XXI. Pecados capitales, aleluya
–Véngase a cenar algo, Tranquilino –me dijo Senorina mientras hurgaba en su cocina.
–Estoy muerto de cansancio, Senorita, pero por poco también estaría muerto si no me defienden de este loco.
–Repósese tantito mientras le cocino un par de huevitos con frijoles. –Me senté en una silla de madera con asiento de fibra vegetal de las que suelen fabricar por aquí. Cerré los ojos y sentí mi cuerpo relajarse…, como si dejara de ser mío, sentí reconcentrarme en una profundidad abismal. Un vacío escalofriante me llenaba. La sensación era tan intensa que hasta sentí un poco de miedo y abrí los ojos. Observé mis manos y casi sentí que no me pertenecían. Vi a Senorina y era como si me encontrase en una dimensión aparte. Ella hablaba y, sin prestar atención, contesté que sí. Ella tenía un huevo en la mano. Escuché como estrellaba el cascarón contra el borde de una cazuela de barro. Cerré los ojos y vi quebrarse el huevo. Noté que había sido rojo…, cuando Senorina lo agarró subió la intensidad del color y en cuanto rompió el cascarón empezó a diluirse el rojo hasta convertirse en un gris cada vez más yerto. Escuché la música de huevos fritos, crepitante, invadiendo el espacio hasta llegar al mundo en que me encontraba. Ella repitió el acto: tomar otro huevo, estrellarlo y echarlo al aceite hirviente. Era rojo, tornó a naranja, bajó a amarillo, luego verde y al final gris entre el ruido en que se transfiguraban los inocentes huevitos en objetos inertes. Creí entender que la pérdida del rojo era la pérdida de la vida, la muerte de los huevos. “Eso es la muerte”, me dije. Senorina se movía por la vivienda para traer el plato, calentar las tortilla, los frijoles, por fin se acercó a la mesa y me sirvió. Me miró extrañada.
–Oiga, don Tranquilino, usté no se siente bien… –Le dirigí la mirada y aprecié que estaba a punto de caer en el espanto. Cerré los ojos fuertemente y me llevé los dedos a los párpados.
–Nada más estoy cansado, Senorina, tengo sueño. –Se tranquilizó pero no dejó de prestarme atención. Comí huevos asesinados, también con frijoles y tortillas que no menos habían sufrido idéntica suerte. Tomé consciencia de la maquinaria que se puso en marcha, los dientes triturando, el tubo esofágico deglutiendo, el estómago con los jugos preparados para deshacer, simplificar aquella materia que volvería a ser viva en mí. Formaría parte de mí. Maíz, frijol y huevo dejaban de ser eso y en pocas horas serían Tranquilino. Esos seres sacrificaban su vida para sustentar la mía. ¿Para qué? ¿Habrá un sentido para que todo esto ocurra? Digamos que sí, en principio ellos mueren para que yo viva. ¿Cuando yo muera pasaré a formar parte de otro ser para darle vida? Sí, pasaré a formar parte de La Tierra, que me descompondrá hasta volverme lo que es ella. ¿Y nada más? ¿Habrá algo más? ¿Y el alma? ¿Hay alma? Si la hay ¿a dónde irá? Senorina me miraba atentamente, como esperando que de pronto me diera un ataque epiléptico
–No se quedaría usté enfermo de susto, Tranquilino, lo iban a matar.
