lunes 13 de abril de 2009

Capítulo XV. Cajones

XV. Cajones


Después del sueño negro en gran parte de la noche, cuando estaba cerca de despertar empezaron a dar vueltas en mi mente las preguntas relacionadas con la circunstancia. Me levanté a medio camino entre la vigilia y la inconsciencia y repasando las preguntas. Y me metí a bañar mientras seguía preguntándome.
¿Cómo pude coger tanto tiempo? ¿Cómo pude soportar tantas horas sin venirme? ¿Será porque he relacionado tanto el orgasmo con la muerte? ¿Es que inconscientemente ya descubrí que venirse es muy similar a morirse? ¿Es que venirse es morirse un poquito? ¿O venirse es sólo el momento de la muerte? ¿No es cierto que ya descubrí, o al menos así lo siento, que morir es igual que dormir? ¿No es cierto que algo me dijo desde adentro de mí que soñar es atisbar el mundo eterno en donde existimos después de morir? ¿No es cierto que, igual que muere el día, cada noche morimos y cada mañana renacemos? ¿No es cierto que si fuéramos lo suficientemente espontáneos, valerosos, intensos, geniales, cada día seríamos un ser humano nuevo y diferente al del día anterior, como si, en efecto, hubiéramos muerto y renacido? ¿Cómo podemos vivir sin considerar que tanto coger o más bien venirse y dormir, dos actividades tan comunes e imprescindibles, tienen relación tan cercana con la muerte? ¿Después de coger, después de venirse, de morir un momento, no es cierto que renacemos? ¿Por qué cuando se satisface el amor empieza a desaparecer? ¿Porque el amor muere en el momento en que se realiza? ¿Entonces el amor no existe? ¿O entonces por eso el amor es eterno, puesto que no existe en este mundo y cuando se tiene en la mano se desaparece como si estuviéramos atrapando humo con la mano? ¿Pero entonces el amor es eterno gracias a que muere en cuanto deja de ser una ilusión y se realiza en la carne? ¿Nos pasará igual? ¿Todos tenemos que morir para que la especie no desaparezca? ¿Esa es la manera de sobrevivir de la humanidad? ¿Tiene algún caso que contraiga matrimonio con Camila si la dejaré viuda muy pronto? ¿Es mejor desear el amor y soñarlo y buscarlo que conseguir su realización? ¿Volveré a coger tan delicioso con Camila? ¿Volveré a coger tan delicioso? ¿Volveré a coger? ¿Volveré?
Oí que sonó el teléfono. Sanjuana vino hasta la puerta del baño.
–Mi hijo, te llama por teléfono esta muchacha, la actriz, ay, ¿cómo se llama? –Dios santo, pensé, Laura–. ¿Le digo que te llame en un rato? –Salí envuelto en la toalla. Las viejitas volteaban su rostro hacia otro lado.
–Bueno…
–Hola, señor matón de Guanajuato…
–Laura, qué sorpresa. Estaba seguro de que no me hablarías jamás.
–Pues he estado muy ocupada. He tenido mucho trabajo, bendito sea Dios. Y de pronto tengo un par de días to-tal-men-te libres y pensé visitarte en Guanajuato, ¿qué te parece? ¿Estás disponible?
–Sí, bueno, lo que pasa es que… Mira, tengo que ir a una comunidad a arreglar un asunto, aquí a Cajones, a veinte minutos de Guanajuato, pero dime qué día y a qué hora llegas. –Y quedamos de acuerdo para vernos el mismo día en la noche. ¿Y Camila? Me pregunté de pronto. Dios santo, qué pasará con Camila. ¿Le voy a mentir? Terminé de asearme y afeitarme. Obdulia y Sanjuana ya tenían listo un suculento desayuno. Aunque se notaban deprimidas. Querían hacerme sentir culpable. Que si las conocía. A pesar de su anuencia y su cesión no terminaban de claudicar y, al menos, trataban de chantajearme, trataban de que me sintiera un maldito. Pero un neocínico jamás se sentirá culpable.
