domingo 3 de mayo de 2009

Capítulo XVIII. Lucha y gloria

XVIII. Lucha y Gloria

–¿Y ahora qué aventura tuviste y en qué lugar? ¿Qué clase de lío organizaste, Tranquilino? –Casi compungido llegué ante ellas. Sanjuana me preguntó entre su lloriqueo:
–¿Dónde estabas? ¿Por qué no llegaste dos noches? Tranquilino, te juro que me moría de angustia.
–Dinos la verdad. ¿Te fuiste de putañero y briagadales? Tu mujer, Camila, ha estado buscándote cada día. ¿Qué le vas a decir? –me retó Obdulia con palabras que jamás le oyera ni sospechase que fuera capaz de usarlas. Agregó– también habló tu madre, dice que viene el fin de semana.
–Hay un pueblo que se llama Cajones y se murieron dos niños… –les conté lo que pasaba.
–Bueno, y ¿tú qué diantres tienes que ver con los niños que se mueren en Cajones?
–Les voy a decir la verdad. Cuando estuve en la cárcel la vez que ustedes me fueron a sacar con apoyo de Derechos Humanos, bajo el trance de la mariguana, vi como fue esa desgracia. No sé si lo imaginé o si tuve una experiencia espiritual…
–¡Ampáranos santísima virgen madre de nuestro señor Jesucristo! –dijo Sanjuana interrumpiéndome, con un sollozo mientras se levantaba de su asiento y se ponía a dar vueltas por la sala, se cubría la cara con las manos y caminaba llorando sin parar. Obdulia se llevó las manos a los ojos y así permaneció. Movió la cara sin quitarse las manos y habló:
–Dios de mi vida. Tranquilino dime que no es verdad lo que oí… ¿fumaste mariguana en la cárcel? ¿Eso fue lo que me dijiste?
–(Puta madre… cárgame la chingada…)
–¿Qué dices, Tranquilino?
–Nada. Digo que sí. Fumé mariguana en la cárcel. Tía, así pasa en las cárceles, normalmente…, se fuma y también mariguana. Todos fuman mariguana… Es normal…
–Pero ¿te das cuenta en dónde estás cayendo, Tranquilino?, por el amor de Dios… poeta y mariguano –Sanjuana lloraba desesperada sin dejar de dar vueltas alrededor de los muebles de la sala y Obdulia con una mano en la frente, con el gesto apropiado a una insufrible jaqueca me hablaba retadora–. Pero además fíjate en lo que nos dijiste… dime que no es cierto… que viste el accidente en el trance de la mari… de la droga… ¿oí bien, Tranquilino?
–Pero no me han dejado terminar…
–No queremos oír más… No queremos oír más… –sollozaba Sanjuana– ¿qué vamos a hacer contigo, Tranquilino? Los drogadictos viven y mueren en la cárcel o son asesinados en la calle… o se vuelven locos. Dime qué significa eso de que viste el accidente en el trance de la droga. Tranquilino, ¿qué estás haciendo con tu vida?
–Las alucinaciones son el primer síntoma de los que enloquecen por consumir drogas. Vas a terminar viviendo en la calle, pidiendo dinero para comer y viendo alucinaciones de niños que se mueren en las comunidades o donde sea, ya ves que los niños se mueren en todas partes.
–Me siento muy cansado. Tengo casi dos días sin dormir. Unos soldados quemaron mi carro. Me iban a matar anoche. Creo que el gobierno me persigue… –Las dos se pusieron a sollozar elevando el volumen de sus lloridos a cada frase que les agregaba. Me fui a dormir sin ver en qué terminaban sus reacciones. Me quedé dormido como si muriera. Ni siquiera me dio tiempo de sentir miedo de dormir. Luego sentí haber cerrado los ojos un escaso momento cuando los tuve que abrir de inmediato. Tocaban a la puerta de mi recámara y era la mañana.
–Tranquilino, Tranquilino… muchas mujeres vienen a buscarte… Sal, hombre, dinos en qué problema te metiste ahora. –Era el día siguiente y no había descansado. Salí con una bata encima de los calzones. Pedí a mis tías que hicieran entrar a las mujeres, por supuesto eran las habitantes de Cajones que estaban en mi casa, claro, les había dejado mis datos. Ocuparon toda la estancia. Estaban muy contentas.
–Ahora también se volvió líder campesino, madre santísima –dijo Obdulia mientras se retiraba y con Sanjuana se colocaban en un sitio tan estratégico como para escuchar detalles de la reunión y simular que no lo hacían.
