domingo 31 de mayo de 2009

Capítulo XXII y Final.

XXII. La batalla de Guanajuato


–¡Ahi viene el muertito! ¡Ahi viene el muertito! –gritaban los chamacos como a las siete de la noche. La troca de Senorina se bamboleaba por el camino entre las casas de Cajones. En la caja de la carrocería venían tres mujeres y dos más en la cabina. Las que viajaban atrás estaban sentadas sobre el ataúd para viajar más cómodas y con ello también evitaban que la caja del muerto se moviera de un solo lugar. El pueblo se arremolinó afuera de la casa de don Anselmo. Su mujer nos pidió (por la falta de mano fuerte masculina me tocó cargar al muerto) que colocáramos el ataúd en la sala de su casa. Ella abrió la ventanilla del féretro y derramó lágrimas sobre el rostro del cadáver.
–Anselmo, mi viejo, inocente, mi niño. Cómo te arrancaron la vida estos malditos. Te mataron a golpes como si fueras un animal –agarró el cadáver por el rostro y besó su frente y sus mejillas. Como ya era tarde se decidió que el paseo de protesta del muertito sería hasta el día siguiente. Las mujeres se pusieron a organizar el velorio.
Aparecieron cirios, flores, mujeres rezando, café para todos, rosquillas de pan, luego llegaron los tamales y atole. Mientras tanto, los pocos hombres –sin la presencia del transportista Palemón que la noche anterior había sido golpeado por las mujeres– arrimaron mezcal para que mientras ellas rezaban, acorde con la tradición, ellos bebían y jugaban baraja.
Cuando empezaba a sentir que no tenía un lugar en el pueblo que se iba sumergiendo en una de sus costumbres más tradicionales, la de velar a sus muertos, en la puerta de la casa del difunto Anselmo vi que desde lo lejos se fue acercando un taxi con la lentitud que le imponían las irregularidades del camino. Se detuvo en el único lugar en que había humanidad seguramente en varios kilómetros de viaje, la puerta de la casa de Anselmo y su esposa, donde me mantenía a la expectativa. Del taxi bajó una mujer. Mi madre.
–Pero ¡qué haces aquí?, ¿cómo llegaste?
–Vine a buscarte. Quiero estar contigo y saber qué está pasando…
Mi madre y yo nos retiramos caminando despacio. Recorrimos de ida y vuelta varias veces el diámetro del pueblito. Confesé a mi madre en larga charla cuanto ella desconocía de lo que está escrito en este texto y ella de pronto se mostraba conmovida, todo el tiempo pensativa, aunque de pronto atacada de la risa y en algún momento indignada. Creo que pocas veces me había sentido tan cerca de ella.
–Tranquilino, creo que nunca te conocí en realidad. Y mientras más te conozco más te admiro. Creo que te has vuelto un ser humano excepcional.
–Lo cierto es que yo tampoco pensaba que fuera capaz de hacer tantas cosas. De pronto no sé si estoy haciendo trampa… Cuando cuidaba mi vida y mi salud mezquinamente lo único que me conseguí fue un cáncer fulminante. No dudo que sea el resultado de ser tan respetuoso, tan reprimido y tan… pendejo, ni hablar. En cambio ahora que me he vuelto borracho, mariguano, mujeriego, parrandero y líder campesino dicen Obdulia y Sanjuana, descubro que la vida es mucho más tremenda de lo que no tenía ni la menor idea.
–Pero ¿tú cómo te sientes?
–Si no fuera por la amenaza de la muerte, estoy viviendo la mejor época de mi vida. O a la mejor gracias a ella. A pesar de que he descubierto cosas horribles de la realidad cotidiana en donde vivía, he logrado darme maravillas que también ahí estaban pero nunca descubrí.
–¿Y aquí qué, Tranquilino, por qué te metiste en este lío que no te corresponde?
–No me corresponde, pero algo tengo que hacer con mis seis meses de vida. Quiero hacer tantas cosas, dármelas, cosas que antes me las negué por una falsa moral, por prejuicios y por miedo. Podría estar en Irak para ganarme una buena muerte o en Colombia, no sé. La bestia se encuentra en todo el mundo, pero en algunos lugares está más suelta que en otros y no creas que en México estamos muy bien; pero gracias al cielo, los prodigios también están en cualquier parte.
–¿También aquí?
–Aunque te parezca inconcebible no tienes idea de cuántos prodigios pueden ocurrir en este pinche pueblito. Lo que ocurre aquí puede ocurrir en cualquier lugar del mundo y si estoy bien aquí mientras llega lo que habrá de llegar, puedo estar bien en cualquier parte.
–¿Pero no es insoportable vivir en peligro, arriesgar la vida? Para lo que me has contado un mal día bien pueden matarte. Hasta por error.
–Madre, no dejo de temer el momento de la muerte, pero he pensado mucho en ella, en la muerte y en la vida, como dice la madre Emeteria, y creo que…, no sé cómo decirlo…, pero se me hace que no es tan malo morirse y además terminé por darme cuenta que tampoco es importante. Es más, pensándolo bien es hasta una vulgaridad. Imagínate cuántos se han muerto, todos, sin excepción, antes de que nosotros estuviéramos en este mundo. Y también todos los que están ahorita en este mundo se van a morir. A raíz de esto que me está pasando he llegado a ver fotos de hace cien años o más y me digo de toda esta gente que se ve aquí nadie vive. Sin embargo, aquí estamos.
–¿Podemos decir que ya te resignaste?
–Sí. Estoy cierto de que no hay otra salida y de que vivir seis meses más o sesenta años es, escucha bien esto, absolutamente relativo. Te juro que lo que he vivido, bueno y malo, en estos últimos diez días no te los cambio por los veinte años anteriores. Es que antes no viví. Vegeté. –Regresamos al velorio y formamos un grupo ajeno a los dos que había: el de las mujeres que rezaban y el de los hombres que bebían y jugaban a las cartas. Nosotros charlábamos con gran paciencia y atención, bebíamos café y de pronto hablábamos con las mujeres. Cuando dieron las tres y media de la mañana le dije a Andrea, mi madre:
–Si quieres te cedo mi recámara, bueno, la que me ha asignado doña Senorina. –Nos fuimos a la recámara. Estuvimos fumando y charlando largo. A eso de las seis de la mañana regresé al velorio. Los que se habían aplicado a la bebida se encontraban borrachos y algunos de ellos, dormidos sobre la mesa. Otros tres continuaban bebiendo y alegando, ya sin naipes se encontraban sentados en piedras rodeando una fogata y circulando el mezcal jaraleño. Las mujeres, adentro de la casa, dormitaban sentadas alrededor del féretro.
–Señorito Tranquilino, ven conmigo, quiero que veas una cosa.
–¡Madre Emeteria, ¿qué anda haciendo aquí a estas horas?!
–Pos es que los viejitos ya dormimos poquito y a la gente del campo nos levantan los gallos. Pero es que quiero que le veas bien la cara al difuntito.
–Santo Dios y ¿para qué, madre Emeteria? –Con sus manos oscuras cuya piel era casi translúcida sobre los huesos, como de un ser de otro mundo, abrió la tapa del ataúd demostrándome fuerza y energía que no se concebían en esa viejita diminuta, sin duda achicada por tantos años, delgada y frágil.
–Acércate y míralo bien. No te dejes engañar, ve su rostro, ¿de qué tiene cara? No te dejes llevar porque está muerto, dime si no tiene cara de felicidad. Dime si no está casi riéndose porque sintió algo hermoso cuando se fue.
–Bueno… sí, sí es cierto… pero debe ser porque todos sus músculos se relajaron al morir…
–¡Claro que sí, señorito!, y dejar el cuerpo, si nunca lo has sentido, es una de las grandes felicidades, digo, si no te da miedo. Y cuando te relajas bien por ahí dejas a tu cuerpo abandonado. Quiero que de hoy en adelante te fijes bien tanto en los que están dormidos como en los que están muertos. Y vas a ver que ningún dormido tiene una cara de tanta felicidad como cualquier muerto. Es que nadie sabe lo que es morirse. Y los que saben ya no pueden decirlo. Por eso no hay que tenerle miedo. Pero tampoco hay que buscarla, señorito…
Estaba empezando a clarear con debilidad cuando inició el anuncio, una vez más, del desastre. Los niños, que habían revoloteado alrededor del velorio casi toda la noche durmiendo por ratos, aparecieron gritando: “Vienen tres camiones de guerrilleros”. “Cómo que tres camiones de guerrilleros, ¿por qué dicen que guerrilleros?”. “Es que traen la cara tapada con una máscara y todos traen su ametralladora y vienen vestidos de negro”. “Alabado sea el cielo, ahora qué traen contra nosotros”.
–Ahi vienen los gobiernos, señorito Tranquilino. No dudes ni un tantito así que vienen por ti –me dijo la madre Emeteria, luego fue con Senorina y le dijo–; Senorina, tenemos que esconder al señorito porque si lo agarran ya no lo vamos a ver.
–¿Dónde lo vamos a meter, madre?
–Tenemos que sacarlo de aquí. Trae a todas las mujeres, a los borrachos ni les avises, vamos a sacar de su caja al difuntito.
–¿A sacar al difuntito de su caja, madre? ¿Y para qué?
–Para meter ahí al señorito, porque si lo agarran ya no lo volvemos a ver… –En ese momento llegaron los niños gritando “Los guerrilleros andan gateando todas las casas, una por una”. “Cómo que gateando, se dice cateando”. “Pos las andan gateando porque se meten a gatas por las azoteas y se descuelgan con riatas”.
Las mujeres se apresuraron.
–Voy a ver para qué me quieren –le dije a la madre Emeteria.
–No, señorito, si te agarran ya no te vamos a ver y esto se va a quedar sin cabeza. Mejor hazme caso y escóndete, así tanto escándalo y movilización que ya hicieron será de oquis. Ellos tienen la fuerza y si te agarran es una derrota para nosotras. Pero si te escapas es una burla para ellos y nomás habrán venido a hacer el ridículo. Traen camiones y metralletas y se van a ir como vinieron, sin nada, como los estúpidos que son…
“Ya agarraron a los borrachos, los guerrilleros agarraron a los borrachos y los están madreando. Dicen que quién es Tranquilino el más hermoso”. “¿Dónde agarraron a los borrachos, por qué los agarraron?”. “Pos los guerrilleros agarran a todos los que encuentran y corretearon a los borrachos y hasta sacaron de sus casas a los que se les echaron a correr. Dicen que vienen por el señor más hermoso”.
–¿Ya lo ves, señorito Tranquilino?, vienen por ti. Ándale, métete a la caja del difuntito. No vale la pena que te agarren y les vamos a dar en la jeta si te les escapas. –Las mujeres bajaron el féretro, sacaron el cadáver y lo metieron al escusado. Me acosté en la caja de muerto y lo volvieron a subir a las bases entre los cuatro cirios con mi cuerpo de (todavía) falso cadáver adentro. Me encerraron. Me di cuenta que los muertos pueden oír casi todo lo que se dice de ellos en el mundo que acaban de dejar. Sentí lo que los muertos (creemos) ya no pueden sentir: estar dentro de la caja de muerto. No dejé de preguntarme ¿algo así será la muerte? Primero oí los pasos de hombres brutales, por supuesto que hasta en el caminar se les identifica.
–Buen día, señoras, buscamos al señor Tranquilino Vallermoso.
–¿Cuál es la necesidá que tienen de ese señor? –les dijo doña Senorina–. Pero antes que me respondan, señores, les exijo que primero que nada nos guarden el respeto que nos deben, pues estamos velando un hermano nuestro, marido nuestro, vecino y compadre nuestro; al que ustedes o sus compañeros mataron a golpes. Les exijo más respeto, señores y les digo en su cara, aunque la traigan tapada como bandidos, que no esperen que cooperemos con ustedes en nada. Y no creo que se necesite decirles por qué. Por favor ya váyanse de este pueblo lo más pronto que puedan y no hagan más fuerte nuestro dolor ni más inquinosa la rabia que ya despertaron en todo el pueblo contra ustedes y sus gobiernos; tenemos más que motivos para no quererlos, señores. Váyanse de esta casa y de este pueblo que aquí no estamos a gusto con su presencia y menos velando a nuestro pariente que ustedes mismos o sus compañeros mataron. Váyanse ya, por favor… Y de ese señor tan hermoso que ustedes nombran, aquí no nos pregunten que no tenemos idea ni de su persona ni de su paradero y cuantimenos de su camino y sépalo, señor comandante, o lo que usté sea, si tuviéramos idea de su persona y camino no se lo íbamos a decir. Así que por favor váyanse en el momento que ya mucho nos perjudicaron.
–Tenemos que peinar todo el pueblo, revisar casa por casa, traemos orden legal de aprehensión para el señor Tranquilino Vallehermoso Lagunes, residente de Guanajuato. Es más, vamos a abrir la caja del muerto.
–Pos ábrala si quiere, señor, el difuntito se petateó anteantier, para hoy ya estará bien podrido. Así que si quiere abra la caja pero aquí adentro de la casa no, imagínese la pestilencia. Y haga lo que vaya a hacer pero ya, porque no tenemos su tiempo y además, respete, señor, respete el dolor y las costumbres ajenas, ya que no se respetan ni a sí mismos.
–Señora, comprenda que nosotros tenemos que cumplir órdenes. Y nuestras órdenes son no regresar sin este señor tan hermoso, digo Vallehermoso. –Y como respuesta las mujeres se pusieron a rezar:
–Ave María purísima…
–Sin pecado concebida…
–Dios te salve, María, llena eres de gracia, el señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús…. –dijo Senorina, me la imagino hincada dándole la espalda a los gendarmes con pasamontañas negro con siglas de la AFI, rezando con todo su vigor, haciendo sentir a los afis la porquería que son. Un nutrido coro de mujeres le contestó:
–Santa-María-madre-de-Dios-ruega-señora-por-nosotros-los-pecadores-ahora-y-en-la-hora-de-nuestra-muerte-amén… –al mismo tiempo se oían los zapatazos de la gendarmería incurriendo en las habitaciones de la casa, los portazos, la llegada de más gente. Luego unos gritos “¡Está prohibido tomar fotos, señora!”. “¿Quién le prohíbe a una comunicadora hacer su trabajo?”, era la voz de mi madre. “Este pueblo está bajo la autoridad de la Agencia Federal de Investigaciones, señora y le prohíbo que tome fotos”. “Puede usted prohibir lo que quiera, señor, pero no va a impedir que este asalto militar se sepa en los periódicos nacionales; y si quiere hacer más grave la denuncia que vamos a hacer intente quitarme la cámara”. Mientras oía a las mujeres confrontar a los negros policías pensé que fácilmente podrían encontrar al difuntito que habían encerrado en el baño. Pero luego me enteré que, mujeres al fin, no olvidaron ese detalle y pusieron a los borrachos en movimiento para que se llevaran al muertito en un carro, a una de las casas que ya habían sido cateadas, lo hicieran pasar por uno de los hombres que ya borrachos parecían tan muertos como él y, ni modo, compraran otro féretro y siguieran el interrumpido velorio de su amigo y vecino.
Los agentes federales se fueron. Sin embargo el pueblo quedó vigilado. No estaba el ejército como en la noche anterior, pero decenas de policías vestidos de civil, en función de pistoleros, vigilaban –muy torpemente por cierto– el pueblo; casi ante sus ojos se llevaron el cadáver simulando que era un vivo que estaba muy borracho después de beber toda la noche en el velorio. Desde mi refugio escuché que se organizó el desayuno colectivo y se decidió, conforme al plan, pasear el ataúd en una manifestación en la ciudad. En algún momento, mientras alguna mujer simulaba llorar desconsoladamente, me pasó algunas viandas para que no estuviera en calidad de cadáver y en ayunas. Los policías encubiertos ni se las olieron.
El féretro viajó en una troca hasta Guanajuato y fue llevado por las mujeres de Cajones junto con quienes mi madre cargó a hombro el féretro de su hijo y marchó a pie con Senorina, Adela, Angustias y unas treinta o cuarenta mujeres más. Subieron mi ataúd al camión y se subieron muchas y unos cuantos. Media hora después estábamos en Guanajuato. Me bajaron y se inició la caminata al palacio municipal. También marchó la madre Emeteria a sus ciento dos o ciento ocho o ciento diez años.
Hicieron el mitin en el palacio municipal y las autoridades tragaron camote. Llegó a hacerse un tumulto y hubo periodistas locales y nacionales, de televisión, radio y periódico. Un éxito completo.
La ciudad estaba paralizada. Los guanajuatenses tienen un enorme respeto por los ataúdes ocupados. Siempre que hay un sepelio, éste sale de alguna de las iglesias y recorre una de las dos únicas calles de la ciudad y la detiene en el tiempo durante una hora, tiempo que tarda el cortejo en llegar de la iglesia al panteón. Así ocurre cada vez que muere un guanajuatense.
Mientras se desarrollaba el acto de protesta en el palacio municipal de Guanajuato los granaderos hicieron una valla en la calle Belaunzarán, para no dejar que la marcha avanzara hacia el palacio de gobierno estatal. Sin embargo la marcha se encaminó hacia ese lugar, pasó por el sitio en que 295 años atrás descendieran las tropas del padre Hidalgo –junto al puente de El Campanero– para atacar La Alhóndiga de Granaditas. Al llegar a Belaunzarán, los granaderos cerraron las calles por donde los manifestantes podrían salir. Entonces la manifestación, que cada vez se hacía más grande, ocupó Puente del Campanero y Cantarranas. El ataúd iba en la descubierta y la gente empezó a jalonearse con los policías que custodiaban la entrada a la avenida Belaunzarán, justamente frente a la Plaza de Don Quijote que al fondo izquierdo yendo por donde íbamos aloja al teatro Cervantes y al frente el formidable conjunto escultórico de Don Quijote de la Mancha, Sancho Panza, el escudero y sus sendas monturas.
De pronto, los granaderos fueron atacados por la retaguardia. Muchos de los aliados nuestros de las comunidades cercanas llegaron por la carretera panorámica y bajaron al centro de la ciudad por Sangre de Cristo, después de brincar por en medio de Don Quijote y Sancho, también llegaron por Sóstenes Rocha, se agregaron a la refriega habitantes del lugar. Los policías les debían muchas, como a todo mexicano de clase popular. La gente Traía palos, hondas, piedras lanzadas con la mano, bombas molotov y hasta las improvisadas bazucas que se estrenaron meses atrás en los enfrentamientos de Oaxaca. Los granaderos, sorprendidos por la acometida, huyeron y el avance continuó. Los policías que se encontraban a lo largo de la avenida Padre Belaunzarán corrieron por esta misma calle donde hace curva y descendieron hasta el Paseo Madero, en Embajadoras, ya cerca del Paseo de La Presa y, luego de reorganizarse, se hizo ahí un gran enfrentamiento. El ataque de los granaderos provocó que el ataúd donde yo iba cayera. Por fortuna era tan confortable –como merece un muerto que se respete– que no sufrí lesiones, sólo el susto y la incertidumbre de lo que estaría pasando. Alguien tuvo la feliz idea de abrir el ataúd para sacarme. La madre Emeteria, preocupadísima por mí no menos que mi madre, ambas me dieron la mano para salir de la caja de muerto. Me abrazaron las dos madres, la mía y la del pueblo.
Los policías, a pesar del combate vieron la inigualable escena del renacimiento del muertito. Algunos creerían que el ocupante del ataúd no era un difunto y que lo que ocurría era una estratagema de los manifestantes, pero otros, sólo Dios sabe qué pensarían y huyeron aterrorizados. Guanajuato es tierra de leyendas de muertos y resucitados. Alguien pensó que el que abandonaba el féretro no estaba muerto sino que había sufrido una catalepsia. Salí deslumbrado y me sentía como si de verdad renaciera, luego del calor y la pesadez del aire dentro del catafalco a pesar del pequeño agujero que tuvieron la precaución de hacerle a la caja, por si las dudas. Fue precioso salir otra vez a la vida y encontrarme en las manos de mis dos madres. Pero el combate continuaba. Nuestra gente persiguió a la desconcertada policía con una pedrea y mentadas de madre ambas a discreción.
Llegamos al palacio de gobierno estatal y los dirigentes fuimos incapaces de contener a la multitud que ingresó en el casi desprotegido lugar. Retuvieron a varios miembros del gobierno e incluso a los escasos guardianes que, confiados, esperaban que el operativo de los granaderos nos detendría. El gobernador tuvo suerte de no encontrarse, o más bien, sabía del riesgo en que se encontraba y no se asomó por ahí. En poco tiempo llegaron de nueva cuenta las fuerzas “del orden”, pero ahora tendrían que asediar al palacio de gobierno estatal porque nadie estaba dispuesto a entregarlo.
Y comenzó la batalla.
De fuera llegaban bombas de gas lacrimógeno que rompían los vidrios, del palacio salían bombas molotov que estallaban cerca de los granaderos. En cierto momento algún inconsciente o varios de ellos dispararon con armas de fuego. Pero había periodistas de los medios locales, nacionales y no faltaban los televisivos. Era un acto de inmensa estupidez disparar balazos contra nosotros.
En algún momento, la madre Emeteria decidió descender a la búsqueda de una buena muerte y en medio de la balacera salió del palacio de gobierno. Iba dispuesta a morir a balazos. Los policías no interrumpieron la balacera, algo que ya no es inaudito, los mexicanos están convencidos que la peor gente de México y de la peor del mundo ha sido reclutada por las múltiples policías mexicanas. Eso es extraño. Muchos extranjeros que visitan México aseguran que en este país han encontrado a la mejor gente del mundo, la más bondadosa, la más humilde, la que les ha mostrado más generosidad. Pero los mexicanos saben que en la policía coinciden las peores personas, las más crueles, las más mezquinas, las más brutales que muchos hayan visto en su vida. Nadie puede negar que los policías mexicanos torturan de manera sistemática y cotidiana. Igualmente roban y extorsionan amenazando con la aplicación de la ley. Todos los mexicanos saben que, en general, la justicia en este país está casi totalmente corrompida, que nada hay más utópico en México que esperar una acción aseada de los defensores de la sociedad, los magistrados, los jueces, el ministerio público y la policía.
Pero los miserables policías rasos, cómo van a considerar con generosidad a sus conciudadanos si sus superiores los miran con desprecio, los consideran inferiores y, en el mejor de los casos, les encubren sus faltas a la ley, sus raterías y sus mezquindades.
Pero como no serán iguales los MP si los jueces no son menos corruptos que ellos y usan sus posiciones para enriquecerse mientras la ley que se pudra, pero cómo no serán así los jueces si los magistrados son unos señores que prácticamente no trabajan y ganan dinero a carretadas y los magistrados son así porque todos son así, los empresarios, los legisladores, muchos profesionistas muy exitosos, los secretarios de estado y más que nadie el presidente de la república.
O será que la mejor gente del mundo, por ser tan pobre, se corrompe con facilidad. O será que por la ignorancia de la gente que se mete a la policía y a la que le otorgan relativamente mucho poder, se vuelve malvada porque un poco de poder corrompe mucho a los miserables de espíritu. O será que –para nadie es un secreto–, por décadas la policía reclutó a los maleantes con el pretexto de que eran los que mejor conocían el modus operandi de la delincuencia. O será un atavismo de la mayoría de los mexicanos que siempre han sido expoliados, humillados y ofendidos por los poderosos y buscan meterse a la policía y cuando lo logran muestran lo peor de sí mismos, lo que ocultamos de lo peor del espíritu mexicano. O será simplemente la natural maldad del humano género. O será la falta de educación, de sensibilización que les impide la piedad. O será todo lo anterior junto o al menos un poco de todo. Lo cierto es que los policías mexicanos son unos hijos de la chingada.
O será que por habernos metido a imitar a los gringos en todo –tratar de ser los mejores, los más competitivos–, nos hemos vuelto muy inteligentes, muy astutos para competir, pero no en nuestro oficio. Y eso es ser corrupto. Porque quienes llegan a la cima no son los mejores, sino los que se han preparado para competir, para destruir a quienes compitan con ellos, la habilidad, la destreza, el verdadero arte no importan, lo que importa es competir. Y así, paradójicamente, los que dirigen el país son los más mediocres, los astutos para la competencia, no los que tienen la mayor cantidad de talentos para su oficio. Igualito que los gringos.
Los periodistas, vieron a una pinche viejita inverosímil, casi como un changuito de renegrida y pequeña, con su humilde vestido y su delantal de cuadritos. Pero aguerrida y vociferante en su desamparo y en su dulce vejez. Valiente como nadie a pesar de su debilidad. Cientos de miles de mexicanos, quizá millones la vieron en vivo en sus televisores y, no sé, una energía monstruosa se desató. Estoy seguro que en ese momento empezó una tormenta al menos en Guanajuato, con vientos vertiginosos y truenos enloquecedores, como aquellos de que hablara Ramón López Velarde, en su Suave Patria se desataron mientras la gente veía a semejante mujer desafiando a la policía y con ello a la muerte; por alguna razón, de suerte o de magia, los periodistas de televisión se esmeraron en grabar el momento o en registrarlo en sus grabadoras, sus placas y sus notas. Y todo el país puso atención para ver lo que pasaba en Guanajuato, una injusticia más del maravilloso país que es México.
Cosas muy raras desquiciaban de desconcierto a las fuerzas de la ley y el orden: primero un muerto que se levanta de su sarcófago, luego una anciana de edad imposible los encara a pesar de los balazos sin que le hagan ni un rasguño y luego, en ese momento se desata una feroz y atronadora tormenta y contemos también que un pueblo católico, pacífico y dejado como el de Guanajuato se unió a la rebelión sin pensarlo, porque de pronto, una vez más, la policía fue atacada por la retaguardia. Por más que los policías estuvieran muy dispuestos, como siempre, a romper madres, a torturar y a violar mujeres y hombres, aquello era demasiado. Porque al fin y al cabo los policías y sus máximos jefes son extremadamente pendejos. Tanto fenómeno extraño sí detuvo a la policía. Como nunca desde la guerra sucia de los años 70-80; como nunca en el fraude del 88 ni en el del 2006 y la guerra sucia de Oaxaca y la venganza contra Atenco, la magia de la madre Emeteria detuvo a los tecolotes.
La policía se detuvo y hasta se replegó y sus jefes se aplicaron a hacer declaraciones descabelladas a la prensa, poniéndose en ridículo en cadena nacional. Pero también tuvimos acceso a los reporteros que fueron capaces de acercarse al palacio de gobierno. Nuestras estrellas fueron doña Salud, doña Senorina y, como nadie, la madre Emeteria quien saltó a la fama nacional y se volvió la gran heroína no sólo de Guanajuato.
Ni tres horas después de que ocurriera la coincidencia asombrosa de la tempestad en medio de la batalla, se presentó un representante del gobierno federal, es decir, del presidente de la república, con amplias facultades para negociar.
Luego de un breve jaloneo entre que “Salgan a negociar” y “Usted entre para que platiquemos”, por fin ellos instalaron rápidamente una carpa muy cerca del Palacio de Gobierno, prácticamente en nuestro territorio. Éramos ocho mujeres y yo que no soy mujer, al menos admito que no totalmente.
Elaboramos las demandas. La primera fue el puente de Cajones. Para que no murieran más niños ahogados. La segunda una clínica. La tercera pensiones para los viejos de Guanajuato, algunos de ellos, habitantes de Cajones, nietos de la madre Emeteria. El representante del presidente de la república cedió en todo, con tal de que se detuviera la rebelión de doña Emeteria. No entregamos el palacio municipal sino dos días después y eso porque firmaron los compromisos que les impusimos.
En los pocos días siguientes Senorina se hizo también nacionalmente famosa como la dirigente de los colonos. Organizaciones defensoras de derechos humanos se pusieron en contacto con ella y, en los hechos, a sus órdenes.
El gobierno estatal, en cuanto entregamos “su” palacio de gobierno comenzó a negociar con Senorina, pero, como siempre, en estrategia perversa, también con Palemón, quien organizó una Asociación de Colonos de Cajones asesorado por funcionarios de gobierno. El puente ignoro si haya sido construido. Pero la comunidad sí fue dividida en dos grupos, el de Senorina, asesorado por la madre Emeteria y el de Palemón por el gobierno. Aunque predomina el que encabezan las mujeres, el segundo es muy bien tratado y subsidiado por el gobierno.
Algún día regresaré a Guanajuato.
Voy a buscar en otra parte… lo que aquí no quiso encontrarme.
Creo, al fin, que morir no es importante.
Creo haber descubierto que nuestra existencia no tiene sentido.
Y si lo tiene es sólo para construirnos a nosotros mismos. Porque el mundo, los átomos que lo forman son siempre los mismos y sólo están dando vueltas. La naturaleza, haciendo experimentos ha logrado ordenar de manera tan prodigiosa a esas partículas que les ha dado vida y en los casos más avanzados, consciencia. Entonces, si buscamos aventuras en esta vida, lo único que lograremos es construirnos en algún sentido, ser grandes criminales, genocidas, archimillonarios. Pero estoy seguro que los que se construyen de semejante manera descubren que tampoco tiene sentido. Que la existencia se vuelve un pozo sin fondo y la vida termina sin conclusión, sin sentido ni claro objetivo. Y quizá los santos también lo hayan descubierto aun en su vida de santidad, de amor a los hombres, pero estoy seguro que se habrán dado cuenta de que en el sinsentido, el menos peor es el de que la humanidad sobreviva, porque en medio de tanta porquería que somos (descendientes de los animales, pero mucho peores que ellos porque actuamos despiadadamente a consciencia y no por instinto, no por obedecer a la naturaleza como ellos), hay vidas preciosas, bellísimas, generosas, que nos salvan a todos. Porque –ya lo dije– “Belleza es verdad. Verdad es belleza. Nada más es necesario”.
Pero me parece que si consideramos que haya un sentido mínimo para esta existencia ése es que siga. Que siga la vida. Porque si hay vida puede haberlo todo, hasta la belleza. Si la vida se acaba ¿qué hay? Nada. O el reinicio. A que la naturaleza vuelva a ordenar los átomos para ver si logra crear otra vez la consciencia. Seguramente sí podrá, pero eso no podemos saberlo.
Y, quién lo diría, en esos inicios, todos estaríamos ahí, en esos átomos desorganizados que a vuelta de millones de años (4 mil 500 millones de años, en el caso de nosotros) se organizarían creando y matando a seres hasta llegar a los humanos quienes crearán civilizaciones y ciudades, muriendo y naciendo por generaciones de humanos, malvados y geniales, estúpidos, criminales y santos, pero más que nada, personas comunes y corrientes que estarán aquí para perpetuar la especie y para morir por ella, cada ser humano es un ensayo de la humanidad para que la especie humana se adecue a la naturaleza, como lo hacen todos los seres vivos. Luego cada uno tiene que dejar la existencia pues su oportunidad ha concluido, pero tendrá que haber dejado algo al resto de los humanos, algo que él haya creado y su sacrificio, su muerte para dar otra oportunidad al género humano. (En ese sentido, cada ser humano es Cristo, que muere para salvar a todos los demás). Además, en otras palabras, puesto que todos descendemos remotamente de la misma materia original, todos somos uno y lo mismo. Esa masa primigenia de materia indiferenciada y con grandes cantidades de energía para que pueda realizar tantos cambios, tantos experimentos, tanta evolución durante tanto tiempo, hasta que dé algo como nosotros, nos contiene a todos. Ahí estamos y de ahí salimos. De ahí vamos a salir (y ahí vamos a regresar, al menos en átomos). Todos somos uno y lo mismo: la naturaleza (¿Dios?). Pero se nos figura que somos otra cosa, diferente y única, separada. Se nos figura que no somos animales. Pobres de nosotros, cómo no vamos a sufrir si así pensamos. Y eso pasa porque pensamos. O porque eso creemos.
O quizá haya un Dios que dirija la gran orquesta, que haya impreso instrucciones en esos átomos para que evolucionen como él quiere. Pero eso no podemos saberlo. Quizá cuando muramos. Pero no podremos descubrir el secreto a los que se quedaron aquí, viviendo.
A pesar de todo lo que me ha enseñado este breve tiempo, tengo miedo de morir. Pero he aprendido que –puesto que morir es el acto más vulgar, tanto o más que comer, defecar, enamorarse y hacer sexo– la muerte es un trance simple y sin tanta importancia. La muerte es tan vulgar que sería absurdo tener miedo de ello. La muerte es también nuestra misión en esta vida tanto como procesar materiales a través de nuestro cuerpo o dejar hijos en el mundo. Aunque con la muerte volviéramos a la inconsciencia absoluta, aunque fuera la marginación total, el apartarse del mundo, el quedar fuera y no ser. Pero eso no es posible. Es ineludible morir, como vivir. Pero, por otra parte, el no ser no es posible, porque todo es y lo que no es ¿cómo hablar siquiera de eso si al mencionarlo ya es?
Hacer lo mejor de nosotros mismos es ayudarle a la naturaleza (¿a Dios?). Y si nos construimos como alguien extraordinario, pero además actuamos para bien de la humanidad, estaremos colaborando con la naturaleza (quizá con Dios, en caso de que exista), porque la naturaleza creó a la humanidad y no la ha destruido, al contrario, la consiente, a pesar de tanta estupidez. Y la salvación personal es imposible viviendo atrapado en un cuerpo de animal. Sin embargo, cuando la divinidad nos invade, abandonamos el cuerpo, abandonamos el mundo y nos convertimos en otra cosa. Y este mundo deja de ser nuestro, descubrimos que nuestro mundo es otro. Basta un poco de mariguana a veces o más bien de peyote y veremos el verdadero mundo, el verdadero no tiempo, no espacio, la eternidad y el infinito.
En algún momento llegué a sentir que todo esto que he escrito lo plasmé en el papel antes de vivirlo. O quizá, además de condenado a muerte, también me estoy volviendo loco. ¿Pero quién es el que no está condenado a muerte? ¿Dónde hay un cabrón que no esté loco? Así como vi las muertes de los niños en Cajones, así he visto todo lo aquí narrado o quizá lo viví también. Me voy de Guanajuato y ni siquiera quiero saber a dónde porque quiero vivir algo que yo mismo desconozca, en el poco tiempo que me falta por vivir. Tengo un secreto valioso, la piedra, aquel método para encontrar la verdad, de comprimir la materia hecha de ideas hasta encontrar que es imposible sacarle más porque se ha vuelto materia preciosa, purísima, una verdad o bien la belleza o bien un teorema. Y reconfirmo, si dispusiera de un tiempo eterno en este mundo, descubriría toda la verdad, la que no existe, todas las verdades que funcionan en los diferentes niveles. Sería Dios. Porque poseo la piedra preciosa.
Examino a futuro y siento que no voy a morir, o que ya morí ¿no es cierto que salí de un féretro? Eso es renacer. Y si ya morí y aquí sigo, significa que volveré a vivir. Voy a gastarme la nueva vida que me gané en ese renacimiento.
Todo lo que vivimos lo hemos hecho nosotros mismos. Cuánta porquería debe habitarnos para hacer esto que hacemos, este mundo. Pero los peores momentos que nos hemos hecho debemos sortearlos con armonía y buen humor porque esos sucesos son el espejo de lo que somos. No podemos estar enojados con el mundo, porque el mundo somos nosotros.
Me doy cuenta que vivir realmente sólo se logra en dos momentos: en las alturas de la inteligencia, de la creación, del desprendimiento de ti mismo, de la pérdida de tu cuerpo y tu personalidad en función del espíritu, cuando estamos afuera, muy arriba de este mundo, o en las bajuras de la animalidad, en los goces animales del más bajo, del más simple mundo, las bajuras del supremo placer que hay en el universo, el placer del cuerpo: el sexo, la suprema belleza –que conozcamos en este cosmos–, es la belleza de la mujer y gozarla es un acto tan animal como divino, tan fisiológico como espiritual, tan sucio como sublime. Donde lo más bajo se muerde la cola y se vuelve lo más alto y a la visconversa, como dice doña Senorina. Y que me maten si no. Porque lo demás, lo que no son grandes alturas o minúsculas bajuras no es vida, es vegetación. Hasta abajo, como animal o hasta arriba, como semidiós. Porque la vida para nosotros debe ser consciencia, si no, es despreciable.
La gran consciencia, aun en el mundo finito, es la que puede considerar más del propio mundo. La mejor consciencia humana es la que en un instante pudiera percibir el universo. De alguna manera la madre Emeteria lo intuye, o a la mejor lo ha percibido, pero como no hay palabras para comunicarlo, lo más que es posible hacer es mostrar la cara de los muertos, los que ven al universo en su totalidad, pero ya han dejado este mundo, ya no están atrapados en el cuerpo. Por eso tienen una expresión maravillada. Es el último mensaje. Las drogas maravillosas nos ponen en el mismo trance. Nos sacan del tiempo y para hacernos ver la realidad que es la simultaneidad total, la eternidad. Cuando es posible ver todo lo que sucede, lo que sucederá y lo que ha sucedido a la vez.
¿O será tan sólo que madre Emeteria más bien alucina porque ya está tan vieja? ¿Y yo trato de encontrar algo que me consuele porque ya me voy a morir y el único escape posible es la alucinación y la locura para no enfrentar el espantoso momento de la desaparición? También eso puede ser.
Al final, termino de escribir y siento la angustia de la muerte. Es muy posible que todo esto sólo sea una torpe construcción para vencer esa angustia. Mi cuerpo se va a ir a la mierda. Mi consciencia, bueno, esa no. Pero ¿a dónde se va a ir?
Aunque mi cuerpo se vaya a la mierda, ésta se reciclará. Quién sabe cual será el destino de mis átomos, ¿son míos?, además, ¿cuáles?, los que me pertenecieron, ¿me pertenecieron?, ¿a qué edad?, porque han ido cambiando con los años. Esos átomos han pertenecido –o más bien han formado– a muchos otros seres y ¿quién puede dudarlo?, estaban en este planeta al principio de su existencia. Es decir, la vida es una sucesión de muertes. Esto es, no soy nadie, soy muchos. Esto es, he existido siempre.
Y escribo esto porque me da la sensación de que algo quedará cuando me muera. “No moriré del todo amiga mía”.

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