Casi sentía placer de pensar de mí como un maldito macho que ha abusado de sus mujeres y que ante los chantajes y recriminaciones de ellas se muestra cínico, implacable y hasta burlón. Simulaba no darme cuenta de su dolor, me portaba como si la vida transcurriera con la mayor normalidad y como si haber metido a mi novia en mi cuarto y sostener una encerrona de catorce horas en las que por momentos salían grititos de placer, carcajadas de gusto, jadeos de lujuria, risillas descaradas y hasta gritos de dolor, fuera lo normal. Más aun, como si tanto sexo explícito (al menos en el ámbito auditivo) no fuera más que asunto ya no digamos normal, sino algo así como un derecho laboral. Desayuné como siempre y me porté como nunca. Ellas, con sus ojos alicaídos de desvelo o quizá de llorar, iban y venían atendiéndome, haciéndome veladas alusiones de que estaban tristes o que no habían dormido. No les mostré acuse de recibo, simulé no captar las indirectas y la “normalidad” de mi actitud era el más brutal cinismo, el ninguneo y la opresión. Las inocentes. ¿O qué? Por un lado me decía “Pobrecitas, han de estar horrorizadas, ofendidísimas; en su casita, su sobrinito el más querido se mete con mujeres a realizar orgías sexuales, demoniacas, pecaminosas hasta el merecimiento de la condenación. En su cara, bajo su techo. Han de estar tan espantadas y pidiéndole a Dios por mí, por mi pobre alma que se pierde”. Pero por otro lado “Me vale madres. Creo que no hay muchos más pecados que la estupidez y la hipocresía”. Coger no es pecado y nunca lo ha sido. Casi me había dado cuenta cuando llegué alrededor de mis treinta años. Quizá demasiado tarde. Pero no lo había hecho consciente. Pero a esta edad y en medio de semejante crisis, estaría cometiendo una de las más bestiales estupideces si siguiera creyéndolo. Ahora que por primera vez en mi vida cojo como debí coger a los veinte años, a los dieciocho, a los dieciséis. Después de perder tanto tiempo tengo que vivir con intensidad lo poco que podré vivir. Chiquitas, ustedes nunca pudieron darse cuenta. Ojalá que algún día al menos lo vislumbren y así me podrán perdonar. Aunque no tienen de qué perdonarme. En conclusión, coger no es pecado. Aunque, como cualquier otra actividad, en ciertas circunstancias, podría serlo. ¿Cómo va a ser pecado la actividad que de tan deliciosa llega a hacer sublime este mundo? ¿La realización física del mejor sentimiento, de la más alta comunión con otro ser humano? ¿Eso es pecado? Esas son mamadas, decir que coger es pecado es la más grande mamada que se puede proferir en el mundo. Aquí mamada significa estupidez. Por cierto, las mamadas, es decir, el sexo oral tampoco son pecados. Pero cómo se lo hago saber a estas vírgenes angelicales. Ni siquiera debo intentar que “les caiga el veinte”, para empezar ya no deben tener ranura en la que les caiga, o deben tenerla tapada. ¿Qué clase de chingaderas estoy pensando de las inocentes?”. Salí de mi casa tras desayunar. Crucé el Baratillo y me metí a la calle Subterránea. Yo soy de los que se estacionan en vía pública. De algo debe servir que la familia de uno sea guanajuatense secular. Agarré mi carro y me fui a Cajones. Manejé despacio, como se maneja aquí. Pensaba “¿y qué voy a hacer a Cajones? Voy a ver a la gente. Puedo tratar de que me digan qué pasó. ¿Y para qué? ¿Cómo voy a explicar mi interés en el caso?