–Estoy bien, Senorina, no te preocupes, estoy bien…, nada más es cansancio…
–Ándele pues, don Tranquilino, váyase a dormir. Que descanse. –Deseó para mí la anfitriona Senorina. Casi me sentía como de la familia. Ya sin ser conducido me dirigí a la que fuera mi alcoba gloriosamente compartida con Adela. Entré y me dejé caer en la cama. Me sentía exhausto. Cerré los ojos y me imaginé que en estos momentos, de no haber cambiado el destino por la intervención de la madre Emeteria, Adela y Senorina, ya estaría tendido, muerto. ¿Quién podía asegurarme que no hubiera sido mejor? Me sentía, sin embargo, muy satisfecho de estar vivo. Sentía que por haber librado la muerte era como si mi vida se alargara. A pesar de todo no quería comprobar las maravillas que refería la madre Emeteria sobre la muerte. De pronto oí que abrieron la puerta. “Bendita seas, Adela Adelita, si te fueras con otro te seguiría por tierra y por mar”. De pronto dejé de oír sus pasos. “Es la vida que viene a mí”, bendita sea, que me quiere enseñar quién es antes de llevarme, como dice la madre Emeteria que la muerte es la otra cara de la vida. En ese momento dejó de importarme el huevo y quien lo puso o si pasaría a formar parte de mí como quizá yo pasaría a formar parte de otro ser. Pensé sólo en ella, en su belleza, estará a media pieza esperando órdenes. Me acomodé como quien fuera a leer en la cama y la miré. Me esperaba una sorpresa, que ya se hubiera desnudado o que se hubiera puesto ropa interior excitante o… pero la sorpresa fue superior. ¡No era Adela! Y, en efecto, estaba a medio cuarto mirándome sin mirarme, con la cabeza inclinada, envuelta en un gabán. Era una muchachita que, aunque no sabía su nombre, la había visto antes, como a todos los habitantes del pueblo, según calculé, acaso llegaba a los dieciséis.
–Ven…, acércate –le dije. Se acercó y me senté a la orilla de la cama–. ¿Quién te mandó?
–Yo vine sola. –Senorina me hace otro regalo, pensé. Pero ésta es una criatura.
–¿Pero, cuántos años tienes?
–Diecinueve. –Me puse de pie. La muchachita me llegaba a la barbilla. Separé sus manos que sostenían el gabán, lo soltó. Venía en camisón de dormir. Lo que me pareció un poco excesivo. Desabroché los botones sobre uno de los hombros del camisón y lo dejé caer. Los pezones arduos y oscuros, los pechos abrumadores y un calzoncito moderno me convencieron de que representaba muchos menos años vestida que desnuda y que sí tenía edad núbil. Hermosísima mujer. Prolijas fueron mis caricias por los seis rumbos de su cuerpo. La muchachita sólo temblaba.
–¿Cómo te llamas?
–Angustias. –Detuve los besos. La miré al rostro.
–Eres una hermosa chiquita…
–Ajá… –le saqué el calzocillo y no cooperó, tampoco opuso resistencia. Probé su coño amargo después de besar su vientre y sus ingles y el desconcierto la hizo retroceder. Pero la agarré por las nalgas y la apreté con suavidad contra mi boca. Sus manos quedaron como extensiones ociosas flotando a sus costados. Le separé las piernas y elevé mi vista para ver su expresión. Su rostro, en contrapicada desde mi postura, detrás de las dos montañas agresivas, había claudicado, se dirigía al cielo y apretaba los ojos. Jadeaba. Gozaba, al menos eso me pareció. La deposité en la cama y trepé en ella. Le metí la verga y se estremeció. Elevé una plegaria de agradecimiento al universo por haber creado semejante prodigio: esa muchacha. Y, más aun, por el prodigio mayor, el de haberla llevado hasta mi cama. También di gracias por todas las mujeres del mundo y de los tiempos. Por supuesto a Senorina que otra vez se preocupaba por que yo estuviera contento. No me importaba morir ni la suerte que correría después, ni siquiera si mi alma pasaría a formar parte de “algo más”. Y cogí, una vez más, de manera inolvidable. Cuando empecé a sentirme en peligro desmonté. Le dije:
–¿Te molesta si fumo?
–No. ¿Ya me puedo ir?
–¿? ¿Ya te quieres ir? Bueno. Como quieras. Pero antes dime ¿tú qué haces, a qué te dedicas, Angustias?
–Estudio la prepa abierta. Y le ayudo a mi mamá.
–¿Quién es tu mamá?
–Senorina. –Casi salto de la cama. Por instinto me alejé de ella, en un movimiento inconsciente.
–¿Y por qué viniste aquí?
–Vine al baño. –Me puse de pie y me cubrí con la colcha. Empecé a vestirme.
–¿O sea que… tú nada más viniste al baño? ¿Por qué aquí?
–Porque donde duermo el baño no sirve.
–¿Y por qué dejaste… que… te hiciera todo lo que te hice…?
–Pues usté me dijo “ven acércate” ¿no?
–Sí, pero eso qué…
–Pues yo nomás le obedecí.
–¿Pero por qué me obedeciste, Dios santo? Qué va a decir de mí tu mamá. ¿Por qué no me dijiste “déjeme, señor, yo soy la hija de doña Senorina”?
–Pues es que usté es el jefe del pueblo ¿no?, hasta mi mamá le obedece.
–Yo no soy jefe de nada. Ni nadie tiene por qué obedecerme. Mucho menos en… en algo como esto que pasó… Yo no sabía…
–¿Y con Adela? ¿Tampoco sabía? ¿O nada más con ella le gusta…?
–No… yo… es que con Adela… tu mamá…
–¿¡Con mi mamá también!?
–No, no, no… ¿Tú viniste por tu voluntad?
–Sí, pero yo nada más vine al baño… y usté me dijo “ven acá”…
–Angustias, ¿y ahora qué le vamos a decir a tu mamá?, ¿que viniste al baño a hacer pipí y regresaste cogida?
–Pues usté, señor, si quiere decirle…
–Dios santo. Dios santo… Vete corriendo… vete por favor… perdóname… perdóname…
–Adiós, señor Tranquilino… –se puso su calzoncito color de rosa muy a la moda, que dejaba fuera de su cubierta gran parte de las preciosas nalgas de la hermosa señorita. Se metió el camisón basto y se echó encima el gabán en que había llegado envuelta. Y salió. “¿Qué está pasando aquí?”, me pregunté. Menos de medio minuto después tocó a la puerta. En cuanto abrí un poco se metió.
–¿Qué pasó, Angustias?
–Me querían agarrar los soldados.
–¿Cuáles soldados?
–Salí de aquí, caminé un cachito, ni a la siguiente puerta cuando pasó una camioneta de soldados. Me vieron y me llamaron. Si me dejo agarrar me trepan a la camioneta y entonces sí…
–Entonces sí ¿qué?
–Entonces sí llegaría más que bien cogida con mi mamá, imagínate si me agarran… son capaces que me cogen veinte o treinta soldados, ni lo quiera Dios, me matan –fui a la puerta. Abrí la cortina. La camioneta de soldados estaba a la puerta del cuarto. Los soldados miraban y algunos se dirigían a la habitación. Me hice a un lado. Tocaron. No abrimos ni respondimos. Estuvieron un rato y luego subieron a la camioneta y se fueron.
–¿Qué está pasando, Angustias?
–No sé por qué hay soldados en el pueblo. Ha de ser por lo que hicieron en Guanajuato en la mañana.
–¿Serán capaces de habernos puesto en estado de sitio?
–Pos Cajones está lejos de todo. Aquí pueden venir y hacer lo que quieran porque nadie se entera en el mundo. –Me asomé sacando la cabeza de la puerta y era cierto, no tardé en ver otro vehículo militar. Luego un grupo de soldados caminaba entre las casas–. Señor Tranquilino, así yo no me puedo ir a mi casa. A menos que usté me acompañara. Pero si usté sale lo van a agarrar y se lo van a llevar desaparecido… Porque toda la movilización que hay en Cajones es cosa suya… –Recordé haber leído alguna vez algún cuento en el que los encuentros amorosos o simplemente sexuales ocurrían gracias a que la gente ya no podía regresar a su casa por el estado de sitio que vivieron en Uruguay, Chile y Argentina.
–¿Qué vamos a hacer, Angustias?
–Pos quedarnos aquí… Si en la tarde vinieron hombres, ni siquiera eran soldados, y se llevaron a tres muchachos.
–Tenemos que hacer algo –me puse a dar vueltas por el cuarto, pensando; teníamos que comunicarnos con alguien, denunciar–, qué tal si salimos y nos ponemos a gritar que todos salgan.
–Uy, no, agarran a los que quieran agarrar. Si abrimos las casas capaz que se meten. Lo que han de querer es que no salga nadie, que no se escapen de noche para agarrarlos mañana legalmente, con policía.
–Tienes razón –y nos pusimos a conversar. Hablamos de Senorina, de la madre Emeteria, del marido de Senorina y padre de Angustias que vivía en California y ya había hecho otra familia, de los niños muertos en la volcadura, del puente, de la agresión en la mañana. Hasta que eran las cinco de la mañana.
–Ay, señor Tranquilino, yo me voy a acostar en la cama. ¿Y usté?
–Yo me duermo en el suelo, Angustias, no te preocupes.
–Digo es que ya no tengo de qué preocuparme. Lo que a la mejor no debía de pasar ya pasó…, si quiere acuéstese aquí, conmigo… al fin que ya qué –volvimos a acostarnos juntos. Afuera seguían oyéndose los vehículos militares y los pasos de los soldados que interrumpían el magnífico silencio rural de Cajones. Seguimos hablando. A pesar de la fatiga no podíamos dormir.
–Señor Tranquilino…
–Dime, Angustias…
–¿Ya no quiere nada? Es que yo ya tengo mucho sueño.
–Angustias, me siento culpable por lo que pasó. Siento que estoy abusando de ti y de tu mamá.
–¿Y si ahora la que quiere hacer algo soy yo se le quita la culpa? Pues sí porque ya no será usté el que me diga ven acá y yo la que obedezca.
–¿Ahora seré yo el que obedezca?
–Sí, porque si ahora usté me obedece yo ya no podría acusarlo con mi mamá, ya no podría decirle “El señor Tranquilino me dijo ven acá, me desnudó y me… me hizo lo que quiso…” –Chiquita de mi vida. Mujer al fin. Me ordenó que le besara las manos. Luego los pies. Me puso a que masajeara sus hombros, que acariciara su nuca, que masajeara su espalda primero vestida y después, por fin, desnuda.
–Ahora hágame con la boca…
–¿Qué?
–Lo mismo me hizo hace rato. –La muchacha ya estaba más caliente quizá que yo mismo. Degusté su flor íntima de nueva cuenta. Hasta que exigió–: don Tranquilino, quiero que me la meta.
Y cogimos hasta que amaneció. Aunque era apenas un poco menor que Adela, parecía de otra generación. Practicamos todas las posturas e hicimos todo lo que se hace. Bendita seas, niña preciosa, dije para mis adentros y una vez más, di gracias al universo por la existencia de las mujeres.
–Tranquilino, ya me voy. Fíjate bien en lo que voy a decirte… si esto llega a saberse me vas a desgraciar… yo tengo mi novio y ya nos vamos a casar, de hecho yo ya soy su mujer… entonces te pido por el amor de Dios que nadie lo sepa… ¿estamos?
–Chiquita, no es necesario que me lo digas. Pero si ahorita que te vayas a tu casa alguien se da cuenta… ¿qué?
–Nadie se va a dar cuenta… me voy a brincar por el corral de los puercos y entro por la puerta de atrás de mi casa. Ni siquiera los soldados me van a ver… Ya me voy… Gracias por… por haberme dicho “ven acá”…
–Muchacha preciosa… gracias a ti por haberme ordenado todo lo que me ordenaste. Cuídate mucho y que Dios te bendiga… –me acosté como incendiándome del sentimiento de pasmo por lo que me pasaba. ¿Qué estoy haciendo yo aquí en una comunidad olvidada del mundo y que no llega a doscientos habitantes? ¿Por qué tengo tan buena suerte como para que las mujeres más bellas de Cajones, o de Guanajuato, o de México, o del mundo, vengan a mi cama a darme placeres divinos? ¿O serán las tentaciones del Diablo para condenarme? ¿Ya estoy más que condenado? ¿Merezco que Camila me mate? ¿Por qué me declaro incapacitado para decirle que no a una muchacha? ¿Por qué ni siquiera considero que sería capaz de decirle que no? ¿Estoy enfermo? ¿O será porque sé que me voy a morir y jamás podré volver a estar con una muchacha? ¿Y ahora qué va a pasar en la lucha contra el gobierno? ¿Iré a la cárcel de nuevo? ¿Por qué no? ¿Por qué me quería matar el cabrón del Palemón? ¿Soy un traidor? ¿Saldré vivo de ésta? ¿Por qué no me mató? ¿Si no me mató es porque no lo merecía? ¿O fue porque estas benditas mujeres cambiaron el destino al salvarme la vida? ¿Por qué me salvaron la vida? ¿Para qué? ¿Será cierto lo que dice la madre Emeteria? ¿Habrá algo llamado buena muerte? ¿Será tan maravilloso morir como dice la madre Emeteria? ¿Lo que me quiso decir la madre Emeteria es que la muerte es el último, el total orgasmo? ¿Cualquier clase de muerte será mejor que podrirse en vida de cáncer? ¿Conseguiré una buena muerte, una muerte digna y no una por cáncer? ¿Una muerte inmejorable?
No supe en qué momento me quedé dormido. Pero me despertó una gritería de mujeres. Eran las diez de la mañana y había dormido tres horas, pero, oh prodigio, había cogido al menos otras dos. Los soldados cometieron un error muy grave, se las dejaron llegar cuando habían dado fin al estado de sitio y luego no tuvieron, por fortuna, la desvergüenza de agredirlas ni ellas incurrieron en la ligereza de permitir contacto físico, sino que los apedrearon cuando ellos, de cualquier manera, ya se retiraban del pueblo.
Las mujeres de Cajones, a gritos, insultando, arremetían contra los soldados y éstos, corriendo, se trepaban a sus camionetas que ya estaban en movimiento. Cuando la soldadesca desapareció regresaron indignadas, temblorosas, con un orgullo casi inexpreso por el enojo. Nos reunimos espontáneamente en medio de las casas y empezamos a discutir qué haríamos. Me informaron de una nueva desgracia.
–Se murió Anselmo, uno de los dos golpeados en el pleito de ayer –me dijo Senorina con un aplomo que casi pareciera indiferencia; tal había sido la motivación para el ataque a los soldados–. ¿Qué vamos a hacer ahora don Tranquilino?
–Hay que ir y matarles un policía –opinó alguien entre un grupo. Y se desató la lluvia de ideas:
–No, un pinche policía no, hay que matar a uno de los cabrones que mandan, al presidente municipal. Los otros imbéciles nada más obedecen lo que les mandan los verdaderos ojetes, los de arriba.
–Vamos a ponernos, ahora sí, en huelga de hambre.
–Hay que quemar al palacio municipal.
–Mejor ya no hagamos nada, cada vez nos está yendo peor
–Yo digo que no podemos matar a nadie ni quemar el palacio. Si así, que no les hemos hecho nada ya nos mataron un compañero, si hacemos algo, nos matan a todos. Tampoco debemos quedarnos sin hacer nada. Les propongo que llevemos al muertito, cuando nos lo entreguen, a velar enfrente del palacio municipal –propuso Senorina con una lucidez que era producto del odio que habían despertado en ella los actos de la autoridad.
