domingo 5 de abril de 2009

Capítulo XIV. Sexo y muerte

XIV. Sexo y muerte


Y cogimos como si se fuera a acabar el mundo. Se va a acabar, a mí se me estaba acabando. Ante la tristísima idea irremediable de que moriría, con toda mi tristeza, haciendo acopio de mi mayor fuerza, de una intención desesperada por sacar alegría de alguna parte, me puse, una vez más, a coger con mi novia. A coger tristemente con nuestros sucios cuerpos cuyas tripas estaban retacadas de mierda. Coger con nuestros orificios y nuestros apéndices que emiten efluvios vergonzosos por lo repugnante, a coger uno con la otra, conscientes de ser feos cuerpos malhechos pero que con eso, el otro, la otra, nos conformamos y además, por el momento, no teníamos opción. A coger alegremente burlándonos de todo lo anterior. A escoger posturas, a inventar posturas, entre más ridículas, mejor. A coger como perros (de a perrito, claro), como gatos, como sapos, como gansos, como monos, como hipopótamos. A coger, alabado sea el cielo. A coger, gracias a Dios, gracias al Diablo. A coger hasta desfallecer, a coger, que no a venirse. A coger por jornada laboral, ocho horas.
Ay, coger eternamente…
Coger es una comunión animal, es un empeño sublime por rebajarse a lo inmenso de animal que conservamos. Coger es el delicioso, único acto en el que sin remilgos intercambiamos fluidos corporales que –con cualquier otra persona (o incluso acaso con la misma con quien cogemos, pero en otra circunstancia)– es repugnante intercambiarlos. Al coger nos volvemos impúdicos sin reservas, nos percatamos de intimidades de nuestra pareja que, si ella conociera de nosotros algo equivalente, nos harían sonrojar si supiéramos que las conoce (y por supuesto que las conoce), pero un pudor ajeno nos evita decírselo; en otras palabras, al coger con alguien lo tenemos en nuestras manos y también estamos en sus manos. En ningún acto es más profundo el conocimiento de una persona en sus mezquindades, en sus generosidades, incluso en su grandeza y en su miseria personal que al coger. En una cogida nos apropiamos de decenas de secretos de los que una persona no confesaría jamás a nadie; algunos de ellos suelen ser incluso hasta proclamados, pero muchos más nos los hace saber sin darse cuenta, más los que se coligen y no se confiesan ni son confesados. En buena medida coger es hacerse uno con la pareja. Compartir sus humores secretos, merodear con mirada, manos, boca, lengua, olfato, gusto y tacto por los agujeros excretorios, percatarse de la fascinación, la extrañeza, de pronto algún vago –y a veces leve– horror de aproximarse hasta la penetración (o la recepción en los propios interiores) de un cuerpo ajeno, pero aún más, un cuerpo tan diferente.
–¿Y qué se siente tener tetas, bueno, dos pechitos ahí, colgando?
–¿Cómo qué se siente? Pues no se siente nada, son tus tetas y, casi todas se sienten orgullosas de sus tetas, aunque las chichonas envidian a las que tienen senos pequeños y a veces se operan para que les quiten un poco y las otras se ponen prótesis para que se les vean más grandes. Ya ves como somos... Pero no se compara con ustedes; tengo entendido que la mayor preocupación de todos los hombres del mundo es tener un pene bas-tan-te grande, o por lo menos que jamás se diga que es pequeño.
–¿Y tú cómo sabes eso?
–Pues..., en cualquier revista para mujeres te ponen al tanto. Pero es tan extraño que traigan cosas ahí colgando. ¿No les estorban?
–Bueno, en general, no.
–Y luego los testículos... cómo voy a creer que los traigan de fuera en esa bolsita. Créeme, son ustedes unas cosas raras.