Pasé frente al penal de Puentecillas y llegué al pueblito de ese nombre. Pregunté para dónde quedaba Cajones. Sígase por ahí derecho, por el único camino. Después de veinte minutos de tránsito por un camino de burros llegué a un conjunto de casas como abandonado, sin calles, las casas se agrupaban a capricho y en el suelo no había el menor intento de asfalto; habitaciones de adobe y muy pocas de mampostería. ¿Aquí es Cajones?, pregunté a una mujer que parecía ir huyendo. Sí señor.
No había más de cincuenta construcciones. Un grupo de muchachitos mugrosos aparecieron mirándome como quien mira a un ectoplasma, entre curiosos y casi asustados. Me bajé del carro y traté de acercarme a los niños pero se alejaron sin perderme de vista. Me fui caminando por las irregularidades del suelo de tierra y piedras. Traté de seguir lo que pudiera ser la alineación de las casas. Los niños me seguían desde lejos y cuando intentaba acercarme a ellos se alejaban. Sospecho que pensaban qué diablos buscaba en Cajones, un lugar al que sólo vienen los habitantes de aquí y sus parientes. Caminé unos 200 metros y vi una enorme cantidad de agua por allá lejos, era la presa de La Esperanza. Las casitas parecían colocadas como si las hubieran lanzado a lo loco desde la altura. Me salí de la comunidad. Regresé a mi carro. Los niños me seguían de lejos, observándome. Parecía no haber gente en el pueblito, además de los niños y los perros que a veces me miraban igual que los niños, aunque aquéllos a veces me ladraban. De pronto aparecían grupos de pollos asustadizos y estúpidos buscando alimento entre la tierra. También había chivos ramoneando entre la hierba y marranos dispersos. Descubrí unos anuncios de Corona y Marinela. Fui al tendajón.
–Buenas tardes, ¿tiene algo frío que tomar? –Una mujer de indescriptible ancianidad, morenísima y ensimismada, con una sonrisa congelada en su rostro oscuro y en el que no cabía una arruga más, con un mandil a cuadros y sus trenzas que alguna vez fueran negras y que ahora tenían algunas incrustaciones blancas, me dijo:
–Cerveza, jovencito. –Tenía una vocecita como de niña y jamás perdía la sonrisa. Empecé una Corona que me destapó. Lo de jovencito estaba más que justificado, la mujercita me pareció un pequeño simio de tan vieja, se levantó, caminó con movimientos firmes, sacó una cerveza helada de un viejo tinaco que proporcionaba la fábrica de cerveza Corona Extra, la secó con una jerga y, sin quitar su sonrisa, me dio la botella. le dije:
–¿Usted conoció a los niños que murieron en la volcadura del camión?
–Eran mis bisnietos –contestó casi con dulzura.
–Fue algo muy triste… yo… la acompaño en su dolor. –No mostró reacción, como si la muerte ya no fuera importante para ella. Dijo para explicar:
–Todos aquí son mis nietos o bisnietos. –Señaló con la mirada a los chamacos que husmeaban desde afuera de la tienda–. Pero unos de ésos ya son tataranietos.
–¡Bisnietos y tataranietos! ¿Todos?
–Aquí todos son mis parientes. Mire, jovencito, yo llegué aquí muchacha, hace ya muchos años. ’Ora verá, pos yo creo que llegué aquí en el año catorce o quince. ¿Cuánto hace de eso?
–¿En el año catorce o quince?, señora, de eso hace unos noventa años.
–¿Noventa años? No me diga. Éramos doce familias y yo tenía unos catorce o dieciséis, cómo me voy a acordar; pero ya tenía marido, era Chon, mi primer señor. Fíjese que con él hice seis hijos. Pero a mi Chon me lo mataron en la bola, que así se le llamó a la revolución en aquellos entonces. Estaba bien jovencito, no llegaba a los veinte. Él andaba con Pancho Villa y me lo ultimaron en Celaya, cuando Pancho Villa sacrificó a su gente para no sacrificar a la ciudad. No quiso aventarle bombas a Celaya y por eso perdió. Y todavía así le voló un brazo a Obregón. Allí quedó mi Encarnación. Y me quedé sola.
