XVI. El puente de Cajones
(Primera escaramuza)
Le di las gracias a la abuela de la abuela de Emeterio, la increíble doña Emeteria. Se fue caminando con sus piernitas chuecas, con su poderoso niño indefenso de la mano hacia su tendajón. Subí a mi carro, encendí el motor y lo moví en reversa en la maniobra para salir de frente. Cuando me di cuenta ya había un grupo de unas veinte mujeres, señoras, algunas jóvenes, otras maduras, obstruían el paso de mi carro hacia la salida. Se me figuró que habían salido del aire. Volví a bajar. Me acerqué a ellas.
–Vamos al palacio municipal a exigir el puente de Cajones, señor. Queremos que usté, como acaba de decir, vaya con nosotras, porque no sabemos hablar con licenciados.
–Queremos que sea el representante de nosotras.
–Nosotras lo nombramos líder de los colonos de Cajones para que hable con el presidente municipal y le diga que queremos que se construya el puente. –Ya había elaborado la idea de que no querían luchar. Me quedé silencioso un momento oyéndolas. ¿Cómo decirles que la gran madre y tatarabuela de todos los niños del pueblo me había convencido, y con qué facilidad, de que ellos eran desidiosos, que no les importaba casi nada, que era mejor que sus hombres estuvieran en Estados Unidos trabajando y mandándoles dinero y que era mejor así en vez de pelear con el gobierno o que, en todo caso, se organizaran para construir el puente, que bien podían hacerlo, sin ayuda del gobierno. Creí que no podía, a pesar de que mi convicción estaba con las ideas de la vieja abuela del pueblo. Les dije que teníamos que elaborar una carta en la que manifestáramos la exigencia del puente. Nos fuimos a una de las casas del pueblito a discutir. Me ofrecieron comida, bebida, me dijeron que si quería reposar, descansar, sólo tenía que decirlo, que si quería pernoctar, ídem. Me empezaron a tratar como si fuera el hijo predilecto de Cajones. Me dijeron que hiciera lo que yo quisiera, que ellas confiaban en mí. Sospeché que era porque había sido notable que me gané la simpatía de doña Emeteria. Trajeron una máquina de escribir del siglo antepasado y redacté, oyendo al mismo tiempo gran cantidad de sugerencias, una carta en la que solicitaba, a nombre de las abajo firmantes, de manera perentoria, la construcción del Puente de Acceso a Cajones, en vista del accidente que poco antes había ocurrido en el dicho acceso.
Salimos henchidos de satisfacción. Habíamos hablado de sus necesidades, de la desgracia ocurrida, de la ausencia de sus hombres, de sus problemas y de su desgracia. Se habían desahogado y, con ello, reforzaron la confianza que en mí se inventaran unos minutos antes. Confianza sin motivo ni el menor fundamento; ellas ni siquiera, como lo hiciera la abuela de las abuelas del pueblo, me preguntaron si me había mandado algún partido político; con su confianza y su hospitalidad me hicieron recuperar, casi, la convicción de que sí valía la pena ir a hacer un escándalo a la presidencia municipal de la ciudad, declarada por la UNESCO, Patrimonio Cultural de la Humanidad. Una mujer, doña Senorina, cuarentona, recia, casi negra, nos dijo:
–Vámonos en mi camioneta, ahí cabemos todos. –Cuatro mujeres se subieron en mi carro y todas las demás, unas veinte, treparon en la camioneta de redilas de doña Senorina. Quién sabe de dónde salieron cartulinas que estaban escritas con leyendas como “Exijimos puente en Cajones”, “Los abitantes de Cajones no queremos morir en el rio porque no ay puente”, “Señor municipal cuantos años y cuantos muertos quiere por el chingado puente”. De pronto aquello era una caravana jubilosa. Algunas mujeres llevaban a sus chiquitos de brazos enredados en sus rebozos, otras llevaban niños o niñas, aunque no tan pequeños, de la mano. Todas pertenecían, según me lo había dicho doña Emeteria, a su árbol genealógico por línea directa, sesgada o bien por parentesco político. Ya en el trayecto, que incluye un buen tramo de carretera, las mujeres empezaron un escándalo como de aves gritadoras. En Guanajuato, con su escándalo, empezaron a llamar la atención entre la gente tanto la que iba en otros automotores como entre los peatones. Las conduje a mi estacionamiento particular, en la calle subterránea. Se bajaron de la plataforma de la camioneta entre alegrías y risotadas ayudándose unas a otras y pasándose de brazo en brazo cargando a sus chiquillos. Llegamos caminando al palacio municipal. Sin previo aviso empezaron a gritar “¡Venimos a exigir, el puente de Cajones! ¡Gobierno indecente, constrúyenos el puente!”