–Pero lo más importante es que denunciemos la intimidación, el estado de sitio que nos aplicaron con el ejército. –Se discutió un rato y luego se acordó que sólo pasearíamos el cadáver por el centro de Guanajuato en una manifestación con sendos mítines en el palacio municipal y también en el estatal y regresaríamos al pueblo a darle cristiana sepultura. Casi de inmediato nos pusimos a redactar cartas a los principales periódicos nacionales, a los canales de televisión y de radio. Comisionamos a las muchachas para que hicieran de desayunar. De pronto, antes de cualquier acción por nuestra parte, nos encontramos con un desplegado del gobierno municipal, en los dos periódicos que circulan en el pueblo, que es la capital del estado, en los comunicados informaban del desgraciado accidente en el que perdiera la vida un manifestante al tratar de irrumpir en el palacio municipal, como ya lo hicieran una vez, para exponer sus exigencias al gobierno. Lamentablemente, decían, el manifestante confrontó con violencia a las fuerzas del orden que por accidente lo maltrataron y, el inconforme, siendo un hombre mayor (sexagenario) y además de no gozar de buena salud, perdió la vida.
Las mujeres me contaron que en realidad Anselmo, uno de los pocos hombres de Cajones que participaran en la manifestación fue golpeado con gran saña, porque los granaderos, con periodistas presentes, no se atrevieron a golpear a las mujeres, aunque sí las lastimaron, fue a ellas a quienes maltrataron. Mientras que a los hombres que no huyeron ni se ocultaron (como sí lo hizo el propio Tranquilino, yo mismo) los sometieron a terribles golpizas a garrote. Agregaron que no sería raro que el otro también muriera. Además la primera agresión fue de los granaderos, en fin, las lindezas tradicionales desde el poder. Y, como siempre, el culpable de haber perdido la vida era el propio muerto. Las señoras estaban furiosas.
–No, don Traquilino, son unos malditos. Nunca se me dio imaginar que fuera así de desgraciada esta gente. Pero ahora, ¿sabe qué?, aunque nos hagan el recabrón puente, van a tener a una enemiga para toda su puta vida. Es que no podemos vivir así, con unas bestias diciendo que nos gobiernan y abusando de la gente de todas las maneras que pueden. Mire, don Tranquilino, aunque no gane nada, me voy a dedicar lo que me quede de vida a chingar a esta clase de jijos de mala perra. Al fin que ya viví, al fin que ya nada pierdo, al fin que mis hijos que viven del otro lado me mandan dinero. Ningún gobierno va a desconocer, de aquí en adelante, quién es Senorina Garcidiego. –No tenía idea, doña Senorina, de cuánto compartía sus ideas–. Es que no, don Tranquilino, son unos hipócritas. Yo no sé si nada más la gente mala llega al poder o será que cuando llegan se vuelven esa porquería que son, como si el poder los pudriera.
Empezamos a redactar. Juntamos un poco de dinero para reproducir los comunicados y enviamos cuatro comisiones a entregarlos o bien mandarlos por correo electrónico o fax. Los familiares de don Anselmo abordaron la troca de Senorina y se fueron a Irapuato (única ciudad cercana que cuenta con Servicio Médico Forense) a recoger el cadáver. En algún momento de la actividad en que nos encontrábamos me topé con Adela. Me detuvo y me dijo que no había podido ir anoche a mi recámara “a ver si no se me ofrecía algo” porque ya no pudo salir por los soldados que andaban en el caserío. Alabado sea el cielo, me dije, ¿y si se me juntan las dos? También me encontré, por supuesto, a Angustias. Sólo nos miramos intensamente y en un momento tocó mi mano y me apretó con todas las fuerzas que pudo. Por alguna razón que desconozco, esa forma de apretarme la mano casi me provoca una erección.
Estaba entrada la tarde y continuamos, obsesivos, hablando de lo que haríamos de aquí en adelante.
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