Al compartir secretos propios y ajenos, al convivir los placeres, al otorgarlos, al conocer las intimidades, las vergüenzas, las debilidades, las vanidades, los gustos; reforzaremos los motivos que nos condujeron a la cama con aquella persona, o bien nos darán la convicción de no hacerlo nunca más. En ese momento pensé que me hubiera gustado estar en esa cama con esa muchacha así, desnudos, acariciándonos, cogiendo por largos ratos, alargando el placer, sin llegar a la pequeña muerte que es el orgasmo durante días o semanas y sólo incurrir en él hasta que fuera inevitable, indetenible. Por lo pronto estaba decidido a compartir con ella el res to de mi vida, que no era mucho decir. Decidí que teníamos que casarnos lo más pronto posible. Por lo pronto nos aplicamos a coger sin poner más atención que al sexo, a la satisfacción cada uno de la cada otra, alternamos con largos ratos de charla y relajamiento, de risas y bromas, luego, de nuevo a coger un largo rato. Después a charlar y a jugar, a preguntarnos lo que, por morbo, queríamos saber uno del otro sobre las más ocultas y vergonzosas intimidades del otro. Y nos las confesábamos y luego hablábamos de aquéllas mientras cogíamos, mientras estábamos unidos formando una sola entidad, con una parte de mi cuerpo en el interior del cuerpo de ella. Después jugábamos a tirarnos de la cama, a montarse la una en el otro, a golpearnos con las almohadas, a montarse el uno en la otra, a revolcarnos como perros, como cerdos, hasta que, como sin querer, de pronto, como si hubiera sido un accidente, mi verga quedaba a las puertas, casi dentro de su vagina. Y volvíamos a unirnos, a transformarnos en uno solo, una sola cosa hecha de placer. Yo adentro de ella, la mujer haciéndose de mí. El paraíso. Cuando empezaba a anochecer, cómo no, estábamos cansados. Y, abrazados, nos quedamos dormitando entre una dulce inconsciencia. Luego, ella quería irse y se apartó de mí con tan gran cuidado que logró no despertarme. Me despertó la inolvidable sensación de una caricia más que húmeda en mi verga. Cuando alcancé la vigilia descubrí que mi novia estaba, una vez más, chupándome la verga. Al notar que había despertado dijo: “Es que quería despertarte de la mejor manera posible. ¿Qué te pareció mi idea?”.
–Lo conseguiste. Jamás en mi vida había tenido un despertar más dulce. Pero además de despertarme lograste que tenga urgencia por cogerte.
–Pues si es tanto como urgencia, eres bienvenido. Cógeme, pero ya por el amor de Dios. –Y me subí en ella. Y de pronto sentí, no sé por qué, que no faltaría mucho para que, si me descuidaba un poco, me aburriera de tan agradable actividad. Pocos minutos después ella se subió en mí. Sentí que ya me dolía el pene de tanto coger, pues no podía ser de nada más que de coger pues habíamos cogido todo el día.
Habíamos cogido tanto que estábamos cansados, había evitado tanto tiempo el orgasmo que, como la gente que ha vivido demasiado y anhela la muerte y no puede morirse, ya quería venirme. Y mientras tanto, había conseguido que Camila tuviera al menos cuatro orgasmos.
No sé si estaba decepcionado, pero cansado sí. Me vestí.
–Tenemos que comer algo.
–Ay no, Tran, ya me voy. –Pero la convencí. Salí armado con mi mejor convicción de exhibir una característica que nunca, hasta recién, había explotado y que, más aún, mucho tiempo desconocí. El cinismo. El cinismo no es fácil porque, es paradójico, en general el cinismo implica la aceptación a priori de la culpabilidad. Pero el maestro en cinismo es el que consigue no ser, ni demostrar, e incluso no sentir, la culpabilidad. Sabiéndose culpable.
Salí de mi recámara. Camila se quedó en mi cama, desnuda. Obdulia y Sanjuana estaban sentadas en la sala, la primera tejía y la segunda miraba algún programa de televisión. Les dije desde lejitos, pasando ante ellas, “¡Hola!”. Me miraron y no apartaron su mirada de mí hasta que entré en la cocina. Hurgué en el refrigerador y algo encontré, estábamos hambrientos. Pasé por donde ellas estaban con mi carga de bastimentos para resistir la cogienda. “¡Adió-os!” les dije. Pero Sanjuana se levantó y pegó, con voz desconocida un grito:
–Tranquilino, ven acá.
–Sí, tía. ¿Qué pasa? –Su indignación era tanta que mi cinismo ayuno de culpabilidad no la intimidó.
–Tranquilino, estás rebasando todas las líneas.
–Todas las líneas...
–Has cambiado mucho. Y ya nos ofendiste como nunca. Has pisoteado la moral de esta casa como nadie lo había hecho en..., en... En toda la historia, en toda la historia. Nunca, desde que recordamos, alguien había traído mujeres para... encerrarse con ellas y... hacer yo no sé qué tanta cosa ahí, encerrados. Tranquilino, mi hijo, estamos espantadas.
–No, yo estoy muy ofendida, Tranquilino. Ésta es la más grande falta de respeto que he vivido.
–Pero, mis queridas tiítas, no entiendo.
–No te hagas tonto, Tranquilino, cómo no vas a entender. ¿Dinos, a qué te metiste con esa mujer, bueno, con esta muchacha, Camila, a tu recámara, Dios santo.
