XII. Rebeldía, dulce rebeldía
–“Tranquilino Valle... Vallejer..., ¡Tranquilino!, ¿¡quién es Tranquilino!?” –llamó un policía que mostraba tremendas dificultades para descifrar mi nombre de un papel que le habrían encargado. Eran quizá las seis de la mañana. Mis compañeros de celda dormían y algunos que oyeron al emisario abrieron los ojos para ver cómo obtenía la libertad.
–Sí, señor, a sus órdenes.
–¿Tú eres Tranquilino?
–Tranquilino Vallehermoso Lagunes.
–Vas pa’juera.
–Me parece muy bien. Pero dile a tus jefes, amigo, que, puesto que me quitaron mi libertad toda una noche, según yo sin motivo, exijo que me digan de qué me acusaron para robarme una noche de mi vida y por qué me exoneran si es que algo debo. Así diles. Y diles que me niego a salir de la cárcel si no me aclaran de qué me acusaron y por qué me castigaron con una noche sin libertad. –El policía se quedó mirándome sin saber qué hacer.
–Mire, señor, es que a mí me dijeron que lo llevara, yo no sé nada.
–Pues ve y diles, mi amigo, que me niego a salir de la cárcel hasta que me expliquen lo que te dije. –Desconcertado el policía no contestó y se fue despacio viendo su papel y rascándose la cabeza de preocupación. Los que oyeron el diálogo se mirarían acaso y su admiración hacia mí habrá crecido más. Quizás comentarían con otros lo que oyeran. El policía se tardaría unos quince minutos. Regresó.
–Oiga, señor, es que me dicen que tengo que sacarlo y ponerlo en la calle porque ya entró derechos humanos a defenderlo a usté. Está un licenciado de los derechos humanos y dos señoras, serán su mamacita y otra doña, además hay dos muchachas y más personas muy enojadas porque usté está detenido. Ya hasta nos están acusando de que no lo queremos sacar o de que lo golpiamos y por eso no lo queremos sacar. Ya mejor véngase pa’que les diga que no le hicimos nada. –Imaginé a mi parentela, la movilización que Obdulia y Sanjuana harían, me pregunté ¿quiénes serán las “señoritas”?, los defensores de derechos humanos, algún licenciado, Dios santo. Pero pensé que los escándalos que hicieran mis familiares no debían cambiar mi idea de que no saldría hasta que me explicasen. Lo que en realidad quería era darle una lección tanto al viejo cerdo comandante de la policía judicial federal como a los inútiles mangoneados que representaban a la ley local, el juez y el ministerio público.
–Amigo, no voy a salir de esta cárcel. Pregúntales si van a violar otra vez mis derechos humanos, ahora para sacarme como ya lo hicieron para traerme aquí. Diles que ya saben, que no salgo hasta que me expliquen. –Se volvió a ir ya con cara de angustia, ya con prisa. Regresó muy pronto y habló con una inseguridad que lo ponía tembloroso; no sabía qué estaba pasando, el hecho de que le mostrara seguridad y el apoyo que tenía de afuera le hacían pensar que estaba ante alguien poderoso.
–Señor, discúlpeme, pero es que me dijeron que si no sale por las buenas conmigo vamos a tener que venir a sacarlo a fuerzas entre varios.
–Ah, pues diles que pueden venir a sacarme por la fuerza.
–Señor, no lo tome a mal, pero yo le aconsejo que mejor vaya por las buenas.
–Amigo, ya te dije. Diles que no salgo a menos que me expliquen cuál fue mi delito y cuál mi castigo y por qué; pero ahora además exijo que el comandante que me detuvo me presente una disculpa por su error o su arbitrariedad. –Alguno de mis compañeros de celda se colocó junto a la reja y le dijo al policía:
–Ya sácate a la chingada, ¿no entiendes? Ve y diles que chinguen a su madre ¿no entiendes el español o qué chingados te pasa? Diles que aquí mi compadre y yo decimos que chinguen a su madre todos. Ya lárgate. –Esta diatriba fue más convincente y se fue. Discutirían, evaluarían qué hacer; se tardaron. A la media hora vinieron, en efecto, unos cinco policías y uno que los encabezaba y que, no sé, sería su jefe.
–¿Quién es Tranquilino Vallehermoso Lagunes?