–Aquí está, don Tranquilino. Nuestro caso salió en dos periódicos, en un canal de tele y en el radio. Queremos que nos ayude, nos fueron a avisar hoy en la mañanita que el alcalde quiere hablar con nosotras adelantando la cita que teníamos desde el día de la toma del palacio municipal. –Me dijo doña Eufrosina–. Cumplimos como usté lo ordenó, fuimos a los periódicos y publicaron la carta enterita, mire aquí está –y me enseñaron el periódico; había una entrevista colectiva y la transcripción de la carta–, doña Senorina salió ayer en la tele, en el noticiero. Ay, don Tranquilino, gracias a Dios y a usté. La junta con el presidente municipal es hoy a las doce, son las nueve, tenemos tiempo para ponernos de acuerdo. Parece que nos están saliendo bien las cosas, bendito sea Dios.
¿Qué hacer? ¿Decirles que me habían secuestrado y me habían simulado un fusilamiento?, ¿que habían puesto un retén en la entrada de Puentecillas?, ¿que habían incendiado mi coche y me habían tirado en medio de la noche y lejos del mundo?
–Permítanme ponerme presentable y nos vamos a ver al presidente municipal. Una pregunta, antes de irme, no vieron soldados por Puentecillas.
–No, don Tranquilino; después de que antier fueron aquellos malos hombres que le contamos no ha habido nada raro.
–¿Están seguras? En la entrada de Puentecillas llegando de Cajones. ¿No había un retén militar?
–Nada, don Tranquilino. Y ahorita le vamos a tomar otra vez el palacio municipal a la gente esta.
Me fui a bañar. Las dejé en la sala de mi casa. Sanjuana y Obdulia salieron a ofrecerles café o agua, pero más bien a tratar de enterarse de qué estaba pasando.
Me pregunté ¿es posible que no hayan sido soldados los que me secuestraron? ¿Serán soldados y organizaron muy bien para que la intimidación quede en el olvido y el desconocimiento? ¿Y quiénes son los primeros que trataron de detenerme y balacearon el carro?
Concluí que tenían que saber lo que me había ocurrido y que no podía ser de otra manera. En cuanto regresé a la reunión y mientras todas bebían café, refresco o agua y comían galletitas, les conté el episodio. Les dije que el ataque no podía venir más que del gobierno. En lugar de desayuno me tomé un licuado de plátano con huevo. Y me fui con las mujeres al palacio municipal. Nos recibieron casi como a embajadores plenipotenciarios. Pasamos a la sala de cabildo, trajeron más sillas para que nadie faltara de sentarse pues éramos veinticinco; estaban todos los regidores, los síndicos, el secretario y varias dactilógrafas tomando nota. El alcalde habló de lo triste que es una situación como la tragedia que ocurrió con la volcadura del camión. Dijo que ya habían tratado el caso en el pleno del ayuntamiento y que habían decidido que le iban a dar solución a la mínima brevedad y que, aún más, iban a beneficiar a la comunidad de Cajones que por muchos años había estado en el olvido… et-cé-te-ra…
Aconsejé a la recia doña Senorina a que lo interrumpiera y le preguntase cuándo estaría listo el puente. Ella lo hizo. Contestó el alcalde que antes tenía que terminar la exposición para que se supiera cuán mucho era lo que hacían y trabajaban en favor del pueblo guanajuatense… Pero Senorina lo interrumpió de nuevo y le pidió fechas, lo que, le dijo, podía hacer muy rápido y después continuara su discurso. El alcalde evitó dar fechas, dijo que no era posible porque atender inmediatamente el problema de Cajones implicaba que tenían que concluir los trabajos que se hacían y los que ya se habían planeado, evaluado, acordado, firmado y presupuestado, más algunos, la mayoría, incluso habían ya iniciado.
–O sea, lo mismo de siempre, señor alcalde… –Lo interrumpió de nuevo, ahora doña Salud.