–Yo sí se lo digo, tiítas queridas. Ustedes son como mis madres. Me metí con mi novia a hacer cositas. –Sanjuana no pudo reprimir una pequeña explosión de risa que se apresuró a refrenar, pero Obdulia estaba casi furiosa.
–Te lo repito. Nunca nadie de nuestra familia hizo lo que estás haciendo. Esto es una falta de respeto y de moral. ¡La fornicación bajo el techo de mi casa! ¿Qué sigue? ¿Van a salir desnudos y lo van a hacer en el suelo de la sala, como perros? ¿Sabes que yo nunca… ni en esta casa ni en otra… –fue un lapsus de mi tía. Claro que lo sabía, ni en esta casa ni en ninguna otra había cogido con hombre (mucho menos con mujer)… la inocente. Nos quedamos callados. Se dio cuenta del dislate… Traté de arreglar…
–Tía, lo siento mucho. Aquí he vivido toda mi vida, aquí es mi casa.
–Sí, hijo, aquí es tu casa, pero también la nuestra.
–Mi querida tía Obdulia, mis cosas las tengo que hacer en mi casa, buenas y malas. No tengo otro lugar. Si me gustara fumar mariguana, no lo haría en ningún otro lugar más que aquí. Ahora, que me acueste con mi novia no es delito ni siquiera pecado.
–Claro que es pecado porque no están casados. Es inmoral y es un escándalo.
–Tía, tengo 35 años. Lo anormal sería, ha sido, que no haya tenido sexo como Dios manda en casi toda mi vida. Y ahora lo lamento. Independientemente de que sea pecado; tía, sé que no es pecado, siento que no puede ser pecado. Te lo juro, tía; siento que he desperdiciado mi vida. Les juro que, y no es exageración lo que voy a decir, les juro que si no lo hago, si no tengo sexo con mujeres prefiero morir. Perdónenme por lo que les voy a decir, lo van a juzgar vulgarcísimo, pero creo que más vale usar las palabras aunque suenen fuertes, las más apropiadas; si no lo hago así me sentiría hipócrita. La palabra para hacer sexo es… coger. Quiero decirles que he decidido, muy pronto sabrán por qué, he decidido pasar el resto de mi vida cogiendo –hasta pelaron los ojos como criaturas–; quiero coger con todas las mujeres que acepten coger conmigo. Les juro que no estoy exagerando. También les juro que no me voy a suicidar si no puedo hacerlo, quiero decir si no tuviera con quien hacerlo. Pero, por lo que más quieran, por lo que más hayan querido en sus vidas, no me pidan que no coja. Aunque en sus vidas ustedes no… Perdónenme. Tengo que gozar de esta bendición que vine a descubrir veinte años después de que debí hacerlo. Quiero hacerlo, quiero coger, creo que debo hacerlo; debo coger, y siento que si no cojo merezco que me lleve el diablo. Puedo coger, alabado sea el cielo, sé de gente que no puede. Voy a hacerlo. Lo estoy haciendo. Estoy haciendo sexo y encuentro que gracias a coger la vida vale algo, vale mucho, sólo por hacer sexo. ¿Dónde quieren que coja? Están de acuerdo que si he encontrado una buena razón para vivir o en su caso para morir, para sentir algo parecido a la felicidad, debo hacerlo aquí en mi casa. Aparte de que sea pecado que no lo es. Y si lo fuera, no me importa, que me frían en aceite ardiendo en la eternidad, pero no me importa lo que vaya a pasar en la eternidad, aquí quiero coger. Y si no puedo coger en mi propia casa, donde viven mis tías queridas, digo, para buscarle, con todo el dolor de mi corazón. Porque, preciosas y queridas tías, con todo respeto les digo voy a seguir cogiendo hasta que me muera. Tía, y si es tal el caso, tendré que irme de esta casa y de Guanajuato. Si no puedo coger con mi mujer en propia mi casa, casado o no casado, tampoco podré, en este pueblo, hacerlo en otro lugar, quiero decir, en esta ciudad, en un hotel, imagínate el escándalo. La única salida es que me vaya a..., pues a México. Allá no hay tanto problema, nadie te conoce. Nos vamos a ir, no se preocupen. Ya no vamos a faltar a la moral y las buenas costumbres de esta casa y de este pueblito.
Se quedaron calladas. Obdulia, compungida, volvió a su asiento. Se aplicaron a sus menesteres con silencioso resentimiento, agraviadas, impotentes. La amenaza había calado.
–Sabíamos, lo sabíamos; a los hombres sólo les importa eso, es lo único que les importa en el mundo. Usar a las mujeres. Dejar salir su bestialidad. Satisfacerse. Lo sabíamos. –Me dijo Obdulia.