–A sus órdenes, señor. –Se dispuso a abrir la reja introduciendo la llave, a la vez me decía:
–Tienes que acompañarnos afuera. –Ni siquiera tuve que hablar, menos actuar. Los detenidos, delincuentillos, rateritos de banqueta, borrachines trasnochadores, algún drogadicto con la consciencia en otro mundo, pandilleros bravucones o pleitistas sin suerte, aunque, ¿por qué no?, quizá estuviera allí algún criminal avezado; no sé si lo había, pero casi todos creían que yo lo era. Y los raterillos, los bravucones, los drogadictos, los meones de la calle y, si los había, los verdaderos criminales se manifestaron a mi favor y, sin restricciones, contra los representantes de la ley. De pronto fue la confusión; abrieron la reja, los policías entraron en la celda con sus toletes, con sus pistolas enfundadas al cinto; los detenidos, unos veinte, cerraron el paso a los policías. Hubo algunos gritos, “ni madres, no se lo van a llevar, de aquí no lo sacan, fuera tiras, nos tienen que madrear, nos tienen que madrear”. Y se impuso el grito; en un momento todos los que ocupaban la celda, incluyéndome, gritábamos con furia “Nos tienen que madrear, nos tienen que madrear, nos tienen que madrear”; y el grupo se hizo fuerte en la pared posterior de la celda gritando a gran volumen “nos tienen que madrear”. En la demarcación policiaca de Dos Ríos se perdió el control. La gente que estaba afuera oyó el escándalo, la grita disciplinada que organizáramos. No faltó uno o varios periodistas que se escabulleron para llegar hasta la zona llamada de separos, también entró la gente que había venido por mí, mis tías, un visitador de los derechos humanos, Camila, mi novia; Ernestina, mi hermana; el juez, el ministerio público. La pequeña multitud llegó ante la misma reja y miró adentro a los cinco policías amagándonos con sus toletes, los reclusos gritando con estruendo al máximo y ya más bien con júbilo “nos tienen que madrear, nos tienen que madrear”; el juez y el MP que corrían para allá, para acá y no sabían que hacer, tres o cuatro reporteros, al menos dos de ellos con cámara fotográfica disparando flashazos a discreción.
No pudieron sacarme.
El caos llegó a ser bastante completo.
Los policías de afuera, que llegaron de refuerzo gritaban, a los de adentro “¡Atáquenlos, no los ataquen! ¡Sálganse, no se salgan! ¡Cierren la celda! ¡No, mejor ábranla! ¡Hay que echarles gases! ¡No, porque aquí anda derechos humanos! ¡Chínguenlos, no, no los chinguen!”; el juez y el MP intercambiaban opiniones dilucidando lo que debían hacer; los periodistas tomaban nota y fotos; mis tías me gritaban “¡Tranquilino, Tranquilino, ¿dónde estás, m’hijo? Ay, señores, no sean así, déjenlo salir!”; Ernestina, mi hermana miraba y calculaba, muy atenta a cuidar a Obdulia y Sanjuana; Camila se acercó hasta los barrotes de la celda, me localizó, me gritó “Mi amor, mi amor, salte”; le hice señas de que estuviera tranquila, de que no había problemas; el comisionado de los derechos humanos sólo observaba; los detenidos no cesaban de gritar “¡Nos tienen que madrear, nos tienen que madrear!”. Por fin el juez fue ordenando, casi de uno en uno, a los policías, que se retiraran; los que estaban adentro de la celda salieron y cada quien volvió a los lugares que ocuparan antes del pequeño desastre. Los reclusos accedieron al júbilo: “No pudieron, cabrones, se la pelaron, hijos de la chingada”. Pasó media hora más. En la celda se comentaba la victoria y aumentaban la admiración y la popularidad que había ganado desde mi llegada. Llegó el visitador de derechos humanos hasta la reja, estaba acompañado por dos policías y un, al parecer, ayudante. Hablamos. Me dijo que sería muy bueno que saliera, que había un procedimiento para hacer justicia, que ellos ya estaban trabajando en una recomendación a las autoridades por la arbitrariedad que habían cometido, que, en efecto, al parecer se habían violado mis derechos, pero que necesitaba colaborar con ellos para que el procedimiento fuera legal, que se tenía que hacer una investigación. Acepté. Abrieron. Salí. Los cautivos reaccionaron de diferente manera, unos me decían “¿No que muchos güevos, cabrón?, mira, na’más te beneficiaron y ya te vas, pinche traidor”; otros me dijeron “Llégale, carnalito, llégale, por las buenas sí, por qué chingaos no”. No era uno de ellos, no me interesaba estar en la cárcel, además, no tenía por qué estar; si hacían justicia, bien; si no hacían justicia, era mejor estar afuera para procurarla.