–¿Y se quedó viuda desde entonces?
–No, cómo comprende, jovencito. –La mujercita sonrió mostrando que ya no tenía dientes, pero su risa era como si le diera pena mi estupidez–. ¿Qué me quedaba a hacer yo sola sin marido? No, Dios guarde l’hora. A los cuatro años me arrejunté con un señor también viudo y él y yo hicimos ocho hijos. Ese señor, don Atilano sí me aguantó muchos años, como veinte.
–¡Catorce hijos, señora!
–Pero el Atilano, ya estaba viejo, él andaba cuarenteando cuando yo veinteaba, pos no me aguantó mucho. Yo seguí muchacha muchos años, él ya estaba hecho y derecho. Y se me murió de viejo. Tenía unos treinta y tantos y estaba otra vez viuda. Entonces, ay jovencito, no me juzgue mal, pero un muchacho muy pronto se interesó por mí, él era más chico, todavía no llegaba a los treinta y me dijo que yo no estaba todavía de mal ver y me arrejunté con Solar, se llamaba. Todavía alcancé a echar otros seis muchachitos al mundo.
–Señora, ¿tuvo usted veinte hijos en toda su vida?
–Pero con tres maridos, jovencito, no crea que con uno solo. Los hombres de aquellos entonces querían hijos y una pos tenía que hacerle del cabal al hombre, si de por sí se nos iban los hombres, por lo menos con los hijos ya no se olvidaban de una. Fíjese nomás, traje veinte muchachos y muchachas. Fueron ocho machitos, ’ora ya están viejos, no si ya he enterrado creo que a seis, ya ve que los hombres son muy delicados, si no los matan en una guerra los matan en una cantina y si no se nos mueren de la fiebre canicular. De mis doce hijas, en cambio, me viven diez y eso porque las dos que se me murieron se me murieron de parto. Las que se lograron ya están viejas. Unas ya son bisabuelas, figúrese…
–Señora, ¿se da cuenta que usted es una mujer de tres siglos?
–Ay, jovencito, pos he vivido… Dios me lo concedió. Yo no me acuerdo de mi edad, pero a la mejor ando llegándole a los cien o a la mejor ya los pasé, pero una cosa sí es cierta, no alcancé a agarrar ni un año del siglo antepasado, yo soy del principio del veinte, del siglo, no sé si del uno, del dos o del tres o capaz que hasta del cuatro o del cinco, pero de ahí no paso. Y me gusta trabajar. Trabajo desde los diez años. –¿Sentía ganas de golpearla? O ¿sentía una infinita ternura? ¿Cómo era posible que estuviera alrededor de los cien años, de vivir un siglo y habitar tres mundos? Los finales del siglo diecinueve muy bien llegaron a México en los años de la revolución; luego el veinte y ya caminó casi toda la primera década del siglo veintiuno. ¡Dios santo! Cuando ella estaba pariendo hijos todavía no existían los aviones, ni siquiera se soñaba con las computadoras, ¡apenas empezaban a circular los primeros automóviles! Puta madre. Cuando ella tenía mi edad capaz que ya era abuela. Yo ni siquiera he tenido un hijo. Ni lo tendré.
–Señora, no sé cómo se llama, usted es la madre de este pueblo.
–Pos fui la que tuvo más suerte para vivir tanto y me llamo Emeteria Santillán. Por eso aquí todos son mis hijos, nietos, bisnietos, tataranietos. Y créamelo, tengo dos choznitos. Dicen que ésos ya no son nada de mí. Pero yo quiero mucho a mi choznito, el que vive aquí en Cajones, porque tengo otra pero ésa se la llevaron pa’l norte, pa’l otro lado, ya ve que tanta gente se ha ido pa’llá, éste se llama Emeterio, como yo, y está bien chulo el chamaquito. Se lo voy a enseñar. Cuando los muchachos crecen luego traen muchachas de fuera y las hacen sus mujeres, las dejan aquí con los chiquillos que les hacen, ellos, ya tiene mucho tiempo que se van pa’l otro lado a hacer dinero o a morir y a veces, las más, regresan vivos y pobres, pero a veces regresa el puro dinero que hicieron, ellos lo mandan y, las menos, regresan adinerados y se hacen sus casas, ponen un negocito y mantienen a sus hijos. Yo ya he enterrado hijos, nietos y hasta bisnietos. Uno de mis bisnietos, por cierto, me puso la tiendita, es un muchacho casi joven todavía. Aquí hay muchas mujeres que se quedaron solas porque su macho se les murió, se les lió con otra o simplemente se les perdió. Aquí casi nomás quedamos las mujeres, uno que otro viejo y los niños que, en cuanto crezcan, se irán a buscarse su destino. Y como Cajones se formó por las doce familias que llegaron por allá en los años quince a dieciocho, no pasa de ahi, como ya le dije, pos todos vienen siendo mis parientes, aunque las muchachas, le digo, hayan venido de fuera son mis políticas, parientes políticas. Los chiquillos que ve allí afuera, vienen siendo mis bisnietos o mis tataranietos, unos más alejados, ya nomás como sobrinos, otros están más cerca, pero todos. –En ese momento entró una criatura de acaso año y medio, prieto, regordete, con una enorme cabeza, el pelo negro cenizo, rebelde y lacio, sus mejillas que parecía tenerlas infladas como a punto de soplar, curtidas por el frío y el sol, los ojillos brillantes y salvajes, todavía brutales pero ya inteligentes, sus manezuelas parecían grandes y fuertes para una criatura, caminaba con graciosa torpeza y la libertad en que le die an crianza había hecho de él un formidable proyecto de hombrón, era un escuincle de gran poderío, inquieto, curioso e inteligente. Como un animalito precioso, con una fuerza vital en la que la naturaleza se expresaba sin límite. Observé al hermoso bebé con detenimiento, era impresionante su fuerza animal, su salud; no era un niño de ciudad, fino y débil; era un animalito silvestre y estuve seguro de que cuando tuviera 20 años sería un glorioso ejemplar de macho de nuestra especie y, si un poco lo adiestraban, no dudé que podría ser un atleta invencible y luego un hombre inteligente y útil. La mujer me miraba– éste es mi choznito Emeterio, vea qué chulada de muchachito. A ver si se logra, todavía está muy chiquito.
–¿A ver si se logra?
–Sí, porque estos angelitos luego son muy delicados. Tienen que tener el sarampión, la viruela, las fiebres tercianas, las cuartanas y la varicela, las diarreas y alguna que otra infección o enfermedad que le dé. Está muy bonito el niño, a ver si se logra.
–¿Qué aquí no se logran los niños?
–Pos verá usté que muchos se nos mueren porque aquí no hay doctor, luego no los vacunan, porque el centro de salud está muy lejos, hasta allá en el centro y la gente también es desidiosa, y pa’acabarla de amolar, cuando ya se lograron, vea lo que pasó, que en la volcadura se nos fueron dos niños ya bien lograditos, de nueve y diez años. Es muy triste.
Me bebí dos cervezas amargas como nunca y salí de la tienda. Los chiquillos se retiraron como pájaros asustadizos y me miraban desde lejos medio escondidos. El caserío continuaba desierto, vacío, yo me sentía igual. Me fui hasta el carro y me recargué en él bajo el sol despiadado. Desde que tuviera noticias de mi muerte empecé a cultivar un vicio que no me había tocado en toda mi vida, el vicio de fumar. Saqué un cigarro y lo encendí. Y empecé a preguntarme lo que las circunstancias me obligaban a preguntarme.
¿Qué probabilidad de sobrevivir tiene ese chiquillo en estas condiciones? ¿Dónde está la gente? ¿Por qué nadie sale? ¿Cuántos niños se tienen que morir porque no hay un estúpido puente, cuántos porque no los vacunan o no les curan una diarrea o una infección en la garganta? ¿Alguno va a vivir como doña Emeteria? ¿Por qué nadie sale? ¿Y a mí qué putas me importa si se mueren o no se mueren? ¿Y por qué, en cuanto crecen, los hombres se largan todos a Estados Unidos? ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Y cómo no se van a largar a Estados Unidos si aquí no hay una sola alma, claro, a qué se quedan, qué putas van a hacer aquí? ¿Qué significa haberme encontrado con doña Emeteria? ¿Por qué no exigen el puente, las vacunas, un centro de salud para que no se mueran los niños? ¿Y si se mueren qué? ¿A mí, puesto que todos nos vamos a morir y yo antes que todos, qué carajos me importa? ¿Es porque yo me voy a morir y a todas las personas qué putas les importa si me muero antes o no? ¿Es porque todos se portan como si fueran a vivir eternamente, pero si supieran en qué fecha morirán entonces sí se preocuparían por que no se mueran sus niños? ¿Por qué no se me da vivir aunque sea la mitad de lo que ha vivido esta vieja? ¿De estos escuincles que me andan espiando, cuánto tardarán en largarse de Cajones a cruzar la frontera norte? ¿Si no se logra Emeterio qué se perderá este pinche pueblillo de mierda, qué se perderá el municipio, qué se perderá el estado y el país y la humanidad? ¿Poca cosa? ¿Qué podría llegar a ser si lo educaran hasta hacerlo un hombre de gran cultura y, antes, un joven deportista? ¿Será por criaturas como ésta que mi país ha dado tan grandes deportistas, pero han sido tan pocos porque la mayoría no se logran? ¿Qué clase de mierda es este mundo, este país, este jodido pueblo? ¿Estoy aquí porque no sé qué hacer con mi vida, el escaso tiempo que me queda de vida? ¿Vine porque me movió el morbo de ver qué clase de gente es ésta que permite que le arranquen la vida? ¿Cómo es que a pesar de todo ha vivido tanto tiempo doña Emeteria? ¿Vine a obligar a esta gente a que defienda su vida? ¿Vine a desperdiciar lo poco de vida que me queda? ¿Puesto que yo no puedo vivir más, vine a que defiendan sus vidas, puesto que por la mía ya nada puedo hacer? ¿Instintivamente deseo vivir en ellos? ¿Me gustaría vivir tanto tiempo como esta mujer? ¿No les importa que sus niños se mueran, es decir, no les importa que el futuro los condene a muerte?
–Hombres y mujeres de Cajones… Una injusticia horrible acaba de ocurrir en esta comunidad, la muerte de dos niños por causa de algo que no tenía por que ser así, por un acto de negligencia continuada… No es posible que por no haberse construido un puente desde hace quince años se mueran dos inocentes… Déjenme decirles que mientras en la capital del municipio cambian las losas de las banquetas, abren las calles como reses en canal y se gastan cientos de miles de pesos en trabajos que no son necesarios, aquí sigue sin haber un puente ¿para que el próximo año, en la época de lluvias, se mueran más niños? Es responsabilidad de los adultos, de los hombres y de las mujeres de esta comunidad que el gobierno resuelva las necesidades urgentes que tiene que resolver. Mientras los políticos usan el presupuesto para hacerse notar, para aspirar a cargos más elevados, para enriquecerse con los dineros que entregamos a través de los impuestos, dejan a comunidades como la de ustedes en el más completo abandono. Vayamos, señores y señoras de Cajones, vayamos en este momento a la presidencia municipal a exigir la construcción inmediata del puente y de lo que sea más necesario para la comunidad, un centro de salud, un centro deportivo… Vamos a exigir a la autoridad lo que es imprescindible para que la vida nos sea menos dura y para que no se nos mueran nuestros niños… –hablé predicando en el desierto, en una comunidad desierta. Mi voz, en el silencio total, se oía a gran volumen. De pronto pensé que jamás hubiera sospechado que yo era capaz de hablar con ese volumen. De cualquier manera fue inútil. El pueblucho siguió tan desierto como cuando llegué. Esto vale madres, pensé. Doña Emeteria llegó hasta donde yo estaba, traía una cerveza abierta. Me dijo:
–Tómese otra cervecita, jovencito, pa’la calor… ya se le secaría el gaznate…
–Gracias…
–¿Y a usté quién lo manda, el PRI o el PRD?
–¿¡Qué…!? –así que a sus noventa y nueve o ciento diez sabía qué era el PRI y el PRD.– No, mire, a mí no me manda ningún partido…
–¿Entonces por qué viene a levantarnos contra el gobierno?
–Porque… –Porque no sé, porque me estoy muriendo, porque algo tengo que hacer, porque no quiero morir, porque soy un pobre pendejo, porque tengo una rabia y un odio que no sé qué hacer con ellos, quizás es porque odio la muerte y no puedo luchar contra ella más que de esta manera…– aborrezco que se mueran los niños, mientras los políticos no se cansan de robar y de burlarse de nosotros…
–Ay, señor, pero es que aquí la gente es muy dejada y además no hay hombres.
–Es lo que veo. Pero tampoco hay mujeres. Ya me voy.
–Espérese, jovencito, tómese otra cervecita pa’la calor que está re-fuerte. Espéreme. –Me quedé terminando la cerveza y no sabía si esperar la otra. No estaba decepcionado. De alguna manera el hecho de gritar, aunque fuera en el desierto, me había desahogado. Regresó la mujer, traía al pequeño Emeterio cargando trabajosamente y la cerveza prometida. Me la entregó. El chiquillo tenía una serenidad y una fuerza en la mirada que, pensé, eran dignas de un estadista, de un verdadero dirigente, más el vigor notable en su cuerpezuelo, la reciedumbre en su pequeñez, la piel oscura y curtida por el sol y el aire helado. Me conmovió aun más su existencia, su fuerza y su desamparo que, de alguna manera eran lo mismo que los de la tatarabuela de su madre o su padre, Dios sabe.
–Voy a ir al municipio a entregar una carta en donde exigiré que se construya el puente que hace falta aquí…
–Mire, señorito, si hubiera hombres aquí, no hablo nada más de Cajones, hablo de todos los pueblitos, si hubiera hombres aquí ya nos andaríamos matando todos contra todos. Porque el gobierno no nos hace caso y los hombres ya hubieran hecho cosas que no sirven, porque así son los hombres; prefieren ser farol de la calle aunque su casa se esté despedazando, la mujer no, la mujer se queda en su casa atendiéndola, aunque al mundo se lo lleve el carajo. Pero es mejor así. Que los hombres anden del otro lado de la frontera trabajando, es mejor, aunque no sea en nuestro beneficio porque su trabajo se queda allá; pero es mejor que trabajen aunque sea de aquel lado, porque si no anduvieran aquí matándose con la gente de los gobiernos. Que trabajen, aunque anden lejos, que manden el dinero, como algunos lo mandan, porque otros se van y no mandan nada, se consiguen otras mujeres y se quedan por allá. ¿Usté cree que no estamos hasta la coronilla de los gobiernos? Claro que sí. Yo no sé, pero creo que no los odiamos. Es que no sabemos odiar, eso es malo, porque si supiéramos odiar ya hubiéramos peleado mucho y matádonos unos con otros. Pero por eso también es bueno. Nuestros muchachos mejor se van a penar al otro lado y nos mantienen con el dinero que ganan a cambio de tanto sufrimiento que les hacen vivir de aquel lado. Pero todavía así es mejor. Es mejor que sea así porque matarnos unos con otros, gobiernos contra pueblos, soldados con tra personas, eso no sirve para nada. Yo ya lo viví, señorito. Este es nuestro destino y tampoco crea que nos va tan mal. Lo que sí es triste es que no se nos logren los chiquitos, como, Dios guarde la hora, le puede pasar a éste…, a mi choznito, Dios me lo cuide; pero hasta eso, no se crea, también depende en mucho de la desidia de la gente. Todo depende de la desidia, porque también por eso no le peleamos a los gobiernos, porque somos desidiosos; somos bien dejados, pero no por miedo, porque cuando es necesario morirse, aquí nos sabemos morir con buenas razones o hasta sin ellas; pero es que casi nada nos interesa, también por eso no hemos hecho el puente, ¿usté cree que no podemos juntar dinero y fuerzas y hacer el rechingado puente, ya que los gobiernos, ni el de municipio, ni el de estado y mucho menos el nacional, en veinte años que tenemos pidiéndoselos, no han podido hacerlo? Claro que sí podemos, pero somos bien desidiosos. Va a ver, un día nos vamos a decidir y vamos a hacer no uno, diez puentes, aunque nueve no sirvan y el único útil sea éste, para que no se mueran los niños. Un día nos vamos a decidir a que ya nos cansaron estos gobiernos y los vamos a mandar mucho a rechingar a toda su madre y luego vamos a dejar que se pongan otros, a la mejor iguales, a la mejor peores que los que quitamos. Así somos ¿qué no lo sabe usté, jovencito? ¿Qué no ha oído a José Alfredo cuando dice que la vida no vale nada? ¿O qué usté no es de Guanajuato ni de México?– Los argumentos de doña Emeteria me dejaron pasmado. Me parecieron tan lúcidos. Excepto porque sigo creyendo que la desidia, ni nada, justifica la muerte de los niños, me pareció un discurso impecable. La disyuntiva era muy clara: el sufrimiento del pueblo era similar. La emigración a Estados Unidos era un paliativo de la pobreza que se pagaba con dolor y humillación. Aquel país entregaba dinero a los mexicanos a cambio de beneficiarse con su trabajo. Si no fuera por ese dinero, quizás, nos encontraríamos en la guerra civil o en la hambruna. Para el pueblo el gobierno tenía que dar pan o muerte y el gobierno mexicano no daba ni una ni otra cosa, ambas las daba en pequeñas dosis Estados Unidos. El pueblo tenía que aguantar hasta que él mismo dijera que ya no aguantaría más. Entonces empezaríamos a matarnos todos contra todos: pueblos contra gobiernos. Pero eso había que evitarlo. ¿Hasta cuándo? Estaba derrotado. Seguí conversando con ella, me bebí la segunda cerveza, las que no aceptó, por ningún concepto, que le pagara pues ella, con su rostro casi negro, indeciblemente arrugado, con su sonrisa de otro mundo, con su estatura que me daba la impresión de llegarme a la cintura, me las regalaba de corazón. Doña Emeteria era un pozo de sabiduría. Una mujer imposible. Una lección.Y decidí irme a esperar a la hermosa Leclerc. Pensé en irnos a León, a Silao, por lo menos, nunca en Guanajuato, donde nos vería el pueblo entero, tomarnos unos alcoholes, comer algo, quizá caminar un poco por algún lugar agradable, hacerla conocer los sitios bonitos de alguna de esas dos ciudades y luego (Dios me perdone, Camila no lo hará) coger. Coger con Laura y que me lleve el diablo. Descarté la mera idea de no intentarlo, por lo menos. Si ella quiere coger conmigo, que querrá, estoy seguro que no haré el menor intento por evitarlo. No podría, me estoy muriendo y no he cometido los pecados que le corresponden a un hombre de mi edad y casi acabo de descubrir que si no los cometo entonces sí seré desgraciado. La vida no ofrece demasiados placeres. O, podría inventar cualquier otro pretexto para dejar establecido ante mí que coger con Laura era no sólo perfectamente lícito sino además imprescindible. He perdido mi vida, viviré al máximo el último año o los últimos seis meses. Viviré como creo, ahora, que se debe de vivir, y si no que chingue a mi madre.

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