domingo 26 de abril de 2009

Capítulo XVII. Primera muerte

XVII. Primera muerte
–Ay sí, porque estoy que no me soporto. –Respondió dejándose caer en la cama.
La sed era intolerable, las molestias que incluían náusea, un difuso dolor de cabeza, el aliento vomitivo, la pesadez del cuerpo y hasta un fino temblor en las manos cancelaban cualquier posibilidad de las delicias amorosas. Lo único que me faltaba era vomitar. Y me di cuenta que no estaba tan lejos de hacerlo. Pensé que aquello era un inmundo pecado, colocarse en condiciones tan lamentables como para que me fuera imposible coger sanamente era una vileza, una enfermiza estupidez, una ojetada contra mí mismo.
Nos metimos juntos a bañar. A pesar de mis malestares, y aunque el ambiente no parecía propicio, no dejaba de anhelar el contacto con la hermosa. Me apliqué a mediar el agua, lo tan caliente como para que nos resultara acogedora. Ella estaba como ida, había empezado a quitarse los zapatos y se había quedado inmóvil, como meditando sin concluir el movimiento, la cruda que se cargaba no era menor. Llegué ante ella, le quité los simpáticos zuecos color carmesí de madera, el pantaloncito verde chillón que le llegaba hasta las espinillas fue desabrochado y, junto con los calzones, separado de su cuerpo. Al final le saqué una microblusa cuya real finalidad era que el mundo pudiera ver su ombligo y una región no tan pequeña hacia arriba y hacia debajo de su torso. Le desabroché el mínimo sostén cuya pequeñez dificultosamente sostenía sus hermosos senos y empecé a adorarla. Bellísima, brutalmente desnuda. Me desnudé a lo pendejo, rápido. Y la conduje del brazo, como a una princesa, hasta la regadera. La bañé escrupulosamente, lavé con amoroso esmero sus axilas, la entrepierna, introduje mis dedos –enjabonados con abundancia– entre las preciosas nalgas hasta la minúscula y delicada dona del culito y la lavé con cariño singular, hice hincapié para que subiera las inferiores extremidades en mi rodilla para lavarlos y, con un cuidado extremo, su sexo. Al terminar la envolví en una toalla y, muchacha menuda, la cargué hasta la cama. La lancé como un costal, y fui a bañarme más que en chinga. Luego regresé y ella seguía en la cama, envuelta en la toalla; frenético la desenvolví, le abrí las piernas, le lamí el clítoris y, cuando la excité un poco, le metí la verga.
Me sentía tan sensible como jamás en mi vida. Sin la menor duda se lo atribuí a la cruda, al alcohol. Me salí de ella y la puse a que me cabalgara. No conseguía el orgasmo y empecé a preocuparme. Decidí que su clítoris era la clave y la bajé de donde la tenía montada para ponerme a lamer el gránulo. Ella también estaba muy sensible y en un rato ya había conseguido calentarla lo suficiente para que me dijera:
–Dame verga. Ya basta. Dame verga. –Entré en su cuerpo. En sus interiores estaba tan caliente que casi quemaba. Empezó a frotar su clítoris contra mi cuerpo, contra mi verga, con admirable suavidad y lúbrica constancia, sabiamente. Y casi detuve el movimiento de mi pelvis, sobraba, ella hizo lo necesario para venirse. Bendita sea. Y terminó gloriosamente.
–Eres un buen amante. No sé cómo lo descubriste, claro, pero sabes qué le gusta que le hagan a una mujer cuando cogen con ella. Son afortunadas las que decidan irse a la cama contigo. Esto no se lo había dicho a nadie. Qué bueno que me cogiste, Tranquilino. Muchas gracias. –Me sentía casi tramposo. La verdad sin tapujos ni falsas modestias era que ella había hecho cuanto fuera necesario para darme los créditos de buen amante. Mi mérito, si acaso, era el de admitir las decisiones que ejercía para satisfacerse. Trabajo relativamente fácil, lo cual hablaba muy mal de los hombres, pues ni siquiera eso son capaces de tolerar en las mujeres que se cogen, que ellas se satisfagan.
–Chiquita preciosa. Déjame decirte que, no exagero, es un placer. Casi tan grande e intenso como el orgasmo es el placer de sentir que la muchacha se venga. Dios santo.
–No tienes idea cómo lamento que la mayoría de los hombres no piensen así. No exagero, pero el mundo sería mejor. ¿Tú sabes cuántas desgracias ocurren en el mundo porque hay tantas mujeres malcogidas? Es más, mira, una buena actriz o cualquier mujer muy eficiente en cualquier actividad jamás será una malcogida, ni creo que lo sea ninguna verdadera artista, es como la antítesis. Y estoy segura que la mayoría de las veces es porque los pinches hombres son tan egoístas que no se aplican a satisfacer a las mujeres con quienes cogen. Les vale madre.
–Sí, creo que es posible. Aunque yo nunca he cogido con hombres, pero se nota en casi todo lo que hacen.
–Pero tú estás hecho de otra pasta, Tranquilino. Y tengo algo que reclamarte, nunca en tu vida has gozado de un orgasmo causado por esta muñeca. Te exijo inmediatamente que te vengas adentro de mí, cabroncito…
–Mujer preciosa. No sé… Quiero que goces tú…
Cogimos poco más de una hora. Logré que se viniera dos veces más y ella derrotó con plenitud a mi mezquindad eyaculatoria. Me hizo venir como un cerdo.
Después de bañarnos una vez más salimos de un hotel que nunca había visto en mi vida. Nos fuimos a desayunar en hora más que tardía, pero lo más deliciosamente posible en ese pueblo.
–¿Y ahora qué…?
–Tranquilino, ya son dos días, con todo, preciosos, sintiéndolo en el alma, debo regresar a los deberes defeños. Pero te voy a llamar más seguido, eres un ejemplar extraño y tengo que aprovecharte.
–Así sea… Te llevo a la terminal. –La puse en el camión después de considerables besos y mientras manejaba sin saber hacia dónde me puse a sopesar la situación. Las pequeñas Obdulias y Sanjuanas han de estar hechas nudo de preocupación. Camila debe estar enroscada y con la mayor razón. Puta madre. Si supiera. En cajones me esperaban a mediodía, desde hace unas seis horas. ¿Qué procede? Y me fui en chinga a Cajones.
Llegué a la comunidad cuando oscurecía. Pensé que era una desvergüenza llegar siete horas tarde, pero era mejor estar ahí y enterarme de cómo estaba la situación, qué habían decidido y qué haríamos en el futuro inmediato. Al menos enterarme.
El pueblo era la gran oscuridad y, como nunca, parecía solo. Llegué con el auto hasta la casa de doña Senorina, la que reconocí por la troca estacionada a un lado. Los perros no me dejaban bajar del carro, pero los encaré con actitud agresiva y me di cuenta que los perros saben muy bien que los humanos somos mucho peores que ellos. Llegué hasta la entrada del gran patio antes de la entrada de la casa y salió doña Senorina.
–¿Quién es? ¿Quién anda ahi?
–Soy yo, señora Senorina…
–¿Y quién es yo?
–Soy Tranquilino.
–¿Don Tranquilino? ¿Es usté? Ah pos pásele. Qué bueno que vino. Pásele. –Senorina empezó a hablar y nunca hubiera sospechado que así pudiera alguien hablar, tanto de rápido como de angustia–. La cosa está fea, don Tranquilino. En la mañana vinieron unos sujetos bien harto malencarados, traiban pistola y camionetas de esas chocolatas como las que luego llegan a traer nuestros muchachos. Pero una punta de malditos, éstos. Se metieron a la casa de una doña, usté ya la conocerá porque fue con nosotros a la toma de la presidencia municipal, doña Salud. La mujer tiene sesenta años, hágame el favor. Seis pelados con sendos pistolones, bien encabronaos, uno ni idea tiene por qué, pero bien encabronaos que venían. Pos no tuvieron que espantar a la pobre doña Salud. Pos que le iban a matar a sus nietos, a sus hijos, que qué andábamos haciendo alborotos contra la ley y la autoridá, que eso no está bien, que si bien o mal es el gobierno el que nos da de comer y que no tenemos derecho de morderle la mano. Un buen rato se quedaron con ella. Luego pasaron a…, qué le diré, ocho diez casas, anduvieron hablando con la gente así, amenazando, advirtiendo que la próxima nos iba a ir muy mal, que qué nos pasaba que no seamos ingratos ni malagradecidos. Quién los callaba. Pero también nos dijeron muy claro que si seguíamos nos iba a ir muy mal, que no tenemos derecho a molestar así nomás a la autoridá ni quebrantar la ley–. De alguna manera se corrió la voz de que “el líder” estaba en el pueblo y antes de que terminara su informe Senorina ya habían llenado la sala de la casona a medio construir de la doña. Y en su momento todas hablaban como si hablaran con el presidente de la república.
–Amenazaron a los muchachos.
–Nos dijeron que qué puente ni que la regranchingada, que no tenemos por qué molestar a la autoridá que tiene cosas mucho más importantes que un puente para indios.
–Dijeron que si nos emperrábamos nos iban a echar a los cuicos, al ejército pues, pa’que se nos quitara lo revoltoso.
–Abiertamente nos dijeron que si queríamos que nos llevara la chingada que iban a desaparecer este pinche rancho jodido y a ver a dónde íbamos a dar con nuestros pinches marranos y nuestros escuincles negros y panzones, que si creíamos que la autoridá está pa’cumplir caprichitos de cabrones indios.
–No, don Tranquilino, gente mala, fíjese bien en lo que le voy a decir, ¿no se pusieron a echarle el ojo descaradamente, en nuestras barbas de viejas, a decirle cuanta cosa se les ocurría a las muchachas? Pos ellas qué… Pero eso sí que no, que no nos molesten a nuestras muchachas. Esos hombres son capaces de todo con ellas.
–’Ora, a ver, díganos qué sigue señor Tranquilino. Ya nos metimos en un problema y qué va a pasar si estos cabrones hacen algo que no sirva.
–Yo digo que mejor ya le paremos. Total, vamos a guardar dinero y vamos a escribirle a los muchachos que andan de aquel lado y arrejuntar el dinero y que nos hagan el puente los gobiernos, aunque sea con nuestro dinero. Si estuvieran aquí los muchachos qué les duraba un puentecillo, pero todos están por allá. ’Ora decirles que lo hagan cuando vienen a ver a la gente pos tampoco, pobrecitos, si de por sí sufren mucho allá arriba, trabajan muy duro para que cuando vienen a descansar a su rancho todavía les digamos que hagan el puente. Pos no va…
Casi no podía creer que un grupo de cerdos hubiera venido a asustar a la gente. No sabía qué hacer. Los testimonios que había escuchado eran alarmantes.
–Señoras, no hay mucho que pensar… tenemos, antes que nada que actuar. Si creen que nos asustaron estamos de antemano derrotados. Pero no debemos ser estúpidos. La entrevista con el presidente municipal es el próximo viernes. Mañana mismo hay que movilizarse. Tenemos que hacer que se entere todo el estado y de ser posible todo el país de que no sólo no atendieron nuestra demanda sino que además nos están tratando de intimidar. En este momento vamos a hacer una carta que vamos a llevar a la televisión, a los periódicos, a la radio y a las revistas. Que vayan a intimidar a su chingada madre.
–¡Así se habla, señor! –Me dijo una mujer emocionada hasta las lágrimas. De pronto las miré y muchas de ellas estaban llorando. No las tomé en cuenta o traté de no hacerlo. Nos aplicamos a redactar la carta y nombramos a los grupos de tres o cuatro mujeres que irían a entregarlas a los medios. Eran las once de la noche y me despedí. Me dijeron que tuviera mucho cuidado, que ellas pensaban que era peligroso que me fuera. Que si habían venido en la mañana bien podrían venir en la noche, es más, seguramente ya estarían vigilándonos. Les dije que confiaba en que no fuera así y que tenía que ir a Guanajuato a ver a mi familia. Muchas me abrazaron, pocas me besaron la mejilla, al parecer la costumbre no había llegado muy bien al pueblillo, las más viejas me echaron la bendición. Antes de despedirme pregunté por doña Emeteria.
–La madre Emeteria ya está durmiendo, ya tiene unas tres horas… –Me acompañaron hasta mi carro. Me encaminé a la carretera, todavía estaban lodosos los caminos. Salí del pueblito y tomé el camino de burros. En un recodo estaban seis hombres.
–Párate, hijo de la chingada. –Pensé en echarles encima el carro pero se habían colocado a cubierto, a la orilla del camino protegidos por árboles o piedras. Aceleré. Oí balazos y los impactos contra el carro. Avancé dando tumbos y salí del área de peligro. “Hijos de su puta madre” dije y seguí corriendo, el carro daba saltos y me sacudía. Circulé unos minutos y a la entrada del pueblo de Puentecillas estaba un retén militar. En cada orilla de la carretera que entra en este poblado había dos trincheras hechas con bultos de arena con su techumbre de lona y armas que sobresalían de las aberturas. Un brazo mecánico obstruía el paso. Me detuve. Salí del carro. Un soldado manejaba la pluma levantadiza para evitar o dejar pasar. Cuatro más lo apoyaban.
–Buenas noches. Señor, acabo de sufrir un atentado. Un grupo de hombres balacearon mi automóvil aquí en la salida de Cajones.
–Buenas noches, señor. Ah qué la ch…, mire nomás, todo balaceado… Acerque su carro hasta aquel sitio. –Me indicó el soldado que debía estacionarme junto a la trinchera derecha. Así lo hice. De una casa de campaña un poco más alejada vino un oficial con otros dos soldados.
–Abra la cajuela. –Obedecí. Sacaron todo. Luego examinaron la guantera, debajo de los asientos, el cofre del motor. En fin, desmantelaron el automóvil y mis pertenencias se encontraban en el suelo a un lado del carro–. Acompáñeme. –Dijo el oficial y caminó. Los dos soldados se pusieron detrás de mí y entré en la casa de campaña color verde olivo. El oficial ¿cabo, sargento, teniente?, se sentó detrás de un escritorio y sin invitarme a sentar, con sus subalternos uno a cada lado mío, debajo de su quepí militar y detrás de sus lentes amarillos me dijo con el aplomo que sólo los militares poseen:
–Usted será retenido por las fuerzas armadas hasta nueva orden.
–¿Puedo saber la razón?
–El ejército mexicano no tiene por qué explicar las razones de su actuar. Sin embargo le diré que usted es un presunto traidor a la patria y será juzgado conforme a derecho militar. Su delito trasciende lo civil y lo judicial.
–¿Puedo saber cuál es mi presunto delito?
–Está acusado porque lo capturamos. Es todo lo que se nos exige que le informemos.
–Señor oficial, esto es anticonstitucional; ningún ciudadano podrá ser molestado en su persona, propiedades ni tránsito si no existe una orden judicial que determine lo contrario.
–Así es, señor, pero usted está acusado de traición a la patria.
–¿Quién me acusa?
–El ejército mexicano.
–¿Y quién es mi defensor, cuál es el acto de traición del que se me acusa, cuáles son mis garantías, exijo que de inmediato se me comunique con una persona de mi confianza. De otra manera esto es una arbitrariedad, es un acto fuera de la ley.
–Le mostraré cuáles son los derechos de un traidor. ¡Aaatención, tropa! ¡Detengan al objetivo! –inmediatamente los dos soldados me agarraron, uno por el cuello y un brazo, el otro, en tanto, me dobló el otro brazo y me colocó unas esposas–. ¡Redúzcanlo y trasládenlo! –Me colocaron una capucha en la cabeza y la apretaron por el cuello con una cuerda. Me condujeron llevándome ambos de los brazos. Supongo que atravesamos la carretera y entramos en terreno abrupto, se agregaron más soldados, por las pisadas calculé que eran unos diez. Uno me iba jalando de la capucha, me conducía como a un burro, dos más me sostenían por los brazos. Me llevaban a veces cargando porque a ciegas y caminando por terreno salvaje con frecuencia me tropezaba y caía. Me hicieron caminar unos veinte minutos.
“Me van a matar. Por supuesto que sí. ¿A dónde me llevan? ¿Qué puedo hacer? Estoy desamparado. ¿Cómo me matarán? Pues a balazos, traen armas. Me la gané, cabrón, ahora sí, Tranquilino, chingaste a tu madre. Me gané una buena muerte. Es mejor morir fusilado, es casi heroico morir a balazos que pudriéndose en la cama ¿o no? O a la mejor me ahorcan. Puta madre, pero no quiero que me maten. Quiero llorar. Pero cómo putas voy a llorar. Mejor que me maten antes de llorar. Quisiera vivir mis seis meses o, con suerte es hasta un año. ¿Qué pasará con las tías? Pobrecitas. Van a sufrir mucho. Van a decir “te lo dijimos m’hijito, te andas metiendo en muchos líos, pobrecito de ti”. Pero más bien pobres de ellas. ¿Y Camila? ¿Y mi madre? Chingao. Siento las piernas flojas. Capaz que me voy a cagar de miedo. Pues no que quería una buena muerte. Que no me maten, por favor, no todavía, me queda un año. ¿Hasta dónde me llevarán? ¿Me irán a torturar antes de matarme? ¿Qué chingaos hago, Dios santo, qué chingaos hago para que no me vayan a matar?”.
–Levántate, cabrón. –Me dijeron cuando no me sostuvieron bien y caí.
De pronto me dejaron y con gritos muy enérgicos escuché:
–¡Péeeelotón en línea! ¡Present… arms…! –sólo oía los movimientos de las armas en las manos de los soldados–, ¡preeepar…! ¡aaaapunt…! ¡Fueeegooo! –y sonó el estruendo de los disparos. Juro que sentí los impactos en el abdomen, las quemaduras de las balas. Juro que sentí que los impactos me hacían caer al lanzarme hacia atrás. Y me sentí despedazado, me imaginé bañado en sangre, moribundo. Alcancé a oír risas y comentarios, burlas y hasta alguna palabra inteligible. Luego pasos retirándose.
“Quién iba a pensar que iba a morir de esta manera tan estúpida. Todas las muertes son estúpidas. Sentí un gran dolor en el vientre, pensé que estaría desangrándome en abundancia. “Fue lo que busqué y lo que conseguí. Se acabarán todas las dudas. Chingó a su madre el mundo. Puta madre. Pobre de mí. Quién iba a pensar que iba a morir como un perro. Amarrado como perro y encapuchado por traidor a la patria. ¿Qué chingaos fue lo que hice para que me consideraran traidor a la patria? Y mis tías que tanto me quieren. Debo estar despedazado. Y Camila que desea casarse con esta piltrafa. Ojalá que se regrese alguno de estos malditos y me dé el tiro de gracia. Ya me mataron como a una puta bestia. Ojalá que alguien me encuentre y me lleve a un hospital y no me muera. Ojalá que no me muera. Debo estar vaciándome no sólo de sangre. Dios santo, Dios mío, permíteme sobrevivir. Si estoy pensando quiere decir que no me he muerto, pero debo estar agonizando. Quiero vivir. Dios mío, déjame vivir mis seis meses, por favor, capaz que alcanzo a vivir hasta un año como me dijo el doctor. Qué poca madre. Qué poca madre. ¿Por qué me mataron? ¿Se habrán equivocado? ¿Será por la protesta de Cajones y la toma de la presidencia municipal? No, no es posible. Estamos viviendo una época de democracia. Ya no ejecutan a la gente así, ya no el ejército por lo menos. Por favor, por favor. Que no me muera. Ojalá que alguien me encuentre. Ojalá que alguien me salve. No me siento tan mal. A la mejor puedo sobrevivir. ¿Por qué no siento dolor? ¿Ya me voy a morir? Chingada madre, ¿cómo saber si me estoy muriendo? A la mejor no me tocaron órganos vitales. Puta madre, me siento demasiado bien para estar agonizando. ¿Pero entonces qué fue lo que sentí? ¿No fueron los balazos? O a la mejor ya estoy muerto…”.
Empecé a intentar moverme y me asombré de que no me dolía nada y de que mi cuerpo me obedecía. Con los brazos esposados a la espalda no es fácil ponerse de pie y absolutamente menos para un agonizante, pero comprobé que no estaba muriéndome porque pude ponerme de pie. Empecé a caminar a ciegas. Con mucho cuidado tentaleaba con el pie hasta asegurar que no me iba a ir a una barranca, pero recordé que la zona es muy plana. También comencé a dudar que hubiera sido herido. Caminé mucho tiempo entre tropezones y caídas. Sin el menor sentido de orientación ni de dirección. El territorio despoblado parecía inmenso después de tres horas de caminar sin encontrar gente. Aún no estaba seguro de sentirme ileso. En una de las múltiples caídas y de entre los incontables golpes que recibí, tuve un golpe pero de suerte. Me di cuenta que estaba junto a un matorral espinoso. Procurando no herirme hice desgarrar la tela de la capucha con las espinas. A través de los hoyos que logré hacer en la capucha pude darme cuenta de que amanecía. La capucha era ya una máscara que me permitía ver un poco y caminé por el llano sin rumbo ni idea de dirección pero por lo menos ya veía. Busqué un promontorio y subí. Desde ahí alcancé a ver a lo lejos las últimas luces eléctricas en el amanecer de una comunidad y caminé hacia allá. Dos horas después llegué exhausto. Era un pueblo minúsculo y desierto a esa hora, las seis y pico de la mañana. Tenía que pedir auxilio para que me quitaran las esposas. Me metí entre las casitas y de pronto unos cuantos chiquillos escandalizaban alrededor de mí. “¡El encapuchado! ¡Llegó el encapuchado!”. Traté de mirarlos, les grité que me ayudaran pero corrieron y siguieron gritando ¡el encapuchado! De pronto sentí golpes. Los cabrones escuincles me estaban apedreando. No niego que debe ser una imagen extraña y quizá hasta temible un hombre encapuchado caminando a deshoras de la mañana aun con las manos atadas por la espalda. Si me acercaba a los chamacos huían, si me alejaba me perseguían sin dejar de apedrearme. Corrí buscando lugares más poblados en el centro, el quiosco del pueblo. Llegó un momento que eran más de treinta escuincles apedreándome como a un perro. Terminé por detenerme, recargado en una pared, con los ojos casi cubiertos, casi sin visibilidad y las manos atadas atrás, terriblemente fatigado a esperar que hicieran de mí lo que mejor quisieran. No fueron muy pocos los golpes que recibí. Entonces llegó un hombre que me puso un palo en el cuello, como si fuera una serpiente venenosa. Los chiquillos que me apedrearan nos observaban desde atrás del temerario que me sometía.
–¿Quién eres, qué haces aquí, por qué asustas a los niños?
–Amigo, ayúdame. Me secuestraron. Me dejaron tirado por allá. Quítenme la capucha y las esposas.
Llegó más gente y un hombre me libró de la capucha rasgándola con su navaja. Lo primero que hice al recuperar la vista fue mirar mi vientre supuestamente balaceado pero en realidad intacto. Luego me llevaron con el cerrajero del pueblo a que me quitara las esposas.
–¿Y de dónde es usté, amigo?
–Soy de Guanajuato, pero venía de Cajones y me agarraron unos soldados.
–¿Dice que unos soldados?
–Había un retén anoche, en la entrada de Puentecillas viniendo de Cajones.
–Qué raro. Hace mucho que no vemos cuirios por aquí.
–¿Aquí tienen ministerio público? Voy a levantar una denuncia porque también me robaron mi carro.
–Mire nomás, cuánta cosa le hicieron. ¿Cuánto le robarían?
–No fue mucho, pero el carro y mis documentos. –Entonces apareció la solidaridad. Me invitaron a desayunar garnachas y atole. Suculentos como casi nada que hubiera comido. Y el representante de la comunidad, Huachimole de Cuevas, en la que fui apedreado pero también rescatado de las esposas metálicas a cambio tan sólo de dejárselas al cerrajero de Huachimole; después de desayunar y de que mucha gente del pueblo, avisada por los niños, fuera a mirarme como si fuera el judío errante, el delegado de la comunidad me llevó en su auto hasta Puentecillas a denunciar ante el ministerio público.
Se levantó el acta. Gasté cuatro horas en esperar el trámite que duró una más. Y salí de la oficina del MP con un sentimiento de orfandad, desamparo y abandono como me encontraba en la realidad. Sin documentos, sin un peso en la bolsa, abandonado en Puentecillas, sin automóvil, desvelado, hambriento y furioso contra algo o alguien que no sabía qué o quién era.
Cuando caminaba afuera de la oficina del MP vi una grúa que arrastraba un automóvil ennegrecido, todavía humeante, convertido en cenizas excepto las láminas. Fui corriendo a verlo. Sí, era mi carro. Regresé con el agente del ministerio público y, después de dos horas más, hasta que el funcionario tuvo tiempo, corroboramos examinando las placas, que sí era mi automóvil. Agregamos al expediente que hablaba del robo del auto, su quema.
Pedí un taxi por teléfono, lo cual fue muy difícil y sólo pude lograrlo gracias a la benevolencia de alguna persona que también pretendía levantar el acta de denuncia para pedir justicia, pues hasta los teléfonos públicos son inalcanzables para un humano que carezca de los treinta pesos, el salario mínimo de un día, casi, que es lo que cuesta la tarjeta telefónica más barata.
El taxi me dejó en mi casa del Callejón de la Cabecita. Sanjuana estaba llorando, Obdulia había aprendido la lección. Eran dos días sin llegar a casa.

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