaparrito moreno, despeinado, desa rrapado, desaliñado y bigotón– ya aviéntate, ya es mucho tiempo aquí parados. –Y creo ver que la voz es de un muchacho, un estudiante de la prepa oficial, un joven delgado, de esos adolescentes rebeldes, juguetones y vivarachos, carga la mochila de sus libros, lo imagino harto de esperar, veo que ha subido y bajado varias veces del camión y cree saber cómo y por dónde puede pasar el camión sin peligro, pues ha examinado el lugar que invade el torrente.
–No, amigo, está muy fuerte la corriente. –Aburrido, creo ver al Chano que mira al chamaco; le señala el agua que corre con furia por donde debieran pasar. Invento que están urgidos por salir de allí, creo notar que ya casi están dispuestos a lo que sea con tal de llegar a sus casas.
–Tú aviéntate, hombre, ya qué, pues... –le contesta el muchacho; me imagino su rostro con detalles, lo invento aburrido, muy molesto, casi decidido a intentar el cruce del río por sus propios medios; voltea como invitando al resto de los pasajeros a que presionen a Chano.
–Oiga, don, pos ya métase, pos total, cada año se meten los camiones sin que pase nada. –La invitación del preparatoriano que imagino hace efecto en una señora que carga un niño en rebozo.
–Mire doña, es que ’ora sí’stá más recia l’agua y como’stá bien juerte la lluvia y, tantito pior, no deja..., pos yo así no... yo le digo que veo muy feo este río y no vaya a ser la de malas. –Es clara la imagen de la gente, casi me parece oír lo que dicen, o quizá los escasos ruidos que hay cerca suenan sugiriendo tales diálogos, incluso repito con mis labios las palabras de Chano, su convicción y seguridad en lo que dice y que convencen de momento a una joven mujer de aspecto y actitudes insignificantes.
–Vámonos ya, Chano, si carritos más chicos han pasado, cuantimás este armastote. –Exige, irrumpiendo en las imágenes de mi alucinación, un pasajero cuarentón y recio, con su orgulloso sombrero de campesino, su gesto hosco y sus modales de gente sin amigos. Siento que me quieren invadir pensamientos y sé que si llegan los pensamientos se irán las poderosas imágenes. Tengo que detener a una parte de mí que desea entrar desplazando a las imágenes, a los sonidos que me ocupan sólo porque no entro en mí.
–Pos pasarían, pero no’staba tan juerte pues... yo miro como que l’agua le va’llegar más arriba de las llantas al camión y si l’entra al motor capaz que nos quedamos en medio de la corriente. –Chano, el imaginado conductor, cuando quiere intervenir o bien dejo que intervenga (como si yo designara sus acciones, pero a la vez como si las obedeciera) me toma con tanta fuerza que me oigo repitiendo sus palabras muy por lo bajo.
Ordeno, invento que al comenzar las exigencias al chofer se alcen muchas voces y obedezco que del camión salga un ruido de voces que no se entienden, ruido que supera al de la lluvia; sólo quienes hablan más fuerte (ordeno y obedezco) son oídos por el chofer, y por mí.
–Oiga ’iñor, pero es que ya tenemos rete bien harto tiempo aquí. ¿Qué tanto hacemos, pues?, ya hasta nos está entrando l’hambre. Ya métase y a ver qué Dios dice. –He deseado que hable otra mujer que tiene dos niños con ella, he obedecido que ella intervenga y su molestia alcanza ya un enojo muy grande como si Chano tuviera la culpa de que se hubiese inundado el paso hacia su pueblo, Cajones. Y como haciendo eco del enojo de la mujer, indico que aparezca un hombre casi agresivo quien se coloca junto a Chano y parece a punto de arrebatarle el volante, lo detengo, obedece, ordena.
–Y si no ábrete, amigo, yo me llevo el camión y lo paso del otro lado.
–Yo digo que hay que esperar a que se amengüe un cachito l’agua, no nos vayamos a quedar a media torrentera... –Chano emplea sus mejores argumentos para evitar que lo obliguen, como están a punto de hacerlo, a meter el camión en el torrente. En mi alucinación también deseo evitar que lo obliguen a meter el camión al torrente. Sin embargo siento que el ámbito ordena que el camión entre en el agua, que se meta, que ocurra algo que todos saben que ocurrirá pero no quieren aceptar. De pronto, en mi imaginación creo notar que incluso el camión se mueve hacia el río, como si tuviera voluntad propia. Ordeno que no entre el camión y las imágenes empiezan a difuminarse, ha penetrado otra parte de mí que no obedece y por lo tanto no puede ordenar. Me niego a perder la imagen y salgo. Obedezco, ordeno. Observo que Chano va a poner en marcha el autobús, presionado por los pasajeros ya muy molestos por la tardanza, varios cargan a niños pequeños, muchos de ellos van de pie en el destartalado vehículo, el chofer enciende el arranque. Preocupado hace avanzar poco a poco el camión, con mucho cuidado trata de recordar las mejores partes del lugar para correr los menos riesgos posibles. Pero no cuenta con el hecho de que la zona está muy deslavada por las propias aguas que han cambiado la configuración de esa parte del terreno. En cuanto entra en la parte más honda del riachuelo que, en cierta época del año incluso está seco, en ese momento es cientos de veces más caudaloso que en su promedio (hasta creo vislumbrar rápidas imágenes del río en otras épocas, en otras condiciones, en ese momento obedezco e invento que el camión se incline sobre un costado al haberse metido en un hoyo que en ese momento está ahí y que el mismo día en la mañana no estaba. A la vez, las ruedas de tracción parecieran impulsarse contra el vacío. El agua empieza a meterse por debajo. Las personas que viajaban del lado derecho, sobre el que inclina el camión son golpeados por los que les caen encima, a pesar de que el carro no se ha volteado. En el momento del espanto ellas lloran, gritan, protegen a sus niños las que los tienen, pierden la compostura, algunos sufren golpes, luchan por su vida incluso poniendo en peligro la de quienes los acompañan. Tratan con desesperación de salvarse. Luchan con el vigor que da la cercanía de la muerte. Los más viejos son abandonados por sus fuerzas y están a punto de morir. Los hombres gritan y las mujeres lloran histéricas y, las que traen hijos, los protegen con su vida. Alguien rompe los vidrios del camión por el lado contrario a la inclinación, es un hombre joven que sale y empieza a ayudar a las mujeres y a los niños a que salgan. Luego se regresan a la orilla de donde partieran. Otros rompen más vidrios y continúan sacando gente. Para entonces, avisados por otros que también trataban de atravesar, unos para entrar, otros para salir, empiezan a llegar lugareños que se disponen a ayudar a los que están atrapados en el camión. En pocos minutos desalojan de gente el armatoste, pero una mujer carga a su niño que no parece tener signos vitales, noto que ya no es niño, es una cosa, como un muñeco, su aliento está en el aire y algo que escapó de él también se disuelve en otra sustancia más fina, mucho más sutil que el aire. El niño ha muerto. La otra parte de mí quiere que el niño no esté muerto. La imagen se va. Siento un vértigo. Veo a ese niño como si fuera un vegetal que mostrara las capas de corteza que han sido su vida entera. No siento piedad. Percibo simultánea la vida del niño muerto, como si existiera al mismo tiempo desde la semilla hasta su desaparición. No siento tristeza, pero a la vez, como en otra pista, pienso y creo simular que me embargan emociones y sentimientos muy tristes por la muerte del niño. Me esfuerzo por que regrese y pierdo la imagen. Me abandono, trato de que me duela la muerte del niño, lo imagino, lo veo al mismo tiempo en uno, es muchos niños, pero no es más que una parte de una inmensidad; la imagen del accidente regresa, me he dejado. Veo que a los que están muy lastimados los llevan al hospital. Cuando se salva la mayoría los auxilian. Pero han muerto dos niños, por los golpes y el ahogamiento. Se hace un tenderete de cuerpos. Aparecen los vecinos del pueblo y ayudan en lo que pueden. Casi todos en el pueblo son parientes. En la desgracia se reconocen en la solidaridad como nunca lo hacen en la vida cotidiana en la que con frecuencia se odian. De pronto, el vehículo obedeciendo a cuanto tiene que obedecer se va a pique en la corriente, termina por volcarse y las aguas le ayudan a cumplir con una orden que es dar una vuelta completa mientras, casi flotando, dando tumbos, se aleja por el río desaforado. Poco a poco las aguas lo conducen obediente hasta que unos veinte metros más allá del sitio donde fuera atrapado por el agua choca con una angostura y se detiene. En este lugar los voluntarios, un hormiguero de gente que se obedecen, han venido del pueblo y se trepan al volcado camión, se meten rompiendo los vidrios, rescatan el cuerpo del otro niño que murió ahogado. Aparecen mantas, cobijas, tienden a los lesionados donde pueden, lo más a cubierto que les es posible. Cuando aparecen los representantes de la autoridad ya no hay mucho que hacer para ayudar a las víctimas. Más tarde todavía llega el automóvil del ministerio público que realiza sus diligencias, marca los lugares donde encontró los cadáveres, mide distancias, señala el sitio donde está el camión, examina a los pequeños muertos, interroga con frialdad a las personas que se encuentran en el lugar aunque nada o muy poco sepan de lo que ocurrió. Se va y después aparece la camioneta del Servicio Médico Forense de la que surge un extraño médico casi negro, pequeño y regordete con unas ojeras descomunales que examina los cadáveres de los niños y se los lleva después de hablar con quienes son los familiares.
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