Afuera estaba mi gente, mi familia, los periodistas, el juez y el MP que, aunque ya eran casi mis amigos, les representaba cada vez más una monstruosa incógnita. Los periodistas me entrevistaron, les conté con las menos palabras que pude el suceso completo, me tomaron más fotos. Luego el visitador de derechos humanos me pidió que le contara a él con más detalles los hechos. Fuimos a mi casa. Mis tías lloraron, Camila también. Me abrazó como nunca lo había hecho, con un abrazo que era promesa de sus mejores delicias y entrega de sí misma, un abrazo que sólo deben recibir los condenados, los deseados porque se perderán o porque han regresado de la perdición. Pegada a mi cuerpo, casi temblando, como un animalito que pide protección, como una mamá que arrebuja a su bebé. Era sublime su abrazo suave e intenso, de mujer, después de la brutalidad, la dureza, la despiadada incomodidad, la circunstancia animalesca de la cárcel. Cuán hermosa, cuán delicada es una mujer, cercana a los ángeles si es que la palpamos después de la cárcel. Besos y abrazos, risas y lloros. No era para tanto. Me dijo que me había telefoneado el día anterior y mis tías le dijeron que recién había salido. “Si te hubiera localizado no te hubiera pasado nada, mi amor”. Nos fuimos a casa. Conté con detalles al comisionado de derechos humanos la aventura. Comimos juntos. Casi dos horas después se despidió. Luego, por fin, llegó la entrevista con mis tías y Camila.
–Hijo, ¿pero qué hacías en ese lugar, Dios santo, tú en La dama...?
–Quise conocer. No es lo que siempre habíamos pensado.
–Pero, mi niño, te pasó lo que a la perra de tía Cleta –el refrán era justo, pero miré a mi tía Sanjuana con la mirada más reclamativa pero amigable, casi sonriendo, esperando el sarcasmo– el primer día que salió a ladrar le partieron el hocico...
–Siempre hay una primera vez, tía, nomás que a mí me están llegando todas juntas y demasiado tarde.
–Eso no es para nosotros, m’hijito, ¿qué andabas haciendo en La dama..., Dios nos libre.
–¿Fuiste a buscar malas mujeres? –preguntó Camila, quien después de haberse mostrado muy cariñosa y solidaria, empezó a cuidar sus intereses.
–Mamita, ahí no hay malas mujeres, o bueno, no de las que tú piensas.
–Bueno, por lo pronto, déjenme meterme al baño, tengo que quitarme la mugre normal de dos días más la mugre de cárcel.
Luego fueron llegando parientes que se enteraron del encarcelamiento por chismes o bien por telefonema de las tías. Mientras yo tomaba un largo baño meditativo, las tías y Camila lidiaban con las indeseadas visitas.
Era de noche cuando estuve listo, vestido y aseado. Camila no se había atrevido a organizar la situación para que nos diéramos una encerrona. Me dijo que se iba a su casa, se negó a que la acompañara, como si, por salir a la calle, me pusiera en peligro; quizá tenía razón. Se fue. Charlé un poco más con las tías y me fui a mi recámara. Pero volví a salir cuando oí que había venido un mesero de La dama a entregarme (así de conocido soy en Guanajuato) la libreta en donde empezara a escribir este texto. Así eran de decentes en ese antro. Agradecimos el gesto y me apresuré a recuperar mi libreta pues contenía algunas de las ideas (en embrión) y apuntes de las anécdotas de lo que aquí se lee.
No pude evitar que mis tías se dieran cuenta de lo que era el cuaderno.
–Este muchacho ya se nos descompuso. Imagínate, Dula, ahora hasta poeta se está volviendo.
–Dios santo, pero qué le pasaría. Tan buen muchacho que era, tan ordenado y desde unos días para acá, ave María purísima, anda en tan malos pasos como nadie de la familia desde que tengo uso de razón, Juana.
–Hay que rezar mucho por él. A ver si se compone. Madre mía, poeta, borracho y… lo peor, fornicario…
–Ay, pero pobrecito, no ha vivido, no sabe de eso y cada rato nos lo meten a la cárcel. Tenemos que hacer algo…
En mi cuarto revisé el recorte de periódico del accidente del camión en Cajones, el mismo que aquí se reprodujo. Me puse a fumar y a repasar los hechos del día. Escribí quizá un par de horas. No había hechos que me causaran alguna emoción, pero lo que me molestaba era la muerte de dos niños. Pensé que en otro momento estaría furioso, quizá tendría ganas de llorar. Ahora la muerte, aun la de los niños, no me emocionaba tanto, pero sí me hacía sentir molesto un hecho tan absurdo como que no les hubieran construido un pendejo puente en quince años. Más allá de medianoche me acosté a dormir y las ideas me invadieron.
¿Otra vez burlé a las autoridades? ¿Por qué es imposible la justicia? ¿Por qué me metieron a la cárcel sin motivo y me sacaron a pesar de que casi cometí un asesinato? ¿La justicia está loca? ¿O sólo hay justicia cuando luchas por ella? ¿Por qué si luchas por la justicia para ti, puedes llegar a cometer injusticias? ¿La justicia debía castigarme porque casi maté a aquel pobre sujeto? ¿No tenía derecho a exigir aquella explicación después de haber violado la ley cuando estrangulé a aquel hombre y cuando fumé mariguana? ¿Qué es la mariguana? ¿Por qué me provocó ese efecto? ¿Qué fue lo que pasó? ¿Soy un vidente? ¿Sólo estaba mariguano y como no me da miedo sentir lo que se siente, ver lo que se imagina y oír lo que se confunde con los ruidos del sitio donde estoy, entonces siento, veo, oigo e invento? ¿Son reales tales imágenes y sonidos? ¿O, puesto que las imaginé son reales y la pregunta es más bien, ocurrieron en la realidad? ¿No son sucesos reales, pero sí son muy probables puesto que tengo muchas imágenes de la gente de mi pueblo en el recuerdo y con el inconsciente exacerbado por la droga con facilidad imaginé la muy posible escena? ¿Y el escenario, de dónde salió? ¿Lo imaginé también o hay algún recuerdo de un sitio, de ese sitio que, aunque no lo conozco, es posible que haya visto lugares similares? ¿Ordené algo, según sentía, de lo que pasó ahí? ¿Sólo obedecí que ocurriera como ocurrió? ¿Sólo lo inventé? ¿Tiene que ver algo con la realidad lo que inventé? ¿Ordené u obedecí la muerte de los niños? ¿Sólo, de alguna manera, presencié la tragedia? ¿Sólo imaginé cómo, posiblemente, ocurrió el suceso? ¿Lo soñé? ¿Por qué soñé o imaginé este hecho y no otro? ¿Fue porque leí el trozo de papel en donde se narraba el suceso? ¿Ocurrió así u ocurrió de otra manera? ¿Fui Chano, el chofer, por un momento? ¿Lo soy aún o lo puedo ser una vez más? ¿Fui todos los que estuvieron en el hecho? ¿Soy también los niños que murieron? ¿Si un niño muere, qué? ¿Es justo morir sin haber vivido? ¿Entonces para qué vivir? ¿Es la mía una situación casi igual a la de los niños? ¿Para qué, entonces, vivir este pedazo de vida, esta miseria? ¿Pero, por qué no vivir el poco tiempo que me queda si ya encontré buenas maneras de hacerlo agradable? ¿Debo estar agradecido de que por lo menos sé cuándo más o menos moriré, de que soy un adulto que, con tremendas dificultades, con grandes angustias, pero he logrado escoger los sucesos de mis últimos días? ¿Debo agradecer que, al menos, este tiempo final de mi vida no es como hubiera sido si no se me anuncia la muerte? ¿La cercanía de la muerte te hace exprimir al máximo la vida? ¿Te hace incluso percibir lo que jamás percibiste ni percibirías en tu estado normal? ¿Eso es lo que te permite intuir o percibir sucesos? ¿Eso es atisbar la eternidad, ponerse fuera del tiempo? ¿Me transporté en el tiempo, puesto que el suceso ya había ocurrido? ¿Hice un viaje astral? ¿Quién soy? ¿Soy Tranquilino Vallehermoso Lagunes de Guanajuato? ¿Soy todos los que ahí estaban? ¿Más bien fue un sueño de mariguano? ¿Por qué no me traje a dormir conmigo a Caterín o por lo menos a Camila? ¿Si no me meto en ese problema me hubiera llevado a la cama a la gringuita Caterín?
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada