lunes 11 de mayo de 2009

Capítulo XIX. Coger en Cajones

XIX. Coger en Cajones


Fue como si la fiesta siguiera, pero ahora había gente desconocida para mí. Estaban representantes de las comunidades cercanas a la ciudad y parte del municipio de Guanajuato. Había hombres de sombrero, oscuros y recios, líderes de sus comunidades, dos maestros de primaria, un doctor; algunos comerciantes y muchos campesinos; mujeres de verbo infatigable, maduras y morenas, batalladoras. Éramos unas treinta personas. Me recibieron con presentaciones, abrazos y apretones de manos. La solidaridad y el entusiasmo eran festivos. Dos días de notas periodísticas habían hecho el milagro o mi condena. Pero creí sentir que era una buena manera de gastar la vida. Ellos insistían en que yo era el líder, pero las decisiones aparecían sin mi intervención. Casi cualquiera de ellos era mejor líder que yo.
La situación del conflicto del puente de Cajones parecía difícil, sin embargo, la gente estaba más animada que nunca, entusiastas y risueñas, las mujeres nos sirvieron un desayuno en la mesa que instalaran el día anterior, alimentos que prepararían cuando yo aún dormía como difunto y mientras me despidiera de Adela con arrumacos y besos de agradecimiento por su compañía que, ciertamente, había logrado que durmiera mucho mejor, aunque menos de lo que habría dormido sin la presencia de ella.
Charlando mientras desayunábamos, como sin querer, acordamos que deberíamos de tomar medidas mucho más drásticas. Las personas de otras comunidades estaban tan enojadas contra el gobierno como los de Cajones. ¿Qué hacer? Juntarnos todos los que pudiéramos en la entrada de Guanajuato y hacer una marcha hacia el interior de la ciudad, desquiciarla. Porque los burócratas sólo atienden a la gente cuando ésta les causa graves problemas. Luego continuar la presión. ¿Cómo? Con una huelga de hambre frente al palacio municipal. Porque cuando termina el problema que se les causa se olvidan de la solución y hasta de las promesas que pudieran haber hecho. Los voluntarios para la huelga de hambre, de pronto, sobraban. La marcha sería el día siguiente. Por la tarde se haría la instalación de la huelga de hambre. Diez personas a la vez ayunarían durante tres días. Luego serían reemplazadas por otras diez. Indefinidamente.
De nueva cuenta nos aplicamos a escribir comunicados de prensa para llevar a los medios. Una notificación al gobierno municipal acerca de la movilización. Una petición a la Procuraduría de los Derechos Humanos para que investigara el ataque en mi contra. Discutimos el lugar de la cita para iniciar la marcha y escogimos la trayectoria a seguir. Decidimos quiénes serían los primeros en ponerse en ayuno. Redactamos todo lo redactable. Más o menos habíamos terminado de hacer los preparativos para la acción y entonces nos pusimos a comentar la circunstancia política nacional. Que los gobiernos no sirven para nada, que los partidos han caído en el más lamentable descrédito, que al país se lo está llevando la chingada. Los campesinos dijeron que hacía falta otra revolución porque además ya somos demasiados. Los maestros se conformaban con un cambio político radical hacia la izquierda, pero que el poder no quedara en los partidos sino en las organizaciones sociales. Al médico le bastaba con que se hicieran reformas para resolver los más inmediatos problemas sociales y la desigualdad. A los comerciantes los harían felices con que hubiera paz y gente con dinero. Cuando nos dimos cuenta ya habían aparecido caballitos de mezcal de Jaral ante cada uno de los postulantes, se habían agregado al panel de discusión la mayoría de los hombres de Cajones al menos los que conocía y con ellos, al centro de la mesa, una descomunal garrafa mezcalera y poco después empezaron a servir la comida. Llegaron los goces esenciales de la comida y la bebida que se complementaban con los más intelectuales de la charla y el análisis político. Cuando nos dimos cuenta, ya medio alumbrados, estaba anocheciendo y la conversación había tomado múltiples rumbos y la ordenada asamblea se había vuelto un cúmulo de corros en donde cada uno sostenía su propia temática. Me di cuenta que la gran mayoría de los visitantes se encontraban en estado etílico avanzado a eso de las once de la noche. Alguien había colocado una grabadora a emitir música y la gente había empezado a bailar. La urgencia por vivir los desbocaba, se sentía en el aire una necesidad de acción de algún tipo. Les urgía divertirse o hacer algo fuera de la rutina. El momento era tan grato que, pensé, estábamos incurriendo en una irresponsabilidad al estar de fiesta en la víspera de un acto político muy importante y quizá hasta peligroso, en unas cuantas horas. Pero nadie parecía preocuparse.