–No, tía. O sí… Soy contador público, soy un ciudadano, soy su sobrino y casi su hijo. Soy un hombre, y no había ejercido ese oficio y, como hombre, tienen razón, soy un animal. Y si no uso mi parte animal quedaré mutilado como hombre para siempre. Y si es pecado, entonces que me lleve el diablo… cuando me muera, pero mientras voy a ser hombre.
–Por el amor de Dios, ¡cállate, Tranquilino! –dijo Sanjuana.
–Y además, otra cosa. Mis preciosas y queridas tías, me satisfago hasta que siento que la vida no vale la pena sin coger, como ustedes dicen, como animal; pero también satisfago a la mujer. Y si no lo lograra, entonces sí creo que estaría pecando. Pero, mamacitas mías, que así las quiero, como si fueran mis mamás; les juro que he logrado que ella, ellas, también gocen como animales. Y si no que me maten en este momento.
–¡Tranquilino, mi hijo, ya cállate, Dios santo! ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? –dijo Obdulia.
–¿Has convertido en prostitutas, en rameras, en perras a esas pobres mujeres que has encerrado contigo? –completó Sanjuana.
–Pues sí, chiquitas preciosas, en perras que usan a su perro, que soy yo. Y ha sido inolvidable. Se lo juro, lo más placentero de mi vida, que ellas hayan gozado de mí, de mi cuerpo.
–Santo Dios, por eso el mundo está como está. Ahora también las mujeres. Dios mío, ¿a dónde vamos a llegar?
–Tías de mis amores, ahora el mundo es así. Seguramente no las voy a convencer, pero ¿cómo podría dejar que Camila, por ejemplo, con tal de no faltar a la moral ni pecar, no cogiera con ella y que cualquier día ella lo hiciera con otro, por culpa de mi estupidez o de mi, y lo entrecomillo, tías, de mi religión. Merecería que me llevara el diablo por imbécil. Y además sufriría demasiado y además la odiaría a ella, sin que tuviera ella la culpa, y además me odiaría a mí mismo incluso sin darme cuenta. No, queridas tías, a ustedes las quiero mucho, pero tengo que estar con mi mujer y, junto con ella, tratar de que el mundo sea mejor, al menos para nosotros. De otra manera, creo que el mundo sería peor para mí, para ella y para los que nos rodean. Así lo creo, mis preciosas tiítas, con todo respeto se lo digo. Si no cojo, si voy a colaborar para hacer este mundo peor, mejor prefiero morirme. –Ya me había emocionado, me había conmovido y mi voz amenazaba con quebrarse, entonces me quedé callado. Aunque no prefiriera morirme, me iba a morir. Hice un gesto compungido para que entendieran que lamentaba que no hubiera comprensión y me di la vuelta con lentitud. Me iba a mi recámara a seguir cogiendo, por supuesto.
Sanjuana fue la primera. Fue atrás de mí y sollozando me abrazó.
–Hijo mío. El pecado es que no nos lleváramos bien. El pecado sería que nos odiáramos, el pecado sería que no hubiéramos entendido. Perdóname, hijito mío. –Me mojó con sus lágrimas y me estrujó entre sus viejos brazos desesperados. Obdulia dijo:
–¡Sanjuana! – y empezaba también a llorar. Sanjuana dijo:
–¡Obdulia! –Y se abrazaron entre ellas pero me incluyeron en su abrazo y sollozaban y me apretaban y tuve que hacer un esfuerzo descomunal para no llorar. Para reforzarme dije para mis adentros pinches viejas locas y me tragué un ronquido que amenazaba con desatar mi llanto. Mi decisión de apartarme del llanto de mis viejas tías me condujo a una frialdad que me hizo sentirme ridículo, patético, casi hipócrita, abrazado a esas viejas sentimentalonas, sollozantes que, sin embargo, sólo después de mí serían carroña, me sobrevivirían.
–Perdónanos, mi niño, no queremos que vuelvas a decir jamás que prefieres morirte. Queremos que no haya en este mundo cosa alguna que te haga sentir el deseo de morir.
–Coge, si quieres, como tú dices. Pero no queremos que te sientas desgraciado ni que te quieras morir.
–Gracias –les dije y me quedé abrazado con ellas–. Voy por Camila.
–Oye, hijo, cuando se vayan procuran bañarse, porque huelen muy raro. Huelen a… pecado. –Casi me río, pero lo evité porque vi que mi tía Sanjuana hablaba muy en serio. Regresé a la recámara. Mi novia estaba extrañada.
–¿Qué pasó?