. Y los transeúntes nos miraban extrañadísimos. Un solo policía vigilaba la entrada del palacio municipal. “No pueden entrar, señoras”. “¿Quién es el que ordena que no vamos a entrar?”. “Señoras, yo tengo la responsabilidad de cuidar esta puerta”. “¿Y eso lo autoriza a que deje entrar a quien se le antoje?”. “Señoras, puedo permitir que entre una comisión para que pidan hablar con el funcionario que ustedes quieran ver…”. “Mire, señor, mejor quítese del paso porque de todas maneras vamos a entrar”. Y se metieron. Hasta adelante iban las que traían manos libres o cargando sus pancartas mal escritas, atrás iban las que cargaban criaturas y la final las más viejas y las que llevaban muchachitos de la mano. El policía intentaba detenerlas a todas, pero las de la vanguardia lo llevaban empujando sin dejar de alegar. Subimos la escalinata y contemplé el gran mural de Chávez Morado que dedicara a Benito Juárez. Los burócratas y las secretarias salieron de sus oficinas a ver qué pasaba, por qué la gritería, nadie tenía una idea qué era “el puente de Cajones”, estoy seguro que ni siquiera sabían que hay una comunidad que se llama Cajones. De pronto el policía desapareció, pero no tardó en estar presente de nuevo sólo que ahora estaba acompañado por otros cuatro que aún eran muy pocos para detener a las mujeres que ya se encontraban en la puerta de la oficina del presidente municipal. De cualquier manera forcejearon con ellas que esta vez los manosearon un poco más de la cuenta, cuando los policías trataron de desalojarlas se hizo un pequeño pandemonium, ellas gritaron furiosas, los jalonearon, los traían como monigotes y ellos, policías de pueblo, no se atrevían a usar la fuerza contra las mujeres, varios perdieron el quepí, todos quedaron despeinados y descorbatados, alguno también traía la camisola desgarrada. No se apareció ningún funcionario, pero sí llegó algún subordinado, nervioso, gordo, apresurado, sin entender qué diablos ocurría el pobre hombre trataba de calmar la situación sin que se produjera escándalo alguno, se puso a tomar nota con mano temblorosa y a prometer que en cuanto estuviera disponible el presidente municipal o el secretario del ayuntamiento o al menos un síndico o un regidor nos pondría en diálogo con ellos; aunque para evitar el escándalo ya era demasiado tarde. Los reporteros de los periodiquillos locales ya estaban tomando nota para alimentar las ocho columnas del día siguiente. El presidente municipal y otros funcionarios se mantuvieron encerrados en sus oficinas informándose por radio sobre la situación, tratando de entender qué pasaba, de dónde venía esa gente que ellos de cían gobernar, qué diablos era eso de Cajones y su puente. Las mujeres establecieron que no se retirarían del palacio municipal si no las atendía un funcionario de primer nivel en el municipio. Llegaron más policías. Ya eran el mismo número que el de las mujeres, pero éstos ya traían toletes y casco. Dialogamos. El jefe de policía municipal se apareció por fin. “Señoras, es necesario que desalojen las instalaciones”. “Tenemos que hablar con alguien que nos resuelva, que tenga la autoridá para comprometerse a hacer el puente”. “¿Pos cuál puente?”. “¿Cómo que cuál puente?, ¿pos qué no sabe que se acaban de morir apenas dos niños porque el río voltió un camión?, ¿qué ni siquiera por el periódico se ha enterado que por no haber un puente en el pueblo se voltió un camión y se murieron dos niños? ¿pos qué no sabe en qué municipio vive, señor? Si hasta en el periódico salió”. “Sí, señoras, claro que sí sabemos todo lo que pasa, pero no se puede hacer un puente de cajones, los puentes se hacen de cemento, no de madera y ustedes no pueden invadir las instalaciones del poder municipal”. “Ah si será usté bruto, señor; ni siquiera sabe que en su municipio del que usté es el jefe de la policía hay un pueblo que se llama Cajones, no nos crea tan pendejas que no sepamos que los puentes se hacen de cemento y varilla y no de cajones, ah que jefes tan idiotas tenemos, yo no sé cómo están en el puesto que están y ni siquiera saben los nombres de los pueblos de su propio municipio”. “Señora, comprenda que uno tiene muchas ocupaciones con más de doscientas mil personas que viven en el municipio”.
Finalmente resolvimos entregar la carta al jefe de la policía quien devolvió una copia de la misma con sello fechado y su firma de recibido, en la que lo hicimos anotar que en tres días nos tenía que recibir el presidente municipal. Así quedó el acuerdo y salimos jubilosos, las mujeres comentaban que habían cacheteado a algún policía, que el jefe no sabía qué hacer ni qué decir, que les echamos en cara su pendejez, que el presidente municipal y varios regidores, síndicos (todos cínicos) se habían escondido en la oficina de su jefe como ratones asustados, que, en fin, había sido un triunfo y que cómo no se les había ocurrido antes hacer un escándalo así. “Pos es que estábamos acostumbradas a que si les hacíamos una protesta nos mandaban a los cuirios a matarnos. Yo no sé cuándo cambió esto y desde cuándo admiten que venga uno a gritarles en su jeta”.
Afuera había casi un tumulto. Mucha gente de la ciudad se acumuló afuera del palacio municipal como si vieran un divertido espectáculo. Eran las seis de la tarde y las oficinas habían permanecido abiertas tres horas más de lo que ocurría en día normal.
–Señor Tranquilino, queremos hacer una junta del pueblo para ver qué es lo que sigue y queremos que usté esté presente. –Doña Senorina me habló como un coronel lo hace con su general.
–¿Cuándo?
–Pos diga usté cuándo, nomás con que no pase de mañana.
–Ah bueno, entonces nos vemos mañana temprano, a eso de las diez ¿está bien?
–Está bien como usté diga, señor don Tranquilino.
Y se fueron orgullosas de su victoria, con sus niños, unos de brazos, otros que apenas caminaban pues a los más grandecillos los habían dejado solitos allá en la comunidad, se acomodaron trepadas en la camioneta como reses. Fui con ellas hasta su transporte. Mi carro estaba atrás de su camioneta. Pensaba qué significaba esto, no me sentía convencido de que estuviéramos haciendo lo mejor. Me despedí de ellas y me encaminé a mi auto. Adentro de mi carro, al volante, estaba Laura leyendo.
–Si la montaña no viene a ti, ve tú a la montaña.
–Discúlpame. ¿Tienes mucho rato esperando?
–No importa. ¿Qué hay de nuevo? –Supuse que iría a casa, ahí conseguiría las llaves del carro, ¿le conté dónde lo estaciono siempre?, seguramente. Debía tener unas dos horas por lo menos ahí.
–¿Quieres que vayamos a comer algo? –Sin esperar casi respuesta encendí el carro y me la llevé lejos del peligro que significaba que alguien nos viera y Camila se enterase. Tomé la salida hacia Silao. Ni siquiera preguntó a dónde la llevaba. Fuimos a comer la buena carne de Silao con suficiente vino. Si en algún momento se encontró de mal humor por la espera ahí se disipó. Luego nos metimos en un bar y empezamos a tomar tequila a discreción. En poco tiempo estábamos jubilosos y enrojecidos, nos habíamos puesto a hablar como si fuera competencia, casi cualquier cosa nos hacía reír, ella estaba más hermosa que nunca después de cuatro o cinco tequilas, como si se hubiera pasado de rubor al maquillarse, risueña, encantadora y complaciente con cuanto yo decía.
Al día siguiente desperté tan confundido que me sorprendí de estar con ella y en un lugar que jamás había visto.
–Puta, qué bárbaro. Qué peda tan espantosa agarramos, Laura. –Ella se agarraba las sienes y apretaba los ojos–. Lo último que recuerdo fue que un mesero y luego el capitán de ellos y luego el encargado del restaurante bar nos pidieron primero que tratáramos de bajar la voz y que no destruyéramos el menaje de servicio –de pronto nos pusimos tan inocentes y espontáneos que empezamos a romper las copas y los vasos después de vaciarlos en nuestros respectivos aparatos digestivos brindando bajo el lema de “Hidalgo, chingue su madre el que deje algo”. El pretexto era casi poético: que nunca más se bebiera en tales recipientes–, oye, Laura, ¿estamos locos?
–Me siento espantosamente mal. Te juro que me duele todo mi lindo puerquecito. Vamos a tomar algo.
–Oye, me estoy acordando que nos sugirieron que merecíamos un buen lapso de reposo, así dijo, ¿te acuerdas?, porque nuestras condiciones ya no eran las mejores –lo cierto es que estábamos escandalosamente borrachos ambos y en el sumum del júbilo y la carcajada ya habíamos hecho una gran bulla, para escándalo de las honorables personas, los parroquianos (no menos ebrios que nosotros, pero no tan jubilosos) que se encontraban en el lugar–. Individuos tan correctos, lo que hace la hipocresía del dinero; éramos dos borrachos necios y detestables. Casi no se concibe el ridículo de decir a dos borrachos en plan tan indecente como ya estábamos que las políticas de la empresa les impedían vendernos más alcohol y que ellos se reservaban el derecho de admisión y estancia en su negocio.
–¿Te acuerdas que me dijiste “Señorita, dígame usted qué clase de disparates ha cometido usted contra la moral y las buenas costumbres de esta honorable ciudad y este insigne antro para que el ínclito caballero aquí presente nos esté invitando a irnos a chingar a nuestra madre”. –Lo recordé después en un trabajo como de armar un rompecabezas de imágenes que aparecían dispersas en mi mente. Cuando practicaba la tal recordación me sentía deprimido y sólo la actitud de Laura, su compañía, me daban arrestos para tener actitudes de buen humor; lo cual era inventado, sin embargo, aunque ella sin duda estaría en iguales o peores condiciones, el invento funcionaba para no sentirnos como en realidad estábamos, en condiciones deplorables. Las imágenes que me llegaban hacían sentirme peor. Ella respondió algo así como:
–Pero le dije “Es indudable que el caballero tiene razón. Somos un par indeseable ¿verdad?”, me le acerqué al pobre hasta que casi tocaba sus narices con las mías. Tranquilino, te juro que casi no me reconozco.
–Y tus senos se rozaban con su uniforme. Pobre hombre.
–Ni me digas. Quería que se sintiera desgraciado. “¿Quién puede desear encontrarse en nuestra compañía?”, le dije. Pobre tipo, le estaba echando el aliento tequilero y tabaquista a diez milímetros de su cara, y el pobre seguía a pie firme, como un San Antonio resistiendo las tentaciones demoniacas de la carne.
–Pero Laura, qué barbaridad, ¿estás de acuerdo en que le dijiste resoplando en su oído “¿pero acaso no le gustaría coger conmigo?”.
–Ay no, cómo crees que le voy a decir así.
–En la borrachera y sin haber sentido lo que él sintió, estuve seguro que el hombre repudió ese momento. Laura, ese pobre te odió o por lo menos deploró su circunstancia. Creo que él hubiera deseado encontrarse en otra situación que le hubiera permitido por lo menos responder a aquello que era un alarde tuyo, una provocación, una especie de bravuconada, Laura. Si no hubiera estado en su trabajo, y por las caras que hacía, creo que te hubiera dicho “Sí, señorita, estoy de acuerdo, vamos a coger, es usted muy linda y será un honor además de un placer agarrarla de a perrito si no le parece mal”. Pero el pobre güey no podía hacer más que quedarse bien serio y apretado, enrojeciendo de vergüenza o de rabia.
–Tranquilino, te juro que no recuerdo en qué momento y condiciones salimos de ahí.
–¿Recuerdas que bebíamos whisky a pico de botella en la calle? –Claro que lo recordaba, pero, al fin actriz me dijo:
–Cómo pasas a creer que yo iba a estar alcoholizándome en la calle. ¿Quieres decir que ya estaba absolutamente briaga? Pero recuerdo así como entre la oscuridad o como en un sueño que estábamos en algún lugar muy iluminado, entre una multitud que nos miraba, besándonos y tambaleándonos de tan borrachos. Tengo la impresión espantosa, Tranquilino, de que hay muchas cosas que hice y que no las recuerdo, como si me hubieran robado un pedazo de vida.
–Ay, ¿a poco no te acuerdas cuando te encueraste en una cantina?
–No me digas eso. No me encueré ni siquiera cuando me quedé dormida.
–Entonces tampoco te acuerdas de la cogidota que me diste en el mismo bar.
–No, Tranquilino, eso ya lo estás inventando.
La descomunal borrachera, la diversión desaforada nos había dejado vacíos, ni siquiera nos permitió –que lo recordáramos– hacer sexo. La crueldad de la cruda se ensañaba con nosotros. Nuestro estado físico era desgraciado, el sicológico era cínico y el espiritual o bien confuso o bien inexistente, esclavizados por el cuerpo, por la cruda. Me sentía un bicho indecente e incluso hediondo. –Vamos a bañarnos–. Invité a Laura.
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