No faltó quien se emborrachara hasta la inconsciencia y derrumbados se dejaban exhibir en asombroso equilibrio durmiendo en una silla o alguno, de plano, en el suelo, otros, antes se retiraron y un grupo seguía discutiendo aunque el nivel se encontraba en lo anecdótico y alrededor de sus hazañas. Las charlas típicas de la gente embriagada. Me negué a la embriaguez y mucho más a la inconsciencia por tal causa. Era medianoche cuando pretexté la urgencia por desaguar para escabullirme hacia la recámara que Senorina me asignara. No estaba en condiciones de alcanzar una borrachera mayor de la que ya me cargaba, lo que los conocedores llaman “a medios chiles”. Con mi paso fatigado, medio inseguro, antes de llegar al dormitorio me encontré a Adela. ¿Casualmente? Es casi seguro que no. Estaba parada, esperando, por donde sin duda me encontraría, con su actitud de comisionada para que su “líder” no sufriera el rigor ni de la menor carencia a la hora de dormir. Imposible decirle que tenía cuanto era necesario para pernoctar con la dulzura, porque además no era cierto.
–¿Cómo estás, Adelita? –Me detuve ante ella, a contemplarla. Miró el suelo.
–Bien.
–¿Qué plan tienes?
–Ninguno.
–¿Serás capaz de atender las necesidades para dormir de este pobre hombre?
–¿Me va a necesitar, don Tranquilino?
–Como el aire que respiro. –La abracé. Su gesto fue apenas de satisfacción. Me la llevé abrazada por la cintura como a una novia amada; la besé con mucho cuidado en cuanto entramos en el cuarto. Me dejaba hacer y respondía con timidez. Retiré la ropa de ambos cuerpos y quise acariciar su desnudez. Besarla, mirarla, palpar su belleza con la lentitud de mi fatiga, con el hastío de coger como nunca lo había hecho en mi vida, pero también con la fuerza del instinto que, a pesar de todo, despertaba en mí su cuerpo de belleza primitiva, de olor animal. Por fin quedamos juntos en la cama. Habíamos cogido demasiado la noche anterior y terminamos quedándonos dormidos en la temprana madrugada. Cómo no dormir feliz junto a la belleza desnuda de una muchacha que no tenía idea de ser hermosa ni de su olor a humo.
Cuando el sol apenas prometía la luz, entre sueños la sentí respirando como desde un abismo. Casi creí no recordar quién era, entre la oscuridad de una madrugada que parecía no decidirse a ser mañana, mi instinto me empujó hacia ella y desde la oscuridad de mis profundidades descubrí el cuerpo de la mujer. Y cuando me encontraba cerca de la consciencia, sin recordar cómo, estaba encima de ella, adentro de sus entrañas. Y cogíamos como animales pues no estábamos en uso cabal de la razón. Conforme la mañana se aclaró también lo hicieron nuestras consciencias y cuando cantaron los gallos fornicábamos desaforados. Algo desperté en ella porque en un momento pidió montar sobre el macho y le fue concedido con júbilo. Su cabalgata fue la de un ser que redescubría su origen salvaje. Era como si mi verga en su interior le hiciera conocer partes de ella de una inmensa región que antes había tenido clausurada. Y ahora parecía urgida por descubrir.
–Tranquilino, ahora quiero que me cojas como perra. Quiero que me hagas sentir tan puta como ayer.
–Mamacita, pero eso no es ser puta…
–No me importa. Quiero que me hagas sentir que me gusta la verga porque creo que antes no me gustaba. –Y seguimos cogiendo hasta que el sol se anunciaba como queriendo inundar la alcoba por los resquicios de las cortinas. Estuvimos cambiando de posturas y Adela de pronto parecía angustiada porque, supuse, sentía venir el orgasmo, una experiencia que, a sus veintiséis años, sus compañeros sexuales anteriores, la vida, le habían negado. Eso supuse y entonces me dediqué a estimularla, a dejarme que hiciera conmigo lo que ordenaran sus antojos, su angustia. Pero cuando se tiró en la cama cubriéndose la cara, a punto de llorar, desconcertado pregunté:
–¿Qué pasa?
–No sé… no sé… Tengo ganas de pegarte, Tranquilino…
–Pues pégame, Adelita, yo estoy aquí para que tú goces… –Me agarró de los cabellos, era uno de esos movimientos que se hacen con tal energía que uno se deja llevar, como si fuera un acto de otro mundo y uno se ve a sí mismo y no se explica cómo se dejó. Ella condujo mi cara hasta aplicarla en su bajo vientre, cuando me tuvo abocado a su pubis abrió las piernas, a duras penas alcancé a colocar la lengua sobre el clítoris cuando empezó a moverse salvajemente frotando su organillo contra mi cara con gran fuerza y así me mantuvo hasta que se había transformado en un demonio de lujuria, de pronto pensé que aquello casi llegaba a ser peor que si me hubiera golpeado, como creyó desear; de pronto se detuvo y me jaló de los cabellos hacia su cara.
–¡Métemela…! ¡Métemela! ¡Métemela! –se fue deslizando hasta acomodarse. Sentí su vagina ardiente, abierta y henchida. Se la metí. Me abrazó, me apiernó, me mordió y me rasguñó. También chillaba. Su sexo hacía contracciones de tal manera que, si bien no me causaba dolor, no estaba tan lejos de lograrlo. A cada contracción me encajaba las uñas. Una delicia. Era un demonio o más bien un cordero derramándose tras el degollamiento. Los espasmos se fueron espaciando hasta que por fin relajó el cuerpo. Cerró los ojos y dejó caer los brazos en cruz. Me corroboró que el orgasmo es una muerte. Cuando vi su rostro las lágrimas escurrían hasta las sienes.
–¿Por qué no me cogiste cuando era niña?
–¿Te violaron cuando eras chiquita?
–No, pero me casaron a los doce años. Y me empezó a gustar esto de la cogedera apenas no hace ni dos o tres años, cuando ya estaba separada. Luego me metí con algún cualquiera y nada más conseguí que me hicieran a mi niña. Antes, esto de recibir hombre siempre me pareció una chinga para las mujeres. Pero nunca había sentido como ahorita, que me orinaba… y que me moría…
–¿Sentiste que te orinabas?
–Sentí que me orinaba y me venía todo, que se me salía… Tranquilino, no sé qué me hiciste, sí sé, sentí todo… Pero una cosa sí te digo. Ya nunca voy a ser la misma. Te juro que nunca voy a coger con macho que no me haga regustar de la verga…
–Así sea. Y si no es así no vale la pena. Una vez leí que la risa y el orgasmo son dos dones que los hombres rescataron del paraíso cuando fueron expulsados.
–Yo creo que sí ha de ser cierto. Dios santo, qué bonito es coger así. ¿Quieres que te chupe la verga, Tranquilino?
–¿En serio, Adelita?
–Me siento más puta que nunca… ¿a qué sabe?
–No sé, nunca la he probado…
–¿Crees que sepa muy feo?
–No…, pues no es más que un pedazo de carne…

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