–Nada. Vamos a comer. –Me desnudé como ella había permanecido y comimos desnudos, casi somnolientos. Masticando y bebiendo comíamos desnudos, en silencio. De pronto se me ocurrió embarrar crema en sus senos. Me miró extrañada, pero empezó a reír cuando lamí el alimento de sus pechos y perseguí porciones que habían descendido hasta su vientre. Apliqué más crema y agregué mermelada en su pubis. Dijo no, no, se me va a hacer un pegosteadero. Pero no hizo nada para evitarlo. Lamí hasta terminar por completo con el “pegosteadero” de su vello púbico. Luego descendí a sus labios mayores y entré hasta el clítoris. De pronto gritó ya, no; ya no. Es demasiado, me vas a matar. Me vas a vaciar. Hazme más rápido. Puf, puf. Más rápido, mi amor. Apresuré hasta que se volvió a venir. Me puse a beber agua helada haciéndola escurrir por sus senos, entonces ella tomó la iniciativa. Aplicó la suficiente mermelada de fresa a todo lo largo de mi verga que empezó una vez más a levantarse. Luego fue retirando el dulce con su lengua. Al final metió el pene en su boca hasta lo más profundo que logró meterlo. Terminó chupándolo como si la verga fuera una deliciosa paleta de dulce.
–Tienes que venirte, ¿entiendes? Tienes que eyacular adentro de mí, si no sentiré que me estás engañando. ¿Cómo quieres que me ponga? ¿Por dónde quieres meterme la verga? –Y se acostó boca arriba. Se la metí y con la consciencia de perderme, de morir, metí y saqué mi fatigada verga una y otra vez mientras ella me animaba diciéndome échame todo lo que tengas, mójame, vente adentro de mí, por favor, descarga tu verga adentro de mí… hasta que terminé en un orgasmo prolongado y tan intenso que estuve seguro que moriría. Corroboré la idea de que el orgasmo era una muerte no tan pequeña y empecé a pensar que la muerte era un inmenso, último y monumental orgasmo. Me desprendí de mí. El terror de perder consciencia fue menor al placer de liberarme de mí. Mi esencia fue a dar a los interiores del vientre de Camila. Ella se apiernó de mi cintura y procuró que mi placer fuera tan fuerte y se involucró tanto que terminó por venirse junto conmigo.
Quedamos exhaustos, compenetrados. Me iba a retirar pero me dijo quédate aquí. Puse los codos sobre la cama para aliviar un poco el peso de mi cuerpo sobre el de ella. Y casi me dormí sobre la mujer.
Después de unas catorce horas de permanecer encerrados en mi recámara, estábamos, no es justo decir que aburridos, pero sí fatigados y aunque la diversión y el deleite no se agotaban, ya estaba ausente el pasmo ante la desnudez. La fatiga parecía haber avanzado después de un orgasmo, el mío, que tenía el valor de cinco de ella, pues así fue el intercambio, y la fatiga amenazaba con vencernos. Haciendo cuentas –luego lo he pensado– había tenido mi pene dentro de alguna de las oquedades de su cuerpo –la vagina, la boca, el ano– quizá cuatro horas de las catorce que duraba la encerrona.
Su cuerpo, que de ninguna manera dejaba de ser precioso, había sido descubierto por mis ojos que de ansiosos, de hambrientos se habían vuelto implacables y ahora su cuerpo ya era algo demasiado mío, por ello, sin la fascinación de lo que se desea tan sólo porque es ajeno y desconocido. Comprendí que cuando el amor se realiza empieza a morir.
Salimos debidamente vestidos y las tías estaban en la sala.
Con las actitudes de señoras engañadas de las inocentes Obdulia y Sanjuana me miraban con ojos de sentimiento y cuando yo las iba a mirar desviaban la vista, estaban más que sentidas conmigo. Les había hablado de coger y de morir. Era algo demasiado fuerte para sus pequeñas, o quizá grandes, consideraciones sobre la vida. Pero su consideración por mí, el amor que nos teníamos había ganado; la muerte y el sexo son los dos grandes temas de la humanidad: telenovelas para mujeres, pornografía para hombres, el tema del amor, que es el tema de la vida, es decir, el de la muerte.
Llevé a mi novia a su casa. Caminamos en silencio, íbamos abrazados, con el gran cansancio encima, nos sentíamos enamorados hasta la ceguera, pero, al menos yo, me sentía intoxicado de Camila. Casi estoy seguro que ella sentía lo mismo. Nos sentíamos apropiados uno del otro y eso ya nos había quitado magia, novedad y deseo; además yo tenía un as oculto: yo me iba a morir muy pronto y eso me ponía incluso más allá del amor por Camila. El amor muere cuando se realiza.

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