–Usté va a salir y no se va a construir el puente de Cajones. Pos acaba de decir que primero tiene que acabar lo planeado. Y de seguro planearon para los tres años y a usté ya nomás le queda un año y cacho. O sea que ya no va a haber puente. –Volvió a la carga Senorina. Tomó la palabra el secretario del ayuntamiento y dijo que se haría lo posible con los excedentes… habló un regidor de oposición y aunque criticó al gobierno no se refirió al puente, otro, más astuto, atacó al gobierno y exigió que se destinara presupuesto al puente y que se interrumpiera el asfaltado de calles en el centro del municipio. El presidente retomó su discurso y aquello se alargaba sin concretar nada. Los partidos se peleaban en nuestra cara y el puente no se mencionaba. Los volvimos a interrumpir en su pleito y tomé la palabra. Denuncié, ante el cabildo y los periodistas que se encontraban en la sesión, la intimidación que sufrieran en su propio pueblo las mujeres de Cajones y también lo que me ocurriera, el ataque a balazos a mi carro, la detención, el simulacro de fusilamiento, el abandono en despoblado y la destrucción del auto.
–No tenemos notificación de que se haya movilizado el ejército, la zona militar de Irapuato no nos ha informado de operativos ni los hemos solicitado. No sé si los señores periodistas aquí presentes tengan noticias de movilizaciones u operativos de personal armado del ejército mexicano en la zona.
–Pues posiblemente así sea, señor alcalde, pero nosotros denunciaremos ante los medios el ataque que sufrí y además interpondremos nuestra queja ante la Procuraduría de los Derechos Humanos del Estado. Déjeme decirle, señor, que incluso había un camión del ejército en el retén.
–Son muy respetables sus… denuncias y opiniones, señor…
–Tranquilino Vallehermoso…
–Señor Vallehermoso. Pero esta acción es indudable que debemos considerarla como un hecho del crimen organizado. Nosotros nada tenemos que ver con intimidaciones.
–Pues esta organización de colonos responsabilizamos al gobierno municipal y al estatal de cualquier ataque o accidente que sufra cualquier miembro de nuestra organización. Espero que los señores periodistas hayan oído bien, responsabilizamos a la autoridad municipal y a la estatal de nuestra seguridad. No estamos locos ni somos mentirosos…
–Pues nosotros no podemos emitir diagnósticos sobre eso, señor Vallehermoso.
–Bueno, señor, le agradecemos su atención. Pronto nos veremos aquí… o en otro lado. Compañeras, es el momento de retirarnos. –Eran las tres de la tarde y salimos cargando la frustración de haber perdido el tiempo y la idea de que estábamos peor que al principio pues teníamos la certeza de que no había esperanza de puente. Nos fuimos, amontonados como reses, en la troca de doña Senorina, hasta Cajones. Pasamos por el sitio donde estuviera el retén militar y me empeñé en que nos detuviéramos. Habían tenido el cuidado de borrar huellas que delataran la existencia de las trincheras, la casa de campaña, el brazo mecánico para interrumpir la marcha de los vehículos. ¡No había nada! Pero me sentí seguro de no estar volviéndome loco. ¿O no?
Una vez ya en el pueblo de Cajones se organizó una comida como de fiesta y yo era el invitado de honor. La doña Emeteria centenaria, abuela de abuelas y chozna de dos chiquitos presidía en la cabecera de la gran mesa colocada en el patio de la casa de Senorina. Fui a saludarla, me dio su bendición y me besó en la mejilla. Siempre sin perder su sonrisa como extraviada en los cien años de su vida. Había carnitas a discreción, cerveza no menos, tortillas, frijoles, salsas. Mujeres yendo y viniendo. Se olvidó el problema del puente. Más tarde trajeron tequila y mezcal. Y, por primera vez, aparecieron los hombres de Cajones, los que quedaban; traían sus botellas. No eran más de diez, entre ellos estaban seis viejos, los otros, señores más bien maduros, vivían en Cajones cuidando sus propios negocios. El más afortunado, Palemón, el transportista. Los jóvenes y los adolescentes, si los había, no estaban en la fiesta. El pueblo entero, menos las anotadas excepciones, estaba en el patio de la casa de Senorina. Me sorprendió la noche ya casi indigesto de tanto comer y sobreagradecido de tantas atenciones y consideraciones a mi persona aunque más bien embriagado. Los hombres parecían dispuestos a una larga jornada de alcoholización. No tenía carro ni había autobuses a esas horas, es decir, no había manera de regresar a Guanajuato (bueno, se podía pedir un taxi por teléfono celular, pero antes había que conseguirlo o averiguar si tenían teléfono de rancho) así que me resigné a dormir, o quizá velar en Cajones.
–¿Ya se quiere ir a dormir, señor Tranquilino? –Me adivinó el pensamiento Senorina, la anfitriona. No era mi ambiente el de la bebida, quizá no con ellos. Me encontraba callado observándolos. Hablaban de sus enormes virtudes, de su valentía y de sus hazañas. También de su trabajo como jornaleros y de sus viajes a Estados Unidos. Nada tenían que ver conmigo. Contesté a Senorina que sí y me fui despidiendo de los viejos que me agradecieron tanto la lucha por el pueblo y la representación de sus intereses. Me abrazaron para darme sus parabienes y su agradecimiento más la recomendación de que no me vendiera por nada que me ofreciera el gobierno, que ya mucho los habían traicionado. Luego Senorina me llevó a una pieza de su casa, me abrió la puerta. Había una cama matrimonial más la parafernalia de lo que constituye una bonita y cómoda recámara de pueblo con su baño. Le di mucho las gracias y me dispuse a instalarme. Revisé el baño, emití una meada normal, me desnudé, preparé la cama. Tocaron a la puerta. Tomé la colcha y me la eché encima. ¿Qué se le olvidaría a Senorina? Abrí. Era una muchacha del pueblo, la conocía de vista, era una de las que asistían a las juntas y los actos que habíamos hecho, una activista pues. Nos quedamos mirando uno al otro sin saber qué decir.
–Me mandaron para ver si no se le ofrecía algo para dormir bien.
–¿Algo para dormir bien? No sé, ¿como qué? Estoy bien de cobijas, el baño está decente; piyama, puedo dormir sin ella; merienda, no me apetece después de los mezcales. Muchas gracias, creo que no…
–No, don Tranquilino, si de eso ya sabemos que está completo, a mí me mandaron para ver si no se le ofrece algo para dormir bien.
–¿Algo para dormir bien y que no sea lo que dije? –elucubré, no me hagan pensar mal, ¿qué se me puede ofrecer para dormir bien?–, explícame, ¿cómo te llamas?...
–Adela…
–Explícame, Adela, ¿qué se me puede ofrecer?
–Pues usté sabe, don Tranquilino, dormir a gusto, dormir calientito… –cuando llegó traía un gesto de adustez o hasta temor y en esta frase ya quería esbozar una sonrisa como contra su voluntad.
–A ver, Adelita. ¿Estoy entendiendo bien lo que estoy entendiendo? Pásale, vamos a hablar. No, ‘pérame aquí tantito, déjame ponerme pantalón porque estoy casi encuerado. –No se movió de la puerta y más bien dijo:
–Así está bien, digo, no importa, digo, si no se ofende. –Entró en la que era mi recámara. Le acerqué una silla. Me senté en la cama–. Quiero que me digas la verdad. ¿Quién te mandó y a qué exactamente?
–Me mandó mi tía Senorina a ver si se le ofrecía algo más.
–¿Qué más se me puede ofrecer?
–Acostarse con una muchacha.
–Adela, dile a Senorina que quiero hablar con ella.
–No, señor Tranquilino. Ella no me obligó a nada. Yo vengo porque quiero venir. Y si no quisiera venir no venía. Si usté no me recibe… pues me voy…
–Pero ¿así le hacen con todos los invitados? ¿Por qué aceptas esto?
–Dígame si me quiere o no me quiere, ya no me esté preguntando cosas que no sé por qué las pregunta. Y si vengo a hacer algo para que usté se sienta a gusto es porque quiero, pero si no me necesita nada más dígame…
–Perdóname. –Guardé silencio un momento. Ella, moviendo sus manos apenas perceptiblemente, se puso a deshacer las trenzas de su pelo–. Eres una muchacha hermosa. –En un momento dirigí la vista hacia otra parte, cuando miré a la muchacha me di cuenta aunque muy apenas que desabotonaba por el frente su vestido de campesina–. Pero siento que vienes porque puede ser que te hayan, no obligado, sino que te hayan dicho “ve con el señor y haz todo lo que te diga, porque él nos está ayudando” –se sacó los zapatos con una actitud de que no importaba lo que yo dijera, cualquier argumento que ahí pronunciase era con el fin de justificar que sí deseaba a la belleza que irrumpía en mi recámara pero que quería ocultarlo; su actitud era la manifestación de un conocimiento, una sabiduría acerca de que los hombres siempre quieren mujeres y a veces hasta se las merecen–, pero quiero que tú no te sientas obligada ni comprometida conmigo… Si es que tú tienes voluntad de quedarte aquí… Yo no quiero que… –se levantó de la silla y su vestido cayó hasta el suelo. Soltó los tirantes del fondo que tuvo el mismo destino y quedó con su ropa interior anticuada, como de los años sesenta. Lo que no ocultaba ni un milímetro el poderío de su belleza en reciedumbre de campesina–. Adela… yo no quiero que… yo no quiero que… lo único que no quiero es que te vayas… –Sonrió muy apenas pero de orgullo, casi contra su voluntad. No dejaba de ser una sonrisa contradictoria. Se quedó de pie sin terminar de desnudarse. Yo la contemplaba.
–Lo demás me lo tiene que quitar usté, señor, si es que me quiere tener. –Me acerqué a ella con mi colcha sobre los hombros e hice juntar los rostros.
–Adela, sí… deseo tu belleza. Pero te dije lo anterior porque yo… no… –se separó:
–Usté no quiere nada conmigo más que acostarse esta noche… Pos yo también, señor, por eso vine… Además, no se apure, no soy señorita, ya sé lo que es el hombre, ya conozco lo que se tiene que conocer del macho, ya no valgo nada…, pero tampoco soy una puta… ¿sí me entiende?
–¿Qué significa que ya no vales nada?
–Pues que no soy señorita…
–¿Por qué?
–Pues porque ya recibí al hombre…
–No, digo, por qué no ser señorita significa que ya no vales nada.
–Porque como no soy señorita los hombres no quieren casarse conmigo… Los hombres quieren muchachas nuevas, que no estén usadas, aunque, no se crea, tengo pretendientes que me reciben con todo y mi hija… Ah, es que no le he contado que tuve una hija como madre soltera… fracasé. Pero para estas alturas yo trabajo, me mantengo con mi hija y ni falta que me hace el hombre, nomás a veces… y así tengo el lujo de escoger.
–Voltéate –le dije. Me dio la espalda y dejé caer mi colcha para desabrochar su brasier obsoleto. La besé en la nuca y empecé a bajarle una pantaleta de las que usaban las mujeres cuando yo era tan niño que no les avergonzaba desnudarse o vestirse ante mi vista. Desde entonces no veía pantaletas ni brasieres así de arcaicos. Las nalgas de la muchacha eran oscuras y poderosas, sus pechos mucho más grandes de lo que parecían bajo la ropa. Tenía un olor animal y ahumado. Su pelo era grueso y negrísimo. Era un delicioso, un brutal ejemplar de hembra. Necesité besarla para intentar que me correspondiera pero casi nada logré. La llevé a la cama y ella se negaba incluso a que besara su sexo y más, mucho más a que lamiera su clítoris. Pero yo era el honrado por el pueblo, era una especie de mesías, de gran jefe, dirigente y maestro de lucha en favor de su bienestar. Tenía que ceder a mis, pensaría ella, repugnantes antojos. Le hice un cunnilingus para calentarla, pero se comportó como si yo fuera un dentista que le estuviera extrayendo la muela del juicio. Cogí con la hermosa Adela como cogerían los hombres de generaciones anteriores, con una mujer sumisa y obediente, por lo mismo, discreta, casi negada al placer o al menos a la demostración de sentirlo, como si demostrar que gozara fuese un oprobio. Su goce, en todo caso, sería por servir a alguien que ella sentía importante. El gozo de la hembra primitiva que se entrega al macho dominante. Me resigné y gocé, lo más que me fue posible, de su belleza, es decir, hasta el límite de mis fuerzas y de mi sensibilidad. Después de coger media noche en una sola postura con ella, que casi no se movía, en silencio, miraba siempre para otra parte o bien cerraba los ojos, le dije:
–Adela ¿puedo pedirte algo?
–Ay, don Tranquilino, usté puede pedirme lo que quiera. –Contestó como diciendo, si ya me la metió ¿qué más puede pedirme? Pues sí podía…
–Súbete en mí.
–¿Me subo en usté? ¿Cómo?
–Tú te montas en mí y yo… te la meto…
–Ay, señor Tranquilino… –hicimos la maniobra y una vez acoplados tuve que decirle:
–Adelita, te toca a ti moverte, yo nomás te respondo… –No estaba acostumbrada o, lo más seguro, jamás se había cogido a un hombre (si es que aceptamos que quien lleva la conducción de las acciones se coge al otro u otra). Volvimos a la postura del misionero. Ella me recibía con un ardor del que se negaba a dar más signos que los fisiológicos ajenos a su voluntad, pues pude darme cuenta de su gran excitación por la abundancia de los flujos lúbricos y la tempestuosa respiración que con frecuencia llegaba al ronquido.
–Quiero pedirte otro favor…
–Y ahora qué se le ofrece, don Tranquilino.
–Ponte en cuatro patas… Discúlpame por decirlo así, pero creo que es la mejor manera de entendernos.
–Ay, no, don Tranquilino, cómo cree que en cuatro patas… ¿Pos qué me quiere hacer?
–Lo normal, preciosa, lo mismo, mi amor, pero desde atrás…
–¿Me quiere coger como a una perra?
–¿Me estás llamando perro?
–Pero es que yo no sé cómo…
–Tú nomás ponte, yo me encargo de lo demás… –Se puso y me di cuenta que lo hacía como la máxima concesión, como un tributo para alguien que lo merecía; a su más que discreta actitud de goce apenas añadió un tierno chillido. La penetré. En poco rato sentí que estaba a punto de lograr que se desatara para convertirse en una amazona, en un volcán de mujer que exigiría la satisfacción de su placer sin importarle nada más que el propio placer. Para lograrlo me haría falta tiempo. Me convencí que si estuviéramos otras tres veces en la cama la haría llorar de placer, como ella me hacía llorar a mí, aunque no se lo demostrara; le metería una cogida que la haría pedir más, la haría obligarme a complacerla sin límite. Todavía le pedí un favor más:
–Adelita, muchacha preciosa…
–Señor Tranquilino, ya me da miedo que me diga así… ¿’Ora qué más se le va a ofrecer, qué más se le antojará?
–¿Te gustaría tomarlo en tu boca?
–¿Tomar qué…?
–El… pene…
–¡Don Tranquilino ¿me lo quiere meter por la boca?!
–No, mi amor, tú… lo chuparías… Pero sólo si te gusta…
–Señor Tranquilino, ya me hizo tanta cosa… no me vaya a hacer que yo haga… eso, no es leal…
–No. Si no quieres, no…
A media madrugada con la mujer vencida por la fatiga, por mis caricias, cuando dormitaba quise llorar pero me contuve. Qué otra cosa podía hacer. Pensé que debería darle gracias al cielo. Adela se despejó un poco, se levantó y fue al baño a lavarse. Cuando regresó y mientras se acomodaba para dormir me dijo:
–Una cosa sí tiene que saber don Tranquilino, nunca en mi vida me había sentido tan puta. Nunca me habían puesto a hacer tantísima cosa.
–Adelita, amor mío, eso no es ser puta… Las mujeres ahora hacen todo eso… y más. Te lo juro…
–Sí se lo creo, señor Tranquilino, si en la televisión ya hacen y dicen de todo… Pero aquí en el pueblo no ha llegado eso, todavía no somos así… –La abracé y no se acomodaba, me pareció obvio que los amantes que haya tenido jamás la trataron con cariño–. Pero aunque me sentí puta, me doy cuenta que usté no me sintió puta ni me trató como a una puta… usté es muy bueno, es muy querendón, aunque le guste hacerle a una tanta cosa, usté hasta se enamora de las mujeres… meterme con usté, señor Tranquilino fue mucho para mí… no entiendo muchas cosas o voy entendiendo otras que antes no entendía… Creo que soy más puta que antes, pero también, no sé por qué, me siento más mujer.
Lo que ella no sabía, mi gran ventaja era que vivía cada acto como si fuera el último. Lo que, aunque fuera verdad, era poca cosa en todo sentido. Pero en términos de personas normales, mi forma de actuar era exagerada. Me habría gustado compartir la vida con una Adela. Pero no podía. No tenía tiempo para agotar el amor con ella, sólo para gozar los momentos hermosos, unos cuantos. Además estaba Camila. Dios santo. Ni un perro, supongo, sería tan infiel como yo. Pero tenía que seguir buscando, recibiendo lo que me llegara. Estaba decidido que nunca (además sentí que sería criminal hacerlo) volvería a decirle que no a la vida.
Habré dormido pero porque perdí conciencia por tanto cansancio. En la mañana estaba reventado. Una vez más fueron a despertarme.
–Ay don Tranquilino, discúlpenos la intromisión en sus sueños, pero qué cree, que aquí están personas de La Luz, de Puentecillas, de Cuevas, de Santa Teresa, de Santa Rosa, de La Cervera, de Santa Ana, de La Quebradora, de Calderones y hasta de Marfil y Pueblito de Rocha; se corrió la noticia y quieren que les ayude para que el ayuntamiento les resuelva las peticiones. Quieren que sea el líder de ellos como lo es de nosotros.
–¿Que yo sea líder?... Pero es que yo no… Dígales que no me tardo…

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada