<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893</id><updated>2012-02-16T07:10:40.452-08:00</updated><category term='Pterocles'/><category term='a un trance místico'/><category term='La humanidad vive en la cogedera'/><category term='una vez más'/><category term='Y lo matan...'/><category term='a veces como animales'/><category term='Donde Tranquilino Vallehermoso interactúa con las mujeres que han sido sus madres'/><category term='Capítulo II. Donde Tranquilino Vallehermoso se pregunta sobre la muerte y mucho más'/><category term='Los gobiernos son una porquería. Por poco matan a Tranquilino'/><category term='Donde Tranquilino incurre en conductas criminales.'/><category term='cómo no'/><category term='A la cárcel'/><category term='Empieza el cogedero'/><category term='no exageres. Tú no eres ni inteligente ni memorioso.'/><category term='Reconocen en España a Una muerte inmejorable'/><category term='pero'/><category term='Tranquilino se descubre cogelón'/><category term='De la primera aproximación entre Tranquilino Vallehermoso y Pterocles Arenarius'/><category term='pero siempre bajo la vista helada de la muerte'/><category term='El pueblo contra las autoridades. Tranquilino líder de colonos'/><category term='Accidentes afortunadísimos. Amor y estado de sitio'/><category term='Novela'/><category term='Último capítulo de Una muerte inmejorable. Aunque falta el epílogo'/><category term='Una muerte inmejorable. Prólogo. Invitación. Comentarios.'/><category term='La centenaria y el cínico'/><category term='Personas amadas. Un mínimo homenaje. Desde Una muerte inmejorable'/><category term='Donde Tranquilino Vallehermoso de Guanajuato descubre una espantosa verdad'/><category term='a veces como ángeles'/><category term='La mariguana y el presidio convocan'/><category term='No es cierto que sepan amargos los besos sin amor'/><category term='Las pésimas relaciones de Tranquilino con la autoridad'/><category term='Tranquilino se demuestra a sí mismo que bien podría haber sido un cerdo.'/><category term='Donde Tranquilino Vallerhemoso accede al horrendo pecado del fornicio'/><category term='Capítulo VI. Donde las preguntas giran sobre la nundanidad que se ofrece'/><category term='Además de mariguano y presidiario este hombre se ha vuelto rebelde y alborotador'/><category term='La dicha es mucha en la lucha. &quot;Y nuestras almas combatieron cuerpo a cuerpo&quot;'/><category term='Se acabó'/><category term='La memoria es la inteligencia de los pendejos'/><title type='text'>novela.unamuerteinmejorable</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>28</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-6215543336311528114</id><published>2009-10-03T10:27:00.000-07:00</published><updated>2009-10-03T10:30:05.036-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Reconocen en España a Una muerte inmejorable'/><title type='text'>Reconocimiento a Una muerte inmejorable</title><content type='html'>URGENTE Madrid, viernes, 2 de octubre&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Gran éxito del II Concurso de Novela Irreverentes&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;El escritor español Raúl Hernández Garrido ganó, con la novela Abrieron las ventanas, el II premio Irreverentes de Novela convocado por Ediciones Irreverentes de Madrid, España. El certamen recibió 174 novelas de 16 países.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;El escritor mexicano Pterocles Arenarius (Jesús Ortega Rodríguez), con la novela Una muerte Inmejorable, se colocó entre los diez autores mejor calificados del concurso, de entre los cuales surgió la novela ganadora. Cabe mencionar que esta novela se desarrolla en la ciudad de Guanajuato, patrimonio de la humanidad, donde reside su autor y fue, de los trabajos provenientes de México, la única considerada como candidata para este premio.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Participaron en este concurso internacional, 174 novelas de 16 países. 29 de estos trabajos fueron de Argentina, 10 de México, 9 de Colombia, 7 de Cuba e igual número de Alemania, entre otros.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más información: http://www.edicionesirreverentes.com/ Enlace  II Premio Irreverentes de novela&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-6215543336311528114?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/6215543336311528114/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/10/reconocimiento-una-muerte-inmejorable.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/6215543336311528114'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/6215543336311528114'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/10/reconocimiento-una-muerte-inmejorable.html' title='Reconocimiento a Una muerte inmejorable'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-146475018786591420</id><published>2009-06-07T15:25:00.000-07:00</published><updated>2009-06-07T15:36:50.463-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Se acabó'/><title type='text'>Epílogo</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Epílogo&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;–¿Y qué te pareció el librito, Pterocles? Cómo ves, ¿lo publicamos?&lt;br /&gt;–Mira, Felipe, como novela tiene fallas muy grandes. Hay hilos que quedaron sueltos, el estilo literario es muy pobre, lo que más me caga es que sea tan didáctico; me hace pensar que cree que soy un pendejo; también pareciera que quiere ser novela metafísica pero más bien es un cogedero, es la historia de un mojigato que cuando se libera sigue siendo un mojigato pero ahora reprimido; sus muchachas, sus mujeres en general, no son mojigatas, son mojiperras, o sea puras putas cuando no señoritas decrépitas. En fin, los planos narrativos no tienen una estructura novedosa, no tiene final, o el final es puro rollo. ¿Qué pasó con el llamado Tranquilino Vallehermoso?&lt;br /&gt;–Fíjate que el señor Vallehermoso se desapareció. Se fue de Guanajuato, eso lo sabemos porque simplemente desapareció como ya hemos dicho. Nadie sabe qué fue de él. He oído versiones de que se fue a Chiapas y se alistó en el EZLN. Pero también me dijeron que no, que anda en Colombia enrolado con la guerrilla de allá. Hay quien dice que de plano se fue a Irak a pelear contra los gringos. No se sabe a ciencia cierta pa’dónde jaló don Tranquilino buscándose una buena muerte, una muerte inmejorable, como él escribe. No sé quien me dijo que se fue a Huautla a vivir sus últimos días con los indios comiendo hongos. Con eso de que descubrió el mundo espiritual por la mariguana. Pero en ese mismo rollo dicen que se fue a La India y se incorporó a un monasterio budista. Pero, un detalle, a dondequiera que se haya ido pues se llevó a Camila, a su novia. La que menciona en su narración. Eso se supone, porque ella también se desapareció del pueblo y ya ves que no la menciona al final de su historia, por ahí dice que…&lt;br /&gt;–Sí, me acuerdo de lo que dice. ¿Y sus familiares, existen, viven aquí?&lt;br /&gt;–Claro, Pterocles. Si quieres te presento a doña Sanjuana y doña Obdulia, sus tías, viven aquí por Mexiamora. Nadie de los familiares de Tranquilino quiere decir la verdad. A la mejor ni la saben. Hay quien dice que ya se murió, pero no, Pterocles, no creo que el Tranquilino se haya muerto, al menos, no de cáncer –el Podrido se puso a buscar algo en la amplia miscelánea de su mochila–. Mira esto que, con algunas trampas, conseguí:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:georgia;font-size:130%;"&gt;Laboratorios y Análisis Clínicos de&lt;br /&gt;El Sagrado Corazón de Jesús&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;"&gt;&lt;strong&gt;Guanajuato,Gto.                                                                 Cantarranas 35, Centro Histórico Reg. SSA: 8438-N234                                                                                                        Reg. SHCP 148-M245987/J6                                                                                                     Aut. SPR128876&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;Guanajuato, Gto. Miércoles 20 de agosto de 2003&lt;br /&gt;Estimado Señor Tranquilino Vallehermoso&lt;br /&gt;Presente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por un lamentabilísimo error humano el diagnóstico que se proporcionó a usted el pasado 8 de agosto del año 2002 contiene una grave equivocación. Ésta consiste en que la persona responsable de elaborar la documentación cambió los nombres involuntariamente; el usted, con el del finado señor Pedro Zacarías Galván, a quien correspondía en realidad el diagnóstico que le fue entregado a usted como suyo. Si en algo vale que aclaremos –a la vez que rogamos su comprensión–, el señor Zacarías recién falleció de acuerdo al diagnóstico emitido. Queremos hacerle saber que hemos tomado las medidas correspondientes con el empleado responsable de esta equivocación, incluso se le han fincado responsabilidades penales, para lo cual sería deseable su presencia con la finalidad de que esta persona sea castigada ejemplarmente. El laboratorio de El Sagrado Corazón de Jesús, el personal clínico, el administrativo le presentamos disculpas asimismo en nombre de los propietarios y gerentes, quienes no tenemos ninguna responsabilidad en el lamentable suceso que, sin embargo, esperamos no haya trastornado sus expectativas vitales. Adjunto a la presente le estamos enviando tanto el diagnóstico que sí le corresponde así como el acta de defunción del señor Zacarías. Sinceramente suyos, reciba usted la más distinguida de nuestras consideraciones.&lt;br /&gt;Atentamente&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:webdings;"&gt;   &lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Romeo Lucas García.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;Dr. Romeo Lucas García&lt;br /&gt;Gerente general.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;–¿Cómo ves?&lt;br /&gt;–Pues pobre cabrón. Qué puta broma.&lt;br /&gt;–No, pero qué bueno que lo sacaron del marasmo y lo echaron al mundo.&lt;br /&gt;–Y, además, ¿quién nos metió aquí, Felipe? Yo no estoy de acuerdo.&lt;br /&gt;–Bueeeeno, pos por mí no importa.&lt;br /&gt;–No, güey, es que además eso de &lt;em&gt;Pecar es ser no ritual&lt;/em&gt;, es anagrama de Pterocles Arenarius, qué poca madre.&lt;br /&gt;–¿Y qué es anagrama…?&lt;br /&gt;–Ah qué la chingada…, amargan al anagrama… Toda la literatura son variaciones de anagrama.&lt;br /&gt;–¿Cómo anagrama, de qué?&lt;br /&gt;–Del abecedario.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-146475018786591420?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/146475018786591420/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/06/epilogo.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/146475018786591420'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/146475018786591420'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/06/epilogo.html' title='Epílogo'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-2393425789146096788</id><published>2009-05-31T10:31:00.000-07:00</published><updated>2009-05-31T10:45:44.818-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Último capítulo de Una muerte inmejorable. Aunque falta el epílogo'/><title type='text'>Capítulo XXII y Final.</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt; XXII. La batalla de Guanajuato&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¡Ahi viene el muertito! ¡Ahi viene el muertito! –gritaban los chamacos como a las siete de la noche. La troca de Senorina se bamboleaba por el camino entre las casas de Cajones. En la caja de la carrocería venían tres mujeres y dos más en la cabina. Las que viajaban atrás estaban sentadas sobre el ataúd para viajar más cómodas y con ello también evitaban que la caja del muerto se moviera de un solo lugar. El pueblo se arremolinó afuera de la casa de don Anselmo. Su mujer nos pidió (por la falta de mano fuerte masculina me tocó cargar al muerto) que colocáramos el ataúd en la sala de su casa. Ella abrió la ventanilla del féretro y derramó lágrimas sobre el rostro del cadáver.&lt;br /&gt;–Anselmo, mi viejo, inocente, mi niño. Cómo te arrancaron la vida estos malditos. Te mataron a golpes como si fueras un animal –agarró el cadáver por el rostro y besó su frente y sus mejillas. Como ya era tarde se decidió que el paseo de protesta del muertito sería hasta el día siguiente. Las mujeres se pusieron a organizar el velorio.&lt;br /&gt;Aparecieron cirios, flores, mujeres rezando, café para todos, rosquillas de pan, luego llegaron los tamales y atole. Mientras tanto, los pocos hombres –sin la presencia del transportista Palemón que la noche anterior había sido golpeado por las mujeres– arrimaron mezcal para que mientras ellas rezaban, acorde con la tradición, ellos bebían y jugaban baraja.&lt;br /&gt;Cuando empezaba a sentir que no tenía un lugar en el pueblo que se iba sumergiendo en una de sus costumbres más tradicionales, la de velar a sus muertos, en la puerta de la casa del difunto Anselmo vi que desde lo lejos se fue acercando un taxi con la lentitud que le imponían las irregularidades del camino. Se detuvo en el único lugar en que había humanidad seguramente en varios kilómetros de viaje, la puerta de la casa de Anselmo y su esposa, donde me mantenía a la expectativa. Del taxi bajó una mujer. Mi madre.&lt;br /&gt;–Pero ¡qué haces aquí?, ¿cómo llegaste?&lt;br /&gt;–Vine a buscarte. Quiero estar contigo y saber qué está pasando…&lt;br /&gt;Mi madre y yo nos retiramos caminando despacio. Recorrimos de ida y vuelta varias veces el diámetro del pueblito. Confesé a mi madre en larga charla cuanto ella desconocía de lo que está escrito en este texto y ella de pronto se mostraba conmovida, todo el tiempo pensativa, aunque de pronto atacada de la risa y en algún momento indignada. Creo que pocas veces me había sentido tan cerca de ella.&lt;br /&gt;–Tranquilino, creo que nunca te conocí en realidad. Y mientras más te conozco más te admiro. Creo que te has vuelto un ser humano excepcional.&lt;br /&gt;–Lo cierto es que yo tampoco pensaba que fuera capaz de hacer tantas cosas. De pronto no sé si estoy haciendo trampa… Cuando cuidaba mi vida y mi salud mezquinamente lo único que me conseguí fue un cáncer fulminante. No dudo que sea el resultado de ser tan respetuoso, tan reprimido y tan… pendejo, ni hablar. En cambio ahora que me he vuelto borracho, mariguano, mujeriego, parrandero y líder campesino dicen Obdulia y Sanjuana, descubro que la vida es mucho más tremenda de lo que no tenía ni la menor idea.&lt;br /&gt;–Pero ¿tú cómo te sientes?&lt;br /&gt;–Si no fuera por la amenaza de la muerte, estoy viviendo la mejor época de mi vida. O a la mejor gracias a ella. A pesar de que he descubierto cosas horribles de la realidad cotidiana en donde vivía, he logrado darme maravillas que también ahí estaban pero nunca descubrí.&lt;br /&gt;–¿Y aquí qué, Tranquilino, por qué te metiste en este lío que no te corresponde?&lt;br /&gt;–No me corresponde, pero algo tengo que hacer con mis seis meses de vida. Quiero hacer tantas cosas, dármelas, cosas que antes me las negué por una falsa moral, por prejuicios y por miedo. Podría estar en Irak para ganarme una buena muerte o en Colombia, no sé. La bestia se encuentra en todo el mundo, pero en algunos lugares está más suelta que en otros y no creas que en México estamos muy bien; pero gracias al cielo, los prodigios también están en cualquier parte.&lt;br /&gt;–¿También aquí?&lt;br /&gt;–Aunque te parezca inconcebible no tienes idea de cuántos prodigios pueden ocurrir en este pinche pueblito. Lo que ocurre aquí puede ocurrir en cualquier lugar del mundo y si estoy bien aquí mientras llega lo que habrá de llegar, puedo estar bien en cualquier parte.&lt;br /&gt;–¿Pero no es insoportable vivir en peligro, arriesgar la vida? Para lo que me has contado un mal día bien pueden matarte. Hasta por error.&lt;br /&gt;–Madre, no dejo de temer el momento de la muerte, pero he pensado mucho en ella, en la muerte y en la vida, como dice la madre Emeteria, y creo que…, no sé cómo decirlo…, pero se me hace que no es tan malo morirse y además terminé por darme cuenta que tampoco es importante. Es más, pensándolo bien es hasta una vulgaridad. Imagínate cuántos se han muerto, todos, sin excepción, antes de que nosotros estuviéramos en este mundo. Y también todos los que están ahorita en este mundo se van a morir. A raíz de esto que me está pasando he llegado a ver fotos de hace cien años o más y me digo de toda esta gente que se ve aquí nadie vive. Sin embargo, aquí estamos.&lt;br /&gt;–¿Podemos decir que ya te resignaste?&lt;br /&gt;–Sí. Estoy cierto de que no hay otra salida y de que vivir seis meses más o sesenta años es, escucha bien esto, absolutamente relativo. Te juro que lo que he vivido, bueno y malo, en estos últimos diez días no te los cambio por los veinte años anteriores. Es que antes no viví. Vegeté. –Regresamos al velorio y formamos un grupo ajeno a los dos que había: el de las mujeres que rezaban y el de los hombres que bebían y jugaban a las cartas. Nosotros charlábamos con gran paciencia y atención, bebíamos café y de pronto hablábamos con las mujeres. Cuando dieron las tres y media de la mañana le dije a Andrea, mi madre:&lt;br /&gt;–Si quieres te cedo mi recámara, bueno, la que me ha asignado doña Senorina. –Nos fuimos a la recámara. Estuvimos fumando y charlando largo. A eso de las seis de la mañana regresé al velorio. Los que se habían aplicado a la bebida se encontraban borrachos y algunos de ellos, dormidos sobre la mesa. Otros tres continuaban bebiendo y alegando, ya sin naipes se encontraban sentados en piedras rodeando una fogata y circulando el mezcal jaraleño. Las mujeres, adentro de la casa, dormitaban sentadas alrededor del féretro.&lt;br /&gt;–Señorito Tranquilino, ven conmigo, quiero que veas una cosa.&lt;br /&gt;–¡Madre Emeteria, ¿qué anda haciendo aquí a estas horas?!&lt;br /&gt;–Pos es que los viejitos ya dormimos poquito y a la gente del campo nos levantan los gallos. Pero es que quiero que le veas bien la cara al difuntito.&lt;br /&gt;–Santo Dios y ¿para qué, madre Emeteria? –Con sus manos oscuras cuya piel era casi translúcida sobre los huesos, como de un ser de otro mundo, abrió la tapa del ataúd demostrándome fuerza y energía que no se concebían en esa viejita diminuta, sin duda achicada por tantos años, delgada y frágil.&lt;br /&gt;–Acércate y míralo bien. No te dejes engañar, ve su rostro, ¿de qué tiene cara? No te dejes llevar porque está muerto, dime si no tiene cara de felicidad. Dime si no está casi riéndose porque sintió algo hermoso cuando se fue.&lt;br /&gt;–Bueno… sí, sí es cierto… pero debe ser porque todos sus músculos se relajaron al morir…&lt;br /&gt;–¡Claro que sí, señorito!, y dejar el cuerpo, si nunca lo has sentido, es una de las grandes felicidades, digo, si no te da miedo. Y cuando te relajas bien por ahí dejas a tu cuerpo abandonado. Quiero que de hoy en adelante te fijes bien tanto en los que están dormidos como en los que están muertos. Y vas a ver que ningún dormido tiene una cara de tanta felicidad como cualquier muerto. Es que nadie sabe lo que es morirse. Y los que saben ya no pueden decirlo. Por eso no hay que tenerle miedo. Pero tampoco hay que buscarla, señorito…&lt;br /&gt;Estaba empezando a clarear con debilidad cuando inició el anuncio, una vez más, del desastre. Los niños, que habían revoloteado alrededor del velorio casi toda la noche durmiendo por ratos, aparecieron gritando: “Vienen tres camiones de guerrilleros”. “Cómo que tres camiones de guerrilleros, ¿por qué dicen que guerrilleros?”. “Es que traen la cara tapada con una máscara y todos traen su ametralladora y vienen vestidos de negro”. “Alabado sea el cielo, ahora qué traen contra nosotros”.&lt;br /&gt;–Ahi vienen los gobiernos, señorito Tranquilino. No dudes ni un tantito así que vienen por ti –me dijo la madre Emeteria, luego fue con Senorina y le dijo–; Senorina, tenemos que esconder al señorito porque si lo agarran ya no lo vamos a ver.&lt;br /&gt;–¿Dónde lo vamos a meter, madre?&lt;br /&gt;–Tenemos que sacarlo de aquí. Trae a todas las mujeres, a los borrachos ni les avises, vamos a sacar de su caja al difuntito.&lt;br /&gt;–¿A sacar al difuntito de su caja, madre? ¿Y para qué?&lt;br /&gt;–Para meter ahí al señorito, porque si lo agarran ya no lo volvemos a ver… –En ese momento llegaron los niños gritando “Los guerrilleros andan gateando todas las casas, una por una”. “Cómo que gateando, se dice cateando”. “Pos las andan gateando porque se meten a gatas por las azoteas y se descuelgan con riatas”.&lt;br /&gt;Las mujeres se apresuraron.&lt;br /&gt;–Voy a ver para qué me quieren –le dije a la madre Emeteria.&lt;br /&gt;–No, señorito, si te agarran ya no te vamos a ver y esto se va a quedar sin cabeza. Mejor hazme caso y escóndete, así tanto escándalo y movilización que ya hicieron será de oquis. Ellos tienen la fuerza y si te agarran es una derrota para nosotras. Pero si te escapas es una burla para ellos y nomás habrán venido a hacer el ridículo. Traen camiones y metralletas y se van a ir como vinieron, sin nada, como los estúpidos que son…&lt;br /&gt;“Ya agarraron a los borrachos, los guerrilleros agarraron a los borrachos y los están madreando. Dicen que quién es Tranquilino el más hermoso”. “¿Dónde agarraron a los borrachos, por qué los agarraron?”. “Pos los guerrilleros agarran a todos los que encuentran y corretearon a los borrachos y hasta sacaron de sus casas a los que se les echaron a correr. Dicen que vienen por el señor más hermoso”.&lt;br /&gt;–¿Ya lo ves, señorito Tranquilino?, vienen por ti. Ándale, métete a la caja del difuntito. No vale la pena que te agarren y les vamos a dar en la jeta si te les escapas. –Las mujeres bajaron el féretro, sacaron el cadáver y lo metieron al escusado. Me acosté en la caja de muerto y lo volvieron a subir a las bases entre los cuatro cirios con mi cuerpo de (todavía) falso cadáver adentro. Me encerraron. Me di cuenta que los muertos pueden oír casi todo lo que se dice de ellos en el mundo que acaban de dejar. Sentí lo que los muertos (creemos) ya no pueden sentir: estar dentro de la caja de muerto. No dejé de preguntarme ¿algo así será la muerte? Primero oí los pasos de hombres brutales, por supuesto que hasta en el caminar se les identifica.&lt;br /&gt;–Buen día, señoras, buscamos al señor Tranquilino Vallermoso.&lt;br /&gt;–¿Cuál es la necesidá que tienen de ese señor? –les dijo doña Senorina–. Pero antes que me respondan, señores, les exijo que primero que nada nos guarden el respeto que nos deben, pues estamos velando un hermano nuestro, marido nuestro, vecino y compadre nuestro; al que ustedes o sus compañeros mataron a golpes. Les exijo más respeto, señores y les digo en su cara, aunque la traigan tapada como bandidos, que no esperen que cooperemos con ustedes en nada. Y no creo que se necesite decirles por qué. Por favor ya váyanse de este pueblo lo más pronto que puedan y no hagan más fuerte nuestro dolor ni más inquinosa la rabia que ya despertaron en todo el pueblo contra ustedes y sus gobiernos; tenemos más que motivos para no quererlos, señores. Váyanse de esta casa y de este pueblo que aquí no estamos a gusto con su presencia y menos velando a nuestro pariente que ustedes mismos o sus compañeros mataron. Váyanse ya, por favor… Y de ese señor tan hermoso que ustedes nombran, aquí no nos pregunten que no tenemos idea ni de su persona ni de su paradero y cuantimenos de su camino y sépalo, señor comandante, o lo que usté sea, si tuviéramos idea de su persona y camino no se lo íbamos a decir. Así que por favor váyanse en el momento que ya mucho nos perjudicaron.&lt;br /&gt;–Tenemos que peinar todo el pueblo, revisar casa por casa, traemos orden legal de aprehensión para el señor Tranquilino Vallehermoso Lagunes, residente de Guanajuato. Es más, vamos a abrir la caja del muerto.&lt;br /&gt;–Pos ábrala si quiere, señor, el difuntito se petateó anteantier, para hoy ya estará bien podrido. Así que si quiere abra la caja pero aquí adentro de la casa no, imagínese la pestilencia. Y haga lo que vaya a hacer pero ya, porque no tenemos su tiempo y además, respete, señor, respete el dolor y las costumbres ajenas, ya que no se respetan ni a sí mismos.&lt;br /&gt;–Señora, comprenda que nosotros tenemos que cumplir órdenes. Y nuestras órdenes son no regresar sin este señor tan hermoso, digo Vallehermoso. –Y como respuesta las mujeres se pusieron a rezar:&lt;br /&gt;–Ave María purísima…&lt;br /&gt;–Sin pecado concebida…&lt;br /&gt;–Dios te salve, María, llena eres de gracia, el señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús…. –dijo Senorina, me la imagino hincada dándole la espalda a los gendarmes con pasamontañas negro con siglas de la AFI, rezando con todo su vigor, haciendo sentir a los afis la porquería que son. Un nutrido coro de mujeres le contestó:&lt;br /&gt;–Santa-María-madre-de-Dios-ruega-señora-por-nosotros-los-pecadores-ahora-y-en-la-hora-de-nuestra-muerte-amén… –al mismo tiempo se oían los zapatazos de la gendarmería incurriendo en las habitaciones de la casa, los portazos, la llegada de más gente. Luego unos gritos “¡Está prohibido tomar fotos, señora!”. “¿Quién le prohíbe a una comunicadora hacer su trabajo?”, era la voz de mi madre. “Este pueblo está bajo la autoridad de la Agencia Federal de Investigaciones, señora y le prohíbo que tome fotos”. “Puede usted prohibir lo que quiera, señor, pero no va a impedir que este asalto militar se sepa en los periódicos nacionales; y si quiere hacer más grave la denuncia que vamos a hacer intente quitarme la cámara”. Mientras oía a las mujeres confrontar a los negros policías pensé que fácilmente podrían encontrar al difuntito que habían encerrado en el baño. Pero luego me enteré que, mujeres al fin, no olvidaron ese detalle y pusieron a los borrachos en movimiento para que se llevaran al muertito en un carro, a una de las casas que ya habían sido cateadas, lo hicieran pasar por uno de los hombres que ya borrachos parecían tan muertos como él y, ni modo, compraran otro féretro y siguieran el interrumpido velorio de su amigo y vecino.&lt;br /&gt;Los agentes federales se fueron. Sin embargo el pueblo quedó vigilado. No estaba el ejército como en la noche anterior, pero decenas de policías vestidos de civil, en función de pistoleros, vigilaban –muy torpemente por cierto– el pueblo; casi ante sus ojos se llevaron el cadáver simulando que era un vivo que estaba muy borracho después de beber toda la noche en el velorio. Desde mi refugio escuché que se organizó el desayuno colectivo y se decidió, conforme al plan, pasear el ataúd en una manifestación en la ciudad. En algún momento, mientras alguna mujer simulaba llorar desconsoladamente, me pasó algunas viandas para que no estuviera en calidad de cadáver y en ayunas. Los policías encubiertos ni se las olieron.&lt;br /&gt;El féretro viajó en una troca hasta Guanajuato y fue llevado por las mujeres de Cajones junto con quienes mi madre cargó a hombro el féretro de su hijo y marchó a pie con Senorina, Adela, Angustias y unas treinta o cuarenta mujeres más. Subieron mi ataúd al camión y se subieron muchas y unos cuantos. Media hora después estábamos en Guanajuato. Me bajaron y se inició la caminata al palacio municipal. También marchó la madre Emeteria a sus ciento dos o ciento ocho o ciento diez años.&lt;br /&gt;Hicieron el mitin en el palacio municipal y las autoridades tragaron camote. Llegó a hacerse un tumulto y hubo periodistas locales y nacionales, de televisión, radio y periódico. Un éxito completo.&lt;br /&gt;La ciudad estaba paralizada. Los guanajuatenses tienen un enorme respeto por los ataúdes ocupados. Siempre que hay un sepelio, éste sale de alguna de las iglesias y recorre una de las dos únicas calles de la ciudad y la detiene en el tiempo durante una hora, tiempo que tarda el cortejo en llegar de la iglesia al panteón. Así ocurre cada vez que muere un guanajuatense.&lt;br /&gt;Mientras se desarrollaba el acto de protesta en el palacio municipal de Guanajuato los granaderos hicieron una valla en la calle Belaunzarán, para no dejar que la marcha avanzara hacia el palacio de gobierno estatal. Sin embargo la marcha se encaminó hacia ese lugar, pasó por el sitio en que 295 años atrás descendieran las tropas del padre Hidalgo –junto al puente de El Campanero– para atacar La Alhóndiga de Granaditas. Al llegar a Belaunzarán, los granaderos cerraron las calles por donde los manifestantes podrían salir. Entonces la manifestación, que cada vez se hacía más grande, ocupó Puente del Campanero y Cantarranas. El ataúd iba en la descubierta y la gente empezó a jalonearse con los policías que custodiaban la entrada a la avenida Belaunzarán, justamente frente a la Plaza de Don Quijote que al fondo izquierdo yendo por donde íbamos aloja al teatro Cervantes y al frente el formidable conjunto escultórico de Don Quijote de la Mancha, Sancho Panza, el escudero y sus sendas monturas.&lt;br /&gt;De pronto, los granaderos fueron atacados por la retaguardia. Muchos de los aliados nuestros de las comunidades cercanas llegaron por la carretera panorámica y bajaron al centro de la ciudad por Sangre de Cristo, después de brincar por en medio de Don Quijote y Sancho, también llegaron por Sóstenes Rocha, se agregaron a la refriega habitantes del lugar. Los policías les debían muchas, como a todo mexicano de clase popular. La gente Traía palos, hondas, piedras lanzadas con la mano, bombas molotov y hasta las improvisadas bazucas que se estrenaron meses atrás en los enfrentamientos de Oaxaca. Los granaderos, sorprendidos por la acometida, huyeron y el avance continuó. Los policías que se encontraban a lo largo de la avenida Padre Belaunzarán corrieron por esta misma calle donde hace curva y descendieron hasta el Paseo Madero, en Embajadoras, ya cerca del Paseo de La Presa y, luego de reorganizarse, se hizo ahí un gran enfrentamiento. El ataque de los granaderos provocó que el ataúd donde yo iba cayera. Por fortuna era tan confortable –como merece un muerto que se respete– que no sufrí lesiones, sólo el susto y la incertidumbre de lo que estaría pasando. Alguien tuvo la feliz idea de abrir el ataúd para sacarme. La madre Emeteria, preocupadísima por mí no menos que mi madre, ambas me dieron la mano para salir de la caja de muerto. Me abrazaron las dos madres, la mía y la del pueblo.&lt;br /&gt;Los policías, a pesar del combate vieron la inigualable escena del renacimiento del muertito. Algunos creerían que el ocupante del ataúd no era un difunto y que lo que ocurría era una estratagema de los manifestantes, pero otros, sólo Dios sabe qué pensarían y huyeron aterrorizados. Guanajuato es tierra de leyendas de muertos y resucitados. Alguien pensó que el que abandonaba el féretro no estaba muerto sino que había sufrido una catalepsia. Salí deslumbrado y me sentía como si de verdad renaciera, luego del calor y la pesadez del aire dentro del catafalco a pesar del pequeño agujero que tuvieron la precaución de hacerle a la caja, por si las dudas. Fue precioso salir otra vez a la vida y encontrarme en las manos de mis dos madres. Pero el combate continuaba. Nuestra gente persiguió a la desconcertada policía con una pedrea y mentadas de madre ambas a discreción.&lt;br /&gt;Llegamos al palacio de gobierno estatal y los dirigentes fuimos incapaces de contener a la multitud que ingresó en el casi desprotegido lugar. Retuvieron a varios miembros del gobierno e incluso a los escasos guardianes que, confiados, esperaban que el operativo de los granaderos nos detendría. El gobernador tuvo suerte de no encontrarse, o más bien, sabía del riesgo en que se encontraba y no se asomó por ahí. En poco tiempo llegaron de nueva cuenta las fuerzas “del orden”, pero ahora tendrían que asediar al palacio de gobierno estatal porque nadie estaba dispuesto a entregarlo.&lt;br /&gt;Y comenzó la batalla.&lt;br /&gt;De fuera llegaban bombas de gas lacrimógeno que rompían los vidrios, del palacio salían bombas molotov que estallaban cerca de los granaderos. En cierto momento algún inconsciente o varios de ellos dispararon con armas de fuego. Pero había periodistas de los medios locales, nacionales y no faltaban los televisivos. Era un acto de inmensa estupidez disparar balazos contra nosotros.&lt;br /&gt;En algún momento, la madre Emeteria decidió descender a la búsqueda de una buena muerte y en medio de la balacera salió del palacio de gobierno. Iba dispuesta a morir a balazos. Los policías no interrumpieron la balacera, algo que ya no es inaudito, los mexicanos están convencidos que la peor gente de México y de la peor del mundo ha sido reclutada por las múltiples policías mexicanas. Eso es extraño. Muchos extranjeros que visitan México aseguran que en este país han encontrado a la mejor gente del mundo, la más bondadosa, la más humilde, la que les ha mostrado más generosidad. Pero los mexicanos saben que en la policía coinciden las peores personas, las más crueles, las más mezquinas, las más brutales que muchos hayan visto en su vida. Nadie puede negar que los policías mexicanos torturan de manera sistemática y cotidiana. Igualmente roban y extorsionan amenazando con la aplicación de la ley. Todos los mexicanos saben que, en general, la justicia en este país está casi totalmente corrompida, que nada hay más utópico en México que esperar una acción aseada de los defensores de la sociedad, los magistrados, los jueces, el ministerio público y la policía.&lt;br /&gt;Pero los miserables policías rasos, cómo van a considerar con generosidad a sus conciudadanos si sus superiores los miran con desprecio, los consideran inferiores y, en el mejor de los casos, les encubren sus faltas a la ley, sus raterías y sus mezquindades.&lt;br /&gt;Pero como no serán iguales los MP si los jueces no son menos corruptos que ellos y usan sus posiciones para enriquecerse mientras la ley que se pudra, pero cómo no serán así los jueces si los magistrados son unos señores que prácticamente no trabajan y ganan dinero a carretadas y los magistrados son así porque todos son así, los empresarios, los legisladores, muchos profesionistas muy exitosos, los secretarios de estado y más que nadie el presidente de la república.&lt;br /&gt;O será que la mejor gente del mundo, por ser tan pobre, se corrompe con facilidad. O será que por la ignorancia de la gente que se mete a la policía y a la que le otorgan relativamente mucho poder, se vuelve malvada porque un poco de poder corrompe mucho a los miserables de espíritu. O será que –para nadie es un secreto–, por décadas la policía reclutó a los maleantes con el pretexto de que eran los que mejor conocían el modus operandi de la delincuencia. O será un atavismo de la mayoría de los mexicanos que siempre han sido expoliados, humillados y ofendidos por los poderosos y buscan meterse a la policía y cuando lo logran muestran lo peor de sí mismos, lo que ocultamos de lo peor del espíritu mexicano. O será simplemente la natural maldad del humano género. O será la falta de educación, de sensibilización que les impide la piedad. O será todo lo anterior junto o al menos un poco de todo. Lo cierto es que los policías mexicanos son unos hijos de la chingada.&lt;br /&gt;O será que por habernos metido a imitar a los gringos en todo –tratar de ser los mejores, los más competitivos–, nos hemos vuelto muy inteligentes, muy astutos para competir, pero no en nuestro oficio. Y eso es ser corrupto. Porque quienes llegan a la cima no son los mejores, sino los que se han preparado para competir, para destruir a quienes compitan con ellos, la habilidad, la destreza, el verdadero arte no importan, lo que importa es competir. Y así, paradójicamente, los que dirigen el país son los más mediocres, los astutos para la competencia, no los que tienen la mayor cantidad de talentos para su oficio. Igualito que los gringos.&lt;br /&gt;Los periodistas, vieron a una pinche viejita inverosímil, casi como un changuito de renegrida y pequeña, con su humilde vestido y su delantal de cuadritos. Pero aguerrida y vociferante en su desamparo y en su dulce vejez. Valiente como nadie a pesar de su debilidad. Cientos de miles de mexicanos, quizá millones la vieron en vivo en sus televisores y, no sé, una energía monstruosa se desató. Estoy seguro que en ese momento empezó una tormenta al menos en Guanajuato, con vientos vertiginosos y truenos enloquecedores, como aquellos de que hablara Ramón López Velarde, en su Suave Patria se desataron mientras la gente veía a semejante mujer desafiando a la policía y con ello a la muerte; por alguna razón, de suerte o de magia, los periodistas de televisión se esmeraron en grabar el momento o en registrarlo en sus grabadoras, sus placas y sus notas. Y todo el país puso atención para ver lo que pasaba en Guanajuato, una injusticia más del maravilloso país que es México.&lt;br /&gt;Cosas muy raras desquiciaban de desconcierto a las fuerzas de la ley y el orden: primero un muerto que se levanta de su sarcófago, luego una anciana de edad imposible los encara a pesar de los balazos sin que le hagan ni un rasguño y luego, en ese momento se desata una feroz y atronadora tormenta y contemos también que un pueblo católico, pacífico y dejado como el de Guanajuato se unió a la rebelión sin pensarlo, porque de pronto, una vez más, la policía fue atacada por la retaguardia. Por más que los policías estuvieran muy dispuestos, como siempre, a romper madres, a torturar y a violar mujeres y hombres, aquello era demasiado. Porque al fin y al cabo los policías y sus máximos jefes son extremadamente pendejos. Tanto fenómeno extraño sí detuvo a la policía. Como nunca desde la guerra sucia de los años 70-80; como nunca en el fraude del 88 ni en el del 2006 y la guerra sucia de Oaxaca y la venganza contra Atenco, la magia de la madre Emeteria detuvo a los tecolotes.&lt;br /&gt;La policía se detuvo y hasta se replegó y sus jefes se aplicaron a hacer declaraciones descabelladas a la prensa, poniéndose en ridículo en cadena nacional. Pero también tuvimos acceso a los reporteros que fueron capaces de acercarse al palacio de gobierno. Nuestras estrellas fueron doña Salud, doña Senorina y, como nadie, la madre Emeteria quien saltó a la fama nacional y se volvió la gran heroína no sólo de Guanajuato.&lt;br /&gt;Ni tres horas después de que ocurriera la coincidencia asombrosa de la tempestad en medio de la batalla, se presentó un representante del gobierno federal, es decir, del presidente de la república, con amplias facultades para negociar.&lt;br /&gt;Luego de un breve jaloneo entre que “Salgan a negociar” y “Usted entre para que platiquemos”, por fin ellos instalaron rápidamente una carpa muy cerca del Palacio de Gobierno, prácticamente en nuestro territorio. Éramos ocho mujeres y yo que no soy mujer, al menos admito que no totalmente.&lt;br /&gt;Elaboramos las demandas. La primera fue el puente de Cajones. Para que no murieran más niños ahogados. La segunda una clínica. La tercera pensiones para los viejos de Guanajuato, algunos de ellos, habitantes de Cajones, nietos de la madre Emeteria. El representante del presidente de la república cedió en todo, con tal de que se detuviera la rebelión de doña Emeteria. No entregamos el palacio municipal sino dos días después y eso porque firmaron los compromisos que les impusimos.&lt;br /&gt;En los pocos días siguientes Senorina se hizo también nacionalmente famosa como la dirigente de los colonos. Organizaciones defensoras de derechos humanos se pusieron en contacto con ella y, en los hechos, a sus órdenes.&lt;br /&gt;El gobierno estatal, en cuanto entregamos “su” palacio de gobierno comenzó a negociar con Senorina, pero, como siempre, en estrategia perversa, también con Palemón, quien organizó una Asociación de Colonos de Cajones asesorado por funcionarios de gobierno. El puente ignoro si haya sido construido. Pero la comunidad sí fue dividida en dos grupos, el de Senorina, asesorado por la madre Emeteria y el de Palemón por el gobierno. Aunque predomina el que encabezan las mujeres, el segundo es muy bien tratado y subsidiado por el gobierno.&lt;br /&gt;Algún día regresaré a Guanajuato.&lt;br /&gt;Voy a buscar en otra parte… lo que aquí no quiso encontrarme.&lt;br /&gt;Creo, al fin, que morir no es importante.&lt;br /&gt;Creo haber descubierto que nuestra existencia no tiene sentido.&lt;br /&gt;Y si lo tiene es sólo para construirnos a nosotros mismos. Porque el mundo, los átomos que lo forman son siempre los mismos y sólo están dando vueltas. La naturaleza, haciendo experimentos ha logrado ordenar de manera tan prodigiosa a esas partículas que les ha dado vida y en los casos más avanzados, consciencia. Entonces, si buscamos aventuras en esta vida, lo único que lograremos es construirnos en algún sentido, ser grandes criminales, genocidas, archimillonarios. Pero estoy seguro que los que se construyen de semejante manera descubren que tampoco tiene sentido. Que la existencia se vuelve un pozo sin fondo y la vida termina sin conclusión, sin sentido ni claro objetivo. Y quizá los santos también lo hayan descubierto aun en su vida de santidad, de amor a los hombres, pero estoy seguro que se habrán dado cuenta de que en el sinsentido, el menos peor es el de que la humanidad sobreviva, porque en medio de tanta porquería que somos (descendientes de los animales, pero mucho peores que ellos porque actuamos despiadadamente a consciencia y no por instinto, no por obedecer a la naturaleza como ellos), hay vidas preciosas, bellísimas, generosas, que nos salvan a todos. Porque –ya lo dije– “Belleza es verdad. Verdad es belleza. Nada más es necesario”.&lt;br /&gt;Pero me parece que si consideramos que haya un sentido mínimo para esta existencia ése es que siga. Que siga la vida. Porque si hay vida puede haberlo todo, hasta la belleza. Si la vida se acaba ¿qué hay? Nada. O el reinicio. A que la naturaleza vuelva a ordenar los átomos para ver si logra crear otra vez la consciencia. Seguramente sí podrá, pero eso no podemos saberlo.&lt;br /&gt;Y, quién lo diría, en esos inicios, todos estaríamos ahí, en esos átomos desorganizados que a vuelta de millones de años (4 mil 500 millones de años, en el caso de nosotros) se organizarían creando y matando a seres hasta llegar a los humanos quienes crearán civilizaciones y ciudades, muriendo y naciendo por generaciones de humanos, malvados y geniales, estúpidos, criminales y santos, pero más que nada, personas comunes y corrientes que estarán aquí para perpetuar la especie y para morir por ella, cada ser humano es un ensayo de la humanidad para que la especie humana se adecue a la naturaleza, como lo hacen todos los seres vivos. Luego cada uno tiene que dejar la existencia pues su oportunidad ha concluido, pero tendrá que haber dejado algo al resto de los humanos, algo que él haya creado y su sacrificio, su muerte para dar otra oportunidad al género humano. (En ese sentido, cada ser humano es Cristo, que muere para salvar a todos los demás). Además, en otras palabras, puesto que todos descendemos remotamente de la misma materia original, todos somos uno y lo mismo. Esa masa primigenia de materia indiferenciada y con grandes cantidades de energía para que pueda realizar tantos cambios, tantos experimentos, tanta evolución durante tanto tiempo, hasta que dé algo como nosotros, nos contiene a todos. Ahí estamos y de ahí salimos. De ahí vamos a salir (y ahí vamos a regresar, al menos en átomos). Todos somos uno y lo mismo: la naturaleza (¿Dios?). Pero se nos figura que somos otra cosa, diferente y única, separada. Se nos figura que no somos animales. Pobres de nosotros, cómo no vamos a sufrir si así pensamos. Y eso pasa porque pensamos. O porque eso creemos.&lt;br /&gt;O quizá haya un Dios que dirija la gran orquesta, que haya impreso instrucciones en esos átomos para que evolucionen como él quiere. Pero eso no podemos saberlo. Quizá cuando muramos. Pero no podremos descubrir el secreto a los que se quedaron aquí, viviendo.&lt;br /&gt;A pesar de todo lo que me ha enseñado este breve tiempo, tengo miedo de morir. Pero he aprendido que –puesto que morir es el acto más vulgar, tanto o más que comer, defecar, enamorarse y hacer sexo– la muerte es un trance simple y sin tanta importancia. La muerte es tan vulgar que sería absurdo tener miedo de ello. La muerte es también nuestra misión en esta vida tanto como procesar materiales a través de nuestro cuerpo o dejar hijos en el mundo. Aunque con la muerte volviéramos a la inconsciencia absoluta, aunque fuera la marginación total, el apartarse del mundo, el quedar fuera y no ser. Pero eso no es posible. Es ineludible morir, como vivir. Pero, por otra parte, el no ser no es posible, porque todo es y lo que no es ¿cómo hablar siquiera de eso si al mencionarlo ya es?&lt;br /&gt;Hacer lo mejor de nosotros mismos es ayudarle a la naturaleza (¿a Dios?). Y si nos construimos como alguien extraordinario, pero además actuamos para bien de la humanidad, estaremos colaborando con la naturaleza (quizá con Dios, en caso de que exista), porque la naturaleza creó a la humanidad y no la ha destruido, al contrario, la consiente, a pesar de tanta estupidez. Y la salvación personal es imposible viviendo atrapado en un cuerpo de animal. Sin embargo, cuando la divinidad nos invade, abandonamos el cuerpo, abandonamos el mundo y nos convertimos en otra cosa. Y este mundo deja de ser nuestro, descubrimos que nuestro mundo es otro. Basta un poco de mariguana a veces o más bien de peyote y veremos el verdadero mundo, el verdadero no tiempo, no espacio, la eternidad y el infinito.&lt;br /&gt;En algún momento llegué a sentir que todo esto que he escrito lo plasmé en el papel antes de vivirlo. O quizá, además de condenado a muerte, también me estoy volviendo loco. ¿Pero quién es el que no está condenado a muerte? ¿Dónde hay un cabrón que no esté loco? Así como vi las muertes de los niños en Cajones, así he visto todo lo aquí narrado o quizá lo viví también. Me voy de Guanajuato y ni siquiera quiero saber a dónde porque quiero vivir algo que yo mismo desconozca, en el poco tiempo que me falta por vivir. Tengo un secreto valioso, la piedra, aquel método para encontrar la verdad, de comprimir la materia hecha de ideas hasta encontrar que es imposible sacarle más porque se ha vuelto materia preciosa, purísima, una verdad o bien la belleza o bien un teorema.  Y reconfirmo, si dispusiera de un tiempo eterno en este mundo, descubriría toda la verdad, la que no existe, todas las verdades que funcionan en los diferentes niveles. Sería Dios. Porque poseo la piedra preciosa.&lt;br /&gt;Examino a futuro y siento que no voy a morir, o que ya morí ¿no es cierto que salí de un féretro? Eso es renacer. Y si ya morí y aquí sigo, significa que volveré a vivir. Voy a gastarme la nueva vida que me gané en ese renacimiento.&lt;br /&gt;Todo lo que vivimos lo hemos hecho nosotros mismos. Cuánta porquería debe habitarnos para hacer esto que hacemos, este mundo. Pero los peores momentos que nos hemos hecho debemos sortearlos con armonía y buen humor porque esos sucesos son el espejo de lo que somos. No podemos estar enojados con el mundo, porque el mundo somos nosotros.&lt;br /&gt;Me doy cuenta que vivir realmente sólo se logra en dos momentos: en las alturas de la inteligencia, de la creación, del desprendimiento de ti mismo, de la pérdida de tu cuerpo y tu personalidad en función del espíritu, cuando estamos afuera, muy arriba de este mundo, o en las bajuras de la animalidad, en los goces animales del más bajo, del más simple mundo, las bajuras del supremo placer que hay en el universo, el placer del cuerpo: el sexo, la suprema belleza –que conozcamos en este cosmos–, es la belleza de la mujer y gozarla es un acto tan animal como divino, tan fisiológico como espiritual, tan sucio como sublime. Donde lo más bajo se muerde la cola y se vuelve lo más alto y a la visconversa, como dice doña Senorina. Y que me maten si no. Porque lo demás, lo que no son grandes alturas o minúsculas bajuras no es vida, es vegetación. Hasta abajo, como animal o hasta arriba, como semidiós. Porque la vida para nosotros debe ser consciencia, si no, es despreciable.&lt;br /&gt;La gran consciencia, aun en el mundo finito, es la que puede considerar más del propio mundo. La mejor consciencia humana es la que en un instante pudiera percibir el universo. De alguna manera la madre Emeteria lo intuye, o a la mejor lo ha percibido, pero como no hay palabras para comunicarlo, lo más que es posible hacer es mostrar la cara de los muertos, los que ven al universo en su totalidad, pero ya han dejado este mundo, ya no están atrapados en el cuerpo. Por eso tienen una expresión maravillada. Es el último mensaje. Las drogas maravillosas nos ponen en el mismo trance. Nos sacan del tiempo y para hacernos ver la realidad que es la simultaneidad total, la eternidad. Cuando es posible ver todo lo que sucede, lo que sucederá y lo que ha sucedido a la vez.&lt;br /&gt;¿O será tan sólo que madre Emeteria más bien alucina porque ya está tan vieja? ¿Y yo trato de encontrar algo que me consuele porque ya me voy a morir y el único escape posible es la alucinación y la locura para no enfrentar el espantoso momento de la desaparición? También eso puede ser.&lt;br /&gt;Al final, termino de escribir y siento la angustia de la muerte. Es muy posible que todo esto sólo sea una torpe construcción para vencer esa angustia. Mi cuerpo se va a ir a la mierda. Mi consciencia, bueno, esa no. Pero ¿a dónde se va a ir?&lt;br /&gt;Aunque mi cuerpo se vaya a la mierda, ésta se reciclará. Quién sabe cual será el destino de mis átomos, ¿son míos?, además, ¿cuáles?, los que me pertenecieron, ¿me pertenecieron?, ¿a qué edad?, porque han ido cambiando con los años. Esos átomos han pertenecido –o más bien han formado– a muchos otros seres y ¿quién puede dudarlo?, estaban en este planeta al principio de su existencia. Es decir, la vida es una sucesión de muertes. Esto es, no soy nadie, soy muchos. Esto es, he existido siempre.&lt;br /&gt;Y escribo esto porque me da la sensación de que algo quedará cuando me muera. “No moriré del todo amiga mía”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-2393425789146096788?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/2393425789146096788/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/05/capitulo-xxii-y-final.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/2393425789146096788'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/2393425789146096788'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/05/capitulo-xxii-y-final.html' title='Capítulo XXII y Final.'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-4501270642007848501</id><published>2009-05-24T16:56:00.001-07:00</published><updated>2009-05-24T17:00:36.563-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Accidentes afortunadísimos. Amor y estado de sitio'/><title type='text'>Capítulo XXI. Pecados capitales, aleluya</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;XXI. Pecados capitales, aleluya&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Véngase a cenar algo, Tranquilino –me dijo Senorina mientras hurgaba en su cocina.&lt;br /&gt;–Estoy muerto de cansancio, Senorita, pero por poco también estaría muerto si no me defienden de este loco.&lt;br /&gt;–Repósese tantito mientras le cocino un par de huevitos con frijoles. –Me senté en una silla de madera con asiento de fibra vegetal de las que suelen fabricar por aquí. Cerré los ojos y sentí mi cuerpo relajarse…, como si dejara de ser mío, sentí reconcentrarme en una profundidad abismal. Un vacío escalofriante me llenaba. La sensación era tan intensa que hasta sentí un poco de miedo y abrí los ojos. Observé mis manos y casi sentí que no me pertenecían. Vi a Senorina y era como si me encontrase en una dimensión aparte. Ella hablaba y, sin prestar atención, contesté que sí. Ella tenía un huevo en la mano. Escuché como estrellaba el cascarón contra el borde de una cazuela de barro. Cerré los ojos y vi quebrarse el huevo. Noté que había sido rojo…, cuando Senorina lo agarró subió la intensidad del color y en cuanto rompió el cascarón empezó a diluirse el rojo hasta convertirse en un gris cada vez más yerto. Escuché la música de huevos fritos, crepitante, invadiendo el espacio hasta llegar al mundo en que me encontraba. Ella repitió el acto: tomar otro huevo, estrellarlo y echarlo al aceite hirviente. Era rojo, tornó a naranja, bajó a amarillo, luego verde y al final gris entre el ruido en que se transfiguraban los inocentes huevitos en objetos inertes. Creí entender que la pérdida del rojo era la pérdida de la vida, la muerte de los huevos. “Eso es la muerte”, me dije. Senorina se movía por la vivienda para traer el plato, calentar las tortilla, los frijoles, por fin se acercó a la mesa y me sirvió. Me miró extrañada.&lt;br /&gt;–Oiga, don Tranquilino, usté no se siente bien… –Le dirigí la mirada y aprecié que estaba a punto de caer en el espanto. Cerré los ojos fuertemente y me llevé los dedos a los párpados.&lt;br /&gt;–Nada más estoy cansado, Senorina, tengo sueño. –Se tranquilizó pero no dejó de prestarme atención. Comí huevos asesinados, también con frijoles y tortillas que no menos habían sufrido idéntica suerte. Tomé consciencia de la maquinaria que se puso en marcha, los dientes triturando, el tubo esofágico deglutiendo, el estómago con los jugos preparados para deshacer, simplificar aquella materia que volvería a ser viva en mí. Formaría parte de mí. Maíz, frijol y huevo dejaban de ser eso y en pocas horas serían Tranquilino. Esos seres sacrificaban su vida para sustentar la mía. ¿Para qué? ¿Habrá un sentido para que todo esto ocurra? Digamos que sí, en principio ellos mueren para que yo viva. ¿Cuando yo muera pasaré a formar parte de otro ser para darle vida? Sí, pasaré a formar parte de La Tierra, que me descompondrá hasta volverme lo que es  ella. ¿Y nada más? ¿Habrá algo más? ¿Y el alma? ¿Hay alma? Si la hay ¿a dónde irá? Senorina me miraba atentamente, como esperando que de pronto me diera un ataque epiléptico&lt;br /&gt;–No se quedaría usté enfermo de susto, Tranquilino, lo iban a matar.&lt;br /&gt;–Estoy bien, Senorina, no te preocupes, estoy bien…, nada más es cansancio…&lt;br /&gt;–Ándele pues, don Tranquilino, váyase a dormir. Que descanse. –Deseó para mí la anfitriona Senorina. Casi me sentía como de la familia. Ya sin ser conducido me dirigí a la que fuera mi alcoba gloriosamente compartida con Adela. Entré y me dejé caer en la cama. Me sentía exhausto. Cerré los ojos y me imaginé que en estos momentos, de no haber cambiado el destino por la intervención de la madre Emeteria, Adela y Senorina, ya estaría tendido, muerto. ¿Quién podía asegurarme que no hubiera sido mejor? Me sentía, sin embargo, muy satisfecho de estar vivo. Sentía que por haber librado la muerte era como si mi vida se alargara. A pesar de todo no quería comprobar las maravillas que refería la madre Emeteria sobre la muerte. De pronto oí que abrieron la puerta. “Bendita seas, Adela Adelita, si te fueras con otro te seguiría por tierra y por mar”. De pronto dejé de oír sus pasos. “Es la vida que viene a mí”, bendita sea, que me quiere enseñar quién es antes de llevarme, como dice la madre Emeteria que la muerte es la otra cara de la vida. En ese momento dejó de importarme el huevo y quien lo puso o si pasaría a formar parte de mí como quizá yo pasaría a formar parte de otro ser. Pensé sólo en ella, en su belleza, estará a media pieza esperando órdenes. Me acomodé como quien fuera a leer en la cama y la miré. Me esperaba una sorpresa, que ya se hubiera desnudado o que se hubiera puesto ropa interior excitante o… pero la sorpresa fue superior. ¡No era Adela! Y, en efecto, estaba a medio cuarto mirándome sin mirarme, con la cabeza inclinada, envuelta en un gabán. Era una muchachita que, aunque no sabía su nombre, la había visto antes, como a todos los habitantes del pueblo, según calculé, acaso llegaba a los dieciséis.&lt;br /&gt;–Ven…, acércate –le dije. Se acercó y me senté a la orilla de la cama–. ¿Quién te mandó?&lt;br /&gt;–Yo vine sola. –Senorina me hace otro regalo, pensé. Pero ésta es una criatura.&lt;br /&gt;–¿Pero, cuántos años tienes?&lt;br /&gt;–Diecinueve. –Me puse de pie. La muchachita me llegaba a la barbilla. Separé sus manos que sostenían el gabán, lo soltó. Venía en camisón de dormir. Lo que me pareció un poco excesivo. Desabroché los botones sobre uno de los hombros del camisón y lo dejé caer. Los pezones arduos y oscuros, los pechos abrumadores y un calzoncito moderno me convencieron de que representaba muchos menos años vestida que desnuda y que sí tenía edad núbil. Hermosísima mujer. Prolijas fueron mis caricias por los seis rumbos de su cuerpo. La muchachita sólo temblaba.&lt;br /&gt;–¿Cómo te llamas?&lt;br /&gt;–Angustias. –Detuve los besos. La miré al rostro.&lt;br /&gt;–Eres una hermosa chiquita…&lt;br /&gt;–Ajá… –le saqué el calzocillo y no cooperó, tampoco opuso resistencia. Probé su coño amargo después de besar su vientre y sus ingles y el desconcierto la hizo retroceder. Pero la agarré por las nalgas y la apreté con suavidad contra mi boca. Sus manos quedaron como extensiones ociosas flotando a sus costados. Le separé las piernas y elevé mi vista para ver su expresión. Su rostro, en contrapicada desde mi postura, detrás de las dos montañas agresivas, había claudicado, se dirigía al cielo y apretaba los ojos. Jadeaba. Gozaba, al menos eso me pareció. La deposité en la cama y trepé en ella. Le metí la verga y se estremeció. Elevé una plegaria de agradecimiento al universo por haber creado semejante prodigio: esa muchacha. Y, más aun, por el prodigio mayor, el de haberla llevado hasta mi cama. También di gracias por todas las mujeres del mundo y de los tiempos. Por supuesto a Senorina que otra vez se preocupaba por que yo estuviera contento. No me importaba morir ni la suerte que correría después, ni siquiera si mi alma pasaría a formar parte de “algo más”. Y cogí, una vez más, de manera inolvidable. Cuando empecé a sentirme en peligro desmonté. Le dije:&lt;br /&gt;–¿Te molesta si fumo?&lt;br /&gt;–No. ¿Ya me puedo ir?&lt;br /&gt;–¿? ¿Ya te quieres ir? Bueno. Como quieras. Pero antes dime ¿tú qué haces, a qué te dedicas, Angustias?&lt;br /&gt;–Estudio la prepa abierta. Y le ayudo a mi mamá.&lt;br /&gt;–¿Quién es tu mamá?&lt;br /&gt;–Senorina. –Casi salto de la cama. Por instinto me alejé de ella, en un movimiento inconsciente.&lt;br /&gt;–¿Y por qué viniste aquí?&lt;br /&gt;–Vine al baño. –Me puse de pie y me cubrí con la colcha. Empecé a vestirme.&lt;br /&gt;–¿O sea que… tú nada más viniste al baño? ¿Por qué aquí?&lt;br /&gt;–Porque donde duermo el baño no sirve.&lt;br /&gt;–¿Y por qué dejaste… que… te hiciera todo lo que te hice…?&lt;br /&gt;–Pues usté me dijo “ven acércate” ¿no?&lt;br /&gt;–Sí, pero eso qué…&lt;br /&gt;–Pues yo nomás le obedecí.&lt;br /&gt;–¿Pero por qué me obedeciste, Dios santo? Qué va a decir de mí tu mamá. ¿Por qué no me dijiste “déjeme, señor, yo soy la hija de doña Senorina”?&lt;br /&gt;–Pues es que usté es el jefe del pueblo ¿no?, hasta mi mamá le obedece.&lt;br /&gt;–Yo no soy jefe de nada. Ni nadie tiene por qué obedecerme. Mucho menos en… en algo como esto que pasó… Yo no sabía…&lt;br /&gt;–¿Y con Adela? ¿Tampoco sabía? ¿O nada más con ella le gusta…?&lt;br /&gt;–No… yo… es que con Adela… tu mamá…&lt;br /&gt;–¿¡Con mi mamá también!?&lt;br /&gt;–No, no, no… ¿Tú viniste por tu voluntad?&lt;br /&gt;–Sí, pero yo nada más vine al baño… y usté me dijo “ven acá”…&lt;br /&gt;–Angustias, ¿y ahora qué le vamos a decir a tu mamá?, ¿que viniste al baño a hacer pipí y regresaste cogida?&lt;br /&gt;–Pues usté, señor, si quiere decirle…&lt;br /&gt;–Dios santo. Dios santo… Vete corriendo… vete por favor… perdóname… perdóname…&lt;br /&gt;–Adiós, señor Tranquilino… –se puso su calzoncito color de rosa muy a la moda, que dejaba fuera de su cubierta gran parte de las preciosas nalgas de la hermosa señorita. Se metió el camisón basto y se echó encima el gabán en que había llegado envuelta. Y salió. “¿Qué está pasando aquí?”, me pregunté. Menos de medio minuto después tocó a la puerta. En cuanto abrí un poco se metió.&lt;br /&gt;–¿Qué pasó, Angustias?&lt;br /&gt;–Me querían agarrar los soldados.&lt;br /&gt;–¿Cuáles soldados?&lt;br /&gt;–Salí de aquí, caminé un cachito, ni a la siguiente puerta cuando pasó una camioneta de soldados. Me vieron y me llamaron. Si me dejo agarrar me trepan a la camioneta y entonces sí…&lt;br /&gt;–Entonces sí ¿qué?&lt;br /&gt;–Entonces sí llegaría más que bien cogida con mi mamá, imagínate si me agarran… son capaces que me cogen veinte o treinta soldados, ni lo quiera Dios, me matan –fui a la puerta. Abrí la cortina. La camioneta de soldados estaba a la puerta del cuarto. Los soldados miraban y algunos se dirigían a la habitación. Me hice a un lado. Tocaron. No abrimos ni respondimos. Estuvieron un rato y luego subieron a la camioneta y se fueron.&lt;br /&gt;–¿Qué está pasando, Angustias?&lt;br /&gt;–No sé por qué hay soldados en el pueblo. Ha de ser por lo que hicieron en Guanajuato en la mañana.&lt;br /&gt;–¿Serán capaces de habernos puesto en estado de sitio?&lt;br /&gt;–Pos Cajones está lejos de todo. Aquí pueden venir y hacer lo que quieran porque nadie se entera en el mundo. –Me asomé sacando la cabeza de la puerta y era cierto, no tardé en ver otro vehículo militar. Luego un grupo de soldados caminaba entre las casas–. Señor Tranquilino, así yo no me puedo ir a mi casa. A menos que usté me acompañara. Pero si usté sale lo van a agarrar y se lo van a llevar desaparecido… Porque toda la movilización que hay en Cajones es cosa suya… –Recordé haber leído alguna vez algún cuento en el que los encuentros amorosos o simplemente sexuales ocurrían gracias a que la gente ya no podía regresar a su casa por el estado de sitio que vivieron en Uruguay, Chile y Argentina.&lt;br /&gt;–¿Qué vamos a hacer, Angustias?&lt;br /&gt;–Pos quedarnos aquí… Si en la tarde vinieron hombres, ni siquiera eran soldados, y se llevaron a tres muchachos.&lt;br /&gt;–Tenemos que hacer algo –me puse a dar vueltas por el cuarto, pensando; teníamos que comunicarnos con alguien, denunciar–, qué tal si salimos y nos ponemos a gritar que todos salgan.&lt;br /&gt;–Uy, no, agarran a los que quieran agarrar. Si abrimos las casas capaz que se meten. Lo que han de querer es que no salga nadie, que no se escapen de noche para agarrarlos mañana legalmente, con policía.&lt;br /&gt;–Tienes razón –y nos pusimos a conversar. Hablamos de Senorina, de la madre Emeteria, del marido de Senorina y padre de Angustias que vivía en California y ya había hecho otra familia, de los niños muertos en la volcadura, del puente, de la agresión en la mañana. Hasta que eran las cinco de la mañana.&lt;br /&gt;–Ay, señor Tranquilino, yo me voy a acostar en la cama. ¿Y usté?&lt;br /&gt;–Yo me duermo en el suelo, Angustias, no te preocupes.&lt;br /&gt;–Digo es que ya no tengo de qué preocuparme. Lo que a la mejor no debía de pasar ya pasó…, si quiere acuéstese aquí, conmigo… al fin que ya qué –volvimos a acostarnos juntos. Afuera seguían oyéndose los vehículos militares y los pasos de los soldados que interrumpían el magnífico silencio rural de Cajones. Seguimos hablando. A pesar de la fatiga no podíamos dormir.&lt;br /&gt;–Señor Tranquilino…&lt;br /&gt;–Dime, Angustias…&lt;br /&gt;–¿Ya no quiere nada? Es que yo ya tengo mucho sueño.&lt;br /&gt;–Angustias, me siento culpable por lo que pasó. Siento que estoy abusando de ti y de tu mamá.&lt;br /&gt;–¿Y si ahora la que quiere hacer algo soy yo se le quita la culpa? Pues sí porque ya no será usté el que me diga ven acá y yo la que obedezca.&lt;br /&gt;–¿Ahora seré yo el que obedezca?&lt;br /&gt;–Sí, porque si ahora usté me obedece yo ya no podría acusarlo con mi mamá, ya no podría decirle “El señor Tranquilino me dijo ven acá, me desnudó y me… me hizo lo que quiso…” –Chiquita de mi vida. Mujer al fin. Me ordenó que le besara las manos. Luego los pies. Me puso a que masajeara sus hombros, que acariciara su nuca, que masajeara su espalda primero vestida y después, por fin, desnuda.&lt;br /&gt;–Ahora hágame con la boca…&lt;br /&gt;–¿Qué?&lt;br /&gt;–Lo mismo me hizo hace rato. –La muchacha ya estaba más caliente quizá que yo mismo. Degusté su flor íntima de nueva cuenta. Hasta que exigió–: don Tranquilino, quiero que me la meta.&lt;br /&gt;Y cogimos hasta que amaneció. Aunque era apenas un poco menor que Adela, parecía de otra generación. Practicamos todas las posturas e hicimos todo lo que se hace. Bendita seas, niña preciosa, dije para mis adentros y una vez más, di gracias al universo por la existencia de las mujeres.&lt;br /&gt;–Tranquilino, ya me voy. Fíjate bien en lo que voy a decirte… si esto llega a saberse me vas a desgraciar… yo tengo mi novio y ya nos vamos a casar, de hecho yo ya soy su mujer… entonces te pido por el amor de Dios que nadie lo sepa… ¿estamos?&lt;br /&gt;–Chiquita, no es necesario que me lo digas. Pero si ahorita que te vayas a tu casa alguien se da cuenta… ¿qué?&lt;br /&gt;–Nadie se va a dar cuenta… me voy a brincar por el corral de los puercos y entro por la puerta de atrás de mi casa. Ni siquiera los soldados me van a ver… Ya me voy… Gracias por… por haberme dicho “ven acá”…&lt;br /&gt;–Muchacha preciosa… gracias a ti por haberme ordenado todo lo que me ordenaste. Cuídate mucho y que Dios te bendiga… –me acosté como incendiándome del sentimiento de pasmo por lo que me pasaba. ¿Qué estoy haciendo yo aquí en una comunidad olvidada del mundo y que no llega a doscientos habitantes? ¿Por qué tengo tan buena suerte como para que las mujeres más bellas de Cajones, o de Guanajuato, o de México, o del mundo, vengan a mi cama a darme placeres divinos? ¿O serán las tentaciones del Diablo para condenarme? ¿Ya estoy más que condenado? ¿Merezco que Camila me mate? ¿Por qué me declaro incapacitado para decirle que no a una muchacha? ¿Por qué ni siquiera considero que sería capaz de decirle que no? ¿Estoy enfermo? ¿O será porque sé que me voy a morir y jamás podré volver a estar con una muchacha? ¿Y ahora qué va a pasar en la lucha contra el gobierno? ¿Iré a la cárcel de nuevo? ¿Por qué no? ¿Por qué me quería matar el cabrón del Palemón? ¿Soy un traidor? ¿Saldré vivo de ésta? ¿Por qué no me mató? ¿Si no me mató es porque no lo merecía? ¿O fue porque estas benditas mujeres cambiaron el destino al salvarme la vida? ¿Por qué me salvaron la vida? ¿Para qué? ¿Será cierto lo que dice la madre Emeteria? ¿Habrá algo llamado buena muerte? ¿Será tan maravilloso morir como dice la madre Emeteria? ¿Lo que me quiso decir la madre Emeteria es que la muerte es el último, el total orgasmo? ¿Cualquier clase de muerte será mejor que podrirse en vida de cáncer? ¿Conseguiré una buena muerte, una muerte digna y no una por cáncer? ¿Una muerte inmejorable?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No supe en qué momento me quedé dormido. Pero me despertó una gritería de mujeres. Eran las diez de la mañana y había dormido tres horas, pero, oh prodigio, había cogido al menos otras dos. Los soldados cometieron un error muy grave, se las dejaron llegar cuando habían dado fin al estado de sitio y luego no tuvieron, por fortuna, la desvergüenza de agredirlas ni ellas incurrieron en la ligereza de permitir contacto físico, sino que los apedrearon cuando ellos, de cualquier manera, ya se retiraban del pueblo.&lt;br /&gt;Las mujeres de Cajones, a gritos, insultando, arremetían contra los soldados y éstos, corriendo, se trepaban a sus camionetas que ya estaban en movimiento. Cuando la soldadesca desapareció regresaron indignadas, temblorosas, con un orgullo casi inexpreso por el enojo. Nos reunimos espontáneamente en medio de las casas y empezamos a discutir qué haríamos. Me informaron de una nueva desgracia.&lt;br /&gt;–Se murió Anselmo, uno de los dos golpeados en el pleito de ayer –me dijo Senorina con un aplomo que casi pareciera indiferencia; tal había sido la motivación para el ataque a los soldados–. ¿Qué vamos a hacer ahora don Tranquilino?&lt;br /&gt;–Hay que ir y matarles un policía –opinó alguien entre un grupo. Y se desató la lluvia de ideas:&lt;br /&gt;–No, un pinche policía no, hay que matar a uno de los cabrones que mandan, al presidente municipal. Los otros imbéciles nada más obedecen lo que les mandan los verdaderos ojetes, los de arriba.&lt;br /&gt;–Vamos a ponernos, ahora sí, en huelga de hambre.&lt;br /&gt;–Hay que quemar al palacio municipal.&lt;br /&gt;–Mejor ya no hagamos nada, cada vez nos está yendo peor&lt;br /&gt;–Yo digo que no podemos matar a nadie ni quemar el palacio. Si así, que no les hemos hecho nada ya nos mataron un compañero, si hacemos algo, nos matan a todos. Tampoco debemos quedarnos sin hacer nada. Les propongo que llevemos al muertito, cuando nos lo entreguen, a velar enfrente del palacio municipal –propuso Senorina con una lucidez que era producto del odio que habían despertado en ella los actos de la autoridad.&lt;br /&gt;–Pero lo más importante es que denunciemos la intimidación, el estado de sitio que nos aplicaron con el ejército. –Se discutió un rato y luego se acordó que sólo pasearíamos el cadáver por el centro de Guanajuato en una manifestación con sendos mítines en el palacio municipal y también en el estatal y regresaríamos al pueblo a darle cristiana sepultura. Casi de inmediato nos pusimos a redactar cartas a los principales periódicos nacionales, a los canales de televisión y de radio. Comisionamos a las muchachas para que hicieran de desayunar. De pronto, antes de cualquier acción por nuestra parte, nos encontramos con un desplegado del gobierno municipal, en los dos periódicos que circulan en el pueblo, que es la capital del estado, en los comunicados informaban del desgraciado accidente en el que perdiera la vida un manifestante al tratar de irrumpir en el palacio municipal, como ya lo hicieran una vez, para exponer sus exigencias al gobierno. Lamentablemente, decían, el manifestante confrontó con violencia a las fuerzas del orden que por accidente lo maltrataron y, el inconforme, siendo un hombre mayor (sexagenario) y además de no gozar de buena salud, perdió la vida.&lt;br /&gt;Las mujeres me contaron que en realidad Anselmo, uno de los pocos hombres de Cajones que participaran en la manifestación fue golpeado con gran saña, porque los granaderos, con periodistas presentes, no se atrevieron a golpear a las mujeres, aunque sí las lastimaron, fue a ellas a quienes maltrataron. Mientras que a los hombres que no huyeron ni se ocultaron (como sí lo hizo el propio Tranquilino, yo mismo) los sometieron a terribles golpizas a garrote. Agregaron que no sería raro que el otro también muriera. Además la primera agresión fue de los granaderos, en fin, las lindezas tradicionales desde el poder. Y, como siempre, el culpable de haber perdido la vida era el propio muerto. Las señoras estaban furiosas.&lt;br /&gt;–No, don Traquilino, son unos malditos. Nunca se me dio imaginar que fuera así de desgraciada esta gente. Pero ahora, ¿sabe qué?, aunque nos hagan el recabrón puente, van a tener a una enemiga para toda su puta vida. Es que no podemos vivir así, con unas bestias diciendo que nos gobiernan y abusando de la gente de todas las maneras que pueden. Mire, don Tranquilino, aunque no gane nada, me voy a dedicar lo que me quede de vida a chingar a esta clase de jijos de mala perra. Al fin que ya viví, al fin que ya nada pierdo, al fin que mis hijos que viven del otro lado me mandan dinero. Ningún gobierno va a desconocer, de aquí en adelante, quién es Senorina Garcidiego. –No tenía idea, doña Senorina, de cuánto compartía sus ideas–. Es que no, don Tranquilino, son unos hipócritas. Yo no sé si nada más la gente mala llega al poder o será que cuando llegan se vuelven esa porquería que son, como si el poder los pudriera.&lt;br /&gt;Empezamos a redactar. Juntamos un poco de dinero para reproducir los comunicados y enviamos cuatro comisiones a entregarlos o bien mandarlos por correo electrónico o fax. Los familiares de don Anselmo abordaron la troca de Senorina y se fueron a Irapuato (única ciudad cercana que cuenta con Servicio Médico Forense) a recoger el cadáver. En algún momento de la actividad en que nos encontrábamos me topé con Adela. Me detuvo y me dijo que no había podido ir anoche a mi recámara “a ver si no se me ofrecía algo” porque ya no pudo salir por los soldados que andaban en el caserío. Alabado sea el cielo, me dije, ¿y si se me juntan las dos? También me encontré, por supuesto, a Angustias. Sólo nos miramos intensamente y en un momento tocó mi mano y me apretó con todas las fuerzas que pudo. Por alguna razón que desconozco, esa forma de apretarme la mano casi me provoca una erección.&lt;br /&gt;Estaba entrada la tarde y continuamos, obsesivos, hablando de lo que haríamos de aquí en adelante.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-4501270642007848501?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/4501270642007848501/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/05/capitulo-xxi-pecados-capitales-aleluya.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/4501270642007848501'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/4501270642007848501'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/05/capitulo-xxi-pecados-capitales-aleluya.html' title='Capítulo XXI. Pecados capitales, aleluya'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-2957429429335745509</id><published>2009-05-17T15:18:00.000-07:00</published><updated>2009-05-17T15:21:03.525-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Los gobiernos son una porquería. Por poco matan a Tranquilino'/><title type='text'>Capítulo XX. ¿Por qué no morir en Cajones?</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;XX. ¿Por qué no morir en Cajones?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los pastitos se concentraron unas trescientas personas que venían de los pueblos, comunidades y colonias cercanas a la ciudad. Muchos ni siquiera sabían de qué se trataba porque habían sido invitados por otros, a los que sí les interesaba protestar. Me reuní con los líderes y me informaron que había unos cincuenta granaderos, listos para la pelea, es decir, con garrote y escudo, en la entrada de la ciudad. No nos dejarían entrar.&lt;br /&gt;–Por lo pronto hay que acercarnos como si nada, para que también se vean presionados&lt;br /&gt;–dijo un campesino. Así fue aceptado. Nos acercamos y la gente empezó a corear lo que se grita siempre en las marchas. Un jefe de los granaderos se desprendió de su grupo y se dirigió hacia nosotros. Doña Senorina y tres más se me acercaron y fuimos hacia los que venían. A mitad de camino de sus respectivas huestes con respecto de las contrincantes nos encontramos.&lt;br /&gt;–Tenemos la orden de que no pueden pasar, señores.&lt;br /&gt;–Señor, estamos ejerciendo un derecho constitucional.&lt;br /&gt;–Sí, señor, pero no pueden perjudicar a la ciudad. Los derechos tienen límites.&lt;br /&gt;–Nunca nos han hecho caso. Si no hacemos esto nomás no nos pelan.&lt;br /&gt;La discusión se volvió como un fin en sí mismo. El policía tenía que cumplir órdenes por encima, incluso, de la ley. Discutimos quizá veinte minutos y nuestro grupo se fue diluyendo. Cuando regresamos ya quedaban alrededor de doscientas personas. La gente había empezado a irse hacia el centro de la ciudad circulando como peatones fuera de manifestación.&lt;br /&gt;El policía, sin saber qué ocurría, pensó que nuestro grupo se dispersaba, es decir, se retiraba a sus comunidades, se acercó y nos exigió que desalojáramos la calle. Pues si no nos dejaban llegar a palacio municipal haríamos nuestro mitin ahí, en la glorieta de las ranitas. Nos advirtió que nos daba media hora para dispersarnos y no aceptamos. El contingente se iba haciendo cada vez más pequeño. Cuando se cumplió la media hora los granaderos empezaron a avanzar lentamente y el grupo manifestante desapareció antes que los guardianes del orden llegaran hasta ellos. Incluso nosotros, los dirigentes, nos fuimos caminando por el Jardín del Cantador, la calle de Pardo, la avenida Juárez hasta la Plaza de la Paz y cuando llegamos al palacio municipal ya habían instalado la casa de campaña en donde se refugiarían los huelguistas de hambre.&lt;br /&gt;Llegaron policías que resguardan el palacio municipal y trataron de quitar la casita de campaña. Hubo algún jaloneo, unos cuantos gritos, pero la gente ya era mucha más que los cuatro policías que llegaran. Se retiraron diciendo que ya no tardaban los granaderos. Estábamos casi cien manifestantes. Si querían escándalo lo habría.&lt;br /&gt;–Señor Vallehermoso, permítame unas cuantas palabras. –Llegó un hombre de elegante vestimenta. Delgado, sexagenario, de convictas actitudes. Un funcionario, sin duda. Se hacía acompañar por dos discretos, pero no menos temibles, guaruras. Por eso no me extrañó tanto que conociera mi nombre. Su impecable aspecto infundía confianza y su gran seguridad personal, más sus dos gorilas de compañía, causaban, a la vez, resquemor.&lt;br /&gt;–A sus órdenes, señor. ¿Con quién tengo el gusto?&lt;br /&gt;–Mi nombre es Pentecostés Morales, soy asesor en Secretaría de Gobierno estatal. Hemos seguido su movimiento social con mucho interés, como usted ha de suponer y estoy aquí a título exclusivamente personal, señor Vallehermoso. Me interesa establecer un acuerdo con usted para que a través de alguna instancia de gobierno estatal canalicemos las inquietudes o demandas del grupo, o los grupos que usted encabeza, hasta el gobierno municipal y, créamelo, los trámites fluyan con toda armonía y sin necesidad de reclamos ni confrontaciones.&lt;br /&gt;–Me parece bien, señor Morales, pero cualquier diálogo tiene que incluir a las personas que nos acompañan en esta manifestación porque yo no tengo la representación de ellos y en todo caso prefiero que conozcan los detalles de lo que se acuerde.&lt;br /&gt;–Estoy totalmente de acuerdo con usted, señor Vallehermoso, como le digo, esto es un asunto netamente de iniciativa personal; mire usted, esto es un sondeo para establecer contactos, lo invito a que sostengamos una charla informal en la que usted me exponga extraoficialmente la situación y en cuanto me sea posible, en esta semana, yo me encargo de que tengamos una reunión el secretario de Desarrollo Social, el alcalde con los líderes del movimiento. Le doy mi palabra. Mire, mientras sus compañeros se preparan vamos ahí, a la esquina y platicamos con calma. –Nos fuimos caminando de manera descuidada, como sin rumbo, con gran lentitud, hablando, sorprendentemente, de asuntos ajenos a la crisis, a la manifestación amenazada, a las demandas, al puente de Cajones. Fíjese, señor Vallehermoso, que estamos desarrollando un proyecto muy interesante para darle fluidez en el tráfico automotor a la ciudad. Es un proyecto muy ambicioso y que, cuando se lleve a cabo, detonará el comercio y los servicios turísticos…&lt;br /&gt;En el restaurante enfrente del Teatro Juárez pidió el más luengo desayuno y se puso a hablar como un robot, usando los lugares comunes y las palabras usuales de los funcionarios para describirme los múltiples, los ambiciosos, los interdisciplinarios proyectos que nos harían felices en muy poco tiempo a todos los guanajuatenses.&lt;br /&gt;Cuando le estaba contando la desgracia de Cajones, la volcadura del camión y la muerte de los niños, se escucharon los tambores y las trompetas de una procesión, estruendosas como pocas veces y en ruta inusual, pues yo no sabía que por aquel lado también entraran peregrinaciones. Los cohetones atronaban y me dio la impresión de que la ciudad entera se inundaba del ruido encerrado entre los cerros. En algún momento tuve la impresión de que algo grave ocurría, de que el desorden estaba imperando y hasta de que todo estaba preparado. Interrumpí mi narración y Pentecostés se puso a hablar como si quisiera aturdirme con planes de gobierno, proyectos estupendos, logros incontestables y “un gobierno amigo de todos”, el lema que usaran desde la precampaña. De pronto sentí que lo odiaba. Y entonces soltó la joya de su discurso:&lt;br /&gt;–Mire, Tranquilino, queremos pactar con usted –incluso hablaba casi a gritos porque con el ruido de la peregrinación no era posible oír a volumen normal–, como caballeros, ni siquiera como aliados, sino como gente decente que sabe respetar sus compromisos y sus acuerdos. En sus manos vamos a poner doscientos mil pesos mensuales para que apoye a la comunidad que usted representa, no digo su comunidad por razones que ambos conocemos. O bien para que apoye a quien usted mejor decida o bien para que vaya forjando un equipo político. Si usted conserva la fuerza política que ha acumulado con estas movilizaciones, lo consideraremos para una candidatura, ya sea una diputación local o federal. Tampoco quedaría descartada la alcaldía. Si quiere puede construirles el puente o hacer lo que mejor le parezca, organizar lo que usted quiera. A cambio sólo le pedimos que no movilice a la gente contra el gobierno y que en los momentos definitorios nos apoye, sólo en los momentos coyunturales. Por lo pronto puede mantenerse independiente y empezará a recibir los recursos a través de la Secretaría de Desarrollo Social y Humano. No me dé la respuesta en este momento. No le estamos pidiendo que se corrompa, ni que traicione al movimiento que encabeza, al contrario, le estamos dando el poder y algunos recursos para que vaya resolviendo algunos problemas de la comunidad, que la represente ante el gobierno y que trabaje con nosotros. Creo que es un trato muy justo y todos salimos ganando. Basta con que se presente, con un aviso de un día antes de la cita, para que nos permita reestructurar agendas, en la sede estatal de la secretaría. Con eso entenderemos que aceptó el acuerdo con nuestras condiciones en lo general. Si tiene detalles que especificar, ahí los afinaremos. ¿De acuerdo, don Tranquilino?&lt;br /&gt;Sin esperar mi respuesta, sacó de la bolsa interior de su saco un documento que desdobló cuidadosamente y me lo puso enfrente. Leí el texto. Era un contrato de colaboración entre las autoridades estatales, la Secretaría de Desarrollo Social y Humano, y la Organización de Colonos de Guanajuato, un nombre que ellos inventaran y que era dirigido por Tranquilino Vallehermoso Lagunes. Al final se encontraba el espacio para que firmaran, además del mencionado, el funcionario Pentecostés Morales Gamio, subdirector de Recursos y Desarrollo de la susodicha secretaría. En el cuerpo del texto yo aceptaba recibir, en efecto, 200 mil pesos mensuales por concepto de “apoyos a proyectos productivos” de la comunidad de Cajones “y otras”.&lt;br /&gt;Luego me entregó un sobre amarillo tamaño oficio, sellado. Me pidió que lo abriera. Contenía 10 fajos de billetes de mil pesos perfectamente empaquetados por una banda de papel plástico. Cada fajo, calculé, debía contener veinte billetes de mil pesos.&lt;br /&gt;–Pero no puedo firmar si no consulto con mis compañeros. –Le dije a Pentecostés, pleno de inseguridad.&lt;br /&gt;–No importa, ya quedamos en vernos. Pero el dinero quédeselo, señor Vallehermoso. Yo confío absolutamente en usted.&lt;br /&gt;Terminó de pasar la peregrinación y se quedó callado desayunando con una satisfacción que le brillaba en los ojos y le provocaba, al comer, la velocidad de un hambriento y lo hacía olvidar su elegancia.&lt;br /&gt;–Pues mucho gusto, señor Morales. –Me levanté sin darle la mano y me retiré. En ese momento no sabía si fue una estupidez llevarme el dinero. Todavía no lo sé. Estaba terriblemente desconcertado ¿Y ahora qué…? ¿Este ofrecimiento significa que ganamos? ¿No será que me quieren corromper? ¿Para qué nos alcanzará con doscientos mil mensuales? ¿Cuántos meses habrá que ahorrar para construir el puente? ¿Qué más se podrá hacer con ese dinero? Lo ideal hubiera sido que nos hicieran el trabajo, la construcción y no nos dieran el dinero y menos limitado, pero si nos ponemos listos con esos billetes podemos hacer maravillas en el año y medio que todavía va a durar este gobierno. Me fui hacia el palacio municipal a doscientos metros de donde estaba. Había mucha gente de la peregrinación y más allá, algo inusual, una verdadera aglomeración que ni siquiera permitía el paso. Cuando por fin logré avanzar, había un cordón policiaco que rodeaba al palacio municipal. La gente que venía en la manifestación había sido por tercera vez dispersada. No había nadie conocido.&lt;br /&gt;“¿Pues qué pasó? ¿Cómo fue que en tan poco tiempo se acabó todo? ¿Dónde está la gente? ¿Por qué no está la casa de campaña? ¿Qué diablos fue lo que pasó aquí? ¿Cuál fue el objetivo del llamado Pentecostés?”.&lt;br /&gt;Todo era confusión en el centro de la ciudad. “Tengo que ver a toda la gente para informarles lo que conseguimos. ¿Pero ese dinero será para todas las comunidades o sólo para Cajones? Si es para todas no va a alcanzar, no va a servir; aun para usarlo sólo en Cajones es poco. Pero si lo usamos bien, insisto, podemos hacer maravillas”. Era urgente ir a Cajones a avisar a la gente de lo conseguido y a enterarme de lo que ocurriera en mi ausencia. Pero, en lo personal, era más urgente ver a Camila. Me fui por el Jardín de la Unión hasta la Plaza del Baratillo para encaminarme hacia la universidad. Pasé frente a la iglesia de La Compañía y cuando llegaba a la escalinata monumental de la universidad me di cuenta que no me había persignado frente al templo. Un gesto espontáneo y sincero que me demostraba que había perdido la fe, cierta fe. Que no se enteren Sanjuanita ni Obdulita. Casi estaba seguro de no encontrar a Camila en su oficina, por lo que tendría que ir a buscarla hasta su propia casa, al principio de la subida de la calzada de Guadalupe. Las oficinas estaban vacías, llegué hasta la de mi novia y oí voces de mujeres. Toqué la puerta y salió mi madre.&lt;br /&gt;–¡Tranquilino!&lt;br /&gt;–¡Madre mía! –nos abrazamos con júbilo y nos besamos. Luego saludé a Camila. Eludió con discreción el beso en la boca, me puso su mejilla. Por supuesto que no tenía por qué estar feliz.&lt;br /&gt;–Qué bueno que llegaste. Íbamos a ir, aunque no me lo creas, a un pueblito que se llama Cajones, a buscarte. Tus tías nos dijeron que ahora casi allá vives. Tranquilino, Dios santo, ¿es cierto que ahora te metiste de líder campesino? –Mi madre me hablaba con un tono divertido, de complicidad y con un sentido del humor que sólo comprendíamos ella y yo pues mi secreto era suyo. En cambio Camila estaba dolida, decepcionada y, sentí, casi furiosa.&lt;br /&gt;–¿Dónde habrás andado, Tranquilino? ¿Qué habrás hecho? Dicen que tú estás detrás de la manifestación y el pleitazo que hubo hoy.&lt;br /&gt;–¿Hubo un pleito?&lt;br /&gt;–¿No estuviste ahí? Se dieron una golpiza horrible, campesinos contra granaderos. Hubo muchos heridos. Vinieron varias ambulancias. –Camila me hablaba casi con crueldad, como si aquellos hechos fueran mi culpa.&lt;br /&gt;–Santo Dios. No me digas que hubo golpes…&lt;br /&gt;–Se llevaron heridos de los dos lados, granaderos y campesinos. Se agarraron a garrotazos en la Plaza de la Paz. Primero los policías hicieron correr a los campesinos, pero luego, no sé de dónde salieron muchos inditos y agarraron a garrotazos a los policías, unos traían machetes, golpearon y persiguieron a los granaderos hasta que los metieron al palacio municipal. Tuvieron que echar balazos para que se fueran. Estuvo feo, Tranquilino. Mucha gente confiable, tus tías, pues, dicen que tú eres el líder de los campesinos. Tranquilino, dime una cosa, aquí, delante de tu madre, ¿tú me quieres volver loca?&lt;br /&gt;–Dios santo, qué pasó. No puede ser. El que se va a volver loco soy yo. Tengo que ir urgentemente a Cajones. Tengo que saber qué maldita sea la cosa que ocurrió.&lt;br /&gt;–Tranquilino, no sé en qué te hayas metido. Esto parece mucho más serio de lo que pensábamos. No dudaría que las fuerzas de la ley te estén buscando. ¿Nos puedes contar qué está pasando? ¿Cómo te metiste en este lío? –mi madre me hablaba con benevolencia, como mi aliada, Camila como la inquisidora. Me puse a fumar. Cerré los ojos. Me calmé. Decidí.&lt;br /&gt;–Vamos a comer juntos. Ahí les contaré todo. Luego me voy a Cajones. Me tendrán que perdonar. Voy a explicarles todo. No dudo que me ande buscando la policía. Si me detienen, les pido por lo que más quieran, dejen que los policías hagan su trabajo tranquilamente, ya nos pondremos en contacto, si es que llegara a ocurrir. Pero, miren, lo peor que puedo hacer en este momento es esconderme.&lt;br /&gt;–Tranquilino, dime ¿qué es esto?, ¿qué va a pasar con nosotros?, ¿qué estás haciendo con tu vida?, dime si ya no cuento para ti… Quiero saber algo cierto de ti. ¿Ya no hay nada entre nosotros? ¿Qué va a pasar?&lt;br /&gt;–Vamos, por lo pronto, a comer bien… Voy a contarles con lujo de detalles mi circunstancia. Luego tengo que irme a Cajones porque tomé una responsabilidad muy grande con esas personas y no quiero, por ningún motivo, defraudarlas.&lt;br /&gt;Salimos del edificio universitario. Tomamos un taxi. “Señor, llévenos a La Casa Colorada, el restaurante que está en la punta del cerro”.&lt;br /&gt;Comimos de manera deliciosa y opípara. Bebimos vino tinto. Les conté con detalles el caso de Cajones y mi involucramiento. Omití las noches de prodigio con Adela y la segunda aventura con Laura. Camila sospechaba o sabía que yo era infiel. Lo sabía inconscientemente que es la peor manera de saberlo, porque nada se puede probar, pero se siente. Y es una maldición que va trocando el amor en odio de la misma manera en que se llegó al conocimiento de la infidelidad de la pareja, inconscientemente. Un día despiertas y de pronto te das cuenta que odias a la persona con quien acabas de compartir la cama. Durante la comida me di cuenta que mi relación con Camila agonizaba. Y ella lo sabía pero no en su consciente. Y el asesino era yo. Y ella no lo sabía. Pero inconscientemente lo sabía todo. La situación con ella, entonces, era horrible y peligrosa. Bajamos del cerro bien comidos y un poco bebidos. Ahora sabían que estaba inmiscuido en un conflicto social. Camila estaba desconcertada y de pronto deprimida, de pronto furiosa. Acordamos llevar a Camila a su casa, aplazar así la resolución de nuestras relaciones y luego llevar a mi madre a mi casa o sea la de mis tías.&lt;br /&gt;–Tenemos que hablar, Tranquilino… –me dijo Camila con gesto ominoso al despedirse.&lt;br /&gt;–Sí, vamos a hablar. Mañana te busco. Comemos juntos ¿sale?&lt;br /&gt;Con más libertad hablé con mi madre. Me siento muy bien, es extraño, creo que pocas veces en mi vida me he sentido tan bien y he sido tan activo; no cabe duda, me voy a morir en un excelente estado de salud; lo de Cajones todo es cierto, con Camila, lástima, espero que no se pudra la relación; vino Laura hace tres días, nos pusimos una borrachera espeluznante, mamá, también cogimos. Válgame Dios, Tranquilino. Pero también hay una muchachita, una campesina de Cajones. Ay Tranquilino y qué vas a hacer con este problema. De alguna manera lo solucionaré, la gente me quiere, no saben por qué, yo si sé, es porque nada me importa, sólo alguien a quien nada le importe puede defender los intereses de las personas sin tomarles ventajas. ¿Pero qué vas a hacer con Camila? No le voy a decir que le he sido infiel, que ni siquiera la he considerado; tampoco le puedo decir que ya no tiene caso nuestra relación porque para qué casarse con alguien que en unos meses la dejará viuda. Pero debías decirle la verdad y que ella decida. ¿Que me voy a morir y por eso me acuesto con todas las que se me paran enfrente? Dile lo que tienes, enséñale el documento del laboratorio, procura no hacerle daño. Sí, creo que eso es lo más decente. Lo de tus aventuras… sexuales, mejor no le digas nada. Mamá ya me voy, ni siquiera sé lo que pasó en el palacio municipal, quédate aquí con las tías, trata de que se tranquilicen, habla con ellas y diles que estoy normalísimo, sólo que cambié mi visión del mundo, no sé, diles algo para que se calmen; te veo mañana. Ándale pues, mi hijo. Cuídate mucho.&lt;br /&gt;Salí a la calle.&lt;br /&gt;–¿Cuánto me cobras a Cajones, amigo? –pregunté a un taxista.&lt;br /&gt;–Son dos cincuenta hasta allá, señor.&lt;br /&gt;–Vámonos.&lt;br /&gt;Llegué a Cajones anocheciendo y el pueblo estaba más desolado que nunca. Me acerqué a la primera casa en mi camino pues no había una sola persona del pueblo que no me conociera. Toqué. Nadie contestó. Insistí. Se oyó:&lt;br /&gt;–No hay nadie. La señora no ha regresado. –Avancé hasta la siguiente casa. Ahí me dijeron “Ya estamos dormidas, venga mañana si le urge”. En la tercera la respuesta ni siquiera fue que no había nadie. Decidí no tocar en ninguna otra puerta. Creí estar seguro de que nadie me abriría. Por un momento tuve la misma sensación que la primera vez que viniera a este pueblo, el desierto, la nada, la incomprensión. Fui hasta el tendajón de la madre Emeteria. Una sola de las hojas de su puerta se mantenía abierta. La histórica matrona de Cajones estaba en la entrada, detrás de la puerta, atisbando como si se asomara a otro mundo, como esperando algo increíble, más de lo que ya había visto en sus rebasados cien años de consciencia en este mundo, con su carita increíblemente arrugada y la sonrisa que se le había hecho tan permanente como sus arrugas.&lt;br /&gt;–Pásele, jovencito, veo que ya lo dejaron solo. Le dije, esta gente no es buena para cosa de lucha.&lt;br /&gt;–Es que los golpearon, señora Emeteria. Y yo no estaba presente.&lt;br /&gt;–Pues verá usté, jovencito Tranquilino, ya se metió en un lío y ya nos metió a todo el pueblo. Vinieron hombres judiciales o pistoleros, sabe Dios qué serían y, sin orden oficial de gobierno ni de autoridá, se llevaron a cuanto muchacho se descuidó o sus madres no pudieron esconderlos. Tres muchachos, mis nietos o bisnietos, ya ni me acuerdo qué me vienen siendo, jovencitos ellos, de esos muchachillos que todavía son de escuela; se los llevaron. Por eso no hay gente en el pueblo o si la hay no quiere dar la cara. Y, es cierto, como usté dice, jovencito, allá en la suidá golpearon a hombres y mujeres pa’que se les quite, y a ver si se les quita, lo revoltosos. ¿No le digo?, los gobiernos son deveras malos, y si nos agarramos a hacernos una y una, óigamelo bien, jovencito Tranquilino, al rato nos vamos a andar matando pueblos contra gobiernos. Cuántas veces no se ha visto en estos y en otros campos que se hacen las matazones pa’que la gente entienda que con los gobiernos mejor ni se metan.&lt;br /&gt;–Pero los gobiernos tampoco deben abusar, madre Emeteria, porque los pueblos se aburren y si ya no aguantan a los gobiernos y no pueden quitarlos, se empiezan a descomponer. Como si se pudrieran. Cuando ya todo está podrido nadie puede gobernarlo.&lt;br /&gt;–Esto ya está más que podrido, niño Tranquilino. Yo vi como se fue pudriendo México desde hace muchos años. Se pudrió porque lo dejaron podrir y la porquería ya era tanta que la gusanera se comió lo podrido pero también mucho de lo que estaba sano. Y ya me tocó ver otra vez lo mismo. Es lo peor, la guerra es lo peor. Pero hay algo peor, que nos vayamos muriendo, matándonos poco a poco unos con otros, haciéndonos sufrir unos con otros años y años haciéndonos odiar, haciendo el infierno de esta vida. Mejor de una vez, que se muera lo que se tenga que morir.&lt;br /&gt;–Madre Emeteria ¿vale la pena luchar por lo que le hace falta a la gente, defender a los pobres, vale la pena?&lt;br /&gt;–Ay, señorito Tranquilino, yo no sé, pero se me figura que no vale la pena. Las cosas pasan aunque no nos metamos y luego, aunque no nos hayamos metido, nos pasan, la vida nos pasa por encima y nos lleva. Y si no hacemos nada, pos entonces no tiene caso vivir. Pos hay que entrarle a todo, señorito Tranquilino y con muchas ganas y buen modo, porque si no de todos modos la vida te va a jalar pa’donde se le antoje y, aunque no te hayas metido en líos, te va a hacer como sus calzones. Yo he pensado mucho en que sufrimos así porque tenemos cosas que pagar y luego ni siquiera lo sabemos, pero pagamos. Y nos creemos inocentes, pero no, yo creo que debemos cosas, por eso pasa lo que pasa y tenemos que entrarle. Pero si de por sí le entras y de buen modo, es como si le obedecieras; la vida es una mujer y muy deseada, si eres mezquino te va a tratar muy mal, ya ves como son las mujeres, yo ya no me cuento entre ellas, ya no soy mujer; pero, te digo, si te le entregas de buena manera, la convences y la conquistas, te va a premiar, ya sea en esta vida o si no cuando ya te haya llevado, porque la vida es la misma que la muerte nomás que con su otra cara. Cuando te voltea la cara es que ya no estás de este lado y ya te llevó y no te perdona, ya entonces no se puede hacer nada. Por eso hay que jugarle bonito a la vida y siempre te premiará. Cuando te mueres te hizo suyo. A todos nos va a hacer como mejor se le antoje, pero más vale que sea de buena manera, que te lleve en buen plan porque te haya visto entregártele con mucho gusto. Ah, porque eso sí, con los que no hacen nada con la vida, esa mujer les mete unas pelas que pa’qué te cuento, jovencito, los chinga y feo. Y si no, los deja que se pudran.&lt;br /&gt;–Madre Emeteria, usted me está leyendo.&lt;br /&gt;–A mí de repente se me figura que tú te andas buscando una buena muerte, no vale la pena que la busques, ella te tiene siempre en la mira y te llevará cuando te tenga que llevar, no antes y hasta más bien, si le haces un guiño que le guste, hasta te deja otro rato. Como a mí, señorito. A mí me ha consentido mucho la vida y creo que le he pagado. Estás muy joven, señorito Tranquilino, para andar pensando tanto en la muerte y andártela buscando. Los hombres están como locos, mira, se la pasan buscándose la muerte, quieren hacer tanta cosa y le meten enjundia hasta que se juegan la vida y muchas veces se ganan la muerte. A veces nada más a lo tonto. Será por su condición de machos que la buscan porque ella es mujer, la vida es la muerte y los hombres no entienden, sólo la buscan sin saberlo. Las mujeres, aunque no lo sepamos, lo sabemos sin saberlo, por eso somos más tranquilas, nos entendemos mejor con ella, con la vida, o sea con la muerte. En cambio los hombres son borrachos, son bravos, son inquietos, se buscan problemas con mujeres de otros y con las propias. Y tanto la buscan a la mujer, a la vida, a la muerte, que se la encuentran cuando menos lo esperan o cuando ni la buscaban. Tú no tienes por qué buscarte una muerte, no eres de ésos, tú eres un hombre de los sosegados. Pero no sé por qué le andas buscándole la otra cara a la vida, qué no te ha dado su buena cara.&lt;br /&gt;–¿Usted por qué sabe de la muerte, madre Emeteria?&lt;br /&gt;–Ay, m’hijito, he visto a tanta gente vivir, o sea morir. A mis hijos, a mis nietos, bisnietos y tataranietos que yo también, no te creas, espero una buena muerte. Ya no la busco porque ya anda conmigo muy cerca, cualquier día se anima a llevarme. Ya somos tan buenas amigas. Ya me habla al oído con vocecita muy dulce, con cantos de pajarito y cada mañana le pregunto “¿’ora sí me vas a llevar, hermanita?” y me responde que me ande sin cuidado, que ella me avisa y que esté lista para que la goce.&lt;br /&gt;–¿Para que la goce, madre Emeteria?&lt;br /&gt;–Ay, señorito Tranquilino, tú vas a decir esta viejita ya se volvió loquita de tan viejita que se puso. Sí, júzgueme loca por lo que le voy a decir, no hay cosa más divina en este mundo que morirse. Es regresarse a la cuna de la madre. Por eso nada más se muere una vez. Mire, jovencito, el hombre cuando agarra a una mujer y ella lo quiere…, pos le voy a contar, no sé por qué, o sí sé, pa’que no se ande buscando la muerte porque en una de ésas ya no le toca una buena muerte. Le digo, de esto ya hace muchos años, pero cuando el hombre la agarra a una y una quiere que el hombre la agarre, llega un momento de calor que una quisiera que el macho nos deshaga, es tan hermoso que el hombre haga de una todo lo que hace, el hombre metido en una, que una siente que la traspasa y que la lleva al cielo, pero el hombre no te lleva a ningún lado, nomás nos hace sentir y eso cuando es buen hombre; el hombre es como el alcohol, anima pero no ayuda, te hace sentir bien bonito, pero no te resuelve nada… pero cuando la muerte nos tome es como si te agarraran todos los hombres del mundo… No eso no. Es como si te agarrara el hombre más hermoso del mundo, un ángel y ése sí, te llevara al cielo, te lleva al cielo. O como si un alcohol te embriagara y ya no se te quitara para nunca la más dulce embriaguez y te quedaras a vivir en un bonito sueño.&lt;br /&gt;–O la mujer más hermosa del mundo…&lt;br /&gt;–Sí, pa’los hombres debe ser una mujer la que se los lleva. La mujer que buscaron toda su vida y que nunca encontraron, porque cuando la encontraron dejó de ser la que buscaban; la mujer más hermosa, lo que siempre quisieron hacer y ahí se lo hacen, ella se lo hace, la muerte, o sea la vida. Usté cree que yo estoy loca, jovencito Tranquilino…&lt;br /&gt;–Yo creo que usted es mi madre…&lt;br /&gt;–Mira, jovencito, ya llegó la gente. –Miré el reloj y era la una y media de la mañana. La troca de Senorina venía cargada de gente como de reses. Vieron luz en la tiendita de la madre Emeteria y ahí se bajaron.&lt;br /&gt;–¿Qué pasó con usté, señor Tranquilino, dónde se fue a meter cuando empezaron los golpes y los balazos? –Me dijo con gesto agresivo la conductora de la troca, Senorina.&lt;br /&gt;–Por eso vine. Yo no sabía… Tuve una charla con el subdirector de…, un funcionario de la secretaría de Gobierno… Me aseguró que…&lt;br /&gt;–Mientras usté hacía transa con un hijo de perra a nosotros nos agredían a balazos. Usté es un traidor, señor Tranquilino. –Me gritó Palemón, el dueño de una flotilla de camionetas de transporte público–. Y ahorita me va a conocer, cabrón. –Se fue enfurecido.&lt;br /&gt;–Venimos del hospital. Tenemos a seis compañeros heridos. Dos están graves de la golpiza, a puro garrotazo, que les dieron los granaderos. También hemos estado buscando a Damián, Ruperto y don Estrabón. Vinieron a agarrarlos aquí a Cajones y no sabemos nada de ellos, nos los niegan en donde hemos ido a buscarlos. Y aparte están cuatro mujeres detenidas, ésas sí legalmente, las agarraron allá en el palacio. Las tienen aquí en Puentecillas. También hay detenidos de otros pueblos ¿Y usté, cómo se escapó, don Tranquilino? –Me preguntó con la peor entraña doña Salud. Sentí que me tragaba la tierra.&lt;br /&gt;–Qué puta es mi suerte. Mientras a ustedes los golpeaban yo estaba en un restaurante con un funcionario de la Sedesol y asesor de Gobernación que se llama Pentecostés Morales. Me prometió una ayuda de doscientos mil pesos mensuales para que vayamos resolviendo problemas… –Y saqué de inmediato el sobre lacrado. No le hicieron caso al sobre.&lt;br /&gt;–¿Doscientos mil, don Tranquilino? ¿A quién y cómo, dónde y para qué van a dar ese dinero?&lt;br /&gt;–Miren, en cuanto a este dinero yo… –en ese momento regresó Palemón y se acercó al pequeño grupo de mujeres, unas diez o doce, que estaban conmigo. Casi dio la vuelta al grupo y cuando estaba lo suficientemente cerca de mí, por la espalda, oí el espantoso sonido del disparo, seco, ensordecedor, me empezaron a zumbar los oídos, pero no sentí nada más. Sonó otro disparo y vi que Palemón forcejeaba con dos mujeres como si fueran perros peleando, ellas rugían con desesperación: Senorina y Adela (era mi preciosa Adela). Otras gritaban. Palemón y las mujeres peleaban con furia por la posesión de la pistola. Varias más se agregaron al combate. No sabía que hacer. Una, Filemona, lo agarró del cabello, doña Isidra lo golpeaba con gran fuerza en la cara, con el puño, doña Salud le puso una rodilla en la garganta y lo abofeteaba. Finalmente lo desarmaron y continuaron tundiéndolo. Lo tenían agarrado de los cabellos, inclinado hasta el suelo y lo golpeaban sin misericordia entre cinco mujeres. Hasta el momento no sabía bien qué estaba ocurriendo.&lt;br /&gt;–¡¿Qué ibas a hacer, desgraciado, qué ibas a hacer maldito perro matrero!?&lt;br /&gt;–Pero ’orita te va a llevar la chingada, cabrón este.&lt;br /&gt;–Hijo de tu chingada madre, pero si eres un cabrón asesino, maldito…&lt;br /&gt;Luego lo corrieron.&lt;br /&gt;–Lárgate, cabrón, lárgate antes de que el que salga difunto seas tú…&lt;br /&gt;–Cabrón este, desgraciado, hijo de la chingada. Ah pero si se acerca otra vez yo sí le voy a dar un balazo en el culo al cabrón. Mira nomás qué barbaridad iba a hacer el maldito. –Decía Senorina indignadísima y con la arrebatada pistola en la mano.&lt;br /&gt;–Mire, señor Tranquilino, no es por atemorizarlo, pero este cabrón viejo ya debe varias muertes. Y si no es por la madre Emeteria que avisó cuando el cabrón venía y Adelita que lo agarró y luego Senorina que lo sometió, ’orita usté ya fuera difunto.&lt;br /&gt;–Pero ¿por qué me quería matar?&lt;br /&gt;–No nos quiera ver la cara de tontas, don Tranquilino…, mientras usté negociaba dinero en su beneficio a nosotros nos traían a chingadazos, nos metían a la cárcel y nos balaceaban. Capaz que hasta nos mataron a algún compañero. –Sentí que los pelos de la nuca y la espalda y los brazos se me erizaban. Por supuesto que lo habían preparado. La peregrinación con cohetones (que se confundieron con los balazos), peregrinaciones que nunca pasan por el Teatro Juárez, la confusión, el operativo a gran velocidad, las provocaciones y advertencias previas. Sólo a un estúpido como a mí podían tenderle una trampa tan obvia y cayera en ella. Y además hasta me habían dado dinero. ¿Qué decirles?&lt;br /&gt;–Me engañaron. Me pusieron una trampa y caí en ella de la manera más pendeja del mundo. Me ofrecieron dinero quesque para ayudar al pueblo, pero es bien poquito, no nos resuelve nada. Y mientras aprovecharon para atacarlos y dividirnos… –le entregué el sobre con el dinero a Senorina.&lt;br /&gt;“Hubieran dejado a Palemón que me matara. Nomás le hubieran dicho mátalo pero no por traidor, sino por estúpido… que viene siendo lo mismo o más bien peor. Porque si no me sé cuidar yo y caigo en trampa tan tonta ¿cómo espero cuidar a la gente que me sigue?&lt;br /&gt;“¿Por qué me defendieron?”&lt;br /&gt;–Pos na’más queríamos ver qué nos decía. El cabrón viejo este lo quería difuntear sin saber ni siquiera qué realmente pasó o qué mentira nos iba usté a echar… –me dijo Senorina–. Y esto qué, ¿es el dinero que le dieron?&lt;br /&gt;–Por ese dinero ellos me acusarán de que ya me compraron, de que los traicioné.&lt;br /&gt;–Pero si don Tranquilino está aquí es porque viene con su pecho sano o sólo que de plano fuera muy pero muy cínico, no nos hubiera dado el dinero y además viniera armado, porque aquí ya vio, don Tranquilino, si no lo defendemos del tal Palemón ya se lo hubiera quebrado –coligió doña Salud.&lt;br /&gt;–Véngase pa’que duerma en mi casa. Y aprenda una lección, señor Tranquilino, los hombres de Guanajuato son aventureros, por eso se largan pa’l otro lado y también son matones, y por eso es también que se largan los cabrones –me informó Senorina. Claro que lo sabía, a pesar de ser un señorito de ciudad, pero quién me iba a informar que iba a enfrentarlos tan pronto y en mi contra.&lt;br /&gt;Pasamos enfrente de la tiendita de la madre Emeteria y me llamó al vano de su puerta. Me habló al oído:&lt;br /&gt;–Ay, señorito Tranquilino, ¿ya ve? Esa no iba a ser una buena muerte.&lt;br /&gt;–Madre Emeteria, le debo la vida.&lt;br /&gt;–Ya sé, señorito, que no quieres que te dé miedo morirte, pero sí te da. Y es que sabes, no le aunque que no lo creas, sabes que tienes que vivir mucho todavía.&lt;br /&gt;–No, madre Emeteria, yo me voy a morir pronto.&lt;br /&gt;–No te creas m’hijo. Vas a vivir mucho. ¿Te leyeron las barajas o te echaron una maldición poderosa y por eso crees que ya te tienes que morir?&lt;br /&gt;–Sí madre Emeteria, algo así, de hecho me entregaron una carta en donde dice, más o menos la fecha de mi muerte.&lt;br /&gt;–Pues serás muy tonto si le crees al hechicero charlatán que te la dio. ¿Y no te ofreció la cura? Porque así trabajan esos brujos para sacarte más dinero.&lt;br /&gt;–No, hasta eso que no… Me dijo que no tengo remedio. Usté me va a enterrar, madre Emeteria.&lt;br /&gt;–Pos sólo que malamente te la encuentres. Pero yo creo que no.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-2957429429335745509?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/2957429429335745509/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/05/capitulo-xx-por-que-no-morir-en-cajones.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/2957429429335745509'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/2957429429335745509'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/05/capitulo-xx-por-que-no-morir-en-cajones.html' title='Capítulo XX. ¿Por qué no morir en Cajones?'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-7155881205152442902</id><published>2009-05-11T15:14:00.000-07:00</published><updated>2009-05-11T15:17:34.237-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='No es cierto que sepan amargos los besos sin amor'/><title type='text'>Capítulo XIX. Coger en Cajones</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;XIX. Coger en Cajones&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Fue como si la fiesta siguiera, pero ahora había gente desconocida para mí. Estaban representantes de las comunidades cercanas a la ciudad y parte del municipio de Guanajuato. Había hombres de sombrero, oscuros y recios, líderes de sus comunidades, dos maestros de primaria, un doctor; algunos comerciantes y muchos campesinos; mujeres de verbo infatigable, maduras y morenas, batalladoras. Éramos unas treinta personas. Me recibieron con presentaciones, abrazos y apretones de manos. La solidaridad y el entusiasmo eran festivos. Dos días de notas periodísticas habían hecho el milagro o mi condena. Pero creí sentir que era una buena manera de gastar la vida. Ellos insistían en que yo era el líder, pero las decisiones aparecían sin mi intervención. Casi cualquiera de ellos era mejor líder que yo.&lt;br /&gt;La situación del conflicto del puente de Cajones parecía difícil, sin embargo, la gente estaba más animada que nunca, entusiastas y risueñas, las mujeres nos sirvieron un desayuno en la mesa que instalaran el día anterior, alimentos que prepararían cuando yo aún dormía como difunto y mientras me despidiera de Adela con arrumacos y besos de agradecimiento por su compañía que, ciertamente, había logrado que durmiera mucho mejor, aunque menos de lo que habría dormido sin la presencia de ella.&lt;br /&gt;Charlando mientras desayunábamos, como sin querer, acordamos que deberíamos de tomar medidas mucho más drásticas. Las personas de otras comunidades estaban tan enojadas contra el gobierno como los de Cajones. ¿Qué hacer? Juntarnos todos los que pudiéramos en la entrada de Guanajuato y hacer una marcha hacia el interior de la ciudad, desquiciarla. Porque los burócratas sólo atienden a la gente cuando ésta les causa graves problemas. Luego continuar la presión. ¿Cómo? Con una huelga de hambre frente al palacio municipal. Porque cuando termina el problema que se les causa se olvidan de la solución y hasta de las promesas que pudieran haber hecho. Los voluntarios para la huelga de hambre, de pronto, sobraban. La marcha sería el día siguiente. Por la tarde se haría la instalación de la huelga de hambre. Diez personas a la vez ayunarían durante tres días. Luego serían reemplazadas por otras diez. Indefinidamente.&lt;br /&gt;De nueva cuenta nos aplicamos a escribir comunicados de prensa para llevar a los medios. Una notificación al gobierno municipal acerca de la movilización. Una petición a la Procuraduría de los Derechos Humanos para que investigara el ataque en mi contra. Discutimos el lugar de la cita para iniciar la marcha y escogimos la trayectoria a seguir. Decidimos quiénes serían los primeros en ponerse en ayuno. Redactamos todo lo redactable. Más o menos habíamos terminado de hacer los preparativos para la acción y entonces nos pusimos a comentar la circunstancia política nacional. Que los gobiernos no sirven para nada, que los partidos han caído en el más lamentable descrédito, que al país se lo está llevando la chingada. Los campesinos dijeron que hacía falta otra revolución porque además ya somos demasiados. Los maestros se conformaban con un cambio político radical hacia la izquierda, pero que el poder no quedara en los partidos sino en las organizaciones sociales. Al médico le bastaba con que se hicieran reformas para resolver los más inmediatos problemas sociales y la desigualdad. A los comerciantes los harían felices con que hubiera paz y gente con dinero. Cuando nos dimos cuenta ya habían aparecido caballitos de mezcal de Jaral ante cada uno de los postulantes, se habían agregado al panel de discusión la mayoría de los hombres de Cajones al menos los que conocía y con ellos, al centro de la mesa, una descomunal garrafa mezcalera y poco después empezaron a servir la comida. Llegaron los goces esenciales de la comida y la bebida que se complementaban con los más intelectuales de la charla y el análisis político. Cuando nos dimos cuenta, ya medio alumbrados, estaba anocheciendo y la conversación había tomado múltiples rumbos y la ordenada asamblea se había vuelto un cúmulo de corros en donde cada uno sostenía su propia temática. Me di cuenta que la gran mayoría de los visitantes se encontraban en estado etílico avanzado a eso de las once de la noche. Alguien había colocado una grabadora a emitir música y la gente había empezado a bailar. La urgencia por vivir los desbocaba, se sentía en el aire una necesidad de acción de algún tipo. Les urgía divertirse o hacer algo fuera de la rutina. El momento era tan grato que, pensé, estábamos incurriendo en una irresponsabilidad al estar de fiesta en la víspera de un acto político muy importante y quizá hasta peligroso, en unas cuantas horas. Pero nadie parecía preocuparse.&lt;br /&gt;No faltó quien se emborrachara hasta la inconsciencia y derrumbados se dejaban exhibir en asombroso equilibrio durmiendo en una silla o alguno, de plano, en el suelo, otros, antes se retiraron y un grupo seguía discutiendo aunque el nivel se encontraba en lo anecdótico y alrededor de sus hazañas. Las charlas típicas de la gente embriagada. Me negué a la embriaguez y mucho más a la inconsciencia por tal causa. Era medianoche cuando pretexté la urgencia por desaguar para escabullirme hacia la recámara que Senorina me asignara. No estaba en condiciones de alcanzar una borrachera mayor de la que ya me cargaba, lo que los conocedores llaman “a medios chiles”. Con mi paso fatigado, medio inseguro, antes de llegar al dormitorio me encontré a Adela. ¿Casualmente? Es casi seguro que no. Estaba parada, esperando, por donde sin duda me encontraría, con su actitud de comisionada para que su “líder” no sufriera el rigor ni de la menor carencia a la hora de dormir. Imposible decirle que tenía cuanto era necesario para pernoctar con la dulzura, porque además no era cierto.&lt;br /&gt;–¿Cómo estás, Adelita? –Me detuve ante ella, a contemplarla. Miró el suelo.&lt;br /&gt;–Bien.&lt;br /&gt;–¿Qué plan tienes?&lt;br /&gt;–Ninguno.&lt;br /&gt;–¿Serás capaz de atender las necesidades para dormir de este pobre hombre?&lt;br /&gt;–¿Me va a necesitar, don Tranquilino?&lt;br /&gt;–Como el aire que respiro. –La abracé. Su gesto fue apenas de satisfacción. Me la llevé abrazada por la cintura como a una novia amada; la besé con mucho cuidado en cuanto entramos en el cuarto. Me dejaba hacer y respondía con timidez. Retiré la ropa de ambos cuerpos y quise acariciar su desnudez. Besarla, mirarla, palpar su belleza con la lentitud de mi fatiga, con el hastío de coger como nunca lo había hecho en mi vida, pero también con la fuerza del instinto que, a pesar de todo, despertaba en mí su cuerpo de belleza primitiva, de olor animal. Por fin quedamos juntos en la cama. Habíamos cogido demasiado la noche anterior y terminamos quedándonos dormidos en la temprana madrugada. Cómo no dormir feliz junto a la belleza desnuda de una muchacha que no tenía idea de ser hermosa ni de su olor a humo.&lt;br /&gt;Cuando el sol apenas prometía la luz, entre sueños la sentí respirando como desde un abismo. Casi creí no recordar quién era, entre la oscuridad de una madrugada que parecía no decidirse a ser mañana, mi instinto me empujó hacia ella y desde la oscuridad de mis profundidades descubrí el cuerpo de la mujer. Y cuando me encontraba cerca de la consciencia, sin recordar cómo, estaba encima de ella, adentro de sus entrañas. Y cogíamos como animales pues no estábamos en uso cabal de la razón. Conforme la mañana se aclaró también lo hicieron nuestras consciencias y cuando cantaron los gallos fornicábamos desaforados. Algo desperté en ella porque en un momento pidió montar sobre el macho y le fue concedido con júbilo. Su cabalgata fue la de un ser que redescubría su origen salvaje. Era como si mi verga en su interior le hiciera conocer partes de ella de una inmensa región que antes había tenido clausurada. Y ahora parecía urgida por descubrir.&lt;br /&gt;–Tranquilino, ahora quiero que me cojas como perra. Quiero que me hagas sentir tan puta como ayer.&lt;br /&gt;–Mamacita, pero eso no es ser puta…&lt;br /&gt;–No me importa. Quiero que me hagas sentir que me gusta la verga porque creo que antes no me gustaba. –Y seguimos cogiendo hasta que el sol se anunciaba como queriendo inundar la alcoba por los resquicios de las cortinas. Estuvimos cambiando de posturas y Adela de pronto parecía angustiada porque, supuse, sentía venir el orgasmo, una experiencia que, a sus veintiséis años, sus compañeros sexuales anteriores, la vida, le habían negado. Eso supuse y entonces me dediqué a estimularla, a dejarme que hiciera conmigo lo que ordenaran sus antojos, su angustia. Pero cuando se tiró en la cama cubriéndose la cara, a punto de llorar, desconcertado pregunté:&lt;br /&gt;–¿Qué pasa?&lt;br /&gt;–No sé… no sé… Tengo ganas de pegarte, Tranquilino…&lt;br /&gt;–Pues pégame, Adelita, yo estoy aquí para que tú goces… –Me agarró de los cabellos, era uno de esos movimientos que se hacen con tal energía que uno se deja llevar, como si fuera un acto de otro mundo y uno se ve a sí mismo y no se explica cómo se dejó. Ella condujo mi cara hasta aplicarla en su bajo vientre, cuando me tuvo abocado a su pubis abrió las piernas, a duras penas alcancé a colocar la lengua sobre el clítoris cuando empezó a moverse salvajemente frotando su organillo contra mi cara con gran fuerza y así me mantuvo hasta que se había transformado en un demonio de lujuria, de pronto pensé que aquello casi llegaba a ser peor que si me hubiera golpeado, como creyó desear; de pronto se detuvo y me jaló de los cabellos hacia su cara.&lt;br /&gt;–¡Métemela…! ¡Métemela! ¡Métemela! –se fue deslizando hasta acomodarse. Sentí su vagina ardiente, abierta y henchida. Se la metí. Me abrazó, me apiernó, me mordió y me rasguñó. También chillaba. Su sexo hacía contracciones de tal manera que, si bien no me causaba dolor, no estaba tan lejos de lograrlo. A cada contracción me encajaba las uñas. Una delicia. Era un demonio o más bien un cordero derramándose tras el degollamiento. Los espasmos se fueron espaciando hasta que por fin relajó el cuerpo. Cerró los ojos y dejó caer los brazos en cruz. Me corroboró que el orgasmo es una muerte. Cuando vi su rostro las lágrimas escurrían hasta las sienes.&lt;br /&gt;–¿Por qué no me cogiste cuando era niña?&lt;br /&gt;–¿Te violaron cuando eras chiquita?&lt;br /&gt;–No, pero me casaron a los doce años. Y me empezó a gustar esto de la cogedera apenas no hace ni dos o tres años, cuando ya estaba separada. Luego me metí con algún cualquiera y nada más conseguí que me hicieran a mi niña. Antes, esto de recibir hombre siempre me pareció una chinga para las mujeres. Pero nunca había sentido como ahorita, que me orinaba… y que me moría…&lt;br /&gt;–¿Sentiste que te orinabas?&lt;br /&gt;–Sentí que me orinaba y me venía todo, que se me salía… Tranquilino, no sé qué me hiciste, sí sé, sentí todo… Pero una cosa sí te digo. Ya nunca voy a ser la misma. Te juro que nunca voy a coger con macho que no me haga regustar de la verga…&lt;br /&gt;–Así sea. Y si no es así no vale la pena. Una vez leí que la risa y el orgasmo son dos dones que los hombres rescataron del paraíso cuando fueron expulsados.&lt;br /&gt;–Yo creo que sí ha de ser cierto. Dios santo, qué bonito es coger así. ¿Quieres que te chupe la verga, Tranquilino?&lt;br /&gt;–¿En serio, Adelita?&lt;br /&gt;–Me siento más puta que nunca… ¿a qué sabe?&lt;br /&gt;–No sé, nunca la he probado…&lt;br /&gt;–¿Crees que sepa muy feo?&lt;br /&gt;–No…, pues no es más que un pedazo de carne…&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-7155881205152442902?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/7155881205152442902/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/05/capitulo-xix-coger-en-cajones_11.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/7155881205152442902'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/7155881205152442902'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/05/capitulo-xix-coger-en-cajones_11.html' title='Capítulo XIX. Coger en Cajones'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-7279793868633774526</id><published>2009-05-03T17:25:00.000-07:00</published><updated>2009-05-03T17:34:38.621-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La dicha es mucha en la lucha. &quot;Y nuestras almas combatieron cuerpo a cuerpo&quot;'/><title type='text'>Capítulo XVIII. Lucha y gloria</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;XVIII. Lucha y Gloria&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;–¿Y ahora qué aventura tuviste y en qué lugar? ¿Qué clase de lío organizaste, Tranquilino? –Casi compungido llegué ante ellas. Sanjuana me preguntó entre su lloriqueo:&lt;br /&gt;–¿Dónde estabas? ¿Por qué no llegaste dos noches? Tranquilino, te juro que me moría de angustia.&lt;br /&gt;–Dinos la verdad. ¿Te fuiste de putañero y briagadales? Tu mujer, Camila, ha estado buscándote cada día. ¿Qué le vas a decir? –me retó Obdulia con palabras que jamás le oyera ni sospechase que fuera capaz de usarlas. Agregó– también habló tu madre, dice que viene el fin de semana.&lt;br /&gt;–Hay un pueblo que se llama Cajones y se murieron dos niños… –les conté lo que pasaba.&lt;br /&gt;–Bueno, y ¿tú qué diantres tienes que ver con los niños que se mueren en Cajones?&lt;br /&gt;–Les voy a decir la verdad. Cuando estuve en la cárcel la vez que ustedes me fueron a sacar con apoyo de Derechos Humanos, bajo el trance de la mariguana, vi como fue esa desgracia. No sé si lo imaginé o si tuve una experiencia espiritual…&lt;br /&gt;–¡Ampáranos santísima virgen madre de nuestro señor Jesucristo! –dijo Sanjuana interrumpiéndome, con un sollozo mientras se levantaba de su asiento y se ponía a dar vueltas por la sala, se cubría la cara con las manos y caminaba llorando sin parar. Obdulia se llevó las manos a los ojos y así permaneció. Movió la cara sin quitarse las manos y habló:&lt;br /&gt;–Dios de mi vida. Tranquilino dime que no es verdad lo que oí… ¿fumaste mariguana en la cárcel? ¿Eso fue lo que me dijiste?&lt;br /&gt;–(Puta madre… cárgame la chingada…)&lt;br /&gt;–¿Qué dices, Tranquilino?&lt;br /&gt;–Nada. Digo que sí. Fumé mariguana en la cárcel. Tía, así pasa en las cárceles, normalmente…, se fuma y también mariguana. Todos fuman mariguana… Es normal…&lt;br /&gt;–Pero ¿te das cuenta en dónde estás cayendo, Tranquilino?, por el amor de Dios… poeta y mariguano –Sanjuana lloraba desesperada sin dejar de dar vueltas alrededor de los muebles de la sala y Obdulia con una mano en la frente, con el gesto apropiado a una insufrible jaqueca me hablaba retadora–. Pero además fíjate en lo que nos dijiste… dime que no es cierto… que viste el accidente en el trance de la mari… de la droga… ¿oí bien, Tranquilino?&lt;br /&gt;–Pero no me han dejado terminar…&lt;br /&gt;–No queremos oír más… No queremos oír más… –sollozaba Sanjuana– ¿qué vamos a hacer contigo, Tranquilino? Los drogadictos viven y mueren en la cárcel o son asesinados en la calle… o se vuelven locos. Dime qué significa eso de que viste el accidente en el trance de la droga. Tranquilino, ¿qué estás haciendo con tu vida?&lt;br /&gt;–Las alucinaciones son el primer síntoma de los que enloquecen por consumir drogas. Vas a terminar viviendo en la calle, pidiendo dinero para comer y viendo alucinaciones de niños que se mueren en las comunidades o donde sea, ya ves que los niños se mueren en todas partes.&lt;br /&gt;–Me siento muy cansado. Tengo casi dos días sin dormir. Unos soldados quemaron mi carro. Me iban a matar anoche. Creo que el gobierno me persigue… –Las dos se pusieron a sollozar elevando el volumen de sus lloridos a cada frase que les agregaba. Me fui a dormir sin ver en qué terminaban sus reacciones. Me quedé dormido como si muriera. Ni siquiera me dio tiempo de sentir miedo de dormir. Luego sentí haber cerrado los ojos un escaso momento cuando los tuve que abrir de inmediato. Tocaban a la puerta de mi recámara y era la mañana.&lt;br /&gt;–Tranquilino, Tranquilino… muchas mujeres vienen a buscarte… Sal, hombre, dinos en qué problema te metiste ahora. –Era el día siguiente y no había descansado. Salí con una bata encima de los calzones. Pedí a mis tías que hicieran entrar a las mujeres, por supuesto eran las habitantes de Cajones que estaban en mi casa, claro, les había dejado mis datos. Ocuparon toda la estancia. Estaban muy contentas.&lt;br /&gt;–Ahora también se volvió líder campesino, madre santísima –dijo Obdulia mientras se retiraba y con Sanjuana se colocaban en un sitio tan estratégico como para escuchar detalles de la reunión y simular que no lo hacían.&lt;br /&gt;–Aquí está, don Tranquilino. Nuestro caso salió en dos periódicos, en un canal de tele y en el radio. Queremos que nos ayude, nos fueron a avisar hoy en la mañanita que el alcalde quiere hablar con nosotras adelantando la cita que teníamos desde el día de la toma del palacio municipal. –Me dijo doña Eufrosina–. Cumplimos como usté lo ordenó, fuimos a los periódicos y publicaron la carta enterita, mire aquí está –y me enseñaron el periódico; había una entrevista colectiva y la transcripción de la carta–, doña Senorina salió ayer en la tele, en el noticiero. Ay, don Tranquilino, gracias a Dios y a usté. La junta con el presidente municipal es hoy a las doce, son las nueve, tenemos tiempo para ponernos de acuerdo. Parece que nos están saliendo bien las cosas, bendito sea Dios.&lt;br /&gt;¿Qué hacer? ¿Decirles que me habían secuestrado y me habían simulado un fusilamiento?, ¿que habían puesto un retén en la entrada de Puentecillas?, ¿que habían incendiado mi coche y me habían tirado en medio de la noche y lejos del mundo?&lt;br /&gt;–Permítanme ponerme presentable y nos vamos a ver al presidente municipal. Una pregunta, antes de irme, no vieron soldados por Puentecillas.&lt;br /&gt;–No, don Tranquilino; después de que antier fueron aquellos malos hombres que le contamos no ha habido nada raro.&lt;br /&gt;–¿Están seguras? En la entrada de Puentecillas llegando de Cajones. ¿No había un retén militar?&lt;br /&gt;–Nada, don Tranquilino. Y ahorita le vamos a tomar otra vez el palacio municipal a la gente esta.&lt;br /&gt;Me fui a bañar. Las dejé en la sala de mi casa. Sanjuana y Obdulia salieron a ofrecerles café o agua, pero más bien a tratar de enterarse de qué estaba pasando.&lt;br /&gt;Me pregunté ¿es posible que no hayan sido soldados los que me secuestraron? ¿Serán soldados y organizaron muy bien para que la intimidación quede en el olvido y el desconocimiento? ¿Y quiénes son los primeros que trataron de detenerme y balacearon el carro?&lt;br /&gt;Concluí que tenían que saber lo que me había ocurrido y que no podía ser de otra manera. En cuanto regresé a la reunión y mientras todas bebían café, refresco o agua y comían galletitas, les conté el episodio. Les dije que el ataque no podía venir más que del gobierno. En lugar de desayuno me tomé un licuado de plátano con huevo. Y me fui con las mujeres al palacio municipal. Nos recibieron casi como a embajadores plenipotenciarios. Pasamos a la sala de cabildo, trajeron más sillas para que nadie faltara de sentarse pues éramos veinticinco; estaban todos los regidores, los síndicos, el secretario y varias dactilógrafas tomando nota. El alcalde habló de lo triste que es una situación como la tragedia que ocurrió con la volcadura del camión. Dijo que ya habían tratado el caso en el pleno del ayuntamiento y que habían decidido que le iban a dar solución a la mínima brevedad y que, aún más, iban a beneficiar a la comunidad de Cajones que por muchos años había estado en el olvido… et-cé-te-ra…&lt;br /&gt;Aconsejé a la recia doña Senorina a que lo interrumpiera y le preguntase cuándo estaría listo el puente. Ella lo hizo. Contestó el alcalde que antes tenía que terminar la exposición para que se supiera cuán mucho era lo que hacían y trabajaban en favor del pueblo guanajuatense… Pero Senorina lo interrumpió de nuevo y le pidió fechas, lo que, le dijo, podía hacer muy rápido y después continuara su discurso. El alcalde evitó dar fechas, dijo que no era posible porque atender inmediatamente el problema de Cajones implicaba que tenían que concluir los trabajos que se hacían y los que ya se habían planeado, evaluado, acordado, firmado y presupuestado, más algunos, la mayoría, incluso habían ya iniciado.&lt;br /&gt;–O sea, lo mismo de siempre, señor alcalde… –Lo interrumpió de nuevo, ahora doña Salud.&lt;br /&gt;–Usté va a salir y no se va a construir el puente de Cajones. Pos acaba de decir que primero tiene que acabar lo planeado. Y de seguro planearon para los tres años y a usté ya nomás le queda un año y cacho. O sea que ya no va a haber puente. –Volvió a la carga Senorina. Tomó la palabra el secretario del ayuntamiento y dijo que se haría lo posible con los excedentes… habló un regidor de oposición y aunque criticó al gobierno no se refirió al puente, otro, más astuto, atacó al gobierno y exigió que se destinara presupuesto al puente y que se interrumpiera el asfaltado de calles en el centro del municipio. El presidente retomó su discurso y aquello se alargaba sin concretar nada. Los partidos se peleaban en nuestra cara y el puente no se mencionaba. Los volvimos a interrumpir en su pleito y tomé la palabra. Denuncié, ante el cabildo y los periodistas que se encontraban en la sesión, la intimidación que sufrieran en su propio pueblo las mujeres de Cajones y también lo que me ocurriera, el ataque a balazos a mi carro, la detención, el simulacro de fusilamiento, el abandono en despoblado y la destrucción del auto.&lt;br /&gt;–No tenemos notificación de que se haya movilizado el ejército, la zona militar de Irapuato no nos ha informado de operativos ni los hemos solicitado. No sé si los señores periodistas aquí presentes tengan noticias de movilizaciones u operativos de personal armado del ejército mexicano en la zona.&lt;br /&gt;–Pues posiblemente así sea, señor alcalde, pero nosotros denunciaremos ante los medios el ataque que sufrí y además interpondremos nuestra queja ante la Procuraduría de los Derechos Humanos del Estado. Déjeme decirle, señor, que incluso había un camión del ejército en el retén.&lt;br /&gt;–Son muy respetables sus… denuncias y opiniones, señor…&lt;br /&gt;–Tranquilino Vallehermoso…&lt;br /&gt;–Señor Vallehermoso. Pero esta acción es indudable que debemos considerarla como un hecho del crimen organizado. Nosotros nada tenemos que ver con intimidaciones.&lt;br /&gt;–Pues esta organización de colonos responsabilizamos al gobierno municipal y al estatal de cualquier ataque o accidente que sufra cualquier miembro de nuestra organización. Espero que los señores periodistas hayan oído bien, responsabilizamos a la autoridad municipal y a la estatal de nuestra seguridad. No estamos locos ni somos mentirosos…&lt;br /&gt;–Pues nosotros no podemos emitir diagnósticos sobre eso, señor Vallehermoso.&lt;br /&gt;–Bueno, señor, le agradecemos su atención. Pronto nos veremos aquí… o en otro lado. Compañeras, es el momento de retirarnos. –Eran las tres de la tarde y salimos cargando la frustración de haber perdido el tiempo y la idea de que estábamos peor que al principio pues teníamos la certeza de que no había esperanza de puente. Nos fuimos, amontonados como reses, en la troca de doña Senorina, hasta Cajones. Pasamos por el sitio donde estuviera el retén militar y me empeñé en que nos detuviéramos. Habían tenido el cuidado de borrar huellas que delataran la existencia de las trincheras, la casa de campaña, el brazo mecánico para interrumpir la marcha de los vehículos. ¡No había nada! Pero me sentí seguro de no estar volviéndome loco. ¿O no?&lt;br /&gt;Una vez ya en el pueblo de Cajones se organizó una comida como de fiesta y yo era el invitado de honor. La doña Emeteria centenaria, abuela de abuelas y chozna de dos chiquitos presidía en la cabecera de la gran mesa colocada en el patio de la casa de Senorina. Fui a saludarla, me dio su bendición y me besó en la mejilla. Siempre sin perder su sonrisa como extraviada en los cien años de su vida. Había carnitas a discreción, cerveza no menos, tortillas, frijoles, salsas. Mujeres yendo y viniendo. Se olvidó el problema del puente. Más tarde trajeron tequila y mezcal. Y, por primera vez, aparecieron los hombres de Cajones, los que quedaban; traían sus botellas. No eran más de diez, entre ellos estaban seis viejos, los otros, señores más bien maduros, vivían en Cajones cuidando sus propios negocios. El más afortunado, Palemón, el transportista. Los jóvenes y los adolescentes, si los había, no estaban en la fiesta. El pueblo entero, menos las anotadas excepciones, estaba en el patio de la casa de Senorina. Me sorprendió la noche ya casi indigesto de tanto comer y sobreagradecido de tantas atenciones y consideraciones a mi persona aunque más bien embriagado. Los hombres parecían dispuestos a una larga jornada de alcoholización. No tenía carro ni había autobuses a esas horas, es decir, no había manera de regresar a Guanajuato (bueno, se podía pedir un taxi por teléfono celular, pero antes había que conseguirlo o averiguar si tenían teléfono de rancho) así que me resigné a dormir, o quizá velar en Cajones.&lt;br /&gt;–¿Ya se quiere ir a dormir, señor Tranquilino? –Me adivinó el pensamiento Senorina, la anfitriona. No era mi ambiente el de la bebida, quizá no con ellos. Me encontraba callado observándolos. Hablaban de sus enormes virtudes, de su valentía y de sus hazañas. También de su trabajo como jornaleros y de sus viajes a Estados Unidos. Nada tenían que ver conmigo. Contesté a Senorina que sí y me fui despidiendo de los viejos que me agradecieron tanto la lucha por el pueblo y la representación de sus intereses. Me abrazaron para darme sus parabienes y su agradecimiento más la recomendación de que no me vendiera por nada que me ofreciera el gobierno, que ya mucho los habían traicionado. Luego Senorina me llevó a una pieza de su casa, me abrió la puerta. Había una cama matrimonial más la parafernalia de lo que constituye una bonita y cómoda recámara de pueblo con su baño. Le di mucho las gracias y me dispuse a instalarme. Revisé el baño, emití una meada normal, me desnudé, preparé la cama. Tocaron a la puerta. Tomé la colcha y me la eché encima. ¿Qué se le olvidaría a Senorina? Abrí. Era una muchacha del pueblo, la conocía de vista, era una de las que asistían a las juntas y los actos que habíamos hecho, una activista pues. Nos quedamos mirando uno al otro sin saber qué decir.&lt;br /&gt;–Me mandaron para ver si no se le ofrecía algo para dormir bien.&lt;br /&gt;–¿Algo para dormir bien? No sé, ¿como qué? Estoy bien de cobijas, el baño está decente; piyama, puedo dormir sin ella; merienda, no me apetece después de los mezcales. Muchas gracias, creo que no…&lt;br /&gt;–No, don Tranquilino, si de eso ya sabemos que está completo, a mí me mandaron para ver si no se le ofrece algo para dormir bien.&lt;br /&gt;–¿Algo para dormir bien y que no sea lo que dije? –elucubré, no me hagan pensar mal, ¿qué se me puede ofrecer para dormir bien?–, explícame, ¿cómo te llamas?...&lt;br /&gt;–Adela…&lt;br /&gt;–Explícame, Adela, ¿qué se me puede ofrecer?&lt;br /&gt;–Pues usté sabe, don Tranquilino, dormir a gusto, dormir calientito… –cuando llegó traía un gesto de adustez o hasta temor y en esta frase ya quería esbozar una sonrisa como contra su voluntad.&lt;br /&gt;–A ver, Adelita. ¿Estoy entendiendo bien lo que estoy entendiendo? Pásale, vamos a hablar. No, ‘pérame aquí tantito, déjame ponerme pantalón porque estoy casi encuerado. –No se movió de la puerta y más bien dijo:&lt;br /&gt;–Así está bien, digo, no importa, digo, si no se ofende. –Entró en la que era mi recámara. Le acerqué una silla. Me senté en la cama–. Quiero que me digas la verdad. ¿Quién te mandó y a qué exactamente?&lt;br /&gt;–Me mandó mi tía Senorina a ver si se le ofrecía algo más.&lt;br /&gt;–¿Qué más se me puede ofrecer?&lt;br /&gt;–Acostarse con una muchacha.&lt;br /&gt;–Adela, dile a Senorina que quiero hablar con ella.&lt;br /&gt;–No, señor Tranquilino. Ella no me obligó a nada. Yo vengo porque quiero venir. Y si no quisiera venir no venía. Si usté no me recibe… pues me voy…&lt;br /&gt;–Pero ¿así le hacen con todos los invitados? ¿Por qué aceptas esto?&lt;br /&gt;–Dígame si me quiere o no me quiere, ya no me esté preguntando cosas que no sé por qué las pregunta. Y si vengo a hacer algo para que usté se sienta a gusto es porque quiero, pero si no me necesita nada más dígame…&lt;br /&gt;–Perdóname. –Guardé silencio un momento. Ella, moviendo sus manos apenas perceptiblemente, se puso a deshacer las trenzas de su pelo–. Eres una muchacha hermosa. –En un momento dirigí la vista hacia otra parte, cuando miré a la muchacha me di cuenta aunque muy apenas que desabotonaba por el frente su vestido de campesina–. Pero siento que vienes porque puede ser que te hayan, no obligado, sino que te hayan dicho “ve con el señor y haz todo lo que te diga, porque él nos está ayudando” –se sacó los zapatos con una actitud de que no importaba lo que yo dijera, cualquier argumento que ahí pronunciase era con el fin de justificar que sí deseaba a la belleza que irrumpía en mi recámara pero que quería ocultarlo; su actitud era la manifestación de un conocimiento, una sabiduría acerca de que los hombres siempre quieren mujeres y a veces hasta se las merecen–, pero quiero que tú no te sientas obligada ni comprometida conmigo… Si es que tú tienes voluntad de quedarte aquí… Yo no quiero que… –se levantó de la silla y su vestido cayó hasta el suelo. Soltó los tirantes del fondo que tuvo el mismo destino y quedó con su ropa interior anticuada, como de los años sesenta. Lo que no ocultaba ni un milímetro el poderío de su belleza en reciedumbre de campesina–. Adela… yo no quiero que… yo no quiero que… lo único que no quiero es que te vayas… –Sonrió muy apenas pero de orgullo, casi contra su voluntad. No dejaba de ser una sonrisa contradictoria. Se quedó de pie sin terminar de desnudarse. Yo la contemplaba.&lt;br /&gt;–Lo demás me lo tiene que quitar usté, señor, si es que me quiere tener. –Me acerqué a ella con mi colcha sobre los hombros e hice juntar los rostros.&lt;br /&gt;–Adela, sí… deseo tu belleza. Pero te dije lo anterior porque yo… no… –se separó:&lt;br /&gt;–Usté no quiere nada conmigo más que acostarse esta noche… Pos yo también, señor, por eso vine… Además, no se apure, no soy señorita, ya sé lo que es el hombre, ya conozco lo que se tiene que conocer del macho, ya no valgo nada…, pero tampoco soy una puta… ¿sí me entiende?&lt;br /&gt;–¿Qué significa que ya no vales nada?&lt;br /&gt;–Pues que no soy señorita…&lt;br /&gt;–¿Por qué?&lt;br /&gt;–Pues porque ya recibí al hombre…&lt;br /&gt;–No, digo, por qué no ser señorita significa que ya no vales nada.&lt;br /&gt;–Porque como no soy señorita los hombres no quieren casarse conmigo… Los hombres quieren muchachas nuevas, que no estén usadas, aunque, no se crea, tengo pretendientes que me reciben con todo y mi hija… Ah, es que no le he contado que tuve una hija como madre soltera… fracasé. Pero para estas alturas yo trabajo, me mantengo con mi hija y ni falta que me hace el hombre, nomás a veces… y así tengo el lujo de escoger.&lt;br /&gt;–Voltéate –le dije. Me dio la espalda y dejé caer mi colcha para desabrochar su brasier obsoleto. La besé en la nuca y empecé a bajarle una pantaleta de las que usaban las mujeres cuando yo era tan niño que no les avergonzaba desnudarse o vestirse ante mi vista. Desde entonces no veía pantaletas ni brasieres así de arcaicos. Las nalgas de la muchacha eran oscuras y poderosas, sus pechos mucho más grandes de lo que parecían bajo la ropa. Tenía un olor animal y ahumado. Su pelo era grueso y negrísimo. Era un delicioso, un brutal ejemplar de hembra. Necesité besarla para intentar que me correspondiera pero casi nada logré. La llevé a la cama y ella se negaba incluso a que besara su sexo y más, mucho más a que lamiera su clítoris. Pero yo era el honrado por el pueblo, era una especie de mesías, de gran jefe, dirigente y maestro de lucha en favor de su bienestar. Tenía que ceder a mis, pensaría ella, repugnantes antojos. Le hice un cunnilingus para calentarla, pero se comportó como si yo fuera un dentista que le estuviera extrayendo la muela del juicio. Cogí con la hermosa Adela como cogerían los hombres de generaciones anteriores, con una mujer sumisa y obediente, por lo mismo, discreta, casi negada al placer o al menos a la demostración de sentirlo, como si demostrar que gozara fuese un oprobio. Su goce, en todo caso, sería por servir a alguien que ella sentía importante. El gozo de la hembra primitiva que se entrega al macho dominante. Me resigné y gocé, lo más que me fue posible, de su belleza, es decir, hasta el límite de mis fuerzas y de mi sensibilidad. Después de coger media noche en una sola postura con ella, que casi no se movía, en silencio, miraba siempre para otra parte o bien cerraba los ojos, le dije:&lt;br /&gt;–Adela ¿puedo pedirte algo?&lt;br /&gt;–Ay, don Tranquilino, usté puede pedirme lo que quiera. –Contestó como diciendo, si ya me la metió ¿qué más puede pedirme? Pues sí podía…&lt;br /&gt;–Súbete en mí.&lt;br /&gt;–¿Me subo en usté? ¿Cómo?&lt;br /&gt;–Tú te montas en mí y yo… te la meto…&lt;br /&gt;–Ay, señor Tranquilino… –hicimos la maniobra y una vez acoplados tuve que decirle:&lt;br /&gt;–Adelita, te toca a ti moverte, yo nomás te respondo… –No estaba acostumbrada o, lo más seguro, jamás se había cogido a un hombre (si es que aceptamos que quien lleva la conducción de las acciones se coge al otro u otra). Volvimos a la postura del misionero. Ella me recibía con un ardor del que se negaba a dar más signos que los fisiológicos ajenos a su voluntad, pues pude darme cuenta de su gran excitación por la abundancia de los flujos lúbricos y la tempestuosa respiración que con frecuencia llegaba al ronquido.&lt;br /&gt;–Quiero pedirte otro favor…&lt;br /&gt;–Y ahora qué se le ofrece, don Tranquilino.&lt;br /&gt;–Ponte en cuatro patas… Discúlpame por decirlo así, pero creo que es la mejor manera de entendernos.&lt;br /&gt;–Ay, no, don Tranquilino, cómo cree que en cuatro patas… ¿Pos qué me quiere hacer?&lt;br /&gt;–Lo normal, preciosa, lo mismo, mi amor, pero desde atrás…&lt;br /&gt;–¿Me quiere coger como a una perra?&lt;br /&gt;–¿Me estás llamando perro?&lt;br /&gt;–Pero es que yo no sé cómo…&lt;br /&gt;–Tú nomás ponte, yo me encargo de lo demás… –Se puso y me di cuenta que lo hacía como la máxima concesión, como un tributo para alguien que lo merecía; a su más que discreta actitud de goce apenas añadió un tierno chillido. La penetré. En poco rato sentí que estaba a punto de lograr que se desatara para convertirse en una amazona, en un volcán de mujer que exigiría la satisfacción de su placer sin importarle nada más que el propio placer. Para lograrlo me haría falta tiempo. Me convencí que si estuviéramos otras tres veces en la cama la haría llorar de placer, como ella me hacía llorar a mí, aunque no se lo demostrara; le metería una cogida que la haría pedir más, la haría obligarme a complacerla sin límite. Todavía le pedí un favor más:&lt;br /&gt;–Adelita, muchacha preciosa…&lt;br /&gt;–Señor Tranquilino, ya me da miedo que me diga así… ¿’Ora qué más se le va a ofrecer, qué más se le antojará?&lt;br /&gt;–¿Te gustaría tomarlo en tu boca?&lt;br /&gt;–¿Tomar qué…?&lt;br /&gt;–El… pene…&lt;br /&gt;–¡Don Tranquilino ¿me lo quiere meter por la boca?!&lt;br /&gt;–No, mi amor, tú… lo chuparías… Pero sólo si te gusta…&lt;br /&gt;–Señor Tranquilino, ya me hizo tanta cosa… no me vaya a hacer que yo haga… eso, no es leal…&lt;br /&gt;–No. Si no quieres, no…&lt;br /&gt;A media madrugada con la mujer vencida por la fatiga, por mis caricias, cuando dormitaba quise llorar pero me contuve. Qué otra cosa podía hacer. Pensé que debería darle gracias al cielo. Adela se despejó un poco, se levantó y fue al baño a lavarse. Cuando regresó y mientras se acomodaba para dormir me dijo:&lt;br /&gt;–Una cosa sí tiene que saber don Tranquilino, nunca en mi vida me había sentido tan puta. Nunca me habían puesto a hacer tantísima cosa.&lt;br /&gt;–Adelita, amor mío, eso no es ser puta… Las mujeres ahora hacen todo eso… y más. Te lo juro…&lt;br /&gt;–Sí se lo creo, señor Tranquilino, si en la televisión ya hacen y dicen de todo… Pero aquí en el pueblo no ha llegado eso, todavía no somos así… –La abracé y no se acomodaba, me pareció obvio que los amantes que haya tenido jamás la trataron con cariño–. Pero aunque me sentí puta, me doy cuenta que usté no me sintió puta ni me trató como a una puta… usté es muy bueno, es muy querendón, aunque le guste hacerle a una tanta cosa, usté hasta se enamora de las mujeres… meterme con usté, señor Tranquilino fue mucho para mí… no entiendo muchas cosas o voy entendiendo otras que antes no entendía… Creo que soy más puta que antes, pero también, no sé por qué, me siento más mujer.&lt;br /&gt;Lo que ella no sabía, mi gran ventaja era que vivía cada acto como si fuera el último. Lo que, aunque fuera verdad, era poca cosa en todo sentido. Pero en términos de personas normales, mi forma de actuar era exagerada. Me habría gustado compartir la vida con una Adela. Pero no podía. No tenía tiempo para agotar el amor con ella, sólo para gozar los momentos hermosos, unos cuantos. Además estaba Camila. Dios santo. Ni un perro, supongo, sería tan infiel como yo. Pero tenía que seguir buscando, recibiendo lo que me llegara. Estaba decidido que nunca (además sentí que sería criminal hacerlo) volvería a decirle que no a la vida.&lt;br /&gt;Habré dormido pero porque perdí conciencia por tanto cansancio. En la mañana estaba reventado. Una vez más fueron a despertarme.&lt;br /&gt;–Ay don Tranquilino, discúlpenos la intromisión en sus sueños, pero qué cree, que aquí están personas de La Luz, de Puentecillas, de Cuevas, de Santa Teresa, de Santa Rosa, de La Cervera, de Santa Ana, de La Quebradora, de Calderones y hasta de Marfil y Pueblito de Rocha; se corrió la noticia y quieren que les ayude para que el ayuntamiento les resuelva las peticiones. Quieren que sea el líder de ellos como lo es de nosotros.&lt;br /&gt;–¿Que yo sea líder?... Pero es que yo no… Dígales que no me tardo…&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-7279793868633774526?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/7279793868633774526/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/05/capitulo-xviii-lucha-y-gloria.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/7279793868633774526'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/7279793868633774526'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/05/capitulo-xviii-lucha-y-gloria.html' title='Capítulo XVIII. Lucha y gloria'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-3245474657971462808</id><published>2009-04-26T14:47:00.000-07:00</published><updated>2009-04-26T15:13:45.749-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Y lo matan...'/><title type='text'>Capítulo XVII. Primera muerte</title><content type='html'>XVII. Primera muerte&lt;br /&gt;–Ay sí, porque estoy que no me soporto. –Respondió dejándose caer en la cama.&lt;br /&gt;La sed era intolerable, las molestias que incluían náusea, un difuso dolor de cabeza, el aliento vomitivo, la pesadez del cuerpo y hasta un fino temblor en las manos cancelaban cualquier posibilidad de las delicias amorosas. Lo único que me faltaba era vomitar. Y me di cuenta que no estaba tan lejos de hacerlo. Pensé que aquello era un inmundo pecado, colocarse en condiciones tan lamentables como para que me fuera imposible coger sanamente era una vileza, una enfermiza estupidez, una ojetada contra mí mismo.&lt;br /&gt;Nos metimos juntos a bañar. A pesar de mis malestares, y aunque el ambiente no parecía propicio, no dejaba de anhelar el contacto con la hermosa. Me apliqué a mediar el agua, lo tan caliente como para que nos resultara acogedora. Ella estaba como ida, había empezado a quitarse los zapatos y se había quedado inmóvil, como meditando sin concluir el movimiento, la cruda que se cargaba no era menor. Llegué ante ella, le quité los simpáticos zuecos color carmesí de madera, el pantaloncito verde chillón que le llegaba hasta las espinillas fue desabrochado y, junto con los calzones, separado de su cuerpo. Al final le saqué una microblusa cuya real finalidad era que el mundo pudiera ver su ombligo y una región no tan pequeña hacia arriba y hacia debajo de su torso. Le desabroché el mínimo sostén cuya pequeñez dificultosamente sostenía sus hermosos senos y empecé a adorarla. Bellísima, brutalmente desnuda. Me desnudé a lo pendejo, rápido. Y la conduje del brazo, como a una princesa, hasta la regadera. La bañé escrupulosamente, lavé con amoroso esmero sus axilas, la entrepierna, introduje mis dedos –enjabonados con abundancia– entre las preciosas nalgas hasta la minúscula y delicada dona del culito y la lavé con cariño singular, hice hincapié para que subiera las inferiores extremidades en mi rodilla para lavarlos y, con un cuidado extremo, su sexo. Al terminar la envolví en una toalla y, muchacha menuda, la cargué hasta la cama. La lancé como un costal, y fui a bañarme más que en chinga. Luego regresé y ella seguía en la cama, envuelta en la toalla; frenético la desenvolví, le abrí las piernas, le lamí el clítoris y, cuando la excité un poco, le metí la verga.&lt;br /&gt;Me sentía tan sensible como jamás en mi vida. Sin la menor duda se lo atribuí a la cruda, al alcohol. Me salí de ella y la puse a que me cabalgara. No conseguía el orgasmo y empecé a preocuparme. Decidí que su clítoris era la clave y la bajé de donde la tenía montada para ponerme a lamer el gránulo. Ella también estaba muy sensible y en un rato ya había conseguido calentarla lo suficiente para que me dijera:&lt;br /&gt;–Dame verga. Ya basta. Dame verga. –Entré en su cuerpo. En sus interiores estaba tan caliente que casi quemaba. Empezó a frotar su clítoris contra mi cuerpo, contra mi verga, con admirable suavidad y lúbrica constancia, sabiamente. Y casi detuve el movimiento de mi pelvis, sobraba, ella hizo lo necesario para venirse. Bendita sea. Y terminó gloriosamente.&lt;br /&gt;–Eres un buen amante. No sé cómo lo descubriste, claro, pero sabes qué le gusta que le hagan a una mujer cuando cogen con ella. Son afortunadas las que decidan irse a la cama contigo. Esto no se lo había dicho a nadie. Qué bueno que me cogiste, Tranquilino. Muchas gracias. –Me sentía casi tramposo. La verdad sin tapujos ni falsas modestias era que ella había hecho cuanto fuera necesario para darme los créditos de buen amante. Mi mérito, si acaso, era el de admitir las decisiones que ejercía para satisfacerse. Trabajo relativamente fácil, lo cual hablaba muy mal de los hombres, pues ni siquiera eso son capaces de tolerar en las mujeres que se cogen, que ellas se satisfagan.&lt;br /&gt;–Chiquita preciosa. Déjame decirte que, no exagero, es un placer. Casi tan grande e intenso como el orgasmo es el placer de sentir que la muchacha se venga. Dios santo.&lt;br /&gt;–No tienes idea cómo lamento que la mayoría de los hombres no piensen así. No exagero, pero el mundo sería mejor. ¿Tú sabes cuántas desgracias ocurren en el mundo porque hay tantas mujeres malcogidas? Es más, mira, una buena actriz o cualquier mujer muy eficiente en cualquier actividad jamás será una malcogida, ni creo que lo sea ninguna verdadera artista, es como la antítesis. Y estoy segura que la mayoría de las veces es porque los pinches hombres son tan egoístas que no se aplican a satisfacer a las mujeres con quienes cogen. Les vale madre.&lt;br /&gt;–Sí, creo que es posible. Aunque yo nunca he cogido con hombres, pero se nota en casi todo lo que hacen.&lt;br /&gt;–Pero tú estás hecho de otra pasta, Tranquilino. Y tengo algo que reclamarte, nunca en tu vida has gozado de un orgasmo causado por esta muñeca. Te exijo inmediatamente que te vengas adentro de mí, cabroncito…&lt;br /&gt;–Mujer preciosa. No sé… Quiero que goces tú…&lt;br /&gt;Cogimos poco más de una hora. Logré que se viniera dos veces más y ella derrotó con plenitud a mi mezquindad eyaculatoria. Me hizo venir como un cerdo.&lt;br /&gt;Después de bañarnos una vez más salimos de un hotel que nunca había visto en mi vida. Nos fuimos a desayunar en hora más que tardía, pero lo más deliciosamente posible en ese pueblo.&lt;br /&gt;–¿Y ahora qué…?&lt;br /&gt;–Tranquilino, ya son dos días, con todo, preciosos, sintiéndolo en el alma, debo regresar a los deberes defeños. Pero te voy a llamar más seguido, eres un ejemplar extraño y tengo que aprovecharte.&lt;br /&gt;–Así sea… Te llevo a la terminal. –La puse en el camión después de considerables besos y mientras manejaba sin saber hacia dónde me puse a sopesar la situación. Las pequeñas Obdulias y Sanjuanas han de estar hechas nudo de preocupación. Camila debe estar enroscada y con la mayor razón. Puta madre. Si supiera. En cajones me esperaban a mediodía, desde hace unas seis horas. ¿Qué procede? Y me fui en chinga a Cajones.&lt;br /&gt;Llegué a la comunidad cuando oscurecía. Pensé que era una desvergüenza llegar siete horas tarde, pero era mejor estar ahí y enterarme de cómo estaba la situación, qué habían decidido y qué haríamos en el futuro inmediato. Al menos enterarme.&lt;br /&gt;El pueblo era la gran oscuridad y, como nunca, parecía solo. Llegué con el auto hasta la casa de doña Senorina, la que reconocí por la troca estacionada a un lado. Los perros no me dejaban bajar del carro, pero los encaré con actitud agresiva y me di cuenta que los perros saben muy bien que los humanos somos mucho peores que ellos. Llegué hasta la entrada del gran patio antes de la entrada de la casa y salió doña Senorina.&lt;br /&gt;–¿Quién es? ¿Quién anda ahi?&lt;br /&gt;–Soy yo, señora Senorina…&lt;br /&gt;–¿Y quién es yo?&lt;br /&gt;–Soy Tranquilino.&lt;br /&gt;–¿Don Tranquilino? ¿Es usté? Ah pos pásele. Qué bueno que vino. Pásele. –Senorina empezó a hablar y nunca hubiera sospechado que así pudiera alguien hablar, tanto de rápido como de angustia–. La cosa está fea, don Tranquilino. En la mañana vinieron unos sujetos bien harto malencarados, traiban pistola y camionetas de esas chocolatas como las que luego llegan a traer nuestros muchachos. Pero una punta de malditos, éstos. Se metieron a la casa de una doña, usté ya la conocerá porque fue con nosotros a la toma de la presidencia municipal, doña Salud. La mujer tiene sesenta años, hágame el favor. Seis pelados con sendos pistolones, bien encabronaos, uno ni idea tiene por qué, pero bien encabronaos que venían. Pos no tuvieron que espantar a la pobre doña Salud. Pos que le iban a matar a sus nietos, a sus hijos, que qué andábamos haciendo alborotos contra la ley y la autoridá, que eso no está bien, que si bien o mal es el gobierno el que nos da de comer y que no tenemos derecho de morderle la mano. Un buen rato se quedaron con ella. Luego pasaron a…, qué le diré, ocho diez casas, anduvieron hablando con la gente así, amenazando, advirtiendo que la próxima nos iba a ir muy mal, que qué nos pasaba que no seamos ingratos ni malagradecidos. Quién los callaba. Pero también nos dijeron muy claro que si seguíamos nos iba a ir muy mal, que no tenemos derecho a molestar así nomás a la autoridá ni quebrantar la ley–. De alguna manera se corrió la voz de que “el líder” estaba en el pueblo y antes de que terminara su informe Senorina ya habían llenado la sala de la casona a medio construir de la doña. Y en su momento todas hablaban como si hablaran con el presidente de la república.&lt;br /&gt;–Amenazaron a los muchachos.&lt;br /&gt;–Nos dijeron que qué puente ni que la regranchingada, que no tenemos por qué molestar a la autoridá que tiene cosas mucho más importantes que un puente para indios.&lt;br /&gt;–Dijeron que si nos emperrábamos nos iban a echar a los cuicos, al ejército pues, pa’que se nos quitara lo revoltoso.&lt;br /&gt;–Abiertamente nos dijeron que si queríamos que nos llevara la chingada que iban a desaparecer este pinche rancho jodido y a ver a dónde íbamos a dar con nuestros pinches marranos y nuestros escuincles negros y panzones, que si creíamos que la autoridá está pa’cumplir caprichitos de cabrones indios.&lt;br /&gt;–No, don Tranquilino, gente mala, fíjese bien en lo que le voy a decir, ¿no se pusieron a echarle el ojo descaradamente, en nuestras barbas de viejas, a decirle cuanta cosa se les ocurría a las muchachas? Pos ellas qué… Pero eso sí que no, que no nos molesten a nuestras muchachas. Esos hombres son capaces de todo con ellas.&lt;br /&gt;–’Ora, a ver, díganos qué sigue señor Tranquilino. Ya nos metimos en un problema y qué va a pasar si estos cabrones hacen algo que no sirva.&lt;br /&gt;–Yo digo que mejor ya le paremos. Total, vamos a guardar dinero y vamos a escribirle a los muchachos que andan de aquel lado y arrejuntar el dinero y que nos hagan el puente los gobiernos, aunque sea con nuestro dinero. Si estuvieran aquí los muchachos qué les duraba un puentecillo, pero todos están por allá. ’Ora decirles que lo hagan cuando vienen a ver a la gente pos tampoco, pobrecitos, si de por sí sufren mucho allá arriba, trabajan muy duro para que cuando vienen a descansar a su rancho todavía les digamos que hagan el puente. Pos no va…&lt;br /&gt;Casi no podía creer que un grupo de cerdos hubiera venido a asustar a la gente. No sabía qué hacer. Los testimonios que había escuchado eran alarmantes.&lt;br /&gt;–Señoras, no hay mucho que pensar… tenemos, antes que nada que actuar. Si creen que nos asustaron estamos de antemano derrotados. Pero no debemos ser estúpidos. La entrevista con el presidente municipal es el próximo viernes. Mañana mismo hay que movilizarse. Tenemos que hacer que se entere todo el estado y de ser posible todo el país de que no sólo no atendieron nuestra demanda sino que además nos están tratando de intimidar. En este momento vamos a hacer una carta que vamos a llevar a la televisión, a los periódicos, a la radio y a las revistas. Que vayan a intimidar a su chingada madre.&lt;br /&gt;–¡Así se habla, señor! –Me dijo una mujer emocionada hasta las lágrimas. De pronto las miré y muchas de ellas estaban llorando. No las tomé en cuenta o traté de no hacerlo. Nos aplicamos a redactar la carta y nombramos a los grupos de tres o cuatro mujeres que irían a entregarlas a los medios. Eran las once de la noche y me despedí. Me dijeron que tuviera mucho cuidado, que ellas pensaban que era peligroso que me fuera. Que si habían venido en la mañana bien podrían venir en la noche, es más, seguramente ya estarían vigilándonos. Les dije que confiaba en que no fuera así y que tenía que ir a Guanajuato a ver a mi familia. Muchas me abrazaron, pocas me besaron la mejilla, al parecer la costumbre no había llegado muy bien al pueblillo, las más viejas me echaron la bendición. Antes de despedirme pregunté por doña Emeteria.&lt;br /&gt;–La madre Emeteria ya está durmiendo, ya tiene unas tres horas… –Me acompañaron hasta mi carro. Me encaminé a la carretera, todavía estaban lodosos los caminos. Salí del pueblito y tomé el camino de burros. En un recodo estaban seis hombres.&lt;br /&gt;–Párate, hijo de la chingada. –Pensé en echarles encima el carro pero se habían colocado a cubierto, a la orilla del camino protegidos por árboles o piedras. Aceleré. Oí balazos y los impactos contra el carro. Avancé dando tumbos y salí del área de peligro. “Hijos de su puta madre” dije y seguí corriendo, el carro daba saltos y me sacudía. Circulé unos minutos y a la entrada del pueblo de Puentecillas estaba un retén militar. En cada orilla de la carretera que entra en este poblado había dos trincheras hechas con bultos de arena con su techumbre de lona y armas que sobresalían de las aberturas. Un brazo mecánico obstruía el paso. Me detuve. Salí del carro. Un soldado manejaba la pluma levantadiza para evitar o dejar pasar. Cuatro más lo apoyaban.&lt;br /&gt;–Buenas noches. Señor, acabo de sufrir un atentado. Un grupo de hombres balacearon mi automóvil aquí en la salida de Cajones.&lt;br /&gt;–Buenas noches, señor. Ah qué la ch…, mire nomás, todo balaceado… Acerque su carro hasta aquel sitio. –Me indicó el soldado que debía estacionarme junto a la trinchera derecha. Así lo hice. De una casa de campaña un poco más alejada vino un oficial con otros dos soldados.&lt;br /&gt;–Abra la cajuela. –Obedecí. Sacaron todo. Luego examinaron la guantera, debajo de los asientos, el cofre del motor. En fin, desmantelaron el automóvil y mis pertenencias se encontraban en el suelo a un lado del carro–. Acompáñeme. –Dijo el oficial y caminó. Los dos soldados se pusieron detrás de mí y entré en la casa de campaña color verde olivo. El oficial ¿cabo, sargento, teniente?, se sentó detrás de un escritorio y sin invitarme a sentar, con sus subalternos uno a cada lado mío, debajo de su quepí militar y detrás de sus lentes amarillos me dijo con el aplomo que sólo los militares poseen:&lt;br /&gt;–Usted será retenido por las fuerzas armadas hasta nueva orden.&lt;br /&gt;–¿Puedo saber la razón?&lt;br /&gt;–El ejército mexicano no tiene por qué explicar las razones de su actuar. Sin embargo le diré que usted es un presunto traidor a la patria y será juzgado conforme a derecho militar. Su delito trasciende lo civil y lo judicial.&lt;br /&gt;–¿Puedo saber cuál es mi presunto delito?&lt;br /&gt;–Está acusado porque lo capturamos. Es todo lo que se nos exige que le informemos.&lt;br /&gt;–Señor oficial, esto es anticonstitucional; ningún ciudadano podrá ser molestado en su persona, propiedades ni tránsito si no existe una orden judicial que determine lo contrario.&lt;br /&gt;–Así es, señor, pero usted está acusado de traición a la patria.&lt;br /&gt;–¿Quién me acusa?&lt;br /&gt;–El ejército mexicano.&lt;br /&gt;–¿Y quién es mi defensor, cuál es el acto de traición del que se me acusa, cuáles son mis garantías, exijo que de inmediato se me comunique con una persona de mi confianza. De otra manera esto es una arbitrariedad, es un acto fuera de la ley.&lt;br /&gt;–Le mostraré cuáles son los derechos de un traidor. ¡Aaatención, tropa! ¡Detengan al objetivo! –inmediatamente los dos soldados me agarraron, uno por el cuello y un brazo, el otro, en tanto, me dobló el otro brazo y me colocó unas esposas–. ¡Redúzcanlo y trasládenlo! –Me colocaron una capucha en la cabeza y la apretaron por el cuello con una cuerda. Me condujeron llevándome ambos de los brazos. Supongo que atravesamos la carretera y entramos en terreno abrupto, se agregaron más soldados, por las pisadas calculé que eran unos diez. Uno me iba jalando de la capucha, me conducía como a un burro, dos más me sostenían por los brazos. Me llevaban a veces cargando porque a ciegas y caminando por terreno salvaje con frecuencia me tropezaba y caía. Me hicieron caminar unos veinte minutos.&lt;br /&gt;“Me van a matar. Por supuesto que sí. ¿A dónde me llevan? ¿Qué puedo hacer? Estoy desamparado. ¿Cómo me matarán? Pues a balazos, traen armas. Me la gané, cabrón, ahora sí, Tranquilino, chingaste a tu madre. Me gané una buena muerte. Es mejor morir fusilado, es casi heroico morir a balazos que pudriéndose en la cama ¿o no? O a la mejor me ahorcan. Puta madre, pero no quiero que me maten. Quiero llorar. Pero cómo putas voy a llorar. Mejor que me maten antes de llorar. Quisiera vivir mis seis meses o, con suerte es hasta un año. ¿Qué pasará con las tías? Pobrecitas. Van a sufrir mucho. Van a decir “te lo dijimos m’hijito, te andas metiendo en muchos líos, pobrecito de ti”. Pero más bien pobres de ellas. ¿Y Camila? ¿Y mi madre? Chingao. Siento las piernas flojas. Capaz que me voy a cagar de miedo. Pues no que quería una buena muerte. Que no me maten, por favor, no todavía, me queda un año. ¿Hasta dónde me llevarán? ¿Me irán a torturar antes de matarme? ¿Qué chingaos hago, Dios santo, qué chingaos hago para que no me vayan a matar?”.&lt;br /&gt;–Levántate, cabrón. –Me dijeron cuando no me sostuvieron bien y caí.&lt;br /&gt;De pronto me dejaron y con gritos muy enérgicos escuché:&lt;br /&gt;–¡Péeeelotón en línea! ¡Present… arms…! –sólo oía los movimientos de las armas en las manos de los soldados–, ¡preeepar…! ¡aaaapunt…! ¡Fueeegooo! –y sonó el estruendo de los disparos. Juro que sentí los impactos en el abdomen, las quemaduras de las balas. Juro que sentí que los impactos me hacían caer al lanzarme hacia atrás. Y me sentí despedazado, me imaginé bañado en sangre, moribundo. Alcancé a oír risas y comentarios, burlas y hasta alguna palabra inteligible. Luego pasos retirándose.&lt;br /&gt;“Quién iba a pensar que iba a morir de esta manera tan estúpida. Todas las muertes son estúpidas. Sentí un gran dolor en el vientre, pensé que estaría desangrándome en abundancia. “Fue lo que busqué y lo que conseguí. Se acabarán todas las dudas. Chingó a su madre el mundo. Puta madre. Pobre de mí. Quién iba a pensar que iba a morir como un perro. Amarrado como perro y encapuchado por traidor a la patria. ¿Qué chingaos fue lo que hice para que me consideraran traidor a la patria? Y mis tías que tanto me quieren. Debo estar despedazado. Y Camila que desea casarse con esta piltrafa. Ojalá que se regrese alguno de estos malditos y me dé el tiro de gracia. Ya me mataron como a una puta bestia. Ojalá que alguien me encuentre y me lleve a un hospital y no me muera. Ojalá que no me muera. Debo estar vaciándome no sólo de sangre. Dios santo, Dios mío, permíteme sobrevivir. Si estoy pensando quiere decir que no me he muerto, pero debo estar agonizando. Quiero vivir. Dios mío, déjame vivir mis seis meses, por favor, capaz que alcanzo a vivir hasta un año como me dijo el doctor. Qué poca madre. Qué poca madre. ¿Por qué me mataron? ¿Se habrán equivocado? ¿Será por la protesta de Cajones y la toma de la presidencia municipal? No, no es posible. Estamos viviendo una época de democracia. Ya no ejecutan a la gente así, ya no el ejército por lo menos. Por favor, por favor. Que no me muera. Ojalá que alguien me encuentre. Ojalá que alguien me salve. No me siento tan mal. A la mejor puedo sobrevivir. ¿Por qué no siento dolor? ¿Ya me voy a morir? Chingada madre, ¿cómo saber si me estoy muriendo? A la mejor no me tocaron órganos vitales. Puta madre, me siento demasiado bien para estar agonizando. ¿Pero entonces qué fue lo que sentí? ¿No fueron los balazos? O a la mejor ya estoy muerto…”.&lt;br /&gt;Empecé a intentar moverme y me asombré de que no me dolía nada y de que mi cuerpo me obedecía. Con los brazos esposados a la espalda no es fácil ponerse de pie y absolutamente menos para un agonizante, pero comprobé que no estaba muriéndome porque pude ponerme de pie. Empecé a caminar a ciegas. Con mucho cuidado tentaleaba con el pie hasta asegurar que no me iba a ir a una barranca, pero recordé que la zona es muy plana. También comencé a dudar que hubiera sido herido. Caminé mucho tiempo entre tropezones y caídas. Sin el menor sentido de orientación ni de dirección. El territorio despoblado parecía inmenso después de tres horas de caminar sin encontrar gente. Aún no estaba seguro de sentirme ileso. En una de las múltiples caídas y de entre los incontables golpes que recibí, tuve un golpe pero de suerte. Me di cuenta que estaba junto a un matorral espinoso. Procurando no herirme hice desgarrar la tela de la capucha con las espinas. A través de los hoyos que logré hacer en la capucha pude darme cuenta de que amanecía. La capucha era ya una máscara que me permitía ver un poco y caminé por el llano sin rumbo ni idea de dirección pero por lo menos ya veía. Busqué un promontorio y subí. Desde ahí alcancé a ver a lo lejos las últimas luces eléctricas en el amanecer de una comunidad y caminé hacia allá. Dos horas después llegué exhausto. Era un pueblo minúsculo y desierto a esa hora, las seis y pico de la mañana. Tenía que pedir auxilio para que me quitaran las esposas. Me metí entre las casitas y de pronto unos cuantos chiquillos escandalizaban alrededor de mí. “¡El encapuchado! ¡Llegó el encapuchado!”. Traté de mirarlos, les grité que me ayudaran pero corrieron y siguieron gritando ¡el encapuchado! De pronto sentí golpes. Los cabrones escuincles me estaban apedreando. No niego que debe ser una imagen extraña y quizá hasta temible un hombre encapuchado caminando a deshoras de la mañana aun con las manos atadas por la espalda. Si me acercaba a los chamacos huían, si me alejaba me perseguían sin dejar de apedrearme. Corrí buscando lugares más poblados en el centro, el quiosco del pueblo. Llegó un momento que eran más de treinta escuincles apedreándome como a un perro. Terminé por detenerme, recargado en una pared, con los ojos casi cubiertos, casi sin visibilidad y las manos atadas atrás, terriblemente fatigado a esperar que hicieran de mí lo que mejor quisieran. No fueron muy pocos los golpes que recibí. Entonces llegó un hombre que me puso un palo en el cuello, como si fuera una serpiente venenosa. Los chiquillos que me apedrearan nos observaban desde atrás del temerario que me sometía.&lt;br /&gt;–¿Quién eres, qué haces aquí, por qué asustas a los niños?&lt;br /&gt;–Amigo, ayúdame. Me secuestraron. Me dejaron tirado por allá. Quítenme la capucha y las esposas.&lt;br /&gt;Llegó más gente y un hombre me libró de la capucha rasgándola con su navaja. Lo primero que hice al recuperar la vista fue mirar mi vientre supuestamente balaceado pero en realidad intacto. Luego me llevaron con el cerrajero del pueblo a que me quitara las esposas.&lt;br /&gt;–¿Y de dónde es usté, amigo?&lt;br /&gt;–Soy de Guanajuato, pero venía de Cajones y me agarraron unos soldados.&lt;br /&gt;–¿Dice que unos soldados?&lt;br /&gt;–Había un retén anoche, en la entrada de Puentecillas viniendo de Cajones.&lt;br /&gt;–Qué raro. Hace mucho que no vemos cuirios por aquí.&lt;br /&gt;–¿Aquí tienen ministerio público? Voy a levantar una denuncia porque también me robaron mi carro.&lt;br /&gt;–Mire nomás, cuánta cosa le hicieron. ¿Cuánto le robarían?&lt;br /&gt;–No fue mucho, pero el carro y mis documentos. –Entonces apareció la solidaridad. Me invitaron a desayunar garnachas y atole. Suculentos como casi nada que hubiera comido. Y el representante de la comunidad, Huachimole de Cuevas, en la que fui apedreado pero también rescatado de las esposas metálicas a cambio tan sólo de dejárselas al cerrajero de Huachimole; después de desayunar y de que mucha gente del pueblo, avisada por los niños, fuera a mirarme como si fuera el judío errante, el delegado de la comunidad me llevó en su auto hasta Puentecillas a denunciar ante el ministerio público.&lt;br /&gt;Se levantó el acta. Gasté cuatro horas en esperar el trámite que duró una más. Y salí de la oficina del MP con un sentimiento de orfandad, desamparo y abandono como me encontraba en la realidad. Sin documentos, sin un peso en la bolsa, abandonado en Puentecillas, sin automóvil, desvelado, hambriento y furioso contra algo o alguien que no sabía qué o quién era.&lt;br /&gt;Cuando caminaba afuera de la oficina del MP vi una grúa que arrastraba un automóvil ennegrecido, todavía humeante, convertido en cenizas excepto las láminas. Fui corriendo a verlo. Sí, era mi carro. Regresé con el agente del ministerio público y, después de dos horas más, hasta que el funcionario tuvo tiempo, corroboramos examinando las placas, que sí era mi automóvil. Agregamos al expediente que hablaba del robo del auto, su quema.&lt;br /&gt;Pedí un taxi por teléfono, lo cual fue muy difícil y sólo pude lograrlo gracias a la benevolencia de alguna persona que también pretendía levantar el acta de denuncia para pedir justicia, pues hasta los teléfonos públicos son inalcanzables para un humano que carezca de los treinta pesos, el salario mínimo de un día, casi, que es lo que cuesta la tarjeta telefónica más barata.&lt;br /&gt;El taxi me dejó en mi casa del Callejón de la Cabecita. Sanjuana estaba llorando, Obdulia había aprendido la lección. Eran dos días sin llegar a casa.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-3245474657971462808?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/3245474657971462808/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/04/capitulo-xvii-primera-muerte.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/3245474657971462808'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/3245474657971462808'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/04/capitulo-xvii-primera-muerte.html' title='Capítulo XVII. Primera muerte'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-2490490022028684887</id><published>2009-04-21T11:28:00.000-07:00</published><updated>2009-04-21T11:31:49.497-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El pueblo contra las autoridades. Tranquilino líder de colonos'/><title type='text'>Capítulo XVI. El puente de Cajones</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;XVI. El puente de Cajones&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;(Primera escaramuza)&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le di las gracias a la abuela de la abuela de Emeterio, la increíble doña Emeteria. Se fue caminando con sus piernitas chuecas, con su poderoso niño indefenso de la mano hacia su tendajón. Subí a mi carro, encendí el motor y lo moví en reversa en la maniobra para salir de frente. Cuando me di cuenta ya había un grupo de unas veinte mujeres, señoras, algunas jóvenes, otras maduras, obstruían el paso de mi carro hacia la salida. Se me figuró que habían salido del aire. Volví a bajar. Me acerqué a ellas.&lt;br /&gt;–Vamos al palacio municipal a exigir el puente de Cajones, señor. Queremos que usté, como acaba de decir, vaya con nosotras, porque no sabemos hablar con licenciados.&lt;br /&gt;–Queremos que sea el representante de nosotras.&lt;br /&gt;–Nosotras lo nombramos líder de los colonos de Cajones para que hable con el presidente municipal y le diga que queremos que se construya el puente. –Ya había elaborado la idea de que no querían luchar. Me quedé silencioso un momento oyéndolas. ¿Cómo decirles que la gran madre y tatarabuela de todos los niños del pueblo me había convencido, y con qué facilidad, de que ellos eran desidiosos, que no les importaba casi nada, que era mejor que sus hombres estuvieran en Estados Unidos trabajando y mandándoles dinero y que era mejor así en vez de pelear con el gobierno o que, en todo caso, se organizaran para construir el puente, que bien podían hacerlo, sin ayuda del gobierno. Creí que no podía, a pesar de que mi convicción estaba con las ideas de la vieja abuela del pueblo. Les dije que teníamos que elaborar una carta en la que manifestáramos la exigencia del puente. Nos fuimos a una de las casas del pueblito a discutir. Me ofrecieron comida, bebida, me dijeron que si quería reposar, descansar, sólo tenía que decirlo, que si quería pernoctar, ídem. Me empezaron a tratar como si fuera el hijo predilecto de Cajones. Me dijeron que hiciera lo que yo quisiera, que ellas confiaban en mí. Sospeché que era porque había sido notable que me gané la simpatía de doña Emeteria. Trajeron una máquina de escribir del siglo antepasado y redacté, oyendo al mismo tiempo gran cantidad de sugerencias, una carta en la que solicitaba, a nombre de las abajo firmantes, de manera perentoria, la construcción del Puente de Acceso a Cajones, en vista del accidente que poco antes había ocurrido en el dicho acceso.&lt;br /&gt;Salimos henchidos de satisfacción. Habíamos hablado de sus necesidades, de la desgracia ocurrida, de la ausencia de sus hombres, de sus problemas y de su desgracia. Se habían desahogado y, con ello, reforzaron la confianza que en mí se inventaran unos minutos antes. Confianza sin motivo ni el menor fundamento; ellas ni siquiera, como lo hiciera la abuela de las abuelas del pueblo, me preguntaron si me había mandado algún partido político; con su confianza y su hospitalidad me hicieron recuperar, casi, la convicción de que sí valía la pena ir a hacer un escándalo a la presidencia municipal de la ciudad, declarada por la UNESCO, Patrimonio Cultural de la Humanidad. Una mujer, doña Senorina, cuarentona, recia, casi negra, nos dijo:&lt;br /&gt;–Vámonos en mi camioneta, ahí cabemos todos. –Cuatro mujeres se subieron en mi carro y todas las demás, unas veinte, treparon en la camioneta de redilas de doña Senorina. Quién sabe de dónde salieron cartulinas que estaban escritas con leyendas como “Exijimos puente en Cajones”, “Los abitantes de Cajones no queremos morir en el rio porque no ay puente”, “Señor municipal cuantos años y cuantos muertos quiere por el chingado puente”. De pronto aquello era una caravana jubilosa. Algunas mujeres llevaban a sus chiquitos de brazos enredados en sus rebozos, otras llevaban niños o niñas, aunque no tan pequeños, de la mano. Todas pertenecían, según me lo había dicho doña Emeteria, a su árbol genealógico por línea directa, sesgada o bien por parentesco político. Ya en el trayecto, que incluye un buen tramo de carretera, las mujeres empezaron un escándalo como de aves gritadoras. En Guanajuato, con su escándalo, empezaron a llamar la atención entre la gente tanto la que iba en otros automotores como entre los peatones. Las conduje a mi estacionamiento particular, en la calle subterránea. Se bajaron de la plataforma de la camioneta entre alegrías y risotadas ayudándose unas a otras y pasándose de brazo en brazo cargando a sus chiquillos. Llegamos caminando al palacio municipal. Sin previo aviso empezaron a gritar “¡Venimos a exigir, el puente de Cajones! ¡Gobierno indecente, constrúyenos el puente!”. Y los transeúntes nos miraban extrañadísimos. Un solo policía vigilaba la entrada del palacio municipal. “No pueden entrar, señoras”. “¿Quién es el que ordena que no vamos a entrar?”. “Señoras, yo tengo la responsabilidad de cuidar esta puerta”. “¿Y eso lo autoriza a que deje entrar a quien se le antoje?”. “Señoras, puedo permitir que entre una comisión para que pidan hablar con el funcionario que ustedes quieran ver…”. “Mire, señor, mejor quítese del paso porque de todas maneras vamos a entrar”. Y se metieron. Hasta adelante iban las que traían manos libres o cargando sus pancartas mal escritas, atrás iban las que cargaban criaturas y la final las más viejas y las que llevaban muchachitos de la mano. El policía intentaba detenerlas a todas, pero las de la vanguardia lo llevaban empujando sin dejar de alegar. Subimos la escalinata y contemplé el gran mural de Chávez Morado que dedicara a Benito Juárez. Los burócratas y las secretarias salieron de sus oficinas a ver qué pasaba, por qué la gritería, nadie tenía una idea qué era “el puente de Cajones”, estoy seguro que ni siquiera sabían que hay una comunidad que se llama Cajones. De pronto el policía desapareció, pero no tardó en estar presente de nuevo sólo que ahora estaba acompañado por otros cuatro que aún eran muy pocos para detener a las mujeres que ya se encontraban en la puerta de la oficina del presidente municipal. De cualquier manera forcejearon con ellas que esta vez los manosearon un poco más de la cuenta, cuando los policías trataron de desalojarlas se hizo un pequeño pandemonium, ellas gritaron furiosas, los jalonearon, los traían como monigotes y ellos, policías de pueblo, no se atrevían a usar la fuerza contra las mujeres, varios perdieron el quepí, todos quedaron despeinados y descorbatados, alguno también traía la camisola desgarrada. No se apareció ningún funcionario, pero sí llegó algún subordinado, nervioso, gordo, apresurado, sin entender qué diablos ocurría el pobre hombre trataba de calmar la situación sin que se produjera escándalo alguno, se puso a tomar nota con mano temblorosa y a prometer que en cuanto estuviera disponible el presidente municipal o el secretario del ayuntamiento o al menos un síndico o un regidor nos pondría en diálogo con ellos; aunque para evitar el escándalo ya era demasiado tarde. Los reporteros de los periodiquillos locales ya estaban tomando nota para alimentar las ocho columnas del día siguiente. El presidente municipal y otros funcionarios se mantuvieron encerrados en sus oficinas informándose por radio sobre la situación, tratando de entender qué pasaba, de dónde venía esa gente que ellos de cían gobernar, qué diablos era eso de Cajones y su puente. Las mujeres establecieron que no se retirarían del palacio municipal si no las atendía un funcionario de primer nivel en el municipio. Llegaron más policías. Ya eran el mismo número que el de las mujeres, pero éstos ya traían toletes y casco. Dialogamos. El jefe de policía municipal se apareció por fin. “Señoras, es necesario que desalojen las instalaciones”. “Tenemos que hablar con alguien que nos resuelva, que tenga la autoridá para comprometerse a hacer el puente”. “¿Pos cuál puente?”. “¿Cómo que cuál puente?, ¿pos qué no sabe que se acaban de morir apenas dos niños porque el río voltió un camión?, ¿qué ni siquiera por el periódico se ha enterado que por no haber un puente en el pueblo se voltió un camión y se murieron dos niños? ¿pos qué no sabe en qué municipio vive, señor? Si hasta en el periódico salió”. “Sí, señoras, claro que sí sabemos todo lo que pasa, pero no se puede hacer un puente de cajones, los puentes se hacen de cemento, no de madera y ustedes no pueden invadir las instalaciones del poder municipal”. “Ah si será usté bruto, señor; ni siquiera sabe que en su municipio del que usté es el jefe de la policía hay un pueblo que se llama Cajones, no nos crea tan pendejas que no sepamos que los puentes se hacen de cemento y varilla y no de cajones, ah que jefes tan idiotas tenemos, yo no sé cómo están en el puesto que están y ni siquiera saben los nombres de los pueblos de su propio municipio”. “Señora, comprenda que uno tiene muchas ocupaciones con más de doscientas mil personas que viven en el municipio”.&lt;br /&gt;Finalmente resolvimos entregar la carta al jefe de la policía quien devolvió una copia de la misma con sello fechado y su firma de recibido, en la que lo hicimos anotar que en tres días nos tenía que recibir el presidente municipal. Así quedó el acuerdo y salimos jubilosos, las mujeres comentaban que habían cacheteado a algún policía, que el jefe no sabía qué hacer ni qué decir, que les echamos en cara su pendejez, que el presidente municipal y varios regidores, síndicos (todos cínicos) se habían escondido en la oficina de su jefe como ratones asustados, que, en fin, había sido un triunfo y que cómo no se les había ocurrido antes hacer un escándalo así. “Pos es que estábamos acostumbradas a que si les hacíamos una protesta nos mandaban a los cuirios a matarnos. Yo no sé cuándo cambió esto y desde cuándo admiten que venga uno a gritarles en su jeta”.&lt;br /&gt;Afuera había casi un tumulto. Mucha gente de la ciudad se acumuló afuera del palacio municipal como si vieran un divertido espectáculo. Eran las seis de la tarde y las oficinas habían permanecido abiertas tres horas más de lo que ocurría en día normal.&lt;br /&gt;–Señor Tranquilino, queremos hacer una junta del pueblo para ver qué es lo que sigue y queremos que usté esté presente. –Doña Senorina me habló como un coronel lo hace con su general.&lt;br /&gt;–¿Cuándo?&lt;br /&gt;–Pos diga usté cuándo, nomás con que no pase de mañana.&lt;br /&gt;–Ah bueno, entonces nos vemos mañana temprano, a eso de las diez ¿está bien?&lt;br /&gt;–Está bien como usté diga, señor don Tranquilino.&lt;br /&gt;Y se fueron orgullosas de su victoria, con sus niños, unos de brazos, otros que apenas caminaban pues a los más grandecillos los habían dejado solitos allá en la comunidad, se acomodaron trepadas en la camioneta como reses. Fui con ellas hasta su transporte. Mi carro estaba atrás de su camioneta. Pensaba qué significaba esto, no me sentía convencido de que estuviéramos haciendo lo mejor. Me despedí de ellas y me encaminé a mi auto. Adentro de mi carro, al volante, estaba Laura leyendo.&lt;br /&gt;–Si la montaña no viene a ti, ve tú a la montaña.&lt;br /&gt;–Discúlpame. ¿Tienes mucho rato esperando?&lt;br /&gt;–No importa. ¿Qué hay de nuevo? –Supuse que iría a casa, ahí conseguiría las llaves del carro, ¿le conté dónde lo estaciono siempre?, seguramente. Debía tener unas dos horas por lo menos ahí.&lt;br /&gt;–¿Quieres que vayamos a comer algo? –Sin esperar casi respuesta encendí el carro y me la llevé lejos del peligro que significaba que alguien nos viera y Camila se enterase. Tomé la salida hacia Silao. Ni siquiera preguntó a dónde la llevaba. Fuimos a comer la buena carne de Silao con suficiente vino. Si en algún momento se encontró de mal humor por la espera ahí se disipó. Luego nos metimos en un bar y empezamos a tomar tequila a discreción. En poco tiempo estábamos jubilosos y enrojecidos, nos habíamos puesto a hablar como si fuera competencia, casi cualquier cosa nos hacía reír, ella estaba más hermosa que nunca después de cuatro o cinco tequilas, como si se hubiera pasado de rubor al maquillarse, risueña, encantadora y complaciente con cuanto yo decía.&lt;br /&gt;Al día siguiente desperté tan confundido que me sorprendí de estar con ella y en un lugar que jamás había visto.&lt;br /&gt;–Puta, qué bárbaro. Qué peda tan espantosa agarramos, Laura. –Ella se agarraba las sienes y apretaba los ojos–. Lo último que recuerdo fue que un mesero y luego el capitán de ellos y luego el encargado del restaurante bar nos pidieron primero que tratáramos de bajar la voz y que no destruyéramos el menaje de servicio –de pronto nos pusimos tan inocentes y espontáneos que empezamos a romper las copas y los vasos después de vaciarlos en nuestros respectivos aparatos digestivos brindando bajo el lema de “Hidalgo, chingue su madre el que deje algo”. El pretexto era casi poético: que nunca más se bebiera en tales recipientes–, oye, Laura, ¿estamos locos?&lt;br /&gt;–Me siento espantosamente mal. Te juro que me duele todo mi lindo puerquecito. Vamos a tomar algo.&lt;br /&gt;–Oye, me estoy acordando que nos sugirieron que merecíamos un buen lapso de reposo, así dijo, ¿te acuerdas?, porque nuestras condiciones ya no eran las mejores –lo cierto es que estábamos escandalosamente borrachos ambos y en el sumum del júbilo y la carcajada ya habíamos hecho una gran bulla, para escándalo de las honorables personas, los parroquianos (no menos ebrios que nosotros, pero no tan jubilosos) que se encontraban en el lugar–. Individuos tan correctos, lo que hace la hipocresía del dinero; éramos dos borrachos necios y detestables. Casi no se concibe el ridículo de decir a dos borrachos en plan tan indecente como ya estábamos que las políticas de la empresa les impedían vendernos más alcohol y que ellos se reservaban el derecho de admisión y estancia en su negocio.&lt;br /&gt;–¿Te acuerdas que me dijiste “Señorita, dígame usted qué clase de disparates ha cometido usted contra la moral y las buenas costumbres de esta honorable ciudad y este insigne antro para que el ínclito caballero aquí presente nos esté invitando a irnos a chingar a nuestra madre”. –Lo recordé después en un trabajo como de armar un rompecabezas de imágenes que aparecían dispersas en mi mente. Cuando practicaba la tal recordación me sentía deprimido y sólo la actitud de Laura, su compañía, me daban arrestos para tener actitudes de buen humor; lo cual era inventado, sin embargo, aunque ella sin duda estaría en iguales o peores condiciones, el invento funcionaba para no sentirnos como en realidad estábamos, en condiciones deplorables. Las imágenes que me llegaban hacían sentirme peor. Ella respondió algo así como:&lt;br /&gt;–Pero le dije “Es indudable que el caballero tiene razón. Somos un par indeseable ¿verdad?”, me le acerqué al pobre hasta que casi tocaba sus narices con las mías. Tranquilino, te juro que casi no me reconozco.&lt;br /&gt;–Y tus senos se rozaban con su uniforme. Pobre hombre.&lt;br /&gt;–Ni me digas. Quería que se sintiera desgraciado. “¿Quién puede desear encontrarse en nuestra compañía?”, le dije. Pobre tipo, le estaba echando el aliento tequilero y tabaquista a diez milímetros de su cara, y el pobre seguía a pie firme, como un San Antonio resistiendo las tentaciones demoniacas de la carne.&lt;br /&gt;–Pero Laura, qué barbaridad, ¿estás de acuerdo en que le dijiste resoplando en su oído “¿pero acaso no le gustaría coger conmigo?”.&lt;br /&gt;–Ay no, cómo crees que le voy a decir así.&lt;br /&gt;–En la borrachera y sin haber sentido lo que él sintió, estuve seguro que el hombre repudió ese momento. Laura, ese pobre te odió o por lo menos deploró su circunstancia. Creo que él hubiera deseado encontrarse en otra situación que le hubiera permitido por lo menos responder a aquello que era un alarde tuyo, una provocación, una especie de bravuconada, Laura. Si no hubiera estado en su trabajo, y por las caras que hacía, creo que te hubiera dicho “Sí, señorita, estoy de acuerdo, vamos a coger, es usted muy linda y será un honor además de un placer agarrarla de a perrito si no le parece mal”. Pero el pobre güey no podía hacer más que quedarse bien serio y apretado, enrojeciendo de vergüenza o de rabia.&lt;br /&gt;–Tranquilino, te juro que no recuerdo en qué momento y condiciones salimos de ahí.&lt;br /&gt;–¿Recuerdas que bebíamos whisky a pico de botella en la calle? –Claro que lo recordaba, pero, al fin actriz me dijo:&lt;br /&gt;–Cómo pasas a creer que yo iba a estar alcoholizándome en la calle. ¿Quieres decir que ya estaba absolutamente briaga? Pero recuerdo así como entre la oscuridad o como en un sueño que estábamos en algún lugar muy iluminado, entre una multitud que nos miraba, besándonos y tambaleándonos de tan borrachos. Tengo la impresión espantosa, Tranquilino, de que hay muchas cosas que hice y que no las recuerdo, como si me hubieran robado un pedazo de vida.&lt;br /&gt;–Ay, ¿a poco no te acuerdas cuando te encueraste en una cantina?&lt;br /&gt;–No me digas eso. No me encueré ni siquiera cuando me quedé dormida.&lt;br /&gt;–Entonces tampoco te acuerdas de la cogidota que me diste en el mismo bar.&lt;br /&gt;–No, Tranquilino, eso ya lo estás inventando.&lt;br /&gt;La descomunal borrachera, la diversión desaforada nos había dejado vacíos, ni siquiera nos permitió –que lo recordáramos– hacer sexo. La crueldad de la cruda se ensañaba con nosotros. Nuestro estado físico era desgraciado, el sicológico era cínico y el espiritual o bien confuso o bien inexistente, esclavizados por el cuerpo, por la cruda. Me sentía un bicho indecente e incluso hediondo. –Vamos a bañarnos–. Invité a Laura.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-2490490022028684887?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/2490490022028684887/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/04/capitulo-xvi-el-puente-de-cajones.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/2490490022028684887'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/2490490022028684887'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/04/capitulo-xvi-el-puente-de-cajones.html' title='Capítulo XVI. El puente de Cajones'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-2159138158654334574</id><published>2009-04-13T17:11:00.000-07:00</published><updated>2009-04-13T17:14:15.597-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La centenaria y el cínico'/><title type='text'>Capítulo XV. Cajones</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;XV. Cajones&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después del sueño negro en gran parte de la noche, cuando estaba cerca de despertar empezaron a dar vueltas en mi mente las preguntas relacionadas con la circunstancia. Me levanté a medio camino entre la vigilia y la inconsciencia y repasando las preguntas. Y me metí a bañar mientras seguía preguntándome.&lt;br /&gt;¿Cómo pude coger tanto tiempo? ¿Cómo pude soportar tantas horas sin venirme? ¿Será porque he relacionado tanto el orgasmo con la muerte? ¿Es que inconscientemente ya descubrí que venirse es muy similar a morirse? ¿Es que venirse es morirse un poquito? ¿O venirse es sólo el momento de la muerte? ¿No es cierto que ya descubrí, o al menos así lo siento, que morir es igual que dormir? ¿No es cierto que algo me dijo desde adentro de mí que soñar es atisbar el mundo eterno en donde existimos después de morir? ¿No es cierto que, igual que muere el día, cada noche morimos y cada mañana renacemos? ¿No es cierto que si fuéramos lo suficientemente espontáneos, valerosos, intensos, geniales, cada día seríamos un ser humano nuevo y diferente al del día anterior, como si, en efecto, hubiéramos muerto y renacido? ¿Cómo podemos vivir sin considerar que tanto coger o más bien venirse y dormir, dos actividades tan comunes e imprescindibles, tienen relación tan cercana con la muerte? ¿Después de coger, después de venirse, de morir un momento, no es cierto que renacemos? ¿Por qué cuando se satisface el amor empieza a desaparecer? ¿Porque el amor muere en el momento en que se realiza? ¿Entonces el amor no existe? ¿O entonces por eso el amor es eterno, puesto que no existe en este mundo y cuando se tiene en la mano se desaparece como si estuviéramos atrapando humo con la mano? ¿Pero entonces el amor es eterno gracias a que muere en cuanto deja de ser una ilusión y se realiza en la carne? ¿Nos pasará igual? ¿Todos tenemos que morir para que la especie no desaparezca? ¿Esa es la manera de sobrevivir de la humanidad? ¿Tiene algún caso que contraiga matrimonio con Camila si la dejaré viuda muy pronto? ¿Es mejor desear el amor y soñarlo y buscarlo que conseguir su realización? ¿Volveré a coger tan delicioso con Camila? ¿Volveré a coger tan delicioso? ¿Volveré a coger? ¿Volveré?&lt;br /&gt;Oí que sonó el teléfono. Sanjuana vino hasta la puerta del baño.&lt;br /&gt;–Mi hijo, te llama por teléfono esta muchacha, la actriz, ay, ¿cómo se llama? –Dios santo, pensé, Laura–. ¿Le digo que te llame en un rato? –Salí envuelto en la toalla. Las viejitas volteaban su rostro hacia otro lado.&lt;br /&gt;–Bueno…&lt;br /&gt;–Hola, señor matón de Guanajuato…&lt;br /&gt;–Laura, qué sorpresa. Estaba seguro de que no me hablarías jamás.&lt;br /&gt;–Pues he estado muy ocupada. He tenido mucho trabajo, bendito sea Dios. Y de pronto tengo un par de días to-tal-men-te libres y pensé visitarte en Guanajuato, ¿qué te parece? ¿Estás disponible?&lt;br /&gt;–Sí, bueno, lo que pasa es que… Mira, tengo que ir a una comunidad a arreglar un asunto, aquí a Cajones, a veinte minutos de Guanajuato, pero dime qué día y a qué hora llegas. –Y quedamos de acuerdo para vernos el mismo día en la noche. ¿Y Camila? Me pregunté de pronto. Dios santo, qué pasará con Camila. ¿Le voy a mentir? Terminé de asearme y afeitarme. Obdulia y Sanjuana ya tenían listo un suculento desayuno. Aunque se notaban deprimidas. Querían hacerme sentir culpable. Que si las conocía. A pesar de su anuencia y su cesión no terminaban de claudicar y, al menos, trataban de chantajearme, trataban de que me sintiera un maldito. Pero un neocínico jamás se sentirá culpable.&lt;br /&gt;Casi sentía placer de pensar de mí como un maldito macho que ha abusado de sus mujeres y que ante los chantajes y recriminaciones de ellas se muestra cínico, implacable y hasta burlón. Simulaba no darme cuenta de su dolor, me portaba como si la vida transcurriera con la mayor normalidad y como si haber metido a mi novia en mi cuarto y sostener una encerrona de catorce horas en las que por momentos salían grititos de placer, carcajadas de gusto, jadeos de lujuria, risillas descaradas y hasta gritos de dolor, fuera lo normal. Más aun, como si tanto sexo explícito (al menos en el ámbito auditivo) no fuera más que asunto ya no digamos normal, sino algo así como un derecho laboral. Desayuné como siempre y me porté como nunca. Ellas, con sus ojos alicaídos de desvelo o quizá de llorar, iban y venían atendiéndome, haciéndome veladas alusiones de que estaban tristes o que no habían dormido. No les mostré acuse de recibo, simulé no captar las indirectas y la “normalidad” de mi actitud era el más brutal cinismo, el ninguneo y la opresión. Las inocentes. ¿O qué? Por un lado me decía “Pobrecitas, han de estar horrorizadas, ofendidísimas; en su casita, su sobrinito el más querido se mete con mujeres a realizar orgías sexuales, demoniacas, pecaminosas hasta el merecimiento de la condenación. En su cara, bajo su techo. Han de estar tan espantadas y pidiéndole a Dios por mí, por mi pobre alma que se pierde”. Pero por otro lado “Me vale madres. Creo que no hay muchos más pecados que la estupidez y la hipocresía”. Coger no es pecado y nunca lo ha sido. Casi me había dado cuenta cuando llegué alrededor de mis treinta años. Quizá demasiado tarde. Pero no lo había hecho consciente. Pero a esta edad y en medio de semejante crisis, estaría cometiendo una de las más bestiales estupideces si siguiera creyéndolo. Ahora que por primera vez en mi vida cojo como debí coger a los veinte años, a los dieciocho, a los dieciséis. Después de perder tanto tiempo tengo que vivir con intensidad lo poco que podré vivir. Chiquitas, ustedes nunca pudieron darse cuenta. Ojalá que algún día al menos lo vislumbren y así me podrán perdonar. Aunque no tienen de qué perdonarme. En conclusión, coger no es pecado. Aunque, como cualquier otra actividad, en ciertas circunstancias, podría serlo. ¿Cómo va a ser pecado la actividad que de tan deliciosa llega a hacer sublime este mundo? ¿La realización física del mejor sentimiento, de la más alta comunión con otro ser humano? ¿Eso es pecado? Esas son mamadas, decir que coger es pecado es la más grande mamada que se puede proferir en el mundo. Aquí mamada significa estupidez. Por cierto, las mamadas, es decir, el sexo oral tampoco son pecados. Pero cómo se lo hago saber a estas vírgenes angelicales. Ni siquiera debo intentar que “les caiga el veinte”, para empezar ya no deben tener ranura en la que les caiga, o deben tenerla tapada. ¿Qué clase de chingaderas estoy pensando de las inocentes?”. Salí de mi casa tras desayunar. Crucé el Baratillo y me metí a la calle Subterránea. Yo soy de los que se estacionan en vía pública. De algo debe servir que la familia de uno sea guanajuatense secular. Agarré mi carro y me fui a Cajones. Manejé despacio, como se maneja aquí. Pensaba “¿y qué voy a hacer a Cajones? Voy a ver a la gente. Puedo tratar de que me digan qué pasó. ¿Y para qué? ¿Cómo voy a explicar mi interés en el caso?&lt;br /&gt;Pasé frente al penal de Puentecillas y llegué al pueblito de ese nombre. Pregunté para dónde quedaba Cajones. Sígase por ahí derecho, por el único camino. Después de veinte minutos de tránsito por un camino de burros llegué a un conjunto de casas como abandonado, sin calles, las casas se agrupaban a capricho y en el suelo no había el menor intento de asfalto; habitaciones de adobe y muy pocas de mampostería. ¿Aquí es Cajones?, pregunté a una mujer que parecía ir huyendo. Sí señor.&lt;br /&gt;No había más de cincuenta construcciones. Un grupo de muchachitos mugrosos aparecieron mirándome como quien mira a un ectoplasma, entre curiosos y casi asustados. Me bajé del carro y traté de acercarme a los niños pero se alejaron sin perderme de vista. Me fui caminando por las irregularidades del suelo de tierra y piedras. Traté de seguir lo que pudiera ser la alineación de las casas. Los niños me seguían desde lejos y cuando intentaba acercarme a ellos se alejaban. Sospecho que pensaban qué diablos buscaba en Cajones, un lugar al que sólo vienen los habitantes de aquí y sus parientes. Caminé unos 200 metros y vi una enorme cantidad de agua por allá lejos, era la presa de La Esperanza. Las casitas parecían colocadas como si las hubieran lanzado a lo loco desde la altura. Me salí de la comunidad. Regresé a mi carro. Los niños me seguían de lejos, observándome. Parecía no haber gente en el pueblito, además de los niños y los perros que a veces me miraban igual que los niños, aunque aquéllos a veces me ladraban. De pronto aparecían grupos de pollos asustadizos y estúpidos buscando alimento entre la tierra. También había chivos ramoneando entre la hierba y marranos dispersos. Descubrí unos anuncios de Corona y Marinela. Fui al tendajón.&lt;br /&gt;–Buenas tardes, ¿tiene algo frío que tomar? –Una mujer de indescriptible ancianidad, morenísima y ensimismada, con una sonrisa congelada en su rostro oscuro y en el que no cabía una arruga más, con un mandil a cuadros y sus trenzas que alguna vez fueran negras y que ahora tenían algunas incrustaciones blancas, me dijo:&lt;br /&gt;–Cerveza, jovencito. –Tenía una vocecita como de niña y jamás perdía la sonrisa. Empecé una Corona que me destapó. Lo de jovencito estaba más que justificado, la mujercita me pareció un pequeño simio de tan vieja, se levantó, caminó con movimientos firmes, sacó una cerveza helada de un viejo tinaco que proporcionaba la fábrica de cerveza Corona Extra, la secó con una jerga y, sin quitar su sonrisa, me dio la botella. le dije:&lt;br /&gt;–¿Usted conoció a los niños que murieron en la volcadura del camión?&lt;br /&gt;–Eran mis bisnietos –contestó casi con dulzura.&lt;br /&gt;–Fue algo muy triste… yo… la acompaño en su dolor. –No mostró reacción, como si la muerte ya no fuera importante para ella. Dijo para explicar:&lt;br /&gt;–Todos aquí son mis nietos o bisnietos. –Señaló con la mirada a los chamacos que husmeaban desde afuera de la tienda–. Pero unos de ésos ya son tataranietos.&lt;br /&gt;–¡Bisnietos y tataranietos! ¿Todos?&lt;br /&gt;–Aquí todos son mis parientes. Mire, jovencito, yo llegué aquí muchacha, hace ya muchos años. ’Ora verá, pos yo creo que llegué aquí en el año catorce o quince. ¿Cuánto hace de eso?&lt;br /&gt;–¿En el año catorce o quince?, señora, de eso hace unos noventa años.&lt;br /&gt;–¿Noventa años? No me diga. Éramos doce familias y yo tenía unos catorce o dieciséis, cómo me voy a acordar; pero ya tenía marido, era Chon, mi primer señor. Fíjese que con él hice seis hijos. Pero a mi Chon me lo mataron en la bola, que así se le llamó a la revolución en aquellos entonces. Estaba bien jovencito, no llegaba a los veinte. Él andaba con Pancho Villa y me lo ultimaron en Celaya, cuando Pancho Villa sacrificó a su gente para no sacrificar a la ciudad. No quiso aventarle bombas a Celaya y por eso perdió. Y todavía así le voló un brazo a Obregón. Allí quedó mi Encarnación. Y me quedé sola.&lt;br /&gt;–¿Y se quedó viuda desde entonces?&lt;br /&gt;–No, cómo comprende, jovencito. –La mujercita sonrió mostrando que ya no tenía dientes, pero su risa era como si le diera pena mi estupidez–. ¿Qué me quedaba a hacer yo sola sin marido? No, Dios guarde l’hora. A los cuatro años me arrejunté con un señor también viudo y él y yo hicimos ocho hijos. Ese señor, don Atilano sí me aguantó muchos años, como veinte.&lt;br /&gt;–¡Catorce hijos, señora!&lt;br /&gt;–Pero el Atilano, ya estaba viejo, él andaba cuarenteando cuando yo veinteaba, pos no me aguantó mucho. Yo seguí muchacha muchos años, él ya estaba hecho y derecho. Y se me murió de viejo. Tenía unos treinta y tantos y estaba otra vez viuda. Entonces, ay jovencito, no me juzgue mal, pero un muchacho muy pronto se interesó por mí, él era más chico, todavía no llegaba a los treinta y me dijo que yo no estaba todavía de mal ver y me arrejunté con Solar, se llamaba. Todavía alcancé a echar otros seis muchachitos al mundo.&lt;br /&gt;–Señora, ¿tuvo usted veinte hijos en toda su vida?&lt;br /&gt;–Pero con tres maridos, jovencito, no crea que con uno solo. Los hombres de aquellos entonces querían hijos y una pos tenía que hacerle del cabal al hombre, si de por sí se nos iban los hombres, por lo menos con los hijos ya no se olvidaban de una. Fíjese nomás, traje veinte muchachos y muchachas. Fueron ocho machitos, ’ora ya están viejos, no si ya he enterrado creo que a seis, ya ve que los hombres son muy delicados, si no los matan en una guerra los matan en una cantina y si no se nos mueren de la fiebre canicular. De mis doce hijas, en cambio, me viven diez y eso porque las dos que se me murieron se me murieron de parto. Las que se lograron ya están viejas. Unas ya son bisabuelas, figúrese…&lt;br /&gt;–Señora, ¿se da cuenta que usted es una mujer de tres siglos?&lt;br /&gt;–Ay, jovencito, pos he vivido… Dios me lo concedió. Yo no me acuerdo de mi edad, pero a la mejor ando llegándole a los cien o a la mejor ya los pasé, pero una cosa sí es cierta, no alcancé a agarrar ni un año del siglo antepasado, yo soy del principio del veinte, del siglo, no sé si del uno, del dos o del tres o capaz que hasta del cuatro o del cinco, pero de ahí no paso. Y me gusta trabajar. Trabajo desde los diez años. –¿Sentía ganas de golpearla? O ¿sentía una infinita ternura? ¿Cómo era posible que estuviera alrededor de los cien años, de vivir un siglo y habitar tres mundos? Los finales del siglo diecinueve muy bien llegaron a México en los años de la revolución; luego el veinte y ya caminó casi toda la primera década del siglo veintiuno. ¡Dios santo! Cuando ella estaba pariendo hijos todavía no existían los aviones, ni siquiera se soñaba con las computadoras, ¡apenas empezaban a circular los primeros automóviles! Puta madre. Cuando ella tenía mi edad capaz que ya era abuela. Yo ni siquiera he tenido un hijo. Ni lo tendré.&lt;br /&gt;–Señora, no sé cómo se llama, usted es la madre de este pueblo.&lt;br /&gt;–Pos fui la que tuvo más suerte para vivir tanto y me llamo Emeteria Santillán. Por eso aquí todos son mis hijos, nietos, bisnietos, tataranietos. Y créamelo, tengo dos choznitos. Dicen que ésos ya no son nada de mí. Pero yo quiero mucho a mi choznito, el que vive aquí en Cajones, porque tengo otra pero ésa se la llevaron pa’l norte, pa’l otro lado, ya ve que tanta gente se ha ido pa’llá, éste se llama Emeterio, como yo, y está bien chulo el chamaquito. Se lo voy a enseñar. Cuando los muchachos crecen luego traen muchachas de fuera y las hacen sus mujeres, las dejan aquí con los chiquillos que les hacen, ellos, ya tiene mucho tiempo que se van pa’l otro lado a hacer dinero o a morir y a veces, las más, regresan vivos y pobres, pero a veces regresa el puro dinero que hicieron, ellos lo mandan y, las menos, regresan adinerados y se hacen sus casas, ponen un negocito y mantienen a sus hijos. Yo ya he enterrado hijos, nietos y hasta bisnietos. Uno de mis bisnietos, por cierto, me puso la tiendita, es un muchacho casi joven todavía. Aquí hay muchas mujeres que se quedaron solas porque su macho se les murió, se les lió con otra o simplemente se les perdió. Aquí casi nomás quedamos las mujeres, uno que otro viejo y los niños que, en cuanto crezcan, se irán a buscarse su destino. Y como Cajones se formó por las doce familias que llegaron por allá en los años quince a dieciocho, no pasa de ahi, como ya le dije, pos todos vienen siendo mis parientes, aunque las muchachas, le digo, hayan venido de fuera son mis políticas, parientes políticas. Los chiquillos que ve allí afuera, vienen siendo mis bisnietos o mis tataranietos, unos más alejados, ya nomás como sobrinos, otros están más cerca, pero todos. –En ese momento entró una criatura de acaso año y medio, prieto, regordete, con una enorme cabeza, el pelo negro cenizo, rebelde y lacio, sus mejillas que parecía tenerlas infladas como a punto de soplar, curtidas por el frío y el sol, los ojillos brillantes y salvajes, todavía brutales pero ya inteligentes, sus manezuelas parecían grandes y fuertes para una criatura, caminaba con graciosa torpeza y la libertad en que le die an crianza había hecho de él un formidable proyecto de hombrón, era un escuincle de gran poderío, inquieto, curioso e inteligente. Como un animalito precioso, con una fuerza vital en la que la naturaleza se expresaba sin límite. Observé al hermoso bebé con detenimiento, era impresionante su fuerza animal, su salud; no era un niño de ciudad, fino y débil; era un animalito silvestre y estuve seguro de que cuando tuviera 20 años sería un glorioso ejemplar de macho de nuestra especie y, si un poco lo adiestraban, no dudé que podría ser un atleta invencible y luego un hombre inteligente y útil. La mujer me miraba– éste es mi choznito Emeterio, vea qué chulada de muchachito. A ver si se logra, todavía está muy chiquito.&lt;br /&gt;–¿A ver si se logra?&lt;br /&gt;–Sí, porque estos angelitos luego son muy delicados. Tienen que tener el sarampión, la viruela, las fiebres tercianas, las cuartanas y la varicela, las diarreas y alguna que otra infección o enfermedad que le dé. Está muy bonito el niño, a ver si se logra.&lt;br /&gt;–¿Qué aquí no se logran los niños?&lt;br /&gt;–Pos verá usté que muchos se nos mueren porque aquí no hay doctor, luego no los vacunan, porque el centro de salud está muy lejos, hasta allá en el centro y la gente también es desidiosa, y pa’acabarla de amolar, cuando ya se lograron, vea lo que pasó, que en la volcadura se nos fueron dos niños ya bien lograditos, de nueve y diez años. Es muy triste.&lt;br /&gt;Me bebí dos cervezas amargas como nunca y salí de la tienda. Los chiquillos se retiraron como pájaros asustadizos y me miraban desde lejos medio escondidos. El caserío continuaba desierto, vacío, yo me sentía igual. Me fui hasta el carro y me recargué en él bajo el sol despiadado. Desde que tuviera noticias de mi muerte empecé a cultivar un vicio que no me había tocado en toda mi vida, el vicio de fumar. Saqué un cigarro y lo encendí. Y empecé a preguntarme lo que las circunstancias me obligaban a preguntarme.&lt;br /&gt;¿Qué probabilidad de sobrevivir tiene ese chiquillo en estas condiciones? ¿Dónde está la gente? ¿Por qué nadie sale? ¿Cuántos niños se tienen que morir porque no hay un estúpido puente, cuántos porque no los vacunan o no les curan una diarrea o una infección en la garganta? ¿Alguno va a vivir como doña Emeteria? ¿Por qué nadie sale? ¿Y a mí qué putas me importa si se mueren o no se mueren? ¿Y por qué, en cuanto crecen, los hombres se largan todos a Estados Unidos? ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Y cómo no se van a largar a Estados Unidos si aquí no hay una sola alma, claro, a qué se quedan, qué putas van a hacer aquí? ¿Qué significa haberme encontrado con doña Emeteria? ¿Por qué no exigen el puente, las vacunas, un centro de salud para que no se mueran los niños? ¿Y si se mueren qué? ¿A mí, puesto que todos nos vamos a morir y yo antes que todos, qué carajos me importa? ¿Es porque yo me voy a morir y a todas las personas qué putas les importa si me muero antes o no? ¿Es porque todos se portan como si fueran a vivir eternamente, pero si supieran en qué fecha morirán entonces sí se preocuparían por que no se mueran sus niños? ¿Por qué no se me da vivir aunque sea la mitad de lo que ha vivido esta vieja? ¿De estos escuincles que me andan espiando, cuánto tardarán en largarse de Cajones a cruzar la frontera norte? ¿Si no se logra Emeterio qué se perderá este pinche pueblillo de mierda, qué se perderá el municipio, qué se perderá el estado y el país y la humanidad? ¿Poca cosa? ¿Qué podría llegar a ser si lo educaran hasta hacerlo un hombre de gran cultura y, antes, un joven deportista? ¿Será por criaturas como ésta que mi país ha dado tan grandes deportistas, pero han sido tan pocos porque la mayoría no se logran? ¿Qué clase de mierda es este mundo, este país, este jodido pueblo? ¿Estoy aquí porque no sé qué hacer con mi vida, el escaso tiempo que me queda de vida? ¿Vine porque me movió el morbo de ver qué clase de gente es ésta que permite que le arranquen la vida? ¿Cómo es que a pesar de todo ha vivido tanto tiempo doña Emeteria? ¿Vine a obligar a esta gente a que defienda su vida? ¿Vine a desperdiciar lo poco de vida que me queda? ¿Puesto que yo no puedo vivir más, vine a que defiendan sus vidas, puesto que por la mía ya nada puedo hacer? ¿Instintivamente deseo vivir en ellos? ¿Me gustaría vivir tanto tiempo como esta mujer? ¿No les importa que sus niños se mueran, es decir, no les importa que el futuro los condene a muerte?&lt;br /&gt;–Hombres y mujeres de Cajones… Una injusticia horrible acaba de ocurrir en esta comunidad, la muerte de dos niños por causa de algo que no tenía por que ser así, por un acto de negligencia continuada… No es posible que por no haberse construido un puente desde hace quince años se mueran dos inocentes… Déjenme decirles que mientras en la capital del municipio cambian las losas de las banquetas, abren las calles como reses en canal y se gastan cientos de miles de pesos en trabajos que no son necesarios, aquí sigue sin haber un puente ¿para que el próximo año, en la época de lluvias, se mueran más niños? Es responsabilidad de los adultos, de los hombres y de las mujeres de esta comunidad que el gobierno resuelva las necesidades urgentes que tiene que resolver. Mientras los políticos usan el presupuesto para hacerse notar, para aspirar a cargos más elevados, para enriquecerse con los dineros que entregamos a través de los impuestos, dejan a comunidades como la de ustedes en el más completo abandono. Vayamos, señores y señoras de Cajones, vayamos en este momento a la presidencia municipal a exigir la construcción inmediata del puente y de lo que sea más necesario para la comunidad, un centro de salud, un centro deportivo… Vamos a exigir a la autoridad lo que es imprescindible para que la vida nos sea menos dura y para que no se nos mueran nuestros niños… –hablé predicando en el desierto, en una comunidad desierta. Mi voz, en el silencio total, se oía a gran volumen. De pronto pensé que jamás hubiera sospechado que yo era capaz de hablar con ese volumen. De cualquier manera fue inútil. El pueblucho siguió tan desierto como cuando llegué. Esto vale madres, pensé. Doña Emeteria llegó hasta donde yo estaba, traía una cerveza abierta. Me dijo:&lt;br /&gt;–Tómese otra cervecita, jovencito, pa’la calor… ya se le secaría el gaznate…&lt;br /&gt;–Gracias…&lt;br /&gt;–¿Y a usté quién lo manda, el PRI o el PRD?&lt;br /&gt;–¿¡Qué…!? –así que a sus noventa y nueve o ciento diez sabía qué era el PRI y el PRD.– No, mire, a mí no me manda ningún partido…&lt;br /&gt;–¿Entonces por qué viene a levantarnos contra el gobierno?&lt;br /&gt;–Porque… –Porque no sé, porque me estoy muriendo, porque algo tengo que hacer, porque no quiero morir, porque soy un pobre pendejo, porque tengo una rabia y un odio que no sé qué hacer con ellos, quizás es porque odio la muerte y no puedo luchar contra ella más que de esta manera…– aborrezco que se mueran los niños, mientras los políticos no se cansan de robar y de burlarse de nosotros…&lt;br /&gt;–Ay, señor, pero es que aquí la gente es muy dejada y además no hay hombres.&lt;br /&gt;–Es lo que veo. Pero tampoco hay mujeres. Ya me voy.&lt;br /&gt;–Espérese, jovencito, tómese otra cervecita pa’la calor que está re-fuerte. Espéreme. –Me quedé terminando la cerveza y no sabía si esperar la otra. No estaba decepcionado. De alguna manera el hecho de gritar, aunque fuera en el desierto, me había desahogado. Regresó la mujer, traía al pequeño Emeterio cargando trabajosamente y la cerveza prometida. Me la entregó. El chiquillo tenía una serenidad y una fuerza en la mirada que, pensé, eran dignas de un estadista, de un verdadero dirigente, más el vigor notable en su cuerpezuelo, la reciedumbre en su pequeñez, la piel oscura y curtida por el sol y el aire helado. Me conmovió aun más su existencia, su fuerza y su desamparo que, de alguna manera eran lo mismo que los de la tatarabuela de su madre o su padre, Dios sabe.&lt;br /&gt;–Voy a ir al municipio a entregar una carta en donde exigiré que se construya el puente que hace falta aquí…&lt;br /&gt;–Mire, señorito, si hubiera hombres aquí, no hablo nada más de Cajones, hablo de todos los pueblitos, si hubiera hombres aquí ya nos andaríamos matando todos contra todos. Porque el gobierno no nos hace caso y los hombres ya hubieran hecho cosas que no sirven, porque así son los hombres; prefieren ser farol de la calle aunque su casa se esté despedazando, la mujer no, la mujer se queda en su casa atendiéndola, aunque al mundo se lo lleve el carajo. Pero es mejor así. Que los hombres anden del otro lado de la frontera trabajando, es mejor, aunque no sea en nuestro beneficio porque su trabajo se queda allá; pero es mejor que trabajen aunque sea de aquel lado, porque si no anduvieran aquí matándose con la gente de los gobiernos. Que trabajen, aunque anden lejos, que manden el dinero, como algunos lo mandan, porque otros se van y no mandan nada, se consiguen otras mujeres y se quedan por allá. ¿Usté cree que no estamos hasta la coronilla de los gobiernos? Claro que sí. Yo no sé, pero creo que no los odiamos. Es que no sabemos odiar, eso es malo, porque si supiéramos odiar ya hubiéramos peleado mucho y matádonos unos con otros. Pero por eso también es bueno. Nuestros muchachos mejor se van a penar al otro lado y nos mantienen con el dinero que ganan a cambio de tanto sufrimiento que les hacen vivir de aquel lado. Pero todavía así es mejor. Es mejor que sea así porque matarnos unos con otros, gobiernos contra pueblos, soldados con tra personas, eso no sirve para nada. Yo ya lo viví, señorito. Este es nuestro destino y tampoco crea que nos va tan mal. Lo que sí es triste es que no se nos logren los chiquitos, como, Dios guarde la hora, le puede pasar a éste…, a mi choznito, Dios me lo cuide; pero hasta eso, no se crea, también depende en mucho de la desidia de la gente. Todo depende de la desidia, porque también por eso no le peleamos a los gobiernos, porque somos desidiosos; somos bien dejados, pero no por miedo, porque cuando es necesario morirse, aquí nos sabemos morir con buenas razones o hasta sin ellas; pero es que casi nada nos interesa, también por eso no hemos hecho el puente, ¿usté cree que no podemos juntar dinero y fuerzas y hacer el rechingado puente, ya que los gobiernos, ni el de municipio, ni el de estado y mucho menos el nacional, en veinte años que tenemos pidiéndoselos, no han podido hacerlo? Claro que sí podemos, pero somos bien desidiosos. Va a ver, un día nos vamos a decidir y vamos a hacer no uno, diez puentes, aunque nueve no sirvan y el único útil sea éste, para que no se mueran los niños. Un día nos vamos a decidir a que ya nos cansaron estos gobiernos y los vamos a mandar mucho a rechingar a toda su madre y luego vamos a dejar que se pongan otros, a la mejor iguales, a la mejor peores que los que quitamos. Así somos ¿qué no lo sabe usté, jovencito? ¿Qué no ha oído a José Alfredo cuando dice que la vida no vale nada? ¿O qué usté no es de Guanajuato ni de México?– Los argumentos de doña Emeteria me dejaron pasmado. Me parecieron tan lúcidos. Excepto porque sigo creyendo que la desidia, ni nada, justifica la muerte de los niños, me pareció un discurso impecable. La disyuntiva era muy clara: el sufrimiento del pueblo era similar. La emigración a Estados Unidos era un paliativo de la pobreza que se pagaba con dolor y humillación. Aquel país entregaba dinero a los mexicanos a cambio de beneficiarse con su trabajo. Si no fuera por ese dinero, quizás, nos encontraríamos en la guerra civil o en la hambruna. Para el pueblo el gobierno tenía que dar pan o muerte y el gobierno mexicano no daba ni una ni otra cosa, ambas las daba en pequeñas dosis Estados Unidos. El pueblo tenía que aguantar hasta que él mismo dijera que ya no aguantaría más. Entonces empezaríamos a matarnos todos contra todos: pueblos contra gobiernos. Pero eso había que evitarlo. ¿Hasta cuándo? Estaba derrotado. Seguí conversando con ella, me bebí la segunda cerveza, las que no aceptó, por ningún concepto, que le pagara pues ella, con su rostro casi negro, indeciblemente arrugado, con su sonrisa de otro mundo, con su estatura que me daba la impresión de llegarme a la cintura, me las regalaba de corazón. Doña Emeteria era un pozo de sabiduría. Una mujer imposible. Una lección.Y decidí irme a esperar a la hermosa Leclerc. Pensé en irnos a León, a Silao, por lo menos, nunca en Guanajuato, donde nos vería el pueblo entero, tomarnos unos alcoholes, comer algo, quizá caminar un poco por algún lugar agradable, hacerla conocer los sitios bonitos de alguna de esas dos ciudades y luego (Dios me perdone, Camila no lo hará) coger. Coger con Laura y que me lleve el diablo. Descarté la mera idea de no intentarlo, por lo menos. Si ella quiere coger conmigo, que querrá, estoy seguro que no haré el menor intento por evitarlo. No podría, me estoy muriendo y no he cometido los pecados que le corresponden a un hombre de mi edad y casi acabo de descubrir que si no los cometo entonces sí seré desgraciado. La vida no ofrece demasiados placeres. O, podría inventar cualquier otro pretexto para dejar establecido ante mí que coger con Laura era no sólo perfectamente lícito sino además imprescindible. He perdido mi vida, viviré al máximo el último año o los últimos seis meses. Viviré como creo, ahora, que se debe de vivir, y si no que chingue a mi madre.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-2159138158654334574?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/2159138158654334574/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/04/capitulo-xv-cajones.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/2159138158654334574'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/2159138158654334574'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/04/capitulo-xv-cajones.html' title='Capítulo XV. Cajones'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-2793634570408612970</id><published>2009-04-05T11:40:00.000-07:00</published><updated>2009-04-05T11:46:11.365-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='a veces como animales'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='a veces como ángeles'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La humanidad vive en la cogedera'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='pero siempre bajo la vista helada de la muerte'/><title type='text'>Capítulo XIV. Sexo y muerte</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;XIV. Sexo y muerte&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y cogimos como si se fuera a acabar el mundo. Se va a acabar, a mí se me estaba acabando. Ante la tristísima idea irremediable de que moriría, con toda mi tristeza, haciendo acopio de mi mayor fuerza, de una intención desesperada por sacar alegría de alguna parte, me puse, una vez más, a coger con mi novia. A coger tristemente con nuestros sucios cuerpos cuyas tripas estaban retacadas de mierda. Coger con nuestros orificios y nuestros apéndices que emiten efluvios vergonzosos por lo repugnante, a coger uno con la otra, conscientes de ser feos cuerpos malhechos pero que con eso, el otro, la otra, nos conformamos y además, por el momento, no teníamos opción. A coger alegremente burlándonos de todo lo anterior. A escoger posturas, a inventar posturas, entre más ridículas, mejor. A coger como perros (de a perrito, claro), como gatos, como sapos, como gansos, como monos, como hipopótamos. A coger, alabado sea el cielo. A coger, gracias a Dios, gracias al Diablo. A coger hasta desfallecer, a coger, que no a venirse. A coger por jornada laboral, ocho horas.&lt;br /&gt;Ay, coger eternamente…&lt;br /&gt;Coger es una comunión animal, es un empeño sublime por rebajarse a lo inmenso de animal que conservamos. Coger es el delicioso, único acto en el que sin remilgos intercambiamos fluidos corporales que –con cualquier otra persona (o incluso acaso con la misma con quien cogemos, pero en otra circunstancia)– es repugnante intercambiarlos. Al coger nos volvemos impúdicos sin reservas, nos percatamos de intimidades de nuestra pareja que, si ella conociera de nosotros algo equivalente, nos harían sonrojar si supiéramos que las conoce (y por supuesto que las conoce), pero un pudor ajeno nos evita decírselo; en otras palabras, al coger con alguien lo tenemos en nuestras manos y también estamos en sus manos. En ningún acto es más profundo el conocimiento de una persona en sus mezquindades, en sus generosidades, incluso en su grandeza y en su miseria personal que al coger. En una cogida nos apropiamos de decenas de secretos de los que una persona no confesaría jamás a nadie; algunos de ellos suelen ser incluso hasta proclamados, pero muchos más nos los hace saber sin darse cuenta, más los que se coligen y no se confiesan ni son confesados. En buena medida coger es hacerse uno con la pareja. Compartir sus humores secretos, merodear con mirada, manos, boca, lengua, olfato, gusto y tacto por los agujeros excretorios, percatarse de la fascinación, la extrañeza, de pronto algún vago –y a veces leve– horror de aproximarse hasta la penetración (o la recepción en los propios interiores) de un cuerpo ajeno, pero aún más, un cuerpo tan diferente.&lt;br /&gt;–¿Y qué se siente tener tetas, bueno, dos pechitos ahí, colgando?&lt;br /&gt;–¿Cómo qué se siente? Pues no se siente nada, son tus tetas y, casi todas se sienten orgullosas de sus tetas, aunque las chichonas envidian a las que tienen senos pequeños y a veces se operan para que les quiten un poco y las otras se ponen prótesis para que se les vean más grandes. Ya ves como somos... Pero no se compara con ustedes; tengo entendido que la mayor preocupación de todos los hombres del mundo es tener un pene bas-tan-te grande, o por lo menos que jamás se diga que es pequeño.&lt;br /&gt;–¿Y tú cómo sabes eso?&lt;br /&gt;–Pues..., en cualquier revista para mujeres te ponen al tanto. Pero es tan extraño que traigan cosas ahí colgando. ¿No les estorban?&lt;br /&gt;–Bueno, en general, no.&lt;br /&gt;–Y luego los testículos... cómo voy a creer que los traigan de fuera en esa bolsita. Créeme, son ustedes unas cosas raras.&lt;br /&gt;Al compartir secretos propios y ajenos, al convivir los placeres, al otorgarlos, al conocer las intimidades, las vergüenzas, las debilidades, las vanidades, los gustos; reforzaremos los motivos que nos condujeron a la cama con aquella persona, o bien nos darán la convicción de no hacerlo nunca más. En ese momento pensé que me hubiera gustado estar en esa cama con esa muchacha así, desnudos, acariciándonos, cogiendo por largos ratos, alargando el placer, sin llegar a la pequeña muerte que es el orgasmo durante días o semanas y sólo incurrir en él hasta que fuera inevitable, indetenible. Por lo pronto estaba decidido a compartir con ella el res to de mi vida, que no era mucho decir. Decidí que teníamos que casarnos lo más pronto posible. Por lo pronto nos aplicamos a coger sin poner más atención que al sexo, a la satisfacción cada uno de la cada otra, alternamos con largos ratos de charla y relajamiento, de risas y bromas, luego, de nuevo a coger un largo rato. Después a charlar y a jugar, a preguntarnos lo que, por morbo, queríamos saber uno del otro sobre las más ocultas y vergonzosas intimidades del otro. Y nos las confesábamos y luego hablábamos de aquéllas mientras cogíamos, mientras estábamos unidos formando una sola entidad, con una parte de mi cuerpo en el interior del cuerpo de ella. Después jugábamos a tirarnos de la cama, a montarse la una en el otro, a golpearnos con las almohadas, a montarse el uno en la otra, a revolcarnos como perros, como cerdos, hasta que, como sin querer, de pronto, como si hubiera sido un accidente, mi verga quedaba a las puertas, casi dentro de su vagina. Y volvíamos a unirnos, a transformarnos en uno solo, una sola cosa hecha de placer. Yo adentro de ella, la mujer haciéndose de mí. El paraíso. Cuando empezaba a anochecer, cómo no, estábamos cansados. Y, abrazados, nos quedamos dormitando entre una dulce inconsciencia. Luego, ella quería irse y se apartó de mí con tan gran cuidado que logró no despertarme. Me despertó la inolvidable sensación de una caricia más que húmeda en mi verga. Cuando alcancé la vigilia descubrí que mi novia estaba, una vez más, chupándome la verga. Al notar que había despertado dijo: “Es que quería despertarte de la mejor manera posible. ¿Qué te pareció mi idea?”.&lt;br /&gt;–Lo conseguiste. Jamás en mi vida había tenido un despertar más dulce. Pero además de despertarme lograste que tenga urgencia por cogerte.&lt;br /&gt;–Pues si es tanto como urgencia, eres bienvenido. Cógeme, pero ya por el amor de Dios. –Y me subí en ella. Y de pronto sentí, no sé por qué, que no faltaría mucho para que, si me descuidaba un poco, me aburriera de tan agradable actividad. Pocos minutos después ella se subió en mí. Sentí que ya me dolía el pene de tanto coger, pues no podía ser de nada más que de coger pues habíamos cogido todo el día.&lt;br /&gt;Habíamos cogido tanto que estábamos cansados, había evitado tanto tiempo el orgasmo que, como la gente que ha vivido demasiado y anhela la muerte y no puede morirse, ya quería venirme. Y mientras tanto, había conseguido que Camila tuviera al menos cuatro orgasmos.&lt;br /&gt;No sé si estaba decepcionado, pero cansado sí. Me vestí.&lt;br /&gt;–Tenemos que comer algo.&lt;br /&gt;–Ay no, Tran, ya me voy. –Pero la convencí. Salí armado con mi mejor convicción de exhibir una característica que nunca, hasta recién, había explotado y que, más aún, mucho tiempo desconocí. El cinismo. El cinismo no es fácil porque, es paradójico, en general el cinismo implica la aceptación a priori de la culpabilidad. Pero el maestro en cinismo es el que consigue no ser, ni demostrar, e incluso no sentir, la culpabilidad. Sabiéndose culpable.&lt;br /&gt;Salí de mi recámara. Camila se quedó en mi cama, desnuda. Obdulia y Sanjuana estaban sentadas en la sala, la primera tejía y la segunda miraba algún programa de televisión. Les dije desde lejitos, pasando ante ellas, “¡Hola!”. Me miraron y no apartaron su mirada de mí hasta que entré en la cocina. Hurgué en el refrigerador y algo encontré, estábamos hambrientos. Pasé por donde ellas estaban con mi carga de bastimentos para resistir la cogienda. “¡Adió-os!” les dije. Pero Sanjuana se levantó y pegó, con voz desconocida un grito:&lt;br /&gt;–Tranquilino, ven acá.&lt;br /&gt;–Sí, tía. ¿Qué pasa? –Su indignación era tanta que mi cinismo ayuno de culpabilidad no la intimidó.&lt;br /&gt;–Tranquilino, estás rebasando todas las líneas.&lt;br /&gt;–Todas las líneas...&lt;br /&gt;–Has cambiado mucho. Y ya nos ofendiste como nunca. Has pisoteado la moral de esta casa como nadie lo había hecho en..., en... En toda la historia, en toda la historia. Nunca, desde que recordamos, alguien había traído mujeres para... encerrarse con ellas y... hacer yo no sé qué tanta cosa ahí, encerrados. Tranquilino, mi hijo, estamos espantadas.&lt;br /&gt;–No, yo estoy muy ofendida, Tranquilino. Ésta es la más grande falta de respeto que he vivido.&lt;br /&gt;–Pero, mis queridas tiítas, no entiendo.&lt;br /&gt;–No te hagas tonto, Tranquilino, cómo no vas a entender. ¿Dinos, a qué te metiste con esa mujer, bueno, con esta muchacha, Camila, a tu recámara, Dios santo.&lt;br /&gt;–Yo sí se lo digo, tiítas queridas. Ustedes son como mis madres. Me metí con mi novia a hacer cositas. –Sanjuana no pudo reprimir una pequeña explosión de risa que se apresuró a refrenar, pero Obdulia estaba casi furiosa.&lt;br /&gt;–Te lo repito. Nunca nadie de nuestra familia hizo lo que estás haciendo. Esto es una falta de respeto y de moral. ¡La fornicación bajo el techo de mi casa! ¿Qué sigue? ¿Van a salir desnudos y lo van a hacer en el suelo de la sala, como perros? ¿Sabes que yo nunca… ni en esta casa ni en otra… –fue un lapsus de mi tía. Claro que lo sabía, ni en esta casa ni en ninguna otra había cogido con hombre (mucho menos con mujer)… la inocente. Nos quedamos callados. Se dio cuenta del dislate… Traté de arreglar…&lt;br /&gt;–Tía, lo siento mucho. Aquí he vivido toda mi vida, aquí es mi casa.&lt;br /&gt;–Sí, hijo, aquí es tu casa, pero también la nuestra.&lt;br /&gt;–Mi querida tía Obdulia, mis cosas las tengo que hacer en mi casa, buenas y malas. No tengo otro lugar. Si me gustara fumar mariguana, no lo haría en ningún otro lugar más que aquí. Ahora, que me acueste con mi novia no es delito ni siquiera pecado.&lt;br /&gt;–Claro que es pecado porque no están casados. Es inmoral y es un escándalo.&lt;br /&gt;–Tía, tengo 35 años. Lo anormal sería, ha sido, que no haya tenido sexo como Dios manda en casi toda mi vida. Y ahora lo lamento. Independientemente de que sea pecado; tía, sé que no es pecado, siento que no puede ser pecado. Te lo juro, tía; siento que he desperdiciado mi vida. Les juro que, y no es exageración lo que voy a decir, les juro que si no lo hago, si no tengo sexo con mujeres prefiero morir. Perdónenme por lo que les voy a decir, lo van a juzgar vulgarcísimo, pero creo que más vale usar las palabras aunque suenen fuertes, las más apropiadas; si no lo hago así me sentiría hipócrita. La palabra para hacer sexo es… coger. Quiero decirles que he decidido, muy pronto sabrán por qué, he decidido pasar el resto de mi vida cogiendo –hasta pelaron los ojos como criaturas–; quiero coger con todas las mujeres que acepten coger conmigo. Les juro que no estoy exagerando. También les juro que no me voy a suicidar si no puedo hacerlo, quiero decir si no tuviera con quien hacerlo. Pero, por lo que más quieran, por lo que más hayan querido en sus vidas, no me pidan que no coja. Aunque en sus vidas ustedes no… Perdónenme. Tengo que gozar de esta bendición que vine a descubrir veinte años después de que debí hacerlo. Quiero hacerlo, quiero coger, creo que debo hacerlo; debo coger, y siento que si no cojo merezco que me lleve el diablo. Puedo coger, alabado sea el cielo, sé de gente que no puede. Voy a hacerlo. Lo estoy haciendo. Estoy haciendo sexo y encuentro que gracias a coger la vida vale algo, vale mucho, sólo por hacer sexo. ¿Dónde quieren que coja? Están de acuerdo que si he encontrado una buena razón para vivir o en su caso para morir, para sentir algo parecido a la felicidad, debo hacerlo aquí en mi casa. Aparte de que sea pecado que no lo es. Y si lo fuera, no me importa, que me frían en aceite ardiendo en la eternidad, pero no me importa lo que vaya a pasar en la eternidad, aquí quiero coger. Y si no puedo coger en mi propia casa, donde viven mis tías queridas, digo, para buscarle, con todo el dolor de mi corazón. Porque, preciosas y queridas tías, con todo respeto les digo voy a seguir cogiendo hasta que me muera. Tía, y si es tal el caso, tendré que irme de esta casa y de Guanajuato. Si no puedo coger con mi mujer en propia mi casa, casado o no casado, tampoco podré, en este pueblo, hacerlo en otro lugar, quiero decir, en esta ciudad, en un hotel, imagínate el escándalo. La única salida es que me vaya a..., pues a México. Allá no hay tanto problema, nadie te conoce. Nos vamos a ir, no se preocupen. Ya no vamos a faltar a la moral y las buenas costumbres de esta casa y de este pueblito.&lt;br /&gt;Se quedaron calladas. Obdulia, compungida, volvió a su asiento. Se aplicaron a sus menesteres con silencioso resentimiento, agraviadas, impotentes. La amenaza había calado.&lt;br /&gt;–Sabíamos, lo sabíamos; a los hombres sólo les importa eso, es lo único que les importa en el mundo. Usar a las mujeres. Dejar salir su bestialidad. Satisfacerse. Lo sabíamos. –Me dijo Obdulia.&lt;br /&gt;–No, tía. O sí… Soy contador público, soy un ciudadano, soy su sobrino y casi su hijo. Soy un hombre, y no había ejercido ese oficio y, como hombre, tienen razón, soy un animal. Y si no uso mi parte animal quedaré mutilado como hombre para siempre. Y si es pecado, entonces que me lleve el diablo… cuando me muera, pero mientras voy a ser hombre.&lt;br /&gt;–Por el amor de Dios, ¡cállate, Tranquilino! –dijo Sanjuana.&lt;br /&gt;–Y además, otra cosa. Mis preciosas y queridas tías, me satisfago hasta que siento que la vida no vale la pena sin coger, como ustedes dicen, como animal; pero también satisfago a la mujer. Y si no lo lograra, entonces sí creo que estaría pecando. Pero, mamacitas mías, que así las quiero, como si fueran mis mamás; les juro que he logrado que ella, ellas, también gocen como animales. Y si no que me maten en este momento.&lt;br /&gt;–¡Tranquilino, mi hijo, ya cállate, Dios santo! ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? –dijo Obdulia.&lt;br /&gt;–¿Has convertido en prostitutas, en rameras, en perras a esas pobres mujeres que has encerrado contigo? –completó Sanjuana.&lt;br /&gt;–Pues sí, chiquitas preciosas, en perras que usan a su perro, que soy yo. Y ha sido inolvidable. Se lo juro, lo más placentero de mi vida, que ellas hayan gozado de mí, de mi cuerpo.&lt;br /&gt;–Santo Dios, por eso el mundo está como está. Ahora también las mujeres. Dios mío, ¿a dónde vamos a llegar?&lt;br /&gt;–Tías de mis amores, ahora el mundo es así. Seguramente no las voy a convencer, pero ¿cómo podría dejar que Camila, por ejemplo, con tal de no faltar a la moral ni pecar, no cogiera con ella y que cualquier día ella lo hiciera con otro, por culpa de mi estupidez o de mi, y lo entrecomillo, tías, de mi religión. Merecería que me llevara el diablo por imbécil. Y además sufriría demasiado y además la odiaría a ella, sin que tuviera ella la culpa, y además me odiaría a mí mismo incluso sin darme cuenta. No, queridas tías, a ustedes las quiero mucho, pero tengo que estar con mi mujer y, junto con ella, tratar de que el mundo sea mejor, al menos para nosotros. De otra manera, creo que el mundo sería peor para mí, para ella y para los que nos rodean. Así lo creo, mis preciosas tiítas, con todo respeto se lo digo. Si no cojo, si voy a colaborar para hacer este mundo peor, mejor prefiero morirme. –Ya me había emocionado, me había conmovido y mi voz amenazaba con quebrarse, entonces me quedé callado. Aunque no prefiriera morirme, me iba a morir. Hice un gesto compungido para que entendieran que lamentaba que no hubiera comprensión y me di la vuelta con lentitud. Me iba a mi recámara a seguir cogiendo, por supuesto.&lt;br /&gt;Sanjuana fue la primera. Fue atrás de mí y sollozando me abrazó.&lt;br /&gt;–Hijo mío. El pecado es que no nos lleváramos bien. El pecado sería que nos odiáramos, el pecado sería que no hubiéramos entendido. Perdóname, hijito mío. –Me mojó con sus lágrimas y me estrujó entre sus viejos brazos desesperados. Obdulia dijo:&lt;br /&gt;–¡Sanjuana! – y empezaba también a llorar. Sanjuana dijo:&lt;br /&gt;–¡Obdulia! –Y se abrazaron entre ellas pero me incluyeron en su abrazo y sollozaban y me apretaban y tuve que hacer un esfuerzo descomunal para no llorar. Para reforzarme dije para mis adentros pinches viejas locas y me tragué un ronquido que amenazaba con desatar mi llanto. Mi decisión de apartarme del llanto de mis viejas tías me condujo a una frialdad que me hizo sentirme ridículo, patético, casi hipócrita, abrazado a esas viejas sentimentalonas, sollozantes que, sin embargo, sólo después de mí serían carroña, me sobrevivirían.&lt;br /&gt;–Perdónanos, mi niño, no queremos que vuelvas a decir jamás que prefieres morirte. Queremos que no haya en este mundo cosa alguna que te haga sentir el deseo de morir.&lt;br /&gt;–Coge, si quieres, como tú dices. Pero no queremos que te sientas desgraciado ni que te quieras morir.&lt;br /&gt;–Gracias –les dije y me quedé abrazado con ellas–. Voy por Camila.&lt;br /&gt;–Oye, hijo, cuando se vayan procuran bañarse, porque huelen muy raro. Huelen a… pecado. –Casi me río, pero lo evité porque vi que mi tía Sanjuana hablaba muy en serio. Regresé a la recámara. Mi novia estaba extrañada.&lt;br /&gt;–¿Qué pasó?&lt;br /&gt;–Nada. Vamos a comer. –Me desnudé como ella había permanecido y comimos desnudos, casi somnolientos. Masticando y bebiendo comíamos desnudos, en silencio. De pronto se me ocurrió embarrar crema en sus senos. Me miró extrañada, pero empezó a reír cuando lamí el alimento de sus pechos y perseguí porciones que habían descendido hasta su vientre. Apliqué más crema y agregué mermelada en su pubis. Dijo no, no, se me va a hacer un pegosteadero. Pero no hizo nada para evitarlo. Lamí hasta terminar por completo con el “pegosteadero” de su vello púbico. Luego descendí a sus labios mayores y entré hasta el clítoris. De pronto gritó ya, no; ya no. Es demasiado, me vas a matar. Me vas a vaciar. Hazme más rápido. Puf, puf. Más rápido, mi amor. Apresuré hasta que se volvió a venir. Me puse a beber agua helada haciéndola escurrir por sus senos, entonces ella tomó la iniciativa. Aplicó la suficiente mermelada de fresa a todo lo largo de mi verga que empezó una vez más a levantarse. Luego fue retirando el dulce con su lengua. Al final metió el pene en su boca hasta lo más profundo que logró meterlo. Terminó chupándolo como si la verga fuera una deliciosa paleta de dulce.&lt;br /&gt;–Tienes que venirte, ¿entiendes? Tienes que eyacular adentro de mí, si no sentiré que me estás engañando. ¿Cómo quieres que me ponga? ¿Por dónde quieres meterme la verga? –Y se acostó boca arriba. Se la metí y con la consciencia de perderme, de morir, metí y saqué mi fatigada verga una y otra vez mientras ella me animaba diciéndome échame todo lo que tengas, mójame, vente adentro de mí, por favor, descarga tu verga adentro de mí… hasta que terminé en un orgasmo prolongado y tan intenso que estuve seguro que moriría. Corroboré la idea de que el orgasmo era una muerte no tan pequeña y empecé a pensar que la muerte era un inmenso, último y monumental orgasmo. Me desprendí de mí. El terror de perder consciencia fue menor al placer de liberarme de mí. Mi esencia fue a dar a los interiores del vientre de Camila. Ella se apiernó de mi cintura y procuró que mi placer fuera tan fuerte y se involucró tanto que terminó por venirse junto conmigo.&lt;br /&gt;Quedamos exhaustos, compenetrados. Me iba a retirar pero me dijo quédate aquí. Puse los codos sobre la cama para aliviar un poco el peso de mi cuerpo sobre el de ella. Y casi me dormí sobre la mujer.&lt;br /&gt;Después de unas catorce horas de permanecer encerrados en mi recámara, estábamos, no es justo decir que aburridos, pero sí fatigados y aunque la diversión y el deleite no se agotaban, ya estaba ausente el pasmo ante la desnudez. La fatiga parecía haber avanzado después de un orgasmo, el mío, que tenía el valor de cinco de ella, pues así fue el intercambio, y la fatiga amenazaba con vencernos. Haciendo cuentas –luego lo he pensado– había tenido mi pene dentro de alguna de las oquedades de su cuerpo –la vagina, la boca, el ano– quizá cuatro horas de las catorce que duraba la encerrona.&lt;br /&gt;Su cuerpo, que de ninguna manera dejaba de ser precioso, había sido descubierto por mis ojos que de ansiosos, de hambrientos se habían vuelto implacables y ahora su cuerpo ya era algo demasiado mío, por ello, sin la fascinación de lo que se desea tan sólo porque es ajeno y desconocido. Comprendí que cuando el amor se realiza empieza a morir.&lt;br /&gt;Salimos debidamente vestidos y las tías estaban en la sala.&lt;br /&gt;Con las actitudes de señoras engañadas de las inocentes Obdulia y Sanjuana me miraban con ojos de sentimiento y cuando yo las iba a mirar desviaban la vista, estaban más que sentidas conmigo. Les había hablado de coger y de morir. Era algo demasiado fuerte para sus pequeñas, o quizá grandes, consideraciones sobre la vida. Pero su consideración por mí, el amor que nos teníamos había ganado; la muerte y el sexo son los dos grandes temas de la humanidad: telenovelas para mujeres, pornografía para hombres, el tema del amor, que es el tema de la vida, es decir, el de la muerte.&lt;br /&gt;Llevé a mi novia a su casa. Caminamos en silencio, íbamos abrazados, con el gran cansancio encima, nos sentíamos enamorados hasta la ceguera, pero, al menos yo, me sentía intoxicado de Camila. Casi estoy seguro que ella sentía lo mismo. Nos sentíamos apropiados uno del otro y eso ya nos había quitado magia, novedad y deseo; además yo tenía un as oculto: yo me iba a morir muy pronto y eso me ponía incluso más allá del amor por Camila. El amor muere cuando se realiza.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-2793634570408612970?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/2793634570408612970/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/04/capitulo-xiv-sexo-y-muerte.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/2793634570408612970'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/2793634570408612970'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/04/capitulo-xiv-sexo-y-muerte.html' title='Capítulo XIV. Sexo y muerte'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-685556372644959521</id><published>2009-03-30T11:41:00.000-07:00</published><updated>2009-03-30T11:43:14.704-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Empieza el cogedero'/><title type='text'>Capítulo XIII. Bendita carne</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;XIII. Bendita carne&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la mañanita, después de un dormir escaso y sin sueños sentí que no podía respirar, que el aire no me entraba y que abría la boca casi con la desesperación del que se ahoga; con la primera luz de consciencia pensé “Llegó el momento. Ya me voy a morir”, pero me llevé la mano a la nariz que no permitía el paso del aire y terminé de despertar en un gran desconcierto porque encontré otra mano, ésta ajena, que me tapaba la nariz casi con suavidad y otra que me ponía un periódico en la cara.&lt;br /&gt;–Mira esto; ahora sí, tu fama es de lo peor. –No me estaba muriendo y la bromita era idea y acto de Camila. Estaba en mi recámara, un dato desconcertante, aunque ahora explicable. Imaginé que llegaría a casa antes de ir a la universidad con el periódico en la mano, les diría a las tías que habían sacado una nota sobre mí, sobre mi tercera entrada en prisión en una semana, quizá hasta les habría enseñado la nota.&lt;br /&gt;–Mi fama es de lo peor porque soy alguien de lo peor –dije sin estar bien despierto. Me puse a leer la nota.&lt;br /&gt;“Motín en Delegación policiaca&lt;br /&gt;“Un ciudadano injustamente detenido organiza protesta en Delegación de Dos Ríos&lt;br /&gt;“Estuvo a punto de desatarse violencia de consecuencias imprevisibles&lt;br /&gt;“Francisco Picón Reyes&lt;br /&gt;“Guanajuato&lt;br /&gt;“Tranquilino Vallehermoso, un ciudadano que fuera detenido el pasado viernes en el centro nocturno La dama de las camelias, se negó a ser puesto en libertad luego de que sus familiares denunciaran ante la Procuraduría de Derechos Humanos de Guanajuato (PDHG) el arbitrario acto de su detención que ocurrió en una redada que hicieran elementos de la Policía Federal Preventiva (PFP) en el citado centro nocturno.&lt;br /&gt;“Tranquilino Vallehermoso, de 35 años de edad, es un conocido habitante de esta ciudad; además se le reputa como una persona de sanas costumbres y miembro de una de las más añejas familias de la ciudad. Vallehermoso se negó a ser cacheado por las autoridades que realizaban una redada de rutina, en busca de drogas, en el citado centro nocturno. Tal negativa fue el motivo de su detención.&lt;br /&gt;“Sin embargo, los miembros de la familia Vallehermoso, al enterarse de la captura de don Tranquilino, fueron a presentar una queja ante la PDHG, además de contratar los servicios de un abogado y se presentaron en la Delegación de Policía de Dos Ríos.&lt;br /&gt;“Las autoridades aceptaron otorgar libertad absoluta e incondicional al ciudadano Vallehermoso, con el argumento de la falta de méritos en cuanto a faltas administrativas. Sin embargo, Vallehermoso se negó a abandonar los separos de esta delegación policiaca.&lt;br /&gt;“Más desconcertante fue el hecho de que los detenidos que se encontraban en esta demarcación de la policía, se manifestaron en total apoyo de Tranquilino Vallehermoso e impidieron que los policías comisionados para ello, sacaran a Vallehermoso, contra su voluntad, de los separos.&lt;br /&gt;“En el incidente estuvo a punto de desatarse la violencia cuando las autoridades, en un momento decidieron hacer uso de la fuerza para poner al mencionado Vallehermoso en la calle. Por fortuna, el juez Saturnino Velasco actuó con gran prudencia y evitó el zafarrancho al pedir al visitador de la PDHG que hablara con Vallehermoso.&lt;br /&gt;“Así lo hizo el funcionario de la PDHG y logró convencerlo de que abandonara los separos e iniciara un proceso para acusar a quien resulte responsable, de la violación de sus derechos humanos, procedimiento en el que la Procuraduría de los Derechos Humanos de Guanajuato intervendrá asesorando a Vallehermoso”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La nota se acompañaba con dos fotos, en una de ellas me tomaron declarando ante la grabadora del reportero y en otra se veía a los policías con sus toletes frente a las rejas, detrás de las cuales los presos gritaban “Nos tienen que madrear”.&lt;br /&gt;–Ahora todo el pueblo estará enterado de que estuviste en la cárcel. ¿Qué van a pensar de ti las personas decentes de Guanajuato?&lt;br /&gt;–Camila, mientras tú estés conmigo, aquí en mi cuarto, me importa una cagada lo que piensen los hipócritas de Guanajuato y del mundo entero.&lt;br /&gt;–Sí, mi amor, pero tenemos que vivir con ellos, somos parte de la misma sociedad.&lt;br /&gt;–Nos tendremos que ir, ya lo sabes, y no volveremos a ver a nadie.&lt;br /&gt;–Dime, ¿a dónde nos vamos a ir?&lt;br /&gt;–Acuéstate un ratito conmigo para contarte.&lt;br /&gt;–Pero es que no tengo tiempo, voy a la escuela, tengo que dar dos clases ahorita, dime rápido.&lt;br /&gt;–No, rápido no se puede. Acuéstate media hora y luego te vas.&lt;br /&gt;–Es que voy a perder una clase y...&lt;br /&gt;–Mi amor, no tenemos tiempo, ya lo sabrás; ya te contaré, no tenemos tiempo, la vida se nos va y el viaje se aproxima, no tienes idea de qué tan pronto tendremos que partir y, ¿sabes qué pasa entre nosotros?&lt;br /&gt;–¿Qué pasa?&lt;br /&gt;–Que no nos conocemos, hemos estado juntos desde hace ya cuatro años y, en realidad, no nos conocemos. Vamos a vivir el resto de la vida juntos, nos vamos a casar ¿no?, y no nos conocemos. Yo no conozco tantas cosas de ti. De pronto pienso que no sé con quién voy a vivir lo que me resta en este mundo.&lt;br /&gt;–Pero sí nos conocemos, Tranquilino, yo sé mucho más de ti de lo que tú te imaginas.&lt;br /&gt;–Te voy a demostrar que no tanto; al menos no en un aspecto que es el más inmediato, el más físico, y conste que ya hicimos el amor. Es increíble, es ridículo, que no nos conozcamos ni siquiera físicamente.&lt;br /&gt;“Conocer a alguien, y voy a hablar sólo del físico, no sólo es distinguir su rostro entre la multitud. Creo que tendrías que saber cada uno de los rasgos de su cuerpo. Todos los humanos somos iguales, quiero decir, nuestros cuerpos están hechos de manera muy similar, incluso llegamos a confundirnos. Pero hay muchas formas de identificar a alguien a pesar de que cada uno va cambiando con el tiempo. Cuando una persona ha estado muy cerca de ti se te vuelve inconfundible, cada vez vas conociendo más detalles de ella y a la vez vas conociendo mejor los detalles que ya conocías de ella, los que te la vuelven única en el mundo. Cuando te alejas de esa persona que te fuera tan cercana, aunque conserves de ella lo esencial, ella irá cambiando y en esa medida la irás perdiendo, hasta que después de muchos años, o pocos, te sea irreconocible. Hay muchos detalles, la voz, un lunar, la manera de caminar, los rasgos del rostro, la forma de cada parte de su cuerpo, el olor, alguna mueca, ciertos gestos, la forma de la cabeza. Hay miles de detalles. Yo estoy seguro de que si a ti y a mí nos cubrieran el rostro y nos hicieran vernos desnudos no nos reconoceríamos. La vida nos va cambiando y en la medida en que estamos juntos, nos apropiamos de aquella nueva persona que es el ser con quien compartimos la vida. Cambiamos, nuestra pareja cambia y nos influye. En buena medida somos lo que nuestra pareja ha hecho de nosotros y ella también es, en alguna medida, lo que hemos hecho de ella; gran parte de que la relación sea larga y benéfica para ambos depende de eso. Qué has hecho de mí, qué he hecho de ti. Me parece patético que después de cuatro años de estar juntos no nos reconoceríamos; no te reconocería si me mostraran tu ombligo entre diez ombligos de, ya no digas mujeres, otros seres humanos. Fíjate, no sé cómo es tu ombligo.&lt;br /&gt;–Bueno, ¿quieres ver mi ombligo?&lt;br /&gt;–Claro, quiero conocerte bien.&lt;br /&gt;–Nunca me habías hablado así. No creí que fueras alguien que pensara tanto, ni que pensara cosas tan raras. Yo nunca había pensado en esto. Pero me convences. Yo también quiero conocerte.&lt;br /&gt;Se puso de pie enfrente de mí. Se sacó la blusa. Se quitó el pantalón. Se liberó de un corpiño más bien infantil. Se bajó los calzones. Dejó su ropa alrededor de ella. Y quedó sobre sus zapatos, desnuda y desafiante como si hubiera sido un soldado en posición de firmes, como un gladiador que hubiere de enfrentar una lucha a muerte. Me impresionó. Sentí amarla. Además adoré su belleza de mujer, su desnudez dispuesta. Qué inmenso poder el que radica en el cuerpo desnudo de una muchacha. Cuánta luz irradia que deslumbra y opaca al resto del mundo. Me acerqué a ella y me incliné a observar su ombligo a pocos centímetros. Era un orificio gracioso y huidizo bajo del cual un suave promontorio invadía el espacio y luego se reconcentraba hasta convertirse en el fino vello del pubis en donde un monte de Venus casi agresivo resaltaba con violencia pero dulce y después se hundía entre sus piernas. Besé el ombligo y ascendí al plexo solar, las costillas eran notables bajo la piel. Me encaré ante sus senos indecibles que, desafiantes a la caída, colmaban el vacío con su primor de curva. Los pezones sorprendentes de perfectos en el dibujo y el color, casi café, casi dorado. Contemplé los prodigios. No me atreví a tocarlos. Y los detalles, un lunar debajo, como a la sombra de un seno, algún vello enloquecido de más grande que los finísimos pelitos uniformes en su piel. El pecho frágil, la angostura deliciosa de sus hombros, las clavículas destacadas, el cuello delicado y exquisito. Llegué a su rostro y casi esperé que no fuera ella. Me veía, con curiosidad, observarla, orgullosa de ser bella, dejándome hacer, plena de la satisfacción que le demostraba por embargarme de admirarla.&lt;br /&gt;–Recoge tu pelo –le pedí. El movimiento sosegado y la postura de orfandad por su desnudez mientras cogía su pelo largo, hasta los hombros, con amoroso cuidado, sólo son posibles en la mujer que ha llegado a sentirse hermosa. Comprendí que toda mujer es hermosa, cuando alguien ha logrado hacerla sentir hermosa. Miré, moviéndome con lentitud, la deliciosa curva que la recorre de la nuca, dibuja el cuello y acentúa su espalda. Contemplé los omóplatos, donde parecían haber cercenado las alas de ese ángel fémina y miré sus divinas nalgas. Deliciosamente excesivas; prominentes, de curvas violentas y caprichosas. Tan delicadas que no pudieran sostenerse a sí mismas. Lamenté casi hasta el dolor la ausencia de nalgas femeninas que hubieran hecho grata la existencia a lo largo de gran parte de mi vida. Lamenté no dibujar, no ser fotógrafo, ni escultor, ni poeta para cantar una oda larga y muy sentida, con atrevimientos casi sucios, alusiones lujuriosas y mención constante de las peculiares esencias de esas nalgas, como las dos concavidades encantadoras donde la espalda ya casi deja de serlo y que anuncian la cercanía de la raya que las divide y las une, cantarle a las nalgas de mi amada. Y habría sido feliz. Eso lamentaba, pero agradecía a mi destino, al universo, no sé si a Dios, que estuvieran ante mi vista (y al alcance de mi mano) las preciosas nalgas de mi novia. Tampoco me otorgué, por lo pronto, el lujo de tocarlas.&lt;br /&gt;Regresé al frente para deleitarme con sus tan bonitos muslos que, abundosos y tiernos y delicados, el pudor los mantenía tan juntos que no pasaba la luz entre ellos sino hasta las rodillas de finura infantil. Por supuesto que volví a examinarlos por detrás. Hacían armonía excelsa con las nalgas. Una niña bien alimentada, gracias a Dios, con sus rodillas de muchachita, las pantorrillas gráciles, los pies de línea refinada.&lt;br /&gt;La miré a los ojos. Estaba contenta. Con autoridad inusitada, me tomó desprevenido y me bajó el pantalón de la piyama. Agarró con su manita el garrote a media erección y me llevó jalando como jamelgo de la reata. Tomó asiento en mi cama y empezó –para mi gran placer– un examen de la verga, con movimientos rápidos, como si viera a un animalejo cuya especie le fuera bien conocida y sólo quisiera notar peculiaridades de éste. Luego, como si la primera hubiese sido una inspección en lo general, empezó a revisarlo con mayor detenimiento. La manipulación y el jaloneo habían terminado por hacerme ganar la erección completa. La movió de un lado a otro como si fuera una palanca; reafirmando la levantó para revisarla por debajo. Dictaminó:&lt;br /&gt;–Tienes una verga muy fea. Además estas bolas son horribles y están arrugadas. –Me miró mientras la conservaba entre sus manos y, con la que hubiera sido incontestable actitud de especialista (y no lo era sólo porque estaba desnuda, pues como sabemos, la ropa otorga autoridad y la desnudez nos vuelve animales vulnerables) agregó–: Aunque creo que así son estas cosas. Ahora que, fíjate en un detalle, cuando la verga está parada, cuidado, es realmente horrible; déjame decirte que la primera vez que te la enseñan bien parada tú dices “Santo Dios, yo nunca voy a dejar que me metan esa chingaderota tan grande, me van a matar”. Bueno, creo que todas las mujeres han pensado eso la primera vez. Estoy segura que todas hemos dicho “No creo que me quepa”. Pero la calentura es fuerte. Y te cabe, cómo no. Ahora que, por otra parte, cuando está chiquita, es un trozo de carne bastante ridículo ahí colgado. ¿No te molesta que te diga esto?&lt;br /&gt;–No, al contrario, me encanta. Pero, una pregunta, ¿no eras virgen cuando...?&lt;br /&gt;–Nunca habíamos hablado de esto... Tengo treinta y dos años, antes de ti tuve varios novios... Tampoco he sido una putita, y tú lo sabes..., tenemos cuatro años juntos y ahora se vive de otra manera. Treinta y dos son muchos años ¿Te vas a enojar conmigo? Claro que no soy virgen. No me digas que a estas alturas esperabas que fuera virgencita y cortara las flores...&lt;br /&gt;–Cómo crees..., no, tienes razón, pero, ¿te das cuenta cómo hemos perdido el tiempo? ¿Por qué te quedaste conmigo si he sido un tipo aburrido, sin iniciativas, rutinario, tímido, casi un muerto?&lt;br /&gt;–Sí, Tranquilino, pero también eres un hombre tranquilo, decente, prestigiado, paciente, estable en todos los sentidos. Las mujeres casi siempre preferimos hombres así para casarnos, porque te ofrecen un futuro sin complicaciones, aunque sea algo aburrido. Lo otro, las aventuras, los aventureros, son fascinantes, pero no hay nada seguro. Lo que empeñes en una aventura es algo que vas a perder y las mujeres tenemos demasiado que perder; o al menos eso creemos.&lt;br /&gt;–¿Podemos decir que las mujeres se divierten con los aventureros y se casan con los pendejos?&lt;br /&gt;–Vamos a ponernos en un plan cínico. Sí, así lo hacemos. Pero lo decente en la época que nos ha tocado vivir es que no hagamos ambas cosas al mismo tiempo. Yo estoy muy desconcertada contigo, Tranquilino, tú eras el hombre perfecto para el matrimonio, pero de repente vienes actuando como el más enloquecido de los aventureros. ¿Te das cuenta de eso? Mira, en esta semana has ido a dar a la cárcel dos veces, has ido a meterte en una cantina de barrio bajo, entraste a La dama de las camelias, algo que no habías hecho en tu vida. Todo empezó aquel día que llegaste llorando y te encerraste en tu cuarto. ¿Qué te pasó, Tranquilino? Luego armaste un escándalo en la cárcel. ¿Te das cuenta? Estoy segura que algo muy grave o muy grande te ha ocurrido. No eres el mismo. ¿Tienes idea de lo que te pasó? Te siento tan cambiado que hasta dudo en llamarte por tu nombre, siento que ya no eres Tranquilino.&lt;br /&gt;–Estoy viviendo, mi amor. Sí, me pasó algo muy grave. De alguna manera muy grande, me di cuenta, con mucho dolor, que no he vivido, o más bien, he vivido dejándome consumir mientras la vida pasaba a mi lado, de pronto me han caído del cielo circunstancias que antes dejé pasar o no sé si antes no me pasaban.&lt;br /&gt;–Nunca llegué a imaginarme que un día ibas a tenerme aquí, frente a ti, desnuda, revisándome, apropiándote de mí, haciendo mi cuerpo tuyo de una manera tan extraña, tan fuerte y tan... bonita; creo que estamos locos o no sé. Si un día me hubieran dicho que me ibas a tener toda encuerada en tu cama aprendiéndome los detalles de tu cuerpo que nadie conoce de ti..., revisándote la verga, date cuenta, no tenía idea de que tú fueras así...&lt;br /&gt;–Yo tampoco esperaba que tú fueras una mujer como la que eres...&lt;br /&gt;–Ni yo sabía que pudiera llegar a ser así. No creas que te culpo de que me estés pervirtiendo, pero estoy viviendo cosas que, según los cuatro años que hemos estado juntos, parecen de otra vida, de otras personas. Nunca me imaginé llegar a esto, a ser una descarada, a platicar contigo como si nada manteniendo tu verga tan fea en mis manos.&lt;br /&gt;–Mi amor, además de ser bellísima eres una delicia para decir cosas tan indecentes.&lt;br /&gt;–¿Te parezco bonita?&lt;br /&gt;–Eres una preciosa muchacha. Eres, de verdad, muy bella..., y, oye, ¿todo sobre el pene te parece horrible?&lt;br /&gt;–Mmm..., verás, creo que a la vista una verga parada es muy fea; pero estoy descubriendo que tenerla en las manos es... mejor. Pero mejor todavía es tenerla... en..., y me hiciste descubrirlo la vez pasada..., metérsela en la boca es mejor que tenerla en las manos. Pero te voy a decir algo, ninguna de las anteriores se compara a tenerla adentro de ti, en la vagina, traspasándote, es que sientes que te toman, que se apropian de ti, no tienes idea de lo que es abandonarte a alguien, dejarte, que te hagan lo que quieran... El placer de que te tomen, el placer físico de saberte y sentirte penetrada, el placer de saber que estás dando placer. Yo creo que eso no pueden sentirlo los hombres...&lt;br /&gt;–No sé... Pero se compensa sin medida de otra manera.&lt;br /&gt;–¿Cómo?&lt;br /&gt;–Esto es algo que nunca podrán sentir las mujeres. Tú te imaginas una belleza tan descomunal que de tan sólo verla te provoque trastornos y desórdenes hasta físicos. Que al mirar esa bárbara belleza, en menos de un minuto tengas una erección, se te agite la respiración y te haga sentir desgraciado por saber que, cuando es el caso, jamás será tuya la susodicha y perturbadora belleza... La belleza de las mujeres es la suprema belleza en este mundo. Fíjate bien, te perturba desde los instintos, cuando el cuerpo responde como un animal, y esto ocurre sin contacto físico, nada más por la vista; luego pasa por la inteligencia que, sin argumentos, sin pensarlo, acepta a la belleza y se declara derrotada porque no puede definirla, ni siquiera entenderla; y la belleza alcanza hasta el espíritu porque yo creo que en la belleza es notable el actuar de la divinidad, o si tú quieres llámale la bondad de Dios, quiero saber quién es el bravo que no se ve conmovido ante la belleza y, por el sólo hecho de que una mujer sea hermosa, actúa diferente ante ella, para bien o para mal; una persona de gran belleza nos hace pensar, sin que lo hagamos por voluntad, en la bondad, creemos que quien tiene belleza es alguien muy bueno, lo cual es falso, pero sentimos que hay algo divino en quien la posee, porque la que es bella goza de una gran bendición en esta vida, pero también se manifiesta en el que se deleita con la belleza, porque todos aman a la belleza y su bendición se contagia. –Por primera vez la toqué, de los hombros la levanté mientras ella en ningún momento había abandonado la parte de mi cuerpo que tenía en sus manos– y nos atrevemos a dejar que la vida pase y que la belleza que se encuentra casi en todas partes se vaya y somos desgraciados, porque el goce de la belleza es la más grandiosa felicidad que hay en este pendejo y triste mundo –cambié de lugar con ella. Quedé sentado en la cama y ella de pie ante mí. Al sentarme mis manos bajaron hasta sus nalgas.&lt;br /&gt;–¿Todo eso le pasa a los hombres? –No le contesté porque había empezado a pensar: ¿qué estoy haciendo?, tengo a la belleza en mis manos y estoy perdiendo el tiempo, como siempre en mi puta vida. Tengo que darle una cogida despiadada a esta muchacha, una cogida descomunal, una cogida de perro, de cerdo, una cogida interminable. Y me puse, hambriento, a saborear sus pezones, a acariciar sus nalgas como si nunca más volviera a serme posible hacerlo. ¿Quién me aseguraba que podría alguna vez acariciar de nuevo esas nalgas divinas de mujer, a tener en mis manos, en mi boca, sus pechos? ¿Quién me aseguraba que alguna vez en esta vida gozaría de nuevo de ese cuerpo, de éste, mi cuerpo? En efecto, quizá sería, quién podría saberlo, la última vez. Y entonces, con mi lengua decidí hurgar en su sexo, lamer los jugos, volverla loca, hacer que gozara hasta algo similar de definitivo, de total como la muerte. Ella estaba de pie, algo no operaba y se apresuró a corregir. Se movió impelida por una urgencia, se precipitó de espaldas sobre la cama, con rudeza me agarró de los cabellos y haciendo un gesto que parecía de furia me condujo con precisión que llegó a asombrarme, después de que abriera las piernas, directo a su clítoris. Me jaló por la nuca presionándome contra el sexo de su cuerpo, contra el minúsculo centro de su centro y ahí me mantuvo mientras movía su pelvis y la estrellaba contra mi boca, contra mi lengua. Con lo que me provocaba una relativa asfixia. También gritaba como si me agrediera, rugía más que si estuviera sufriendo y chillaba de un gusto y un placer que se pensaría que llegaban al dolor. Le agradecía que gozara. Cuando terminó en un interminable orgasmo tuve que abrir la boca al máximo, rebatido entre sus jugos, resoplaba como adrede contra su ano, para, a cambio, ganar aire porque sentía que me asfixiaba, mientras ella me jalaba con desesperación, me oprimía entre sus piernas y emitía un sonido que pareciera de inmenso dolor. Los espasmos fueron disminuyendo, más espaciados, menos intensos. Y de pronto se relajó, me soltó y se abandonó, como si de pronto se hubiera quedado dormida. O muerta, excepto porque seguía jadeando lento, como si sólo pudiera respirar a suspiros.&lt;br /&gt;Sentía los labios hinchados y en la boca el sabor y en la nariz el olor de los jugos secretos de Camila, pero estaba muy satisfecho de lo que le había provocado. Era un placer casi tan grande como el mismo orgasmo. Ella jadeaba lentamente con los ojos cerrados tenía la expresión de una atleta que se recuperase de un tremendo esfuerzo físico. Yo me sentía tan satisfecho como el entrenador de tan magnífica atleta que en este momento hubiera roto un récord mundial.&lt;br /&gt;Me acosté junto a ella y tuve la certeza de que vivía un momento sublime, uno de los más hermosos de mi vida. Entonces empecé a llorar sin hacer ruido. Esos momentos que estaba descubriendo, por fin en mi vida, llegaban cuando ya no me quedaba mucho tiempo para estar aquí disfrutándolos.&lt;br /&gt;Ella se giró sobre la cama arrebujándose contra mi cuerpo, al tiempo que colocaba su rostro sobre mi hombro y pegaba su cuerpo delicioso, sus senos suaves, tibios, contra mi cuerpo. Tuvo que notarlo. Se levantó un poco, muy extrañada, me miró.&lt;br /&gt;–¿Tú... estás... llorando? –Me quedé callado, trataba de controlar los sentimientos que se me agolpaban, quería mostrarme sereno, nada odiaría más que lamentarme y llorar como un becerro porque mi muerte había sido anunciada– ¿Qué pasa...? Dime qué tienes...&lt;br /&gt;–Es que... eres tan hermosa... esto es tan... bueno. Yo quisiera... que... no se acabara... nunca.&lt;br /&gt;–Pues no se va a acabar nunca, mi vida. No llores porque yo también voy a llorar –y decir como hacer sus ojos se nublaron y las lágrimas empezaban a aparecer–. Te juro que no se va a acabar nunca... Yo quiero coger contigo toda la eternidad...&lt;br /&gt;–Pero es que no se puede...&lt;br /&gt;–¿Por qué no se va a poder? –Y se puso, mujer divina, a desafiar a la eternidad–. Te voy a chupar la verga para que se te quite la tristeza. –Me salió una risa emocional que se confundía con un llanto que ahora sí era casi incontrolable. Pero ella se había aplicado a demostrarme que la eternidad no iba más allá de una buena mamada. Y el inaudito placer de sentir mi verga en la boca de la preciosa muchacha, mi novia, Camila, que se afanaba sin límites por causarme placer venció, en efecto, por el momento, mi gran tristeza.&lt;br /&gt;El orgasmo es una pequeña muerte. Una dulce muerte. La pérdida de la consciencia y también la entrega de los líquidos que contienen nuestra esencia y fórmula genitiva. Ceder el semen es el más total desprendimiento; la pequeña muerte que sirve, o puede servir, para la creación de una pequeña, nueva vida. Es tanto una terminación como un comienzo. Quizá por una instintiva idea del orgasmo-muerte lo había evitado, a pesar de los inmensos placeres sexuales que había alcanzado en los últimos días. Pero con Camila me di cuenta que no podría continuar mi evasión del orgasmo. Sin embargo, tampoco tenía interés en que el placer se detuviera después de la pérdida de conciencia y de energía que es un orgasmo. Y, como si fuera mi vida la que terminaría, también deseé alargar hasta donde me fuese posible el orgasmo. Camila con su pasión de mujer, con su intención más bella, con su no tan escasos, no tan extensos, conocimientos para provocar que un hombre muera de placer usando su boca, con su candor de muchacha que ama (o que al menos así lo cree), despojada de todo prejuicio de hipócrita “decencia”, aplicada con su cariño y con su lengua, con sus labios y su amor, se esforzaba con un ímpetu y una dedicación que, sentí, no me lo merecía. Trataba de que mi placer fuera supremo. Chupaba como si chupara un biberón y mi deleite era inhumano, metía el instrumento en su boca y luego lo hacía salir y yo quería detenerla y también quería que siguiera haciéndolo. Por un momento fue como estar en la orilla de un abismo donde me esperaba la inconsciencia de la vida intrauterina, una necesidad de abandonarme, una debilidad absoluta ante el placer del dejarme ir hacia el abismo. Y también estaba la desesperación por que aquello terminara, la desesperación porque todo termina y porque no quería que terminara. Y me porté implacable conmigo mismo; tiene que terminar, un momento, para que no termine. Y la tomé de su rostro. Aspirando con fuerza como si preparase un suspiro final traté de controlarme:&lt;br /&gt;–Amor mío, espérame... –y parecía no oír y continuaba sus movimientos desafiando mi decisión, como una invitación a lanzarme a las delicias del vacío de la inconsciencia que ya me invadía–. Preciosa, vida mía, me voy a venir... –Error. Más aceleró–. Espérame, amor mío. Espérame. –Se detuvo y me miró con algún desconcierto.&lt;br /&gt;–¿Qué pasa, no quieres terminar... en mi boca?&lt;br /&gt;–Es que no me quiero venir. Es que sí me quiero venir, pero no ahorita, quiero hacerte gozar más, quiero que disfrutemos más. Y mírame, ya no estoy llorando –Hizo una mueca que incluía una muy leve, pero sugerente, sonrisa, con la que me dijo “eres un insaciable, eres un señor que no tiene límites para la cogedera, cabrón, eres un perro. Y yo quiero ser tu perra, quiero seguirte”.&lt;br /&gt;–¿Me la metes? ¿Cómo quieres que me ponga? Quiero que nos quedemos cogiendo hasta volvernos locos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-685556372644959521?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/685556372644959521/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/03/capitulo-xiii-bendita-carne.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/685556372644959521'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/685556372644959521'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/03/capitulo-xiii-bendita-carne.html' title='Capítulo XIII. Bendita carne'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-5572482694765066692</id><published>2009-03-22T16:02:00.000-07:00</published><updated>2009-03-22T16:09:21.901-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Además de mariguano y presidiario este hombre se ha vuelto rebelde y alborotador'/><title type='text'>Capítulo XII. Rebeldía, dulce rebeldía</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;XII. Rebeldía, dulce rebeldía&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–“Tranquilino Valle... Vallejer..., ¡Tranquilino!, ¿¡quién es Tranquilino!?” –llamó un policía que mostraba tremendas dificultades para descifrar mi nombre de un papel que le habrían encargado. Eran quizá las seis de la mañana. Mis compañeros de celda dormían y algunos que oyeron al emisario abrieron los ojos para ver cómo obtenía la libertad.&lt;br /&gt;–Sí, señor, a sus órdenes.&lt;br /&gt;–¿Tú eres Tranquilino?&lt;br /&gt;–Tranquilino Vallehermoso Lagunes.&lt;br /&gt;–Vas pa’juera.&lt;br /&gt;–Me parece muy bien. Pero dile a tus jefes, amigo, que, puesto que me quitaron mi libertad toda una noche, según yo sin motivo, exijo que me digan de qué me acusaron para robarme una noche de mi vida y por qué me exoneran si es que algo debo. Así diles. Y diles que me niego a salir de la cárcel si no me aclaran de qué me acusaron y por qué me castigaron con una noche sin libertad. –El policía se quedó mirándome sin saber qué hacer.&lt;br /&gt;–Mire, señor, es que a mí me dijeron que lo llevara, yo no sé nada.&lt;br /&gt;–Pues ve y diles, mi amigo, que me niego a salir de la cárcel hasta que me expliquen lo que te dije. –Desconcertado el policía no contestó y se fue despacio viendo su papel y rascándose la cabeza de preocupación. Los que oyeron el diálogo se mirarían acaso y su admiración hacia mí habrá crecido más. Quizás comentarían con otros lo que oyeran. El policía se tardaría unos quince minutos. Regresó.&lt;br /&gt;–Oiga, señor, es que me dicen que tengo que sacarlo y ponerlo en la calle porque ya entró derechos humanos a defenderlo a usté. Está un licenciado de los derechos humanos y dos señoras, serán su mamacita y otra doña, además hay dos muchachas y más personas muy enojadas porque usté está detenido. Ya hasta nos están acusando de que no lo queremos sacar o de que lo golpiamos y por eso no lo queremos sacar. Ya mejor véngase pa’que les diga que no le hicimos nada. –Imaginé a mi parentela, la movilización que Obdulia y Sanjuana harían, me pregunté ¿quiénes serán las “señoritas”?, los defensores de derechos humanos, algún licenciado, Dios santo. Pero pensé que los escándalos que hicieran mis familiares no debían cambiar mi idea de que no saldría hasta que me explicasen. Lo que en realidad quería era darle una lección tanto al viejo cerdo comandante de la policía judicial federal como a los inútiles mangoneados que representaban a la ley local, el juez y el ministerio público.&lt;br /&gt;–Amigo, no voy a salir de esta cárcel. Pregúntales si van a violar otra vez mis derechos humanos, ahora para sacarme como ya lo hicieron para traerme aquí. Diles que ya saben, que no salgo hasta que me expliquen. –Se volvió a ir ya con cara de angustia, ya con prisa. Regresó muy pronto y habló con una inseguridad que lo ponía tembloroso; no sabía qué estaba pasando, el hecho de que le mostrara seguridad y el apoyo que tenía de afuera le hacían pensar que estaba ante alguien poderoso.&lt;br /&gt;–Señor, discúlpeme, pero es que me dijeron que si no sale por las buenas conmigo vamos a tener que venir a sacarlo a fuerzas entre varios.&lt;br /&gt;–Ah, pues diles que pueden venir a sacarme por la fuerza.&lt;br /&gt;–Señor, no lo tome a mal, pero yo le aconsejo que mejor vaya por las buenas.&lt;br /&gt;–Amigo, ya te dije. Diles que no salgo a menos que me expliquen cuál fue mi delito y cuál mi castigo y por qué; pero ahora además exijo que el comandante que me detuvo me presente una disculpa por su error o su arbitrariedad. –Alguno de mis compañeros de celda se colocó junto a la reja y le dijo al policía:&lt;br /&gt;–Ya sácate a la chingada, ¿no entiendes? Ve y diles que chinguen a su madre ¿no entiendes el español o qué chingados te pasa? Diles que aquí mi compadre y yo decimos que chinguen a su madre todos. Ya lárgate. –Esta diatriba fue más convincente y se fue. Discutirían, evaluarían qué hacer; se tardaron. A la media hora vinieron, en efecto, unos cinco policías y uno que los encabezaba y que, no sé, sería su jefe.&lt;br /&gt;–¿Quién es Tranquilino Vallehermoso Lagunes?&lt;br /&gt;–A sus órdenes, señor. –Se dispuso a abrir la reja introduciendo la llave, a la vez me decía:&lt;br /&gt;–Tienes que acompañarnos afuera. –Ni siquiera tuve que hablar, menos actuar. Los detenidos, delincuentillos, rateritos de banqueta, borrachines trasnochadores, algún drogadicto con la consciencia en otro mundo, pandilleros bravucones o pleitistas sin suerte, aunque, ¿por qué no?, quizá estuviera allí algún criminal avezado; no sé si lo había, pero casi todos creían que yo lo era. Y los raterillos, los bravucones, los drogadictos, los meones de la calle y, si los había, los verdaderos criminales se manifestaron a mi favor y, sin restricciones, contra los representantes de la ley. De pronto fue la confusión; abrieron la reja, los policías entraron en la celda con sus toletes, con sus pistolas enfundadas al cinto; los detenidos, unos veinte, cerraron el paso a los policías. Hubo algunos gritos, “ni madres, no se lo van a llevar, de aquí no lo sacan, fuera tiras, nos tienen que madrear, nos tienen que madrear”. Y se impuso el grito; en un momento todos los que ocupaban la celda, incluyéndome, gritábamos con furia “Nos tienen que madrear, nos tienen que madrear, nos tienen que madrear”; y el grupo se hizo fuerte en la pared posterior de la celda gritando a gran volumen “nos tienen que madrear”. En la demarcación policiaca de Dos Ríos se perdió el control. La gente que estaba afuera oyó el escándalo, la grita disciplinada que organizáramos. No faltó uno o varios periodistas que se escabulleron para llegar hasta la zona llamada de separos, también entró la gente que había venido por mí, mis tías, un visitador de los derechos humanos, Camila, mi novia; Ernestina, mi hermana; el juez, el ministerio público. La pequeña multitud llegó ante la misma reja y miró adentro a los cinco policías amagándonos con sus toletes, los reclusos gritando con estruendo al máximo y ya más bien con júbilo “nos tienen que madrear, nos tienen que madrear”; el juez y el MP que corrían para allá, para acá y no sabían que hacer, tres o cuatro reporteros, al menos dos de ellos con cámara fotográfica disparando flashazos a discreción.&lt;br /&gt;No pudieron sacarme.&lt;br /&gt;El caos llegó a ser bastante completo.&lt;br /&gt;Los policías de afuera, que llegaron de refuerzo gritaban, a los de adentro “¡Atáquenlos, no los ataquen! ¡Sálganse, no se salgan! ¡Cierren la celda! ¡No, mejor ábranla! ¡Hay que echarles gases! ¡No, porque aquí anda derechos humanos! ¡Chínguenlos, no, no los chinguen!”; el juez y el MP intercambiaban opiniones dilucidando lo que debían hacer; los periodistas tomaban nota y fotos; mis tías me gritaban “¡Tranquilino, Tranquilino, ¿dónde estás, m’hijo? Ay, señores, no sean así, déjenlo salir!”; Ernestina, mi hermana miraba y calculaba, muy atenta a cuidar a Obdulia y Sanjuana; Camila se acercó hasta los barrotes de la celda, me localizó, me gritó “Mi amor, mi amor, salte”; le hice señas de que estuviera tranquila, de que no había problemas; el comisionado de los derechos humanos sólo observaba; los detenidos no cesaban de gritar “¡Nos tienen que madrear, nos tienen que madrear!”. Por fin el juez fue ordenando, casi de uno en uno, a los policías, que se retiraran; los que estaban adentro de la celda salieron y cada quien volvió a los lugares que ocuparan antes del pequeño desastre. Los reclusos accedieron al júbilo: “No pudieron, cabrones, se la pelaron, hijos de la chingada”. Pasó media hora más. En la celda se comentaba la victoria y aumentaban la admiración y la popularidad que había ganado desde mi llegada. Llegó el visitador de derechos humanos hasta la reja, estaba acompañado por dos policías y un, al parecer, ayudante. Hablamos. Me dijo que sería muy bueno que saliera, que había un procedimiento para hacer justicia, que ellos ya estaban trabajando en una recomendación a las autoridades por la arbitrariedad que habían cometido, que, en efecto, al parecer se habían violado mis derechos, pero que necesitaba colaborar con ellos para que el procedimiento fuera legal, que se tenía que hacer una investigación. Acepté. Abrieron. Salí. Los cautivos reaccionaron de diferente manera, unos me decían “¿No que muchos güevos, cabrón?, mira, na’más te beneficiaron y ya te vas, pinche traidor”; otros me dijeron “Llégale, carnalito, llégale, por las buenas sí, por qué chingaos no”. No era uno de ellos, no me interesaba estar en la cárcel, además, no tenía por qué estar; si hacían justicia, bien; si no hacían justicia, era mejor estar afuera para procurarla.&lt;br /&gt;Afuera estaba mi gente, mi familia, los periodistas, el juez y el MP que, aunque ya eran casi mis amigos, les representaba cada vez más una monstruosa incógnita. Los periodistas me entrevistaron, les conté con las menos palabras que pude el suceso completo, me tomaron más fotos. Luego el visitador de derechos humanos me pidió que le contara a él con más detalles los hechos. Fuimos a mi casa. Mis tías lloraron, Camila también. Me abrazó como nunca lo había hecho, con un abrazo que era promesa de sus mejores delicias y entrega de sí misma, un abrazo que sólo deben recibir los condenados, los deseados porque se perderán o porque han regresado de la perdición. Pegada a mi cuerpo, casi temblando, como un animalito que pide protección, como una mamá que arrebuja a su bebé. Era sublime su abrazo suave e intenso, de mujer, después de la brutalidad, la dureza, la despiadada incomodidad, la circunstancia animalesca de la cárcel. Cuán hermosa, cuán delicada es una mujer, cercana a los ángeles si es que la palpamos después de la cárcel. Besos y abrazos, risas y lloros. No era para tanto. Me dijo que me había telefoneado el día anterior y mis tías le dijeron que recién había salido. “Si te hubiera localizado no te hubiera pasado nada, mi amor”. Nos fuimos a casa. Conté con detalles al comisionado de derechos humanos la aventura. Comimos juntos. Casi dos horas después se despidió. Luego, por fin, llegó la entrevista con mis tías y Camila.&lt;br /&gt;–Hijo, ¿pero qué hacías en ese lugar, Dios santo, tú en La dama...?&lt;br /&gt;–Quise conocer. No es lo que siempre habíamos pensado.&lt;br /&gt;–Pero, mi niño, te pasó lo que a la perra de tía Cleta –el refrán era justo, pero miré a mi tía Sanjuana con la mirada más reclamativa pero amigable, casi sonriendo, esperando el sarcasmo– el primer día que salió a ladrar le partieron el hocico...&lt;br /&gt;–Siempre hay una primera vez, tía, nomás que a mí me están llegando todas juntas y demasiado tarde.&lt;br /&gt;–Eso no es para nosotros, m’hijito, ¿qué andabas haciendo en La dama..., Dios nos libre.&lt;br /&gt;–¿Fuiste a buscar malas mujeres? –preguntó Camila, quien después de haberse mostrado muy cariñosa y solidaria, empezó a cuidar sus intereses.&lt;br /&gt;–Mamita, ahí no hay malas mujeres, o bueno, no de las que tú piensas.&lt;br /&gt;–Bueno, por lo pronto, déjenme meterme al baño, tengo que quitarme la mugre normal de dos días más la mugre de cárcel.&lt;br /&gt;Luego fueron llegando parientes que se enteraron del encarcelamiento por chismes o bien por telefonema de las tías. Mientras yo tomaba un largo baño meditativo, las tías y Camila lidiaban con las indeseadas visitas.&lt;br /&gt;Era de noche cuando estuve listo, vestido y aseado. Camila no se había atrevido a organizar la situación para que nos diéramos una encerrona. Me dijo que se iba a su casa, se negó a que la acompañara, como si, por salir a la calle, me pusiera en peligro; quizá tenía razón. Se fue. Charlé un poco más con las tías y me fui a mi recámara. Pero volví a salir cuando oí que había venido un mesero de La dama a entregarme (así de conocido soy en Guanajuato) la libreta en donde empezara a escribir este texto. Así eran de decentes en ese antro. Agradecimos el gesto y me apresuré a recuperar mi libreta pues contenía algunas de las ideas (en embrión) y apuntes de las anécdotas de lo que aquí se lee.&lt;br /&gt;No pude evitar que mis tías se dieran cuenta de lo que era el cuaderno.&lt;br /&gt;–Este muchacho ya se nos descompuso. Imagínate, Dula, ahora hasta poeta se está volviendo.&lt;br /&gt;–Dios santo, pero qué le pasaría. Tan buen muchacho que era, tan ordenado y desde unos días para acá, ave María purísima, anda en tan malos pasos como nadie de la familia desde que tengo uso de razón, Juana.&lt;br /&gt;–Hay que rezar mucho por él. A ver si se compone. Madre mía, poeta, borracho y… lo peor, fornicario…&lt;br /&gt;–Ay, pero pobrecito, no ha vivido, no sabe de eso y cada rato nos lo meten a la cárcel. Tenemos que hacer algo…&lt;br /&gt;En mi cuarto revisé el recorte de periódico del accidente del camión en Cajones, el mismo que aquí se reprodujo. Me puse a fumar y a repasar los hechos del día. Escribí quizá un par de horas. No había hechos que me causaran alguna emoción, pero lo que me molestaba era la muerte de dos niños. Pensé que en otro momento estaría furioso, quizá tendría ganas de llorar. Ahora la muerte, aun la de los niños, no me emocionaba tanto, pero sí me hacía sentir molesto un hecho tan absurdo como que no les hubieran construido un pendejo puente en quince años. Más allá de medianoche me acosté a dormir y las ideas me invadieron.&lt;br /&gt;¿Otra vez burlé a las autoridades? ¿Por qué es imposible la justicia? ¿Por qué me metieron a la cárcel sin motivo y me sacaron a pesar de que casi cometí un asesinato? ¿La justicia está loca? ¿O sólo hay justicia cuando luchas por ella? ¿Por qué si luchas por la justicia para ti, puedes llegar a cometer injusticias? ¿La justicia debía castigarme porque casi maté a aquel pobre sujeto? ¿No tenía derecho a exigir aquella explicación después de haber violado la ley cuando estrangulé a aquel hombre y cuando fumé mariguana? ¿Qué es la mariguana? ¿Por qué me provocó ese efecto? ¿Qué fue lo que pasó? ¿Soy un vidente? ¿Sólo estaba mariguano y como no me da miedo sentir lo que se siente, ver lo que se imagina y oír lo que se confunde con los ruidos del sitio donde estoy, entonces siento, veo, oigo e invento? ¿Son reales tales imágenes y sonidos? ¿O, puesto que las imaginé son reales y la pregunta es más bien, ocurrieron en la realidad? ¿No son sucesos reales, pero sí son muy probables puesto que tengo muchas imágenes de la gente de mi pueblo en el recuerdo y con el inconsciente exacerbado por la droga con facilidad imaginé la muy posible escena? ¿Y el escenario, de dónde salió? ¿Lo imaginé también o hay algún recuerdo de un sitio, de ese sitio que, aunque no lo conozco, es posible que haya visto lugares similares? ¿Ordené algo, según sentía, de lo que pasó ahí? ¿Sólo obedecí que ocurriera como ocurrió? ¿Sólo lo inventé? ¿Tiene que ver algo con la realidad lo que inventé? ¿Ordené u obedecí la muerte de los niños? ¿Sólo, de alguna manera, presencié la tragedia? ¿Sólo imaginé cómo, posiblemente, ocurrió el suceso? ¿Lo soñé? ¿Por qué soñé o imaginé este hecho y no otro? ¿Fue porque leí el trozo de papel en donde se narraba el suceso? ¿Ocurrió así u ocurrió de otra manera? ¿Fui Chano, el chofer, por un momento? ¿Lo soy aún o lo puedo ser una vez más? ¿Fui todos los que estuvieron en el hecho? ¿Soy también los niños que murieron? ¿Si un niño muere, qué? ¿Es justo morir sin haber vivido? ¿Entonces para qué vivir? ¿Es la mía una situación casi igual a la de los niños? ¿Para qué, entonces, vivir este pedazo de vida, esta miseria? ¿Pero, por qué no vivir el poco tiempo que me queda si ya encontré buenas maneras de hacerlo agradable? ¿Debo estar agradecido de que por lo menos sé cuándo más o menos moriré, de que soy un adulto que, con tremendas dificultades, con grandes angustias, pero he logrado escoger los sucesos de mis últimos días? ¿Debo agradecer que, al menos, este tiempo final de mi vida no es como hubiera sido si no se me anuncia la muerte? ¿La cercanía de la muerte te hace exprimir al máximo la vida? ¿Te hace incluso percibir lo que jamás percibiste ni percibirías en tu estado normal? ¿Eso es lo que te permite intuir o percibir sucesos? ¿Eso es atisbar la eternidad, ponerse fuera del tiempo? ¿Me transporté en el tiempo, puesto que el suceso ya había ocurrido? ¿Hice un viaje astral? ¿Quién soy? ¿Soy Tranquilino Vallehermoso Lagunes de Guanajuato? ¿Soy todos los que ahí estaban? ¿Más bien fue un sueño de mariguano? ¿Por qué no me traje a dormir conmigo a Caterín o por lo menos a Camila? ¿Si no me meto en ese problema me hubiera llevado a la cama a la gringuita Caterín?&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-5572482694765066692?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/5572482694765066692/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/03/capitulo-xii-rebeldia-dulce-rebeldia.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/5572482694765066692'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/5572482694765066692'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/03/capitulo-xii-rebeldia-dulce-rebeldia.html' title='Capítulo XII. Rebeldía, dulce rebeldía'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-1970647347966900599</id><published>2009-03-15T12:21:00.000-07:00</published><updated>2009-03-15T12:26:36.475-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='cómo no'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='a un trance místico'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La mariguana y el presidio convocan'/><title type='text'>Capítulo XI. Atisbos</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;XI. Atisbos&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La escena corrió como una película ante mis ojos. El chofer era gordo, bigotón y desastrado. Los pasajeros, gente del pueblo: morenos, humildes, de ojos negros, los viejos de sombrero, los jóvenes, del ámbito rural, ya indiferenciables con los de la ciudad, con ropas, aunque pobres, a la moda; las mujeres mayores con vestido y rebozo, algunas cargan bolsas o canastas, las jóvenes visten pantalones, a veces bolso de mano y algunas utensilios escolares. Los niños flacos y mal vestidos, algunos con uniforme de escuela. Los veo, los invento, dejo que surjan en mí, son. Aunque, lo sé, los he creado.&lt;br /&gt;Viajan indiferentes, metidos en ellos. Algunos charlan. En la larga espera se muestran inquietos, comentan, llegan a bajar del camión, observan, bajo la lluvia, el río, vuelven a subir, discuten, se desesperan, obligan al chofer a meterse en el río, a intentar el cruce.&lt;br /&gt;–Órale, Chano, –y me imagino al Rogaciano, al chaparrito moreno, despeinado, desa rrapado, desaliñado y bigotón– ya aviéntate, ya es mucho tiempo aquí parados. –Y creo ver que la voz es de un muchacho, un estudiante de la prepa oficial, un joven delgado, de esos adolescentes rebeldes, juguetones y vivarachos, carga la mochila de sus libros, lo imagino harto de esperar, veo que ha subido y bajado varias veces del camión y cree saber cómo y por dónde puede pasar el camión sin peligro, pues ha examinado el lugar que invade el torrente.&lt;br /&gt;–No, amigo, está muy fuerte la corriente. –Aburrido, creo ver al Chano que mira al chamaco; le señala el agua que corre con furia por donde debieran pasar. Invento que están urgidos por salir de allí, creo notar que ya casi están dispuestos a lo que sea con tal de llegar a sus casas.&lt;br /&gt;–Tú aviéntate, hombre, ya qué, pues... –le contesta el muchacho; me imagino su rostro con detalles, lo invento aburrido, muy molesto, casi decidido a intentar el cruce del río por sus propios medios; voltea como invitando al resto de los pasajeros a que presionen a Chano.&lt;br /&gt;–Oiga, don, pos ya métase, pos total, cada año se meten los camiones sin que pase nada. –La invitación del preparatoriano que imagino hace efecto en una señora que carga un niño en rebozo.&lt;br /&gt;–Mire doña, es que ’ora sí’stá más recia l’agua y como’stá bien juerte la lluvia y, tantito pior, no deja..., pos yo así no... yo le digo que veo muy feo este río y no vaya a ser la de malas. –Es clara la imagen de la gente, casi me parece oír lo que dicen, o quizá los escasos ruidos que hay cerca suenan sugiriendo tales diálogos, incluso repito con mis labios las palabras de Chano, su convicción y seguridad en lo que dice y que convencen de momento a una joven mujer de aspecto y actitudes insignificantes.&lt;br /&gt;–Vámonos ya, Chano, si carritos más chicos han pasado, cuantimás este armastote. –Exige, irrumpiendo en las imágenes de mi alucinación, un pasajero cuarentón y recio, con su orgulloso sombrero de campesino, su gesto hosco y sus modales de gente sin amigos. Siento que me quieren invadir pensamientos y sé que si llegan los pensamientos se irán las poderosas imágenes. Tengo que detener a una parte de mí que desea entrar desplazando a las imágenes, a los sonidos que me ocupan sólo porque no entro en mí.&lt;br /&gt;–Pos pasarían, pero no’staba tan juerte pues... yo miro como que l’agua le va’llegar más arriba de las llantas al camión y si l’entra al motor capaz que nos quedamos en medio de la corriente. –Chano, el imaginado conductor, cuando quiere intervenir o bien dejo que intervenga (como si yo designara sus acciones, pero a la vez como si las obedeciera) me toma con tanta fuerza que me oigo repitiendo sus palabras muy por lo bajo.&lt;br /&gt;Ordeno, invento que al comenzar las exigencias al chofer se alcen muchas voces y obedezco que del camión salga un ruido de voces que no se entienden, ruido que supera al de la lluvia; sólo quienes hablan más fuerte (ordeno y obedezco) son oídos por el chofer, y por mí.&lt;br /&gt;–Oiga ’iñor, pero es que ya tenemos rete bien harto tiempo aquí. ¿Qué tanto hacemos, pues?, ya hasta nos está entrando l’hambre. Ya métase y a ver qué Dios dice. –He deseado que hable otra mujer que tiene dos niños con ella, he obedecido que ella intervenga y su molestia alcanza ya un enojo muy grande como si Chano tuviera la culpa de que se hubiese inundado el paso hacia su pueblo, Cajones. Y como haciendo eco del enojo de la mujer, indico que aparezca un hombre casi agresivo quien se coloca junto a Chano y parece a punto de arrebatarle el volante, lo detengo, obedece, ordena.&lt;br /&gt;–Y si no ábrete, amigo, yo me llevo el camión y lo paso del otro lado.&lt;br /&gt;–Yo digo que hay que esperar a que se amengüe un cachito l’agua, no nos vayamos a quedar a media torrentera... –Chano emplea sus mejores argumentos para evitar que lo obliguen, como están a punto de hacerlo, a meter el camión en el torrente. En mi alucinación también deseo evitar que lo obliguen a meter el camión al torrente. Sin embargo siento que el ámbito ordena que el camión entre en el agua, que se meta, que ocurra algo que todos saben que ocurrirá pero no quieren aceptar. De pronto, en mi imaginación creo notar que incluso el camión se mueve hacia el río, como si tuviera voluntad propia. Ordeno que no entre el camión y las imágenes empiezan a difuminarse, ha penetrado otra parte de mí que no obedece y por lo tanto no puede ordenar. Me niego a perder la imagen y salgo. Obedezco, ordeno. Observo que Chano va a poner en marcha el autobús, presionado por los pasajeros ya muy molestos por la tardanza, varios cargan a niños pequeños, muchos de ellos van de pie en el destartalado vehículo, el chofer enciende el arranque. Preocupado hace avanzar poco a poco el camión, con mucho cuidado trata de recordar las mejores partes del lugar para correr los menos riesgos posibles. Pero no cuenta con el hecho de que la zona está muy deslavada por las propias aguas que han cambiado la configuración de esa parte del terreno. En cuanto entra en la parte más honda del riachuelo que, en cierta época del año incluso está seco, en ese momento es cientos de veces más caudaloso que en su promedio (hasta creo vislumbrar rápidas imágenes del río en otras épocas, en otras condiciones, en ese momento obedezco e invento que el camión se incline sobre un costado al haberse metido en un hoyo que en ese momento está ahí y que el mismo día en la mañana no estaba. A la vez, las ruedas de tracción parecieran impulsarse contra el vacío. El agua empieza a meterse por debajo. Las personas que viajaban del lado derecho, sobre el que inclina el camión son golpeados por los que les caen encima, a pesar de que el carro no se ha volteado. En el momento del espanto ellas lloran, gritan, protegen a sus niños las que los tienen, pierden la compostura, algunos sufren golpes, luchan por su vida incluso poniendo en peligro la de quienes los acompañan. Tratan con desesperación de salvarse. Luchan con el vigor que da la cercanía de la muerte. Los más viejos son abandonados por sus fuerzas y están a punto de morir. Los hombres gritan y las mujeres lloran histéricas y, las que traen hijos, los protegen con su vida. Alguien rompe los vidrios del camión por el lado contrario a la inclinación, es un hombre joven que sale y empieza a ayudar a las mujeres y a los niños a que salgan. Luego se regresan a la orilla de donde partieran. Otros rompen más vidrios y continúan sacando gente. Para entonces, avisados por otros que también trataban de atravesar, unos para entrar, otros para salir, empiezan a llegar lugareños que se disponen a ayudar a los que están atrapados en el camión. En pocos minutos desalojan de gente el armatoste, pero una mujer carga a su niño que no parece tener signos vitales, noto que ya no es niño, es una cosa, como un muñeco, su aliento está en el aire y algo que escapó de él también se disuelve en otra sustancia más fina, mucho más sutil que el aire. El niño ha muerto. La otra parte de mí quiere que el niño no esté muerto. La imagen se va. Siento un vértigo. Veo a ese niño como si fuera un vegetal que mostrara las capas de corteza que han sido su vida entera. No siento piedad. Percibo simultánea la vida del niño muerto, como si existiera al mismo tiempo desde la semilla hasta su desaparición. No siento tristeza, pero a la vez, como en otra pista, pienso y creo simular que me embargan emociones y sentimientos muy tristes por la muerte del niño. Me esfuerzo por que regrese y pierdo la imagen. Me abandono, trato de que me duela la muerte del niño, lo imagino, lo veo al mismo tiempo en uno, es muchos niños, pero no es más que una parte de una inmensidad; la imagen del accidente regresa, me he dejado. Veo que a los que están muy lastimados los llevan al hospital. Cuando se salva la mayoría los auxilian. Pero han muerto dos niños, por los golpes y el ahogamiento. Se hace un tenderete de cuerpos. Aparecen los vecinos del pueblo y ayudan en lo que pueden. Casi todos en el pueblo son parientes. En la desgracia se reconocen en la solidaridad como nunca lo hacen en la vida cotidiana en la que con frecuencia se odian. De pronto, el vehículo obedeciendo a cuanto tiene que obedecer se va a pique en la corriente, termina por volcarse y las aguas le ayudan a cumplir con una orden que es dar una vuelta completa mientras, casi flotando, dando tumbos, se aleja por el río desaforado. Poco a poco las aguas lo conducen obediente hasta que unos veinte metros más allá del sitio donde fuera atrapado por el agua choca con una angostura y se detiene. En este lugar los voluntarios, un hormiguero de gente que se obedecen, han venido del pueblo y se trepan al volcado camión, se meten rompiendo los vidrios, rescatan el cuerpo del otro niño que murió ahogado. Aparecen mantas, cobijas, tienden a los lesionados donde pueden, lo más a cubierto que les es posible. Cuando aparecen los representantes de la autoridad ya no hay mucho que hacer para ayudar a las víctimas. Más tarde todavía llega el automóvil del ministerio público que realiza sus diligencias, marca los lugares donde encontró los cadáveres, mide distancias, señala el sitio donde está el camión, examina a los pequeños muertos, interroga con frialdad a las personas que se encuentran en el lugar aunque nada o muy poco sepan de lo que ocurrió. Se va y después aparece la camioneta del Servicio Médico Forense de la que surge un extraño médico casi negro, pequeño y regordete con unas ojeras descomunales que examina los cadáveres de los niños y se los lleva después de hablar con quienes son los familiares.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-1970647347966900599?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/1970647347966900599/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/03/capitulo-xi-atisbos.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/1970647347966900599'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/1970647347966900599'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/03/capitulo-xi-atisbos.html' title='Capítulo XI. Atisbos'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-7892743794955739379</id><published>2009-03-08T13:19:00.000-07:00</published><updated>2009-03-08T13:24:28.561-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='una vez más'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='A la cárcel'/><title type='text'>Capítulo X. El inframundo</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;X. El inframundo&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Lo único que quiero es que lo chinguen. Tienen que escarmentar con él a toda la gente; si seguimos así, al rato nadie nos va a tener respeto, un policía, la autoridad van a ser como cualquiera. Ya hablé con el delegado de la pe-ge-erre y dice que tenemos que darle una lección a esta gente, porque si no, al rato ya no podremos hacer operativos, cualquiera y todos se nos van a poner al brinco y lo importante son los operativos. Así que por mi parte, señores, aunque sea un ciudadano respetable y muy honrado de Guanajuato, no puede ni debe ponerse contra la ley. Por eso es que, señor juez, quiero ver una sentencia lo más dura posible contra este individuo. –Tal fue el discurso que el comandante dirigió al juez gordo y al calvo ministerio público que tan bien me conocían. El hombre habló con una autoridad irreprochable, como si la suerte de la ciudad o del país completo dependiera de sus operativos. El insólito privilegio, ilegal, de que me permitieran oír lo que decía de mí en mi propia cara era una forma del juez y el MP para curarse en salud ante mí y quitarse toda culpa. Luego, con discretas palabras al oído el MP dijo al comandante que querían hablar conmigo, porque éste se apartó unos metros con actitud de haber sido agraviado, caminando con su paso de bailarín y su gran cabeza porcina.&lt;br /&gt;–Señor Vallehermoso –me dijo el juez a solas– esta vez nos va a ser muy difícil hacer algo por usted, tenemos la presión muy fuerte del comandante y más, a través de él, también nos presiona... –movió el pulgar señalando hacia arriba y volteando los ojos– el delegado de la pe-ge-erre.&lt;br /&gt;–Pero vamos a hacer lo siguiente, señor Vallehermoso –dijo el ministerio público–, en cuanto se vayan los federales, no van a estar más de tres días, inmediatamente lo ponemos en la calle.&lt;br /&gt;Viendo a unos pasos de mí, en el área para el público, al comandante, sin avisar a mis bien conocidos ministerio público y juez, me dirigí hacia el comandante.&lt;br /&gt;–Señor comandante, quiero decirle que usted y sus muchachos están violando... –Mucho antes de oír la primera razón el comandante se puso de pie como si quien se dirigiera hacia él fuese una rata que, ante su vista, hubiese salido de una cloaca. Se apartó de mí con un gesto de indudable repugnancia. Fue hacia el juez y el MP.&lt;br /&gt;–Señores, cómo pueden permitir esto. ¿Un detenido puede dirigirse a la autoridad? ¡deténganlo y enciérrenlo inmediatamente! O díganme si el señor es muy influyente en la ciudad y lo detengo yo. –Se llevó la mano a la pistola que llevaba al cinto y que descubrió al recorrer el saco–. No entiendo cómo es que lo tienen aquí, él debe estar en las celdas. Señores, díganme si no pueden y yo me encargo. –Hablaba con seguridad de primer mandatario a la que agregó un tonillo de quejarse de una repugnancia insoportable a la que habrían incurrido unos anfitriones por imperdonable descuido. Luego se dirigió a los policías que cubrían la guardia y estaban dedicados a deambular por las instalaciones de la edificación–, muchachos, hagan algo, detengan a este sujeto y métanlo a los separos. –Y fue a reunirse con el MP y el juez; éstos aprobaron cuanto hizo y dijo el comandante.&lt;br /&gt;Los policías, obedientes, me tomaron por los brazos y me llevaron a los cuchitriles donde mantenían a los detenidos. Me encerraron en un cuarto infecto en el que unos veinte hombres estaban juntos tanto los detenidos por cualquier tontería como los que estaban por cometer algún crimen. Trataban de matar el tiempo y el aburrimiento sentados en el suelo y recargados en la pared pues no había sitio en donde sentarse; algunos conversaban y todos voltearon a verme entrar cuando dos policías abrieron la reja.&lt;br /&gt;Me fui a un rincón desocupado. Me quedé parado recargándome sobre la pared. El cuartucho era iluminado por una luz miserable, los que ahí se encontraban habían sufrido la reducción de su humanidad hasta sus actitudes animales, a sus instintos básicos. Además así eran tratados por la autoridad. Nada se podía hacer más que estar sentado viendo a los otros o si acaso hablar con uno de ellos. En el lugar se sentía en su pesadez, en la falta de sensibilidad que afectaba a los que estaban ahí el sobajamiento animal a que éramos sometidos tenía el objetivo de degradar a personas, para someterlas y apropiarse de su cada vez más inexistente sentido de humanidad. El peso de la animalidad era insoportable, el sentimiento de hostilidad contra los que compartían la situación, contra los que nos habían sometido, contra los que no estaban igual que nosotros, contra los que nos condenaban a esto, contra todo el mundo. Pensé que quizá algo así, pero mucho más pesado, sería el hecho de estar muerto. De pronto uno se levantó, sin aspavientos, con naturalidad cruzó el cuarto hasta un hoyo en el suelo a la vista de todos, se bajó los pantalones y se sentó a cagar. El sitio se inundó de una espantosa peste de mierda. Nadie parecía notarlo. Empecé a vomitar en mi rincón. Estaba empinado basqueando con gran esfuerzo, con brutales arcadas y dolor en el vientre; oí gritos y me enteré que yo era el objeto:&lt;br /&gt;–Hijo de su puta madre, mamón; ¿muy delicadito, hijo de su chingada madre? Aquí al señorito le dan asco los vapores de la mierda –dijo dirigiéndose al resto–, ¿Sabes qué, güey? Orita te voy a quitar lo asquerosito punta de puros madrazos. –Me agarró de los cabellos para mantenerme como estaba, doblado por la cintura, y empezó a tundirme con su más intenso vigor y su más entusiasta odio. Con su mano libre me golpeaba tan fuerte como le era posible buscando mi cara. Como yo la ocultaba ya sea volteándome o interponiendo mis manos, entonces me asestaba furibundas patadas en los costillares. Es cierto que a madrazos me quitó lo mamón, o lo asqueroso (en ese momento, a raíz de la madriza pensé que era curioso que la palabra asqueroso significara tanto repugnante como alguien con propensión a que muchas cosas le den asco, pues yo era el único asqueroso, ya que no soportaba el tufo asqueroso de la mierda de un presunto delincuente). Y digo que me quitó lo asqueroso porque las arcadas de asqueroso dejaron de ser importantes para mi cuerpo a pesar de que la peste no menguaba y, aunque distrayéndome con el pensamiento del cambio de significado de asqueroso cuando se usa como sustantivo y cuando se emplea como adjetivo, me preparé para la defensa de mi vida. De lo poco que tenía ya por defender, idea que me tranquilizó. Controlado el asco por el peligro y el dolor de los golpes, me dejé conducir aun a costo de dos o tres golpes más, pero tuve la ventaja de medir tiempos y distancias. Cuando aquel hombre menos lo esperaba, preparé, apunté y apliqué un terrible golpe sobre sus testículos usando la palma de la mano donde comienza la muñeca en una trayectoria ascendente. Sentí en mi mano como la sustancia cárnica cedió y se comprimió como si desapareciera por el impacto. El hombre emitió un gemido como de relajación y, en efecto, soltó el cuerpo de tal manera que debí sostenerlo para que no cayera. Al enderezarme dejé en uno de sus puños un grueso mechón de cabellos arrancados de raíz. Con la mayor cantidad de fuerza que pude reunir lo agarré de las orejas y estrellé su cabeza contra una pared que con gran rapidez fue desalojada por la gente; cayó bocarriba perpendicular al muro y coloqué el hueso de la espinilla sobre su garganta y le dejé caer el peso de mi cuerpo. No pasó un minuto cuando empezó a convulsionar. Pensé que en un minuto más estaría muerto. Bueno, yo lo estaría en unos miles de minutos más que él. A mis espaldas oía un escándalo, voces y hasta cuerpos que se habían azotado entre sí o contra las paredes. Además de estrangular a aquel individuo empecé a abofetearlo con una repetición de unos quince golpes. Un grito sobresalió de entre los ruidos “¡Ya déjalo, lo vas a matar!”. “¡A güevo que voy a matar a este hijo de su puta madre!”. De pronto sentí una voz tan cerca que llegué a dudar si no estaba adentro de mí.&lt;br /&gt;–No lo mates, mejor vamos a darnos un toque. –Me volví y un tipo casi viejo, desdentado, con barba de semanas y rostro cacarizo, de rodillas me hablaba muy cerca del oído y a la vez me mostraba su mano empuñada. Cuando logró mi atención abrió la mano y me mostró un grueso cigarro, supuse, de mariguana.&lt;br /&gt;No me movió el interés por la droga (de la que, además, desconocía el efecto), tampoco pensé en amistarme con nadie y ni siquiera le perdoné la vida por compasión. Aflojé la presión homicida sobre el cuello de aquel pobre desecho social porque el cinismo y la calma del cacarizo que me ofreciera la droga me parecieron un dictamen convincente de que importaba más fumar mariguana que matar a aquel perdulario.&lt;br /&gt;Me levanté mirando a la víctima que aspiró en un doloroso y desesperado ronquido mientras su cuerpo se arqueaba como pidiendo aire por clemencia.&lt;br /&gt;El cacarizo prendió el cigarro y aspiró con una fuerza que llegó hasta el gutural bufido. Se llenó los pulmones de humo mariguanesco y me ofreció el cigarro. El ámbito de la celda se llenó del penetrante olor de la mariguana. Con calma de conocedor me llevé el cigarro a los labios y aspiré con fuerza pero sin afanes imitativos; al tragar el humo sentí que me desgarraba la garganta y empecé a toser escandalosamente no sólo por el ruido sino más bien por mi notable novatez como drogadicto. Sin que eso me importara controlé la tos y volví a fumar con alguna precaución y cuando lo consideré suficiente entregué el cigarro. Todos los detenidos nos rodeaban con sus miradas de idolatría. El que fuera mi víctima, tras lograr alguna recuperación, arrastrándose, se apartó a un rincón a regocijarse por su renovada existencia. El cacarizo y yo éramos dos recalcitrantes criminales que habíamos declinado la comisión de un asesinato sólo porque nos interesaba más drogarnos aun en manos –y en desafío suicida– de la autoridad. Mi tos de mariguano novato era un detalle menor, perfectamente perdonable. Parados frente a frente fumamos entre gruñidos y aspiraciones prolongadísimas hasta que el cigarro se consumió. Cuando quedaba lo que llaman la bacha lo lancé hacia cualquier sitio; dos o tres saltaron a rescatarlo para fumarse los residuos entre quemadas de dedos.&lt;br /&gt;El efecto del hidrocanabinol me llegó a la cabeza. Miré al cacarizo que tenía una chimuela y extraviada sonrisa. Emití un sonido como jajaja que era más bien como una resonancia ajena pero con dedicatoria al cacarizo, capaz que hasta le sonreí; él dijo “chido, cabrón, jajajaja” y me fui caminando tres pasos interminables que me separaban de la pared. Sentí la inmensidad del tiempo, el que en vez de avanzar con su normalidad cotidiana se detuvo a dar vueltas en un mismo sitio. A cada paso sentía ir manejando (como niño que aprende a andar en bicicleta) una inmensa maquinaria, mi cuerpo; con la circunstancia extra de que sentía cada parte de la máquina, en cada coyuntura percibía el rozar de los huesos, mis brazos colgantes, mis piernas como actuando por sí mismas. Deteniéndome de la pared me senté en el suelo y me recargué en el propio muro. Los demás quizá me miraban, ya no lo sabía, quizá dirían he ahí un feroz asesino que se echa a dormir, a soñar el sueño de la mota y ni siquiera le da miedo que lo mate el mismo que él estuvo a punto de matar y le perdonó la vida como si la diferencia entre matar y morir fuera eso, un toque de mota. Ni siquiera le da miedo porque conoce las reglas del crimen, porque sabe que todos y cualquiera lo protegeremos si el otro quisiera matarlo, porque él iba a matar frente a frente y hasta en desventaja y no permitiríamos que lo mataran a traición y con ventajas. Pensarían ellos, porque yo no pensaba. Y pensarían que un asesino empedernido como yo (parecía) no iba a cuidarse de que llegaran (como llegaron) los policías que cuidaban esa prisión al percibir el escandaloso olor de la mariguana que ya habría llegado hasta las mismas oficinas donde ellos atendían al público con su maldita prepotencia y su repugnante desprecio. Mi alma se había reconcentrado, por eso sentiría que manejaba una enorme maquinaria, por eso el tiempo se me había desmesurado. Nada oía o más bien nada entendía de lo que oía. Y sin embargo entiendo lo que pasó. Los policías, armados y agresivos entraron en la celda. Preguntaron quién estaba fumando mariguana. De pronto vi la celda como si estuviera pegado al techo, la triste luz, los policías maltratando a los detenidos, me vi sentado apoyándome en la pared, con las rodillas recogidas y la cara entre las rodillas. La mariguana me había hecho salir de mí o alucinaba imaginando, a partir de los ruidos, lo que ocurría. Los dos héroes malditos de aquella pequeña caterva de maldecidos, el cacarizo y yo, éramos intocables por un acuerdo sin palabras. Los policías golpearon, presionaron, preguntaron y alguno delataría a alguno, nadie nos delató al cacarizo ni a mí. Los policías –en cumplimiento infame de su infame oficio– exigirían sentir el aliento de varios de aquellos patibularios, les olerían los dedos porque saben que el olor de la mariguana es pertinaz. Alguno de ellos, sabedor de su tufo mariguano y sus dedos pestíferos, en acción violenta se fue al hoyo de las defecaciones, se metió los dedos hasta la campanilla y se obligó a basquear; luego, para librar a sus dedos del mariguano hálito, se los metió en el culo. Cuando los policías lo revisaron, al oler sus dedos se enfurecieron y lo golpearon hasta derribarlo, le dieron en el suelo con brutalidad a macanazos y, junto con otros tres que la asamblea de silenciosos maleantes acordó delatar, se lo llevaron para levantarle nuevos cargos y refundirlo un poco más en la cárcel. Al cacarizo y a mí no nos molestaron en el éxtasis mariguano que habíamos adquirido.&lt;br /&gt;Yo deliraba entre la angustia del tiempo trastornado en una lentitud de plomo y unas ideas que entraban en mi mente y parecían sólidas de tan pesadas, de tan intensas, de que tan por completo ocupaban mi cerebro o quizá mi cuerpo entero. Pero eran ideas en forma de imágenes o de conceptos, eran objetos mentales que no tenían que ver con las palabras. No tenía palabras. Me habían abandonado. Las ideas me tomaban y me aplastaban y su pesadez me instalaba en la angustia. Me pregunté ¿por qué? pero no con palabras y me respondí que la angustia era porque tenía miedo a perder la consciencia, entonces me di cuenta que era miedo a la muerte, o miedo a la locura que era lo mismo y entonces me sumergí en la idea de plomo y mi valor me condujo a encontrar que la pesada idea era penetrable y que dentro de ella había otra idea, otro concepto que parecía más sólido, más duro. Lo examiné un poco y pude también penetrarlo y dentro estaba otro concepto que parecía más impenetrable. Ya casi con calma le di vueltas, lo examiné y con facilidad logré penetrar en él para encontrar que en su inte rior había uno más. Lo nuevo que hallaba era cada vez más concentrado y pequeño pero más duro y luminoso. La angustia iba cediendo y los objetos encontrados llegaron hasta uno que era una piedra preciosa, un objeto que emitía luz por sí mismo, como un diamante. Y además era impenetrable, lo único posible de hacer con él era contemplarlo porque iluminaba, me iluminaba y me llenaba de gozo y no era de plomo sino de un material muy ligero y durísimo. Descubrí que había llegado al final y que aquello era una verdad, supe qué es lo que se llama teorema. Pronto descubrí dos problemas, uno, que había llegado hasta aquello sin palabras. Me faltaría, como examinar la primera idea que llegara, convertir todo en palabras. ¿Qué era entonces, si no había palabras, lo que había descubierto? Creí responderme que había descubierto un método para acercarme a la verdad, para llegar a ella. Y el segundo problema era que las ideas que podía examinar eran infinitas, que no terminaría jamás y menos si habría de vivir ocho meses o doce. Pero un consuelo era que si fuese eterno, con el método descubierto podría apropiarme de todas las verdades del universo. Que si fuera eterno sería Dios, pues podría saberlo todo pues para ello sólo requeriría tiempo, si tuviera tiempo... Y descubrí que era lo mismo, casi exactamente lo mismo, los meses que me quedaban de vida que si hubieran sido años; no había mayor diferencia ante la eternidad. Pero ¿en qué consistía mi famoso método? No es traducible a palabras, supongo, pero algo será posible decir: el método consistía en examinar las ideas (convertidas en palabras) y encontrar otras ideas a partir de las iniciales. Continuar así hasta que mi inteligencia me indicara que había llegado a una verdad pura a la que no era posible encontrarle una idea más en su interior. Expresado en palabras me di cuenta que “pinche método para obtener conocimiento, vale verga”. Pero también sabía que no es así, pero ¿qué palabras uso para decir cómo se penetra en ideas según su consistencia cada vez más dura? De pronto pasó por mi mente que la penetración, que el descubrimiento había sido en mí mismo.&lt;br /&gt;La existencia es un anillo que pudiera ser cilíndrico, pero tiene irregularidades, zonas más gruesas, zonas más angostas. En lo general es ancho de un lado y en la parte opuesta es tan delgado que parece haber desaparecido, pero no, no hay solución de continuidad, ahí está, pero es muy delgado, como un cabello. La parte más gruesa del cilindro en forma de dona es el momento de esplendor de la vida o de la existencia de cualquier objeto. La parte tan delgada que nos hace pensar que ahí desaparece el anillo, es el momento de la desaparición y el reinicio, porque todo desaparece y resurge. O la vida y la muerte. Ahí circula el universo. Todo lo que existe transita en ese anillo. El universo son muchos anillos de esos, interconectados, hay objetos y seres que cumplen su ciclo en un anillo y aparecen en otro. El mismo universo desaparecerá en apariencia, pero lo cierto es que ahí, en la parte más delgada, ocurre el renacimiento. Al desaparecer, al morir, la esencia se mete en sí misma y de ahí resurge como esas donas que penetran en sí mismas y salen a repetir el tránsito.&lt;br /&gt;Cada rebanada de la dona es un instante de la existencia o de la vida y cuando el tiempo se nos detiene podemos ver la existencia de alguien o de algo completa o simultáneamente. Cada momento de su vida es una rebanada de la dona. Y cuando se acaban las rebanadas entramos a la parte muy pequeña donde la dona se mete en sí misma. Y volvemos a repetir el viaje a través de las rebanadas. Eso es la vida y la muerte. Puta, qué sencillo.&lt;br /&gt;El efecto del tetrahidrocanabinol se disipó un poco. Levanté el rostro y miré el ámbito desolador, me sorprendí de encontrarme en la cárcel. Pensé que estaba en Estambul, con Camila, eso veía en una de las rebanadas de mi vida. Estaba, en realidad, a punto de cagarme en los pantalones. Me levanté tambaleando y me dirigí al agujero de las deposiciones pero me detuve a la mitad no del foro, sino del cuarto. Y no para cortar nada a la epopeya, sino para anunciar:&lt;br /&gt;–Carnales, voy a hacer caca. Quiero que nadie vea como cago, no me da pena, me vale madres, pero como soy un macho y soy bien cabrón, quiero que nadie me vea el culo. Se van a poner en la reja, cabrones, viendo para afuera porque además no quiero que nadie se vaya a basquear, como me pasó a mí, con el olor de la mierda. Órale, pues, carnales, o díganme si tengo que partirle la madre a alguno. –Se levantaron sin aspavientos, sin molestias, demostrándome una vez más el fuero que entre ellos había ganado. Alguno me dijo “no hay pedo, carnalito, tú dime que hacemos”. Se fueron despacio pero sin molestia y se pegaron a la reja. Un chaparrito, viejo, alcohólico y desarrapado llegó hasta mí y me ofreció pedazos de hojas de un periódico, unas de ellas rotas pues, sin duda sobraban de otras que habrían usado para lo que yo habría de usarlas; “jefecito, tenga, éste le va a servir, pa’que se limpie” y se fue serio y disciplinado. Me senté en cuclillas y con la luz de un foco de unos cuarenta watts que entristecía la celda me puse a leer.&lt;br /&gt;“Mueren dos menores en volcadura&lt;br /&gt;“Camión de transporte suburbano es arrastrado por el río en Cajones&lt;br /&gt;“Manuel Mora MacBeath&lt;br /&gt;“Guanajuato&lt;br /&gt; “Ayer, alrededor de las 6:30 de la tarde, dos menores murieron ahogados cuando un camión de la línea Clásicos intentó atravesar la corriente crecida por las lluvias del río Guanajuato que pasa cerca de la comunidad de Cajones.&lt;br /&gt;“El accidente se debió a que en la presente temporada de lluvias todos los ríos de la entidad presentan avenidas extraordinarias. El chofer del camión intentó pasar después de que esperara dos horas que la creciente disminuyera.&lt;br /&gt;“Los propios pasajeros exigieron a Rogaciano González, conductor del autotransporte, que atravesara la corriente pues ya estaban desesperados después de dos horas de permanecer en el camión esperando a que disminuyera el caudal. Los habitantes de esta comunidad, a pesar de las molestias y retrasos, están habituados a esta situación, pues cada año el río se desborda e impide el acceso y la salida de Cajones.&lt;br /&gt;“El chofer decidió admitir la exigencia de los pasajeros y atravesar la corriente, pero a medio camino el camión se volcó y fue arrastrado unos veinte metros por la fuerza del agua. Los niños Julián Martínez, de 8 años de edad y Ezequiel Rendón de 10 perecieron ahogados. Hubo además 20 lesionados, de los que 6 se consideran graves.&lt;br /&gt;“Los padres de los menores fallecidos se cuentan entre los lesionados y fueron trasladados al Hospital General Regional por los propios vecinos del pueblo aun a riesgo de nuevas desgracias al cruzar la corriente en sus vehículos para trasladar a las víctimas. Sin embargo, por fortuna no hubo más desgracias que lamentar.&lt;br /&gt;“Muchos habitantes de la comunidad salieron de sus casas entre el aguacero para rescatar a las 43 personas que viajaban en el automotor. Por fortuna el camión se atrancó en un árbol antes de llegar a lugares más peligrosos en donde hubieran muerto muchas más personas.&lt;br /&gt;“Tras el rescate, habitantes del poblado que prefirieron el anonimato, dijeron a este diario que han solicitado un puente al municipio desde hace quince años y, por diversas razones, no ha sido posible construirlo.&lt;br /&gt;“Varios de los entrevistados manifestaron que cada tres años, desde que tienen memoria, los diversos candidatos, al hacer campaña electoral en la comunidad les han prometido el puente. Hasta el momento no se ha construido.&lt;br /&gt;“Tres horas después de la tragedia llegaron elementos de Protección Civil y ambulancias para rescatar a los accidentados. Su labor fue exclusivamente de inspección, pero también se comunicaron con el Ministerio Público para las comisiones rutinarias de levantamiento legal de los cadáveres.&lt;br /&gt;“Además planificaron las maniobras a realizar el día siguiente para extraer del río la unidad de transporte urbano.&lt;br /&gt;“Finalmente, se pudo ver gran indignación contra la Presidencia Municipal por parte los habitantes de este pueblo por la desatención a su solicitud de que se les construya un pequeño puente que permita a los habitantes de este pueblo el tránsito ante las crecidas de la corriente del río que ocurren cada año”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Leí la nota una vez. Terminé la misión que me encargara mi cuerpo para exonerar el vientre de materiales indeseables. Aseé debidamente lo que tenía que asear. Mis cohabitantes, con ejemplar disciplina, se mantuvieron pegados a la reja hasta que avisé “Muy bien, muchachos, se agradece su comprensión, el que quiera regresar a su lugar puede”. Me quedé con el recorte de la nota que leyera. Volví a leerla. Imaginé.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-7892743794955739379?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/7892743794955739379/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/03/capitulo-x-el-inframundo.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/7892743794955739379'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/7892743794955739379'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/03/capitulo-x-el-inframundo.html' title='Capítulo X. El inframundo'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-4495321249671089078</id><published>2009-03-01T13:14:00.002-08:00</published><updated>2009-03-01T13:17:46.238-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Las pésimas relaciones de Tranquilino con la autoridad'/><title type='text'>Capítulo IX. Bienaventuranza. Maldición.</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;IX. Bienaventuranza. Maldición&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mañana siguiente de lo ocurrido con Camila estuve pensando que qué sorpresa me tenía guardada la muchacha. Jamás hubiera sospechado que debajo de la mujer tímida, introspectiva, bonita pero casi insignificante, ya empezada la cuarta década de vida –situación de extrema gravedad para una mujer de pueblo– y muy cerca de la abnegación (sí, negarse a sí misma) de tan modesta, una pueblerina, una mujer digna del hombrecillo que siempre había sido, traía lo suyo guardado muy en lo profundo. ¿Igual que yo? Nunca pensé que reaccionara como lo hizo, ni me hubiera imaginado que llegara al descaro por pasión, por ansias de entregarse, que rompiera sus límites ¿o no los habría roto? Yo había hecho cosas que traía cargando desde la infancia: picarle la cola a una mujer, hurgarle en el culo, ponerle el pene en la boca, revisarle el coño, lamérselo. Y sospeché que sí había transgredido sus límites al seguirme, a mí que carecía de límites pero por razones que ni ella ni nadie sospechaban. Una vez más estaba haciendo trampa. Pero si eso no era vivir, entonces ¿qué era vivir? Si no indagaba, si no satisfacía mis obsesiones, si no buscaba en mí y en el mundo, si no era valiente para ampliar los límites que me había impuesto una educación de católico cerrado, entonces ¿qué sería mi pedazo de vida que quedaba? ¿Lo mismo que había sido siempre? Lo que me parecía triste era haber empezado tan tarde y a consecuencia del aviso de la muerte.&lt;br /&gt;Estuve reflexionando mucho rato después de despertar, me sentía inmerso en una agradable tristeza, con un desgano tranquilo y hasta armonioso, como viendo al mundo tan curioso, tan raro, tan grato, con tantas mujeres tan hermosas. Me pregunté por qué son hermosas. Por qué una muchacha obesa –lamenté mucho por las que existen– no nos atrae; por qué las mujeres mayores de cuarenta o cuarenta y cinco años, con salvedades soberbias, no levantan en los hombres la ansiedad casi desesperada que nos causan las muchachas, casi todas, siempre y cuando no tengan un defecto grave, casi todas son la belleza viviente, la mayor belleza, uno de los más grandes misterios de la existencia. Ninguna belleza superior ni más intensa ni más pura por su universalidad animal, por su profundidad espiritual, por su inmediatez sin dudas y sin remedio, por su cualidad absoluta y sin necesidad de teoría, por su abrumadora atracción que es tan grande que hay que ocultarla, detenerla, evitarla, sustituirla. Comprendí que jamás en su vida un hombre lograría un momento más sublime en este mundo material que al gozar de la belleza femenina. Creí descubrir que nuestro instinto sexual indetenible, avasallador, rayano en la temeridad suicida, era una orden del universo, sólo eso podía ser manifestación de la divinidad, ¿qué otra cosa era comparable? Pero ¿para qué la divinidad nos dotó de tan brutal impulso? La respuesta fue obvia e inmediata, para preservar la vida de nuestra especie sin dudas y sin mezquindades. El placer sexual, la belleza de la mujer son tan inmensos que bien vale la pena incluso arriesgar la vida por obtenerlos. Son los premios de la divinidad (dignos premios, divinos premios) para el macho que se atreve a perpetuar su especie. Y la belleza que lo atrae tiene que ser, por lo menos, sublime. En buena hora lo descubro. En mi familia, sin exagerar, por lo menos en la rama paterna, había una tradición de siglos de represión católica. Y en mi caso, cuando descubría qué era la vida y sus delicias, la idea de que el verdadero y único pecado era el de ser timorato y cuando había librado ese escollo, muy pronto vendría la nada. Ya no me importaba. Si veo a la muerte aproximándose, que llegue, de cualquier manera ha de llegar. Mientras tanto hay que aprovechar el tiempo. Obedecer a la divinidad que se hace manifestar con semejante poder a través de los instintos y nos obliga a obedecer su mandato.&lt;br /&gt;Fue en ese momento en que decidí ir a la papelería y compré una libreta en la que me puse a escribir este texto. La conclusión obtenida y la decisión consecuente me pusieron de buen humor y salí de mi cuarto –conseguí la libreta en la que fui escribiendo esto y de la cual después transcribí en computadora– y me puse a desayunar con las tías en el mejor plan del mundo, conversando con gran animación, elogiando sus guisos y los cambios que recién habían hecho de los muebles (hay mujeres que en el cambio de muebles sustentan la trascendencia de su vida) y los adornos de servilletas decoradas a punto de cruz. Se pusieron muy contentas y se volvieron locuaces de gusto; pero, pobres, en cuanto notaban tal mensaje (“por alguna razón este hombre está muy contento con nosotras”) hacían una mala interpretación y trataban de apropiarse de mí, de ordenar mi vida, de decirme qué es lo bueno, lo decente y lo sensato. Ahora, pensarían, necesitaban hacerlo. ¿Y antes? No necesitaban pero lo hacían. Pensarían “Otra vez regresó al redil este niño, bendito sea Dios”. Decidí, para evitar su errónea interpretación, irme el resto de la tarde. ¿Adónde? Ni idea. No les había contado bien lo que pasara en la universidad, que estaba desempleado. Con lo que veían de mí era más que suficiente para tenerlas alarmadas; no estaba asistiendo a trabajar, dos mujeres habían dormido conmigo o al menos habían dado evidencias de intimidades inadmisibles, había caído en la cárcel dos veces, me había emborrachado otras tantas. Hechos que por primera vez realizara en mi vida, según sabían ellas. Aunque no sabían de mi renuncia al trabajo algo sospechaban pues ya era miércoles y no había asistido, excepto un día y fuera de horario, a la oficina. A eso de las tres de la tarde me salí sin rumbo fijo. Pasé por el Jardín Unión con la idea de sentarme a beber una cerveza y no me gustó la cantidad de gringos sentados en las mesas de restaurante en vía pública. Pasé por la Plaza de la Paz y terminé por meterme en la Plaza de San Fernando. Busqué un lugarcito apartado, a la sombra de un hermoso y extraño árbol tan retorcido como las calles de mi ciudad y me senté a tomar una cerveza. El lugar era tan tranquilo y hermoso que ahí me llegó el poderoso antojo de empezar a escribir y lo hice. Por largos ratos reflexionaba. Bebía cerveza hasta agotar la botella y pedía otra. Escribía un poco, ideas deshilvanadas; ya las ordenaría. Así estuve hasta las nueve o diez de la noche. Y me levanté del lugar sólo porque no quería que pensaran que era un borracho, aunque seguía respondiendo al condicionamiento de tantos años, pero en realidad no me importaba lo que pensaran, lo cual era una grandiosa virtud recién adquirida.&lt;br /&gt;Caminé sin rumbo hasta que descubrí que estaba cerca de La dama de las camelias, un viejo antro, famoso por su ambiente de bohemios y, entre los pudientes, la gente bonita de Guanajuato, más bien por su sordidez y “las horribles cosas que en ese lugar ocurren” entre hombres y mujeres. No es necesario aclarar que jamás había entrado en La dama... y que sospechaba lo peor del lugar. Subí las escaleras y me encontré con una viejísima casa adaptada para salón de baile, decorada –por un famoso cineasta guanajuatense adoptivo, ya fallecido– con motivos rupestres y muchos más temas que conseguían un abigarrado ambiente entre kitsch y populachero mexicano, pero abundaban los motivos rupestres. No me disgustó el ambiente. De las diez o doce mesas casi el total estaban ocupadas. Escogí una de las tres mesas libres que había y pedí un whisky con agua. Una muchacha enseñaba a bailar salsa a un grupo de gringos jóvenes o casi. Esperaba ver prostitutas, un ambiente mucho más sórdido. Me di cuenta de la exageración de la “gente bien” de Guanajuato, La dama... era un lugar más que decente, ciertamente bohemio. En una pared descubrí dibujos simuladamente prehistóricos que exhiben hombres con el pene erecto: antepasados con el pito parado. Me dio la impresión –y sigo con ella– de que nadie lo ha notado.&lt;br /&gt;Los gringos miraban asombrados a la muchacha que trataba de enseñarles a bailar salsa y que movía las caderas con algún exceso y pedía que las gringas y los gringos hicieran lo mismo. Era increíble la incapacidad de las güeras para hacerlo, de los hombres mejor ni hablar, eran lamentables. Algunas lindas gringas lograron moverse de manera muy interesante pero que no tenía que ver con el rítmico serpenteo casi negroide del cuerpo de la mexicana. Jamás en mi vida había bailado y siempre tuve la idea, por ver como bailaban, de que era una actividad que presentaba, para mí, insolubles complicaciones. Pero la muchacha les enseñaba lo más elemental, supongo, pues observando con detenimiento me pareció demasiado fácil y en esa medida me resultaba incomprensible la torpeza de los gringos, más la de ellos que la de ellas. O quizá me parecía tan fácil porque ya estaba más bien ebrio que buenisano.&lt;br /&gt;Sentado a mi mesa, solo, viendo bailar a gringos y gringas que sorprendían de torpes y fuera de ritmo; después de hacerlos intentar los pasos, simplísimos, sin pareja, los puso a bailar juntos. Había más mujeres que hombres. La enseñante de salsa vino a mi mesa, como a las de otros a invitar a que bailaran con sus discípulas.&lt;br /&gt;–Señor, ¿puedo invitarlo a bailar? Pero no conmigo, con mi estudiante…&lt;br /&gt;–Sí, pero yo no sé…&lt;br /&gt;–No importa. Ellas tampoco…&lt;br /&gt;–Tú, Caterín, vas a bailar con el señor... ¿cómo te llamas?&lt;br /&gt;–Tranquilino.&lt;br /&gt;–A ver, entonces tú, Tranquilino ¿verdad?, te vas con Caterín... –me puso con una bonita muchacha casi rubia de gesto ingenuo, un par de centímetros más alta que yo y que no llegaba a los treinta años. Perfecto–. Caterín, el señor es Tranquilino y nos va a ayudar a que practiques tus pasos de baile.&lt;br /&gt;–Ou, aim veri plisd...&lt;br /&gt;–Mucho gusto, señorita…–le dije, porque creo que así les gusta ser llamadas.&lt;br /&gt;Aunque no era menos torpe que Caterín, al menos no padecía de la inverosímil carencia de sentido del ritmo que hacía más torpes que yo a la mayoría de los gringos. Me di cuenta que podía moverme al ritmo de la música. Tomé a la muchacha por la cintura. Era una suave mujer que, sin duda, había gozado una vida de comodidades, de estudios y cálidos afectos; una gentil señorita gringa, sensible y sin prejuicios para bailar con un mexicano prieto o al menos no tan blanco, ni mucho menos rubio como ella. Además de tocar la cintura de esa muchacha, su mano que de tan suave me parecía regordeta; me emocionó un poco que, de alguna manera, después de un rato de bailar juntos, o al menos intentarlo, le comuniqué mi sentido del ritmo a la muchacha. Y pronto estábamos bailando casi como lo haría una pareja mexicana no tan diestra en el baile. Después de los momentos iniciales de nerviosismo –descubrí que no estaba tan borracho como para no sentirme nervioso– y de lograr sincronizarnos haciendo los pasos que a ella le indicaran y que yo observé sin que fuera mi clase de salsa, comenzamos a divertirnos y más aún, sentir a la muchacha entre mis brazos, rozagante, prístina de ingenuidad a pesar de sus, quizá veintiséis o veintisiete, sonriente y sorprendida de nuestras mexicanas maneras de bailar; tener su mano suave envuelta en la mía, sentir de pronto sus senos que se oprimían contra mi cuerpo en fugaces delicias causadas por la bendita falta de sincronía de ambas partes, la igualdad en los asuntos dancísticos, ninguno sabía más que el otro, el efecto del alcohol en ambos casos pues ella bebía cerveza.&lt;br /&gt;Además de comunicarle el sentido del ritmo (lo que me hizo descubrir que, obvia necesidad, las mujeres son formidables seguidoras de ritmos) noté que le comunicaba mi excitación. Mínimos movimientos de mi mano en contacto con la de ella, tocar con suavidad su talle, cambiar la palma de mi mano de posición sin dejar de tocar su cuerpo me provocaba la sensación de percibirla en detalles íntimos y preciosos propios de una sola mujer en el universo, ella, Caterín o Catherine, una mujer, hermosa como son las mujeres, cuya constitución es más suave que la del hombre y sus formas diferentes, ajenas, además, las imágenes que se desataban en mí al apreciar a través del tacto su ropa íntima, la leve alteración de la regularidad en el ritmo de la respiración por el ejercicio físico, sentir de pronto su aliento, acercar los rostros casi hasta tocarnos. Era un juego delicioso y, sentí, casi perverso: esa admisión de la cercanía, del tocamiento, de la búsqueda mutua de los ritmos para moverse en bilateral acuerdo, de la intimidad que se da al sentir las respiraciones, después de poco tiempo, el sudor; pero al mismo tiempo las restricciones, no propasarse, no tocar más allá de ciertas regiones separadas por centímetros de donde las manos del hombre palpan sin culpas ni pudores el delicioso cuerpo femenino: juego perverso. Descubrí algo que sin duda todo el mundo sabe desde la adolescencia, que el baile es preparación y antesala del acto sexual y hasta, estoy seguro, puede ser un sucedáneo, como una droga menor que, sin embargo, a corto plazo provocará llegar a la droga suprema en esa índole que sería el acto carnal. No había pasado mucho tiempo cuando tenía una espontánea e incómoda –por el temor de ser notado– erección. De pronto vino la pregunta ¿cómo fui capaz de perderme el baile, esta maravilla, durante tantos años? ¿Cómo pude no disfrutar de este acto sexual sin penetración ni intercambio (casi) de fluidos? Hubiera querido ser un buen bailarín con quien muchas mujeres desearan bailar. Y una vez más concluí que “si las cosas están pasando ahora no es tan bueno, pero podría haber sido peor, incluso que nunca ocurrieran, como ha sido la vida de tantos señoritos y señoritas guanajuatenses”. En un hecho del cual ninguno de los dos, creo, éramos muy conscientes, de pronto me di cuenta que nuestros rostros estaban muy cerca. Ni la muchacha ni yo lo evitábamos, por el contrario, nos brindábamos cada vez más confianza. La abracé con más cercanía, pasando mi mano hasta su espalda y nuestras caras se tocaban con frecuencia mientras bailábamos. Mi pito parado rozaba con frecuencia su cuerpo. De pronto estaba tan caliente que creí llegar a la desesperación si no pasaba algo más con la hermosa gringa. Interrumpimos el baile porque se acabó la música. No solté su mano y en poco tiempo, alabado sea el cielo, comenzó otra rumba. Y la abracé y me acerqué más a ella. Y pegué mi cara a la suya. Y así bailamos.&lt;br /&gt;Comencé a besar a la muchacha gringa, repegué su cuerpo contra el mío apretando un poco un poco más todavía mi brazo contra su cintura al bailar y llegué a encontrarme en un lugar muy cercano al paraíso; Caterín correspondía como quien encuentra un divertimento agradable y hasta excitante. Sentí que faltaría muy poco para estar con ella en la intimidad. Y cogiendo.&lt;br /&gt;Los cuerpos pegados, sintiendo sus senos tocando, comprimiéndose contra mi pecho, juntamos los rostros y haciendo los famosos pasos mucho más cortos nos encontrábamos en la situación de pasar a más. Resultaba escandaloso de ridículo bailar en tales condiciones de calentura. Ambos respirábamos con agitación. Besé la zona cercana a la oreja de la muchacha, busqué sus labios, no correspondió pero tampoco se apartó. Seguíamos dizque bailando y metí mi lengua en su boca. Empezamos a besarnos y le dije entre sus labios “no puedo seguir bailando”. Dejamos de hacer el ridículo, es decir, de bailar y quedamos besándonos.&lt;br /&gt;Recuerdo que pensaba “Si toda mi puta vida fui desgraciado, por lo menos ahora, el tiempo que me queda, poco o muy poco, que deje de ser desgraciado” cuando, de pronto, se detuvo la música de salsa sin haber concluido la pieza que había sido una delicia bailar y más haber dejado de hacerlo y besarnos, pero el ambiente se sintió espeso como pantano. Me aparté un poco de la muchacha. Como el resto de los parroquianos miré hacia la entrada de La dama...; hombres vestidos de uniforme verde oscuro, con armas de fuego –al menos dos cada uno: pistola al cinto y metralleta al hombro– entraban en el lugar. Por si no fuera suficiente venían encapuchados con pasamontañas oficial, como si fueran delincuentes que temieran ser reconocidos. Uno de ellos, el jefe, habló con el gerente o encargado del antro y los demás se aprestaron a cachear a toda la concurrencia masculina. Por alguna razón pensaban que las mujeres no podían cargar drogas entre sus ropas o bien los hombres también podíamos traerlas pues la revisión era más bien un manoseo rápido y humillante que con dificultad permitiría encontrar un sobre con droga o un arma bien escondida entre la ropa.&lt;br /&gt;Vi que un encapuchado obligaba a un hombre a colocarse, apoyado con sus manos, de cara contra la pared; el policía, a patadas que, es cierto, no eran fuertes, lo hizo abrir las piernas hasta que le pareció lo necesario, le metió las manos por debajo de las axilas y se las recorrió desde los hombros hasta la cintura, ahí evitó ¿pudorosamente? continuar su repugnante acto y tocar los genitales del sometido, luego le pasó las manos por la espalda, también evitó palpar las nalgas, y recorrió con ambas manos las piernas. Luego le diría algo como “está bien” y le indicó ahíto de autoridad que pasara a otra parte, en donde se apostaban los que ya habían sido manoseados. Los trataban como a prisioneros de guerra. Era un abuso de la autoridad y un deleite para los policías pues se sentía que lo disfrutaban a pesar de la máscara por el empeño meticuloso en ordenar: “párese aquí, suba las manos, póngalas contra la pared”. Un acto mezquino y brutal, ilegal, por supuesto, pero sustentado en el supuesto de “la honrada lucha contra la delincuencia organizada y el narcotráfico”, lucha que ordenan los más conspicuos delincuentes organizados que se mantienen impunes pues ellos tienen el poder político y son los más prósperos narcotraficantes. Era más que nada una demostración de los hombres del poder a los ciudadanos para indicarles con claridad dónde está el poder; un abuso agarrando a los ciudadanos en un momento de cierta vulnerabilidad pues, quién estando a medios chiles va a quejarse de haber sido humillado en una revisión ilegal.&lt;br /&gt;La bonita gringa Caterín estaba muy desconcertada, casi rayaba en la angustia. Nos habían roto el encanto. La tranquilicé, le dije que se fuera con el grupo de gringos, pues bien sé, como lo saben todos los mexicanos, que a ellos no los molestarían pues los turistas adinerados tienen privilegios con respecto de los naturales.&lt;br /&gt;Fui hasta el lugar en donde tres policías, alegremente, manoseaban a sendos culpables sin preocuparse por presumir que, antes que nada, eran inocentes. Dije a uno de los empinados:&lt;br /&gt;–Oye, amigo, ¿sabes que esto es anticonstitucional? ¿Sabes que ninguna persona puede ser molestada en su persona, sus pertenencias, su domicilio y su tránsito mientras no le sea mostrada una orden judicial? –El que cacheaba, sin terminar su trabajo, ordenó a su víctima ir con los revisados y fue conmigo:&lt;br /&gt;–Las manos en la pared, por favor –dijo desde atrás de su pasamontañas.&lt;br /&gt;–Con mucho gusto, señor..., pero antes, un detalle, ¿me puede decir su nombre?&lt;br /&gt;–Yo soy la ley, cabrón, manos a la pared te dije...&lt;br /&gt;–Sólo quisiera que me mostrara su identificación, para saber que no me va a manosear un delincuente; la orden de revisión autorizada por la autoridad judicial, para tener una idea, por lo menos, del porqué sospechan que soy un delincuente y me gustaría ver su rostro porque es muy incómodo que lo revisen a uno sin saber quién lo hace.&lt;br /&gt;–Yo no sé de eso, señor, ese no es mi trabajo, ya le dije que manos a la pared.&lt;br /&gt;–Pero, por mi parte, insisto, la ley dice que todo el mundo es inocente mientras no se demuestre lo contrario. –Vino otro enmascarado y entre ambos trataron de someterme, no lo hicieron sólo porque no opuse ni la menor resistencia y me llevaron agarrado de los brazos ante su jefe, el que dirigía “el operativo”.&lt;br /&gt;–Mi comandante, éste se siente muy leguleyo y dice quesque no lo podemos revisar, quiere ver la orden del juez.&lt;br /&gt;–¿Así que muchos güevitos, jovenazo? Pues lo vamos a remitir ante el juez calificador para que, lo que nos dice, se lo diga a él; responderle a usted no es nuestro trabajo. Súbanlo a la unidá, muchachos. –El comandante, único sin capucha, era prototípico: con un vientre tan extendido que parecía digno de un embarazo de nueve meses; la cara, de formidable tamaño sobre cuello y hombros de buey almizclero y, me pareció, más porcina que la de un cerdo de exhibición; el gesto feroz, burlón y despiadado con un desordenado bigote de macho; caminaba como haciendo pasos de baile quizá por el gran peso de su barriga.&lt;br /&gt;–Está usté en manos de la ley; ponga las muñecas... –Y fueron capaces de esposarme como si fuera un delincuente peligroso, aunque lo hicieron con cuidado. Me condujeron casi con suavidad, agarrado de los brazos, como ayudándome a bajar las escaleras. Me empujaron de la nuca hacia abajo para meterme en la patrulla. En cuanto estuvimos dentro de lo que llaman la “unidad” se desataron–. Mira, pendejo, ’orita primero te vamos a dar una calentadita na’más para bajarte los humos, luego te va a tocar pocito, a tragar mierda un rato, a ver si eres tan güevudito como quieres parecer, luego te vamos a dejar el culo negro de requemado con la picana trifásica a dos veinte voltios y ya entonces le pasas con el juez a ver si te avientas a decirle que te apañamos por nuestros puros güevos y que te metimos semejante chinga. Y también vas de chillón con los derechos humanos, nos pelan la verga tú y todos los pinches derechos humanos juntos y vas a ver que si chillas con el juez te va a ir peor. –Hablaban con una furia como si les debiera un agravio mayor, como tratando de contener una violencia que los desbordara, hablaban como si trataran de bajar la voz, lo que hacía parecer que lo hacían para controlar su furia, me hacían gestos como si me odiaran por ser una maldita bestia criminal. Era tanta la desmesura contra un pobre sujeto que apenas les invocó la ley y les pidió que se cumpliera que, más que causarme miedo, me despertaron asombro. Los miraba con una actitud muy próxima a la admiración, ¿pues por qué me odian así? Me pregunté. Lo bueno es que en mi circunstancia ser objeto de un odio tan feroz y además gratuito, no me daba motivos para el terror sino más bien era como un aliciente para vivir; quizá no tan grato como las caricias de una bonita muchacha, pero de pronto me pareció que esto, el odio, el resentimiento y la podredumbre con que pretendían asustarme era lo mismo que el amor y que el sexo, sólo que de sentido contrario; como el polo negativo de los sentimientos que todos los humanos tenemos. Y ellos seguían hablando con intenso rencor, como tratando de bajar la voz o de contener el odio, después de haber descubierto sus caras por subirse los pasamontañas pues estarían muy acalorados. –Me cai que si vas de chiva con el pinche juez te vamos a matar, hijo de tu puta madre, a ti y a toda tu chingada y puta raza. ¿Entiendes, pendejo? Contéstame, pedazo de chingadera.&lt;br /&gt;Creí que había una forma de sabiduría o, al menos, de cierto conocimiento en sus palabras. En la circunstancia en que encontraba mi tan apreciable humanidad (por más cercana de la muerte que estuviera) no era más que un pedazo de chingadera en manos de la autoridad.&lt;br /&gt;De pronto me sentí como una cosa. Un objeto que se encuentra en este mundo interactuando con el planeta, intercambiando gas –por la respiración (y de alguna otra manera)–, procesando sustancias del planeta y devolviéndoselas para que la Tierra a su vez las procesara y sometido a un sistema que nosotros habíamos hecho. Vi a esas cosas que maldecían frente a mí, que hacían las mismas funciones que la cosa que era yo. Y me sentí monstruosamente extrañado porque descubrí que algo funcionaba muy mal en esos objetos que me insultaban.&lt;br /&gt;–¡Te dije que me contestes ¿no entiendes en cristiano, hijo de tu puta madre?! –Lo más difícil de la situación era reprimir mi respuesta a sus estímulos. Al igual que al hacer el amor, cuando sentimos una fuerte inclinación para corresponder con creces a las caricias y muestras afectivas, así sentía un fuerte impulso para entrar en sintonía con la actitud de violencia de los dos policías. Con miedo habría necesitado respirar hasta el fondo, calmar mis ánimos y pensar con detenimiento para evitarme daños. Pero no tenía miedo. Sentía que esas cosas estaban descompuestas, aunque las agresiones amenazaban con alterarme, sentí que debía interrumpir el intercambio que trataban de imponer: responder con violencia habría provocado que me golpearan en el cuerpo o bien someterme, para que me humillaran a su antojo, es decir, me golpearan en el espíritu. Lo sensato era detenerlos sin responder a los estímulos que me aplicaban. De alguna manera comprendí que ellos y yo éramos lo mismo.&lt;br /&gt;–Señores, creo que si, como dicen ustedes, no soy más que un pedazo de chingadera, deberían matarme, en vez de hacer tanto trabajo trasportándome, advirtiéndome que no los acuse ante el juez y amenazándome. Saquen su pistola y denme un balazo entre los ojos. –Se miraron sumidos en el desconcierto. Les parecí decidido a perder la vida. Ellos, a pesar de sacar porquería desde el fondo de su alma, no eran tan estúpidos como para matarme. Seguí hablando:&lt;br /&gt;–Yo me siento incómodo así, atado y oyendo advertencias con insultos. Humillar y sobajar a un individuo indefenso indica una condición vil del que lo hace. En cambio si solamente sacan la pistola y me dan un balazo sin decir nada, creo que sería un acto enaltecedor, casi heroico, o como dicen ustedes, de muchos güevos. Si ustedes opinan eso que dicen de mí, no me lo explico, pues ni siquiera los conozco y no tienen motivo para opinar de mí de esa manera y mucho menos para decírmelo. Sin embargo, ustedes sí deben saber bien qué pienso de ustedes. –Me controlaba lo suficiente para hablarles con una tranquilidad que los mantenía desconcertados, tanto por la actitud como por el contenido del discurso; su estupor era tal que no acertaban más que a mirarme y a mirarse entre ellos–. Hay una razón por la que no puedo sentir miedo a la muerte y, además, mi vida vale poco, vale menos que la de cualquier persona. Ustedes deben saber que, en general, una vida vale poco; si desean tomar mi vida pueden proceder, pero en tal caso no tiene sentido que me insulten; se insulta sólo a aquél al que no podemos hacerle nada más que insultarlo. Ustedes, si quieren, pueden matarme; adelante, lo prefiero a los insultos. –Sumidos en el desconcierto, uno de ellos dijo:&lt;br /&gt;–¿Qué hacemos, pareja? ¿Le damos en su madre?&lt;br /&gt;–Pos ya no hay que discutir con él. Tenemos que cumplir órdenes, pareja; hay que entregarlo y que el jefe se arregle con él. –Y se pusieron en plan de servidores públicos austeros y disciplinados. Pero yo quería seguir hablando:&lt;br /&gt;–Déjenme decirles, señores, que mi valor para invitarlos a matarme no es normal; las personas normales tienen miedo a la muerte. Yo no tengo miedo a la muerte porque soy... digamos que soy un muerto... no puedo tener miedo a morir si soy un muerto. Tengo esa enorme ventaja sobre todos ustedes que están vivos y que no tienen una idea de la muerte ni de cuándo vayan a morir. Las personas normales actúan como si fueran a vivir para siempre y morir les causa un terror como si con la muerte les fueran a quitar algo de lo que gozarían por la eternidad. Pero morir es algo demasiado simple y natural, morir es algo que no tiene importancia. No tienen idea de la muerte y, sin embargo, la muerte los acecha a cada instante, en cualquier momento cualquiera puede morir. Y sólo con esa idea bien fija, con la idea de que en el próximo instante podemos morir, es como de verdad se puede vivir. La muerte es lo único que le da valor a la vida. Vivir no es importante excepto por lo bueno que podamos hacer para que la vida tome un sentido, para que la misma vida sea importante. Si no es para eso, creo que no vale la pena vivir.&lt;br /&gt;–Señor, por favor, ya cállese.&lt;br /&gt;–Pareja, hay que madrearlo a ver si se calla.&lt;br /&gt;–No, ya déjalo, ya vamos a llegar.&lt;br /&gt;–No crean que desprecio lo que ustedes hacen. Ser instrumento de la justicia y también de la injusticia. Castigar o perdonar, a veces con justicia, a veces con injusticia en cada caso. Creo que eso también puede darle un sentido a la vida, pero no a la de ustedes, sino a la de los que sufren sus acciones. Finalmente ustedes, ni siquiera los letrados, los magistrados, no son quien para imponer justicia, la justicia es algo demasiado abstracto y lejano; ustedes apenas tratan de apegarse a un marco que hemos inventado y que es demasiado poroso, muchos crímenes se les escapan, muchas injusticias y hasta crímenes cometen ustedes mismos aun respetando su propio marco, entonces, en vez de justicia es una forma de ganarse la vida (bastante vil, por cierto) y de apropiarse del poder. Ustedes y sus jefes, los más altos jueces no hacen, no pueden hacer la justicia ni aplicarla y menos cuando no respetan sus propias leyes. Como en este caso...&lt;br /&gt;–Mire, señor, ya llegamos. Si va a decir algo, dígaselo al juez, al ministerio público. Nosotros nada más cumplimos órdenes. –Así llegué por tercera vez en menos de una semana ante la autoridad judicial, acusado, en esta ocasión, de una vaguedad, a diferencia de la ocasión anterior en que llegué autoacusado de asesinato.&lt;br /&gt;Me metieron una vez más en el calabozo en que estuviera ya dos veces.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-4495321249671089078?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/4495321249671089078/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/03/capitulo-ix-bienaventuranza-maldicion.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/4495321249671089078'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/4495321249671089078'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/03/capitulo-ix-bienaventuranza-maldicion.html' title='Capítulo IX. Bienaventuranza. Maldición.'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-2755499463209001146</id><published>2009-02-22T11:55:00.000-08:00</published><updated>2009-02-22T11:56:41.731-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Tranquilino se descubre cogelón'/><title type='text'>VIII. Pecar el resto de la vida</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;VIII. Pecar el resto de la vida&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Toc, toc, toc, oí la puerta de mi recámara para salir de un sueño negro, inconsciente y sin imágenes, ya sin preguntas ni respuestas, como si hubiera muerto. Salí en pésimas condiciones y me sorprendió la presencia de Camila frente a mí cuando ya era demasiado tarde.&lt;br /&gt;–¿Cómo estás, preciosa? –Después de un preámbulo de cortesía con Obdulia y Sanjuana, cuando estuvimos más o menos solos, Camila se desató:&lt;br /&gt;–Vine a verte, a saber qué pasa contigo, he tenido noticias de ti que no quiero creer.&lt;br /&gt;–Tienes razón, no las creas. ¿Quieres platicar conmigo?, vente para acá. –La conduje hacia mi recámara.&lt;br /&gt;–Pee..., pero... ¿ya viste a dónde me llevas?&lt;br /&gt;–¿Eh? Sí, a mi recámara, ¿qué tiene de malo? ¿O tú piensas hacer algo malo conmigo?&lt;br /&gt;–Pe pe pero ¿qué van a decir tus tías?&lt;br /&gt;–Ay, mi amor, mis tías saben que soy un hombre íntegro y muy decente, tú lo sabes, ¿verdad, tiíta Obi, tiíta Fani? Díganle a esta muchacha que puede entrar con toda confianza en la recámara de este que habla, un intachable e irreductible caballero. –Las tías se acercaron, se miraron, hicieron algún gesto, sonrieron, no supieron como reaccionar, desaprobaban mi actitud, pero no se atrevían a llevarme la contra y metí a Camila, por primera vez en nuestras vidas, en mi recámara. Camila, nerviosa, mirando el mobiliario se sentó en una silla, cerré la puerta y me acomodé en la cama. –¿De qué quieres hablar, mi amor?&lt;br /&gt;–Es que no sé qué pensar. Me han llegado noticias que me niego a creer. Dicen que estuviste en la delegación de policía, que te metieron a la cárcel y que estuviste en una cantina donde hubo un pleito, que estaba contigo una mujer.&lt;br /&gt;–Mi amor, la verdad es que el primer día me llevaron a la delegación por error. El segundo, cometí una agresión, no lo niego, llevé a divertirse un poco a una amiga de mi madre, estarás enterada de que vino a verme, y algún borracho trató de propasarse y le di un balazo, creí que lo había matado, pero por fortuna sólo quedó herido. –Camila me miraba con un asombro cada vez mayor.&lt;br /&gt;–¿Pero tú?... ¿dijiste un balazo? Eso no lo puedo creer. Tú nunca has tenido un arma, nunca habías ido a una cantina. Siempre pensé que tú nunca pisarías esos lugares. Las cantinas, Dios mío, la cárcel, mujeres, mujeres... malas. No puede ser. Quiero que me expliques qué está pasando contigo. Así no podemos continuar con nuestro compromiso. Yo creí que te pasaba algo grave...&lt;br /&gt;–Camila, perdóname por lo que voy a decirte. Yo no puedo sostener el compromiso que habíamos hecho. Han pasado cosas en mi vida que cambian todo. Me voy a ir de Guanajuato, bueno, de México, me voy... a... al extranjero y no puedo eludirlo. Así que lo nuestro tiene que terminarse. Te juro que no tengo otra salida.&lt;br /&gt;–¿Qué dices? ¿Tú crees que yo puedo quedarme así? Necesito saber qué ha pasado, a dónde te vas, por qué te vas, por qué dices que tenemos que romper, no puedes hacerme esto. Ahora estás haciendo cosas que nunca habías hecho. Te desconozco, tenía la esperanza que me dijeras que no era cierto y que eran chismes.&lt;br /&gt;–Es un viaje que me retendrá... años, varios, muchos años.&lt;br /&gt;–Y ¿por qué no puedo ir contigo?&lt;br /&gt;–Porque... porque es... porque no tengo derecho.&lt;br /&gt;–Pero ¿si yo quiero irme contigo? Nos casamos antes de irnos. O nos casamos en el lugar donde tienes que ir. ¿Por qué no, Tranquilino, dime? Dime que no quieres romper conmigo por otra razón, dime la verdad, por favor... –y empezó a llorar–. He estado contigo desde hace cuatro años, Tranquilino. Tengo derecho a saber qué pasa. ¿Por qué quieres romper nuestra relación, nuestro compromiso? He gastado mi juventud contigo. Ahora me quieres dejar. Tranquilino, dime la verdad por favor... bu, bu, bu... ¿qué voy a hacer? Bu, bu, bu, bu ... –la abracé. No podía contarle de mis seis meses de vida en el mejor de los casos y un año en el peor, o al revés. Me desconsolaba. La amaba. ¿La amaba? ¿Después de coger con otra apenas dos días antes? Teníamos una relación y no era ingrata.&lt;br /&gt;–Dime por favor la verdad, Tranquilino. ¿Ya no me quieres?&lt;br /&gt;–Te quiero más que nunca, mi amor, pero... no puedo...&lt;br /&gt;–¿Por qué no puedes? Bu, bu, ¿qué es lo que no puedes? Dime que ya te volviste borracho y no me importa, me caso contigo. Pero no me digas que tienes a otra porque me muero. No me digas que te vas de viaje porque eso no te lo creo... Dime la verdad... bu, bu, bu.&lt;br /&gt;–Mi vida. Chiquita. No sabes lo que he sufrido. Yo te amo... tú y yo... nos vamos a casar. Nos casaremos aunque sea lo último que haga en esta vida.&lt;br /&gt;–Tranquilino, ¿por qué me haces esto? ¿Qué ha pasado entre nosotros? ¿En qué cometí un error?&lt;br /&gt;–No, mi amor. Nos casaremos... si así lo quieres. Mira, voy a tener que irme de viaje. Pero regresaré en unos seis meses o en un año, iré a arreglar todo lo necesario y regresaré a casarme contigo antes del viaje definitivo. Tienes razón, tú eres, de hecho, mi mujer; la mujer de mi vida. Me casaré contigo aunque sea en el trance in mortis.&lt;br /&gt;–Tranquilino, júrame que es cierto.&lt;br /&gt;–Te lo juro.&lt;br /&gt;–Tranquilino, ¿me vas a llevar contigo?&lt;br /&gt;–Te voy a llevar. No puedo dejarte. Me tengo que ir, pero te llevo conmigo.&lt;br /&gt;–¿Me lo juras?&lt;br /&gt;–Pues… Te lo juro. –Empezamos a besarnos con desesperación. Comprendí que, sin decirle la verdad de mis tumores, mi cáncer y próxima muerte, la había colocado en un trance semejante. El haber probado la posibilidad de la ausencia, del final, le provocó una sacudida. Los besos entre lágrimas (y también mocos, ni hablar) eran tremendos, humanos, ambiguos, angustiosos pero deliciosos, húmedos y calientes. Me besaba temblorosa y apasionada, sin dejar de llorar.&lt;br /&gt;–Dime por qué no querías llevarme contigo... Por qué querías irte tú solo... –Me hablaba pegada a mí, con su boca con la mía–, dime por qué querías dejarme... –de pronto me di cuenta que con sus manos maniobraba mientras mantenía su rostro aún mojado de lágrimas pegado al mío, pasándome su aliento cuando hablaba–, por qué no querías llevarme contigo... dime, Tranquilino... –me di cuenta que se estaba desnudando cuando se sacó la blusa sin despegarse de mí–; dime una cosa, ¿has estado con mujeres?, ¿te has ido a acostar con prostitutas? Tranquilino, dime una cosa ¿quieres probar lo que es una mujer que te ama? ¿Quieres saber lo que soy capaz de hacer por ti? –Tomó mi mano y la puso sobre uno de sus pechos–. Tócame, agárrame, hazme tuya, tómame, Tranquilino, hazme lo que quieras, ándale.&lt;br /&gt;–Mi amor, yo sí te hago el amor, pero... es que...&lt;br /&gt;–Cógeme, cabrón; quiero que veas que yo soy una mujer. Ándale, hazme lo que quieras, o ¿qué quieres que yo haga? Ponme como quieras, dime qué hago –Ya estaba desnuda y se puso a desnudarme–. Chúpame aquí, chúpame las chichis. –Y, una vez más, entre la confusión de sentimientos y el revoltijo de ideas obedecí. Obedecí a la mujer y a mis instintos. Camila es una hermosa mujer, de otra manera que Laura. Y la metí en mi cama después de levantarla toda desnuda. Me saqué la ropa y cubrí a la mujer. Me hizo entrar en ella y puso lo mejor de su persona, de sus instintos, de sus sentimientos y de su sensibilidad exacerbada por la situación, entregada sin reticencias, una mujer que se jugaba su resto cuando creyó haber tenido el juego perdido. Estuve dentro de ella gozando tanto de su pasión, de su belleza, de su entrega. Como un condenado a muerte que quiere alargar su vida unos instantes, cuando me encontré cerca del orgasmo me detuve para alargar el placer.&lt;br /&gt;–¿Qué pasó?&lt;br /&gt;–Súbete en mí –la hice montarme, traté de que descubriera formas de excitarse usándome, pero me di cuenta que necesitaba calentarla más–. A ver, mi amor, ponte a gatas.&lt;br /&gt;–¿A gatas?&lt;br /&gt;–Sí, mi vida. –la hice sentirse usada, pero también la excité más. La penetré desde atrás. Sentí el bestial placer de hacer abuso del precioso cuerpo femenino, era un abuso de placer, de su cuerpo, aunque ella lo consintiera. El placer era tan tremendo que yo corría peligro. Me detuve, una vez más, a tiempo–. Preciosa, vas a ser mía, totalmente mía. Entonces, con tu permiso. –La puse de nuevo en la cama en decúbito supino, levanté sus rodillas y me aboqué a su sexo; se desconcertó, pero cuando sintió la lengua buscando el clítoris se dejó llevar por la novedad, la excitación, el placer. Sentí que, en efecto, se iba calentando la muchacha. Lamí su clítoris pensando en cómo podría llevarla al delirio, a volverla loca y el empeño y la disposición dieron buenos resultados, ella me agarró de la nuca y me apretó contra su clítoris, me manejó mientras movía su propia cadera al ritmo en que me usaba y cada vez su jadeo se hacía más intenso. Por fin me apiernó por el cuello y se estremeció, me sentí casi cerca de la asfixia porque me sostenía con manos y piernas y se restregaba desesperadamente contra mi cara completa, embarrándome de los jugos, ya no era mi lengua el instrumento y alcanzó un orgasmo de loca y me tuvo ahí metido, entre sus piernas, abocado a su sexo hasta que dejó de bramar y se relajó. Entonces me hizo subir hasta ella y se abrazó de mí con un cariño que jamás antes le había notado.&lt;br /&gt;–Nunca me imaginé que tú fueras capaz de hacerme esto. Me siento terriblemente comprometida y quiero corresponderte –me dijo mientras se iba moviendo, dirigiéndose hacia la parte media de mi cuerpo.&lt;br /&gt;Entonces comprendí, me separé, la invité a que se sentara en la cama y le dije: –¿es tu turno, mi amor?&lt;br /&gt;–Tengo que chuparte la verga, ven acá –y tomó el pene, lo puso sobre sus labios, me miró hacia arriba jadeando con levedad.&lt;br /&gt;–Pero... pero, es que... sabe a mí...&lt;br /&gt;–Bueno, perdón. –Me limpié lo mejor que es posible hacerlo con la sábana–¿Todavía sabe a ti? –Y se lo metí en la boca–. Mi amor, serás mía por todas partes y de todas formas, ¿estás de acuerdo? –le pregunté tratando de dominar mis propios jadeos. Contestó que sí moviendo la cabeza mientras chupaba. La mantuve así unos minutos hasta que me sentí débil porque noté que en cualquier momento llegaría al orgasmo–. Ya, mi amor, ya... Acuéstate –la coloqué sobre la cama boca abajo y empecé a besar todo su cuerpo. Cuando terminé de recorrerlo con la lengua, lo repasé con mi verga. La puse boca arriba y le coloqué el falo en la garganta e hice que lo presionara con su mandíbula. De pronto me miraba extrañada, jamás habría esperado que un día hiciera lo que le hacía. Luego se lo coloqué entre los senos– esto, dicen, se llama la chaqueta rusa, –le informé. Sonrió mientras miraba los movimientos que hacía con mi pene entre sus senos. Luego lo mantuve un poco entre sus piernas y luego lo presioné apretándolo con sus rodillas, luego se lo puse en las corvas. La puse en decúbito prono y me masturbé con sus pies. Ascendí y obtuve jugos de su vagina en mis dedos, les agregué saliva y le metí el dedo medio por el ano.&lt;br /&gt;–Ay, me duele, me duele..., pero no importa... –Entonces saqué el dedo y mientras ella estaba esperando que el recorrido continuara volví a lubricar su culito y sin previo aviso le puse la punta de la verga. El hoyito resistió pero agarré a la muchacha con firmeza por los hombros pasando mis manos por debajo de sus axilas, presionando con mis rodillas le abrí las piernas lo más que pude y apreté, se la fui metiendo despacio, con cuidado.&lt;br /&gt;Gritó –¡Aaaaaaaayyy, ay, ay, ay, ay, aaayyy! Me duele. Me duele mucho–. Pero ya tenía adentro de su cuerpo, de su aparato digestivo, la parte más gruesa de mi verga. Me moví tan delicadamente como era posible, pero se quejaba y, con el cuerpo tenso, a punto de la contractura, muy cerca del llanto . Empujé con fuerza por última vez y además de gritar se movió por acto reflejo para zafarse, para escapar gateando. Le entró todo. Saqué mi pene rápidamente, estaba batido de mierda amarillenta, que parecía no haber sido terminada de procesar y me fui al baño de mi recámara a lavarme la verga con agua caliente y jabón. Cuando regresé me dijo:&lt;br /&gt;–Me sacaste sangre, me lastimaste.&lt;br /&gt;–Mi amor, perdóname. Es que quería que fueras mía de todas las formas. Mía por todas tus partecitas. ¿Me perdonas?&lt;br /&gt;–¿Por eso lo hiciste?&lt;br /&gt;–Por eso. Porque quiero que seas mía completa. Quiero que sepas que también amo tu culito.&lt;br /&gt;–Mi amor, qué cosas dices. ¿Qué está pasando contigo? Nunca pensé que tú fueras un... hombre... así. Gracias, mi amor y gracias por decírmelo, yo también quiero ser tuya, hasta de... esos lugares..., de mi... culito, tú dijiste. Y si me lo sangraste un poco, no importa. –Me besó, me abrazó y se quedó arrebujada entre mis brazos.&lt;br /&gt;Dormitamos un rato, agradeciendo al cielo que tantos asuntos se fueran resolviendo como lo iban haciendo. Poco más allá de medianoche se levantó deliciosa de desnuda y empezó a vestirse.&lt;br /&gt;–Tengo que ir a mi casa y ve qué horas son. Yo soy una señorita decente que no puede salir a estas horas de la casa de su prometido. ¿Qué pensarás de mí?, ¿que me voy a acostar contigo a la primera insinuación que me hagas? Pues sí, señor, o cuando mucho a la segunda. Las que sí me dan cosa son tus tías. Pobrecitas inocentes, si supieran que aquí en su casita estuvimos haciendo tantas porquerías. Ay no..., hasta mi culito, Dios santo, así dijiste ¿no?&lt;br /&gt;Cuando salimos las tías estaban escandalizadas, pero su educación les impedía hacer preguntas o comentarios. Nos miraban con suspicacia y sin disimulo. Nos ofrecieron chocolate y pan de Acámbaro para cenar, pero Camila se despidió disculpándose por la tardía hora y agradeciéndoles el ofrecimiento. Llevé a Camila a su casa. Caminamos abrazados. Antes de despedirse me preguntó:&lt;br /&gt;–Pero, dime ¿qué ha pasado contigo? ¿Te volviste borracho de repente? ¿La mujer esa, con la que saliste quién es? ¿Por qué estabas con ella en una cantina a esas horas? ¿Por qué no quisiste hablar conmigo el día que fui a buscarte a tu casa?&lt;br /&gt;–No ha pasado nada. Nunca he sido borracho, ni lo seré ahora. Mi madre, que se trajo a su marido, me encargó que la llevara a dar una vuelta por Guanajuato esa noche –mentí–, se nos hizo tarde y nos metimos en una cantinilla que le gustó. Y lo que está pasando es porque el viaje ese me tiene un tanto confundido.&lt;br /&gt;–Después me vas a contar bien cómo está eso del viaje, a dónde vamos a ir a dar.&lt;br /&gt;–Sí, lo vas a saber todo, porque tú eres mi mujer.&lt;br /&gt;–Y ahora ya soy tuya, ¿entiendes?, tuya, porque me tomaste de todas formas y por todas partes, ¿verdad? Quiero ser tu mejor amiga y tu mejor amigo, quiero ser tu novia siempre y, ¿sabes?, quiero ser tu... tu puta, por eso me gustó que me hicieras tantas porquerías que me hiciste, porque si yo soy tu putita, quiero que tú seas mi cabrón, quiero ser tuya completa, de todas formas, en todos los ámbitos, porque quiero que tú seas mío de igual manera, ¿entiendes? Y ahora te amo más, mucho más; me encanta que seas este hombre que yo no conocía. –Y me dio un beso apasionado. Se fue.&lt;br /&gt;No se me ocurrió preguntarle si era virgen, a pesar de que no encontré evidencias de que lo fuera. Me di cuenta que no me importaba, además, con un poco de cinismo pensé que después de haber hecho sexo conmigo estaba garantizado que ya no lo era de ninguno de sus orificios. “No estoy seguro si la desfloré, quizá algún día lo sepa, pero sí estoy seguro de que por lo menos la desculé”, fue lo que concluí con algún cinismo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-2755499463209001146?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/2755499463209001146/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/02/viii-pecar-el-resto-de-la-vida.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/2755499463209001146'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/2755499463209001146'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/02/viii-pecar-el-resto-de-la-vida.html' title='VIII. Pecar el resto de la vida'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-3899413096038079510</id><published>2009-02-15T11:07:00.000-08:00</published><updated>2009-02-15T11:09:44.256-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Tranquilino se demuestra a sí mismo que bien podría haber sido un cerdo.'/><title type='text'>Capítulo VII. Devolver algo de mierda</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;VII. Devolver algo de mierda&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tengo idea del momento en que me quedé dormido aunque fue en la madrugada. Pero dormí con tal profundidad que cuando desperté me sentía como un recién nacido y hasta me hubiera sentido jubiloso si no hubiera sido por que de pronto recordé que me estaba muriendo, ¡me estaba muriendo y tenía que hacer algo con lo poco que me quedaba de vida! Me levanté de un salto y me metí a bañar con agua tan helada como salía de la regadera. Sentí que entraba en consciencia violentamente y la sensación fue formidable. Me hacía sentir uno que no era yo sino uno que era capaz de matar a balazos al que ofendiera a una señorita, uno capaz de llevar a su recámara a cualquier hermosa actriz y de meterle una “cogidota”, como ella misma dijera. Lástima que no pueda seguir así por unos cuantos años, los que debieran corresponderme sin cáncer. Pero ¿hubiera llegado a ser el que soy sin la amenaza de la muerte? Salí del baño, mis tías estaban contentas y solícitas porque había abandonado el encierro y, aunque estaban desconcertadas por mis actitudes, agradecían que me encontrara (casi) normal. Desayuné con ellas portándome como nunca de cariñoso y amable que, correspondiéndome, se mostraban felices y más dulces y más consentidoras conmigo.&lt;br /&gt;–Voy a la oficina. A ver si no tengo problemas porque falté dos días. Espero que no. Nos vemos a la hora de comer. –Hacía diez años que trabajaba en el departamento administrativo de la Universidad de Guanajuato. Un casi buen empleo de por vida, que no daba para más, pero que no padecía las veleidades de los cambios políticos. Ahí me podía jubilar en el momento justo y vivir con tranquilidad mis finales años. Pero los planes ya habían cambiado desde la raíz.&lt;br /&gt;El departamento administrativo de la universidad no era un espacio grato. Era, en el mejor de los casos, una madriguera de burócratas despiadados y, más que resolutores de problemas, eran saboteadores, creadores de ellos. Y en el peor, una especie de nido de víboras que se mordían unas a otras, se infamaban por la espalda mientras se sonreían a la cara; jefes engreídos, barrigones, somnolientos, borrachines y parasitarios. Secretarias gordas, fodongas, vulgarzonas, intrigosas, al mismo tiempo hipócritas y persignadas además de comelonas. Gente que, en general, abusaba de un tonto como yo, siempre estresado, siempre puntual para entrar a trabajar, siempre respetuoso, formal y cumplidor; el primero en puntualidad, el último en abandonar la oficina. Un servidor eficaz, callado, disciplinado, oscuro, sin aspiraciones y, aunque con méritos sobrados, éstos eran consideraciones más bien de sacrificio en favor de los demás. También debo añadir que la situación anterior incluía algunas excepciones, tanto de mujeres como de hombres, aunque de éstos, las menos.&lt;br /&gt;En cuanto llegué me mandó llamar Fabio Rosiles, el jefe general de la oficina, del cual, aunque siempre me minimizara, yo era su brazo fuerte, su sostén y con frecuencia casi cotidiana, el que le resolvía todos los problemas. Nadie mejor que yo conocía la oficina y los recovecos de los procedimientos y las más simples y eficaces soluciones. Pero a la vez yo era el puerquito de Rosiles. Durante años había venido acumulando resentimientos con- tra el cerdo de Rosiles, pero nunca me había atrevido ni siquiera a hablar mal de él. Incluso algunas secretarias me animaban para que me rebelase, para que buscara la forma de librarme de su tiranía, de sus diarios abusos en mi contra, de mi complicidad con él para dañar mis propios intereses. En una palabra, de mi estupidez y de su baquetonería, su prepotencia y sus abusos contra mí. Por la época previa a mi diagnóstico yo había llegado a una situación de pasiva conformidad, de silencio e incluso de abulia en el trato con Rosiles, soportando como siempre sus humillaciones ante la desesperación de muchas compañeras de trabajo. En alguna época anterior de los seis años que teníamos trabajando juntos, llegué a soñarlo como un torturador, como un papá que me mantenía castigado siempre y por cualquier motivo. Mi defensa fue el sometimiento conforme, sin recriminaciones ni siquiera internas.&lt;br /&gt;Fui a la oficina de Rosiles.&lt;br /&gt;–¿Qué pasó contigo, Tranquis? Nos pasaste a torcer, mano, no la amueles, fueron dos días y sin avisar. Mira, cabroncito, te voy a castigar tres días sin goce. Pero necesito que estés aquí porque se atrasó el trabajo, ¿oquei? –Casi estuve a punto de perder los estribos. Nunca había dejado de ser una porquería de sujeto. Había un factor que me daba la enorme ventaja: a mí ya no me importaba nada. Pero, de pronto, me di cuenta que tenía que ir un poco más allá; que tenía que darle una lección, que no debía perder el control, tenía que ser como él que, siendo un ignorante, un bruto y un inepto, actuaba mostrando poses de absoluta seguridad en sí mismo. Hice un gesto de aburrimiento que lo desconcertó, él esperaría que me pusiera en posición de firmes, que le pidiera perdón por las faltas y le exhibiera los pretextos por tales ausencias o bien las justificaciones formales–. Ah y le dices a Lupita que me haga un nescafé; ella ya sabe como me gusta, cargadón y con mucha azúcar y me lo traes.&lt;br /&gt;–Pues fíjate que no vine a trabajar porque me dio un poco de güeva y... –asombrado me interrumpió.&lt;br /&gt;–¿Qué estás diciendo, Tranquilino? ¿Te diste cuenta que me estás tuteando? ¿Qué tra... –ahora lo interrumpí.&lt;br /&gt;–Te estoy diciendo que me dio güeva, ¿no entiendes? Se me hincharon las verijas no venir, eso es todo, ¿qué tal eh? –Abrió los ojos casi con espanto, mi actitud le parecía increíble–. Y, mira, don Chiles, como te dicen en la oficina, sí sabes ¿no?&lt;br /&gt;–Mira, cabrón, a mí no me faltes al respeto...&lt;br /&gt;–No, no, no, tranquilízate; respira hondo. Cálmate y no mames, cabrón este. Déjame terminar y después me depositas aquí lo que tengas que regurgitar. En primer lugar, si me dices Tranquis, ¿cómo chingaos quieres que yo te diga?, pues don Chiles, así te conoce toda la oficina, aunque nadie se atreva a decírtelo. Y cállate. Déjame terminar. Te decía, vengo a decirte que me voy y que no cuentes conmigo, mano, lo siento. Y tengo que decirte que me perdones por no haberte dado esta lección desde antes por cobarde. Me largo para siempre y no voy a regresar a Guanajuato, ni a México, así que, si tienes tele...&lt;br /&gt;–Tranquilino, no puedes dejar el trabajo tirado así nomás. Mira, yo te entiendo, me imagino que ya has de estar hasta la madre, pero, como un favor de amigos, dame... mira, dame dos semanas, organízame lo necesario mientras consigo a alguien, conste que te lo estoy pidiendo como un favor muy especial. Tranquilino, yo también te pido que me perdones, yo sé que eres un hombre muy eficiente, que has trabajado con mucho empeño, que eres un profesional y que has resuelto mucho más de lo que te correspondía y por eso mismo, si te vas tan de repente, comprende, nos vamos a desbalancear. Aguanta dos semanitas, ¿cómo ves?&lt;br /&gt;–Fabio, créeme que lo siento mucho pero este viaje es imprescriptible, inexorable e impostergable...&lt;br /&gt;–Por favor, Tranquis, estás hablando de un asunto de vida o muerte, no mames, yo te hablo en serio...&lt;br /&gt;–Mi querido don Chiles, no te exagero, te confieso algo, la verdad sí me vale madres, pero tú sabes bien que soy un cabrón muy muy responsable, en serio, haz de cuenta, tengo algo así... de vida o muerte.&lt;br /&gt;–Ah qué Tranquilino. Te puedo chingar por el lado de tu liquidación...&lt;br /&gt;–Don Chiles, no te vengo a pedir nada, mano, te vine a avisar y ya es mucho lo que hago por ti. Mi circunstancia es tan cabrona que, deveras, me hubiera desaparecido sin avisar. Esto es un acto de cortesía que, te voy a decir la neta, no te lo mereces, hablando en plata. Y te lo digo en buenísima onda.&lt;br /&gt;–Tranquilino –... volví a interrumpirlo y le grité a su secretaria:&lt;br /&gt;–Lupe, tráenos café. –Ella era la amante de don Chiles a ojos vistas en la oficina. Hipócrita secreto público. Tantas veces, ante la esposa de don Chiles, tuve que ocultar sus aventuras. Entró en la oficina sorprendida y lista para sobajarme por mi inverosímil atrevimiento.&lt;br /&gt;–Tranquis ¿y’ora qué trais?&lt;br /&gt;–Ándale, gorda, mueve tu trasero y trae café que tengo que resolver esto aquí con don Chiles. –Se quedó súpita, miró a su jefe consultándolo y éste asintió con pestañeo y un discreto movimiento de la cabeza.&lt;br /&gt;Conversé un rato con Fabio Rosiles. No le conté la verdad, sólo sus consecuencias. No quedamos en mal plan, no me castigó con cercenar mi liquidación, lo que además no me importaba; por primera vez hablamos como iguales y hasta como amigos, por última.&lt;br /&gt;Cuando salí doña Guadalupe, su secretaria, no había quedado conforme, me había tomado demasiada confianza en tantos años de trabajar juntos, creía conocerme demasiado bien, pero en tales momentos ni yo mismo sabía quién, qué era yo; esa mujer no pensaba de mí en más términos que en los de la abyección y el sobajamiento por pusilanimidad. Además, me lo merecía por mi conducta de años.&lt;br /&gt;–Bueno, ¿tú qué te trais ahora, Tranquis?&lt;br /&gt;–¿Como de qué, Lupe?&lt;br /&gt;–Pos andas así como muy alzado.&lt;br /&gt;–¿Qué no sabes? Me acabo de sacar la lotería, hombre. Treinta millones ¿tú crees?&lt;br /&gt;–¡No me digas!, ay, con razón, Tranquilino. No pos ‘ora sí, ya eres un señor. Y sí hace usted bien, señor, en hacerse respetar.&lt;br /&gt;–¿Verdad que sí, Lupe?&lt;br /&gt;–Ay, señor, claro que sí. Ahora usté es uno de los millonarios de Guanajuato, no un cualquiera.&lt;br /&gt;–A ver, ven acá, Lupe. –Y caminé hacia el cubículo donde hacía el café. Se quedó desconcertada. Desde la puerta, a señas, le ordené que viniera. Vino. La metí. Cerré–. Siéntate aquí.&lt;br /&gt;–Dígame, señor Tranquilino. –Con una leve sonrisa cínica, con una seguridad de amo que sólo conocíamos, si acaso, en su amante, Fabio don Chiles, le desabroché la blusa, le saqué los senos zafándole el brasier hacia arriba– Ay, señor, cómo será; por favor, don Tranquilino, cómo será usté, señor, no sea malo, se va a dar cuenta don Fabio, señor –los estuve manoseando un poco, también yo podía ser un cerdo, no era un espectáculo demasiado grato, ni llegaba a placer de tipo sexual pellizcarle las chiches, ni siquiera me provocaba una erección regular (el placer era de un orden mucho más bajo que el sexual), pero saqué el miembro y se lo metí en la boca–. Señor Tranquilino, señggoffggaffshuup-shuup-shuup... –Manejé su cabeza a mi antojo. Ella colaboró tomando la base del pene con una mano y con otra, en cuenco, las bolas y procuró hacer el mejor trabajo posible, pero carecía de las habilidades de una aceptable mamadora; lo noté aun sin haber sido un conocedor. De pronto me dieron ganas de abofetearla. Antes que pudiera ponerme en peligro de eyacular la detuve. Saqué mi verga de su boca:&lt;br /&gt;–Ay, Lupita, por poco me vengo; pero no, ahorita no puedo... Mira, échame una enjuagadita, para no irme así... –Sin arreglarse la ropa, con las tetas colgando vació agua en el recipiente del café y me lavó con cuidado, descubrí que era mucho más diestra, cariñosa y eficaz para lavar vergas que para chuparlas. Terminó–. Gracias, Lupita; luego vendré a visitarte ¿eh? –le pellizqué el carrillo y guardé mi más querido instrumento en su lugar.&lt;br /&gt;–Muy bien, Lupe, muy bien, ándele, váyase a servirle café a don Chiles, te encargo que le hagas un cafecito con agua de verga y le des un beso de a lengüita –y me fui del lugar después de despedirme de ella con mi mejor sonrisa y un guiño cínico. Por alguna causa tuve la impresión de que se quedó saboreando sus labios con la lengua.&lt;br /&gt;Pasé el resto de la tarde bebiendo cerveza en diversos bares y cantinas, los más sórdidos que encontré. Mi comida fue la botana que en esos lugares ofrecen. Cuando llegué en la noche a casa me sentía medio borracho, pero sin líos conmigo mismo, excepto la idea de la muerte que llevaba como un fardo cargando siempre.&lt;br /&gt;Mis tías notaron que estaba algo borracho. Quizás lo notaron más de lo que pienso, pero se mantuvieron serenas sin hacer reclamos ni señalamientos. Pensarían que estaba, por fin, cambiando en el sentido que lo hacían casi todos los hombres de Guanajuato: borracho, pendenciero, mujeriego, desobligado. Y su ética de mujeres que habían visto a los hombres ser así en su vida entera, dirían que pobre de la mujer que se casara conmigo, Camila, por supuesto, cómo fui a descomponerme tan cerca ya de mi matrimonio con ella, qué mala suerte de la muchacha. Pero así es el desgraciado destino de las mujeres. Me ofrecieron de cenar, acepté y estuve conversando con ellas antes de dormir, mostrándoles que sí estaba más bien borracho y que, como todo borracho, me salía lo atrevido tanto como lo cariñoso y que por eso me ponía a abrazarlas y decirles halagos. Porque los borrachos tienen un lado grato, antes de que empiecen a volverse violentos, son desinhibidos, ocurrentes, casi candorosos como niños, demuestran sus sentimientos, llegan a ser graciosos y pueden hasta conmover. Cuando pasan de esa etapa se vuelven unos cerdos, necios, estúpidos, lujuriosos y brutales.&lt;br /&gt;Fui a dormir y cuando empezaba a hacerme preguntas (¿cómo fui capaz de hacerle y decirle tanta cosa al pobre de Fabio? ¿Se lo merecía? ¿Soy igual de miserable que Fabio? ¿Soy peor porque sólo me atreví a hacer esto por la ventaja que tengo sobre todos los mortales que consiste en ser, como ningún otro, mortal? ¿Significa que además de ser tan miserable como él es y como lo fue conmigo por años, yo además soy cobarde porque nunca me confronté con él y sólo lo hice hasta que ya nada me importa? ¿Soy mil veces peor que Fabio y Lupe? ¿Cómo me atreví a poner a Lupe a chuparme la verga? ¿Lo hice por vengarme de Fabio o de ella? ¿Soy yo el que actúa? ¿Quién actúa por mí, puesto que en otra época de mi vida siempre fui incapaz de actos como éstos? ¿Tengo un ánimo de venganza inconsciente? ¿Por qué me salen estos actos de maldad tan espontáneamente? ¿Será cierto que las fuerzas del mal me están poniendo una trampa con tal de que me condene yo, que por mi vida anterior ya era salvo? ¿Por qué la vida me ofrece estos momentos de condenación? ¿Por qué no siento culpabilidad de tanto pecado que he cometido desde que me enteré que mi vida no vale nada? ¿Cómo fui capaz de balacear a aquel pobre cabrón que intenté matar? ¿Pagaré con sufrimiento tanto pecado? ¿Y el pago será en este mundo o será ya en el otro? ¿Por qué siento una especie de felicidad al hacer lo que se me antoja aunque sea tan malo? ¿De dónde me sale la inspiración para hacer tanta cosa que he hecho? ¿Qué debo hacer? ¿Debo seguir mi vida decente o debo seguir mis impulsos naturales? ¿Por qué no tengo miedo? ¿Porque no tengo nada que perder? ¿Por qué no tengo prisa por que pasen los seis meses o un año? ¿Por qué sí tengo prisa que pasen muchas cosas en mi pedazo de vida que queda?) terminé por no darme cuenta en qué momento me quedé dormido.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-3899413096038079510?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/3899413096038079510/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/02/capitulo-vii-devolver-algo-de-mierda.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/3899413096038079510'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/3899413096038079510'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/02/capitulo-vii-devolver-algo-de-mierda.html' title='Capítulo VII. Devolver algo de mierda'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-7684851164767063698</id><published>2009-02-08T12:45:00.000-08:00</published><updated>2009-02-08T12:47:41.408-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Capítulo VI. Donde las preguntas giran sobre la nundanidad que se ofrece'/><title type='text'>Capítulo VI</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;VI. ¿Quién era?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tenía en la mente un desorden de ideas que entraban y salían, sentía que mi cabeza sería oída zumbar y las ideas hacían daño físico en mi cerebro. Desde que supiera lo que sabía sobre mi final estuve sintiendo que no dormía, si acaso dormitaba debatiéndome entre las ideas, las interrogaciones que me tomaban, me hacían estremecer, me causaban daño al imaginar las respuestas, se sustituían, se derivaban de las previas, me torturaban, me hacían pensar, me hacían buscar, me daban luz pero también angustia. Era una lucha interior tremenda, dolorosa y con una aflicción que llegaba al martirio. Siempre al final, después de batallar y de encontrar ideas que me consolaban de la tribulación, llegaba a un estado de paz, de conformidad interior y hasta de placer. Luego, por fin conseguía dormir cortos momentos.&lt;br /&gt;¿Tiene algún significado lo que está pasando? ¿Por qué vino Laura? ¿Es una coincidencia? ¿Por qué nunca había tenido una mujer como Laura? ¿Por qué, de las doce veces que he hecho sexo, nunca había lo había hecho tan intensamente, tan descaradamente y con tanta autoseguridad? ¿Qué hubiera hecho si ella se hubiera negado? ¿Por qué no se negó? ¿No se negó porque vivimos juntos circunstancias de peligro y violencia? ¿No se negó porque la protegí? ¿Aceptó coger conmigo, fue casi natural, porque me porté como un hombre, como un héroe, como un macho dominante? ¿Si no hubiera sido así jamás se hubiera puesto a coger conmigo? ¿Por qué fui capaz de portarme así? ¿Porque sé que perdiendo gano, o sea, ahorita para mí es mejor morir que seguir viviendo? ¿Tengo una enorme ventaja porque sé que, ya lo dijo José Alfredo, mi vida no vale nada? ¿Si no supiera que mi vida ya no vale nada, habría vivido lo mismo? ¿El placer de gozar de una hermosa mujer es una especie de consolación que me da la vida o Dios porque ya no gozaré lo que me correspondía y me están entregando los placeres de toda mi vida en un paquete que debo consumir fast track en seis meses como mínimo o en un año como máximo? ¿Laura será una puta? ¿Todas las actrices serán putas? ¿Mi madre será o habrá sido tan puta como Laura, o más? ¿Esto significa que soy un hijo de mi puta madre? ¿Por qué se me antoja pedirle a Dios, si es que existe, que bendiga a todas las putas del mundo? ¿Por qué será que siento que si no hay Dios que las bendiga, yo las bendigo con todas mis fuerzas? ¿De verdad Dios condenará a todas las mujeres que son tan libres, tan fuertes, tan diferentes a las mujeres que teníamos antes? ¿Por qué no aprendí a dibujar como Antonio para que mujeres tan bellas como Laura y mi madre me pidieran que las dibujase desnudas? ¿Antonio León dibujará a mi madre desnuda? ¿Por qué no? ¿Estos placeres serán un castigo para que me dé cuenta de la lastimosa manera en que desperdicié mi vida? ¿Entonces sí hay Dios? ¿Diosito organizó todo, el bar, los borrachos, ningún problema con delincuentes o pandilleros en la calle, ningún policía tratando de extorsionar, los borrachos con los que peleé, dizque valientes pero en realidad cobardes actuando como si hubieran preparado el numerito para que me luciera ante Laura? ¿Cómo me atreví a matar a ese pobre sujeto? ¿Por qué no lo maté? ¿Ahora podrá considerarse un privilegiado y decir “no me mataron porque Dios no lo quiso porque tengo una misión en esta vida”? ¿Esto, no haber muerto, será bueno para él porque lo reinicié en la vida? ¿Le di la vida o le di otra vida? ¿Entonces soy como su padre? ¿Es posible que tenga tanta suerte? ¿No lo maté porque inconscientemente no quise o porque Dios no lo quiso? ¿Mi suerte durará hasta que me muera? ¿Por qué se me ocurrió bañarla? ¿Por qué nunca había cogido tan rico ni con una mujer tan hermosa? ¿Esto será cosa del Diablo para que, después de haber tenido una vida de virtud, en mis últimos meses me condene al infierno? ¿O sólo me han ocurrido las cosas que he provocado con mi forma de comportarme? ¿He actuado así porque una persona que sabe cercano el día de su muerte actúa siempre con extrema desesperación? ¿Si tengo la enorme ventaja de saber que mi vida no vale nada, debo intentar algo muy grande? ¿Pero si intento algo muy grande, me alcanzará el tiempo? ¿Por qué nunca antes pensé que mi vida no vale nada? ¿Acaso mi vida valía más antes, que no sabía cuándo iba a morir, que ahora? ¿Acaso han valido más mis treinta y cinco años, mis tres novias, mi prometida, las doce veces que he cogido, sin contar la de anoche, mi puesto de trabajo propio de un frustrado; acaso eso ha valido más que una cogida con Laura? ¿Por qué siento que detesto el haber sido tan cobarde y tan autominusvaluado toda mi vida? ¿Por qué siento que me gustaría jugarme la vida cada día varias veces al día? ¿Será porque ya me queda poco tiempo de vida? ¿Será porque así puedo ganarme una buena muerte en vez de la horrible muerte por cáncer? ¿Por qué siento que de cualquier manera nada tiene sentido? ¿Por qué me causa tan gran placer que Laura haya elogiado mi virilidad y más porque lo haya hecho tan descaradamente? ¿Qué voy a hacer en los seis o doce meses que me quedan? ¿Voy a dedicarme a buscar la muerte para que se me dé la vida? ¿Ya me dediqué treinta y cinco años a cuidar mezquinamente de mi vida para que se me diera la muerte? ¿Por qué se me antoja dedicarme a beber y a coger los seis meses que me quedan de vida? ¿Merezco el título de verga de oro que me otorgó Laura? ¿Habrá algo más importante que coger con una hermosa mujer? ¿Cogeré sólo con Laura o tendré que buscar otras mujeres? ¿Por qué, en tan poco tiempo de vivir de verdad siento que la vida sin mujeres no vale la pena? ¿Quién decidió que fueran tan divinamente hermosas? ¿Por qué son tan bellas, o por qué nos lo parece? ¿Quién decidió, tan sabiamente, que con esas protuberancias, con esas curvas, con esos orificios, con esas suavidades nos habrían de volver locos? ¿O por qué ocurre así? ¿Las hizo Dios? ¿O las hizo el Diablo? Que Dios las bendiga y las haga más hermosas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-7684851164767063698?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/7684851164767063698/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/02/capitulo-vi.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/7684851164767063698'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/7684851164767063698'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/02/capitulo-vi.html' title='Capítulo VI'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-9100699891956415217</id><published>2009-02-01T10:43:00.001-08:00</published><updated>2009-02-01T10:53:53.185-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Donde Tranquilino Vallerhemoso accede al horrendo pecado del fornicio'/><title type='text'>Capítulo V. Verdad es belleza. Belleza es verdad. Nada más es necesario</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;V. Verdad es belleza. Belleza es verdad. Nada más es necesario.*&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Ay, vámonos a dormir, estoy rendida.&lt;br /&gt;–No, preciosa, tenemos que desayunar con las tías. Ven pa’cá. –La metí al baño, recorrí la cortina de plástico y sin darle tiempo de pensar la metí junto conmigo bajo la regadera y le abrí a la llave del agua fría. Ella aspiró aire en una sonora bocanada y luego exhaló gritando. Me puse a desnudarla, mientras ella, divertidísima, trataba de acostumbrarse al agua helada moviendo los brazos y las manos como si quisiera levantar el vuelo. Gritaba y reía cual criatura que estuviera divirtiéndose sin límite, se quitaba el agua de la cara e inhalaba con fuerza haciendo el ruido del jadeo y lanzando grititos. Le quité la blusa después de desabrocharla con paciencia y convicto deleite. Le saqué la falda con su completa cooperación. Ella no paraba de jadear por el agua, de reír y de gritar un poco. La puse de espaldas para desabrochar su brasier que agregué al túmulo en el suelo que se iba formando con su ropa. Por último le saqué el calzoncillo de un suave color entre violeta y rosa; lo coloqué en la cúspide del montón hecho con su ropa. Los zapatos se los habrá sacado en cuanto la metí al agua. Le puse champú en la cabeza y empecé a lavarle el pelo. Escogí mi esponja, la enjaboné y me puse a tallarle el cuerpo, primero con el jabón, luego con la esponja. Su piel se erizó, se le hizo de gallina y sus pezones que, en su momento, lavé acucioso y delicado, estaban endurecidos de tan erectos. Ella sonreía, temblaba un poco y me dejaba hacer, me daba su brazo para que lo lavase, su pierna, una niña. La enjuagué con gran cuidado hasta retirar por completo el jabón de su cuerpo. Para ese momento mi erección era dolorosa.&lt;br /&gt;–Agárrate de aquí –le dije y al mismo tiempo le puse las manos sobre las llaves de la regadera. Me coloqué atrás de ella–, agáchate un poco. –Y la incliné empujándola con suavidad por la nuca; obedecía como una criatura bien criada. Mi pantalón cayó hasta el piso. Metí la mano hasta su sexo y comprobé que los jugos abundaban, respondía a mis condiciones. Quiso decir algo, creí oír la palabra condón. Enganché su muslo con mi mano pasándosela por delante para separar sus piernas, coloqué mi verga en la entrada de la vagina y se la dejé ir en un solo deslizamiento. Lanzó un grito ronco, prolongado, intenso, como de descanso, como de dolor. Luego estuvo emitiendo los sonidos de alguien que hiciera esfuerzos físicos que combinaba con chillidos más agudos y también carcajadas. Preciosa. Después de un rato de acariciar sus senos, de manejarla por la cadera, de repasar sus nalgas embistiéndolas con ritmo constante, la levanté y la puse frente a mí. La tomé por la cintura y la besé. Se me abrazó y se me apiernó sosteniéndose en el suelo sólo con la punta del otro pie. Acaricié sus senos, los mamé como infante y descendí hasta su sexo para besar y lamer. Me senté sobre la tapa del escusado y se montó. Sentí que penetraba hasta lo más profundo, oscuro y caliente de ella. Realizó una cabalgata que inició al trote y fue aumentando con rapidez hasta que corría desaforada, puso al miembro en severos aprietos, se desató en galope tendido mientras se sacudía agarrándose con fuerza de mis hombros y lloraba como si sufriera y carcajeaba como loca y así lo hizo hasta que se apretó contra mi cuerpo, con violencia, me encajó las uñas en la espalda y berreó con desesperación untándoseme fuertemente en espasmos. No le importó que en ese momento llegara tía Sanjuana a la puerta del baño tocando con timidez y preguntando algo que no entendí bien pero que hablaba de que si estábamos bien; creo que Laura incluso rugía más fuerte que nunca. Ni siquiera contestamos, así hasta que se fue relajando, aflojó el cuerpo encima de mí y me besaba las orejas, el cuello, lamiéndome.&lt;br /&gt;–Déjame estar aquí... Déjame estar aquí mucho tiempo. –Y la dejé ahí, encima de mí, penetrada, con mi verga tocando la pared anterior, al fondo de su vagina.&lt;br /&gt;Luego se vistió como aturdida. Dijo que quería tener encima la ropa mojada para ver si se le quitaba el sueño. Yo escogí ropa limpia y bajamos a desayunar. Laura estuvo como ida, como si hubiera sido víctima de un bárbaro maltrato, despeinada, como si tuviera una idea fija que la hubiera conducido a gran fatiga, aunque sonreía con frecuencia y, casi cínica, no le importaba que las tías la mirasen con insistencia porque su pelo era un escandaloso desorden, que su ropa estaba tan mojada que casi escurría, masticaba como si fuera víctima de gran pereza o como si tuviera una idea fija y perversa que no la dejaba o como si estuviera drogada. Y de pronto se acercaba a mí, me mordisqueaba una oreja y me daba un besito o bien metía la mano descarada entre mis piernas mientras me decía algo al oído.&lt;br /&gt;–Nunca habían matado a nadie por mí. Tú mataste a dos por defenderme.&lt;br /&gt;–Yo no maté a nadie. Tú lo viste –le contesté también al oído frente a las miradas de mis tías que reprobaban, aunque con discreción, la desvergüenza de secretearnos a la mesa y los diálogos entre mi madre y Antonio que trataban de disimular la situación.&lt;br /&gt;–Pero lo intentaste. Y vale como si lo hubieras hecho. –En ese momento se acercó como a decirme algo al oído y se arrepintió o bien tuvo la ocurrencia de lamer el lóbulo de mi oreja, luego me dijo–: nunca me habían dicho puta tres veces seguidas, ni me había puesto a coger con uno que, como tú, me dijo putita. –Sanjuana y Obdulia escandalizadas sonreían con esfuerzos enormes y miraban como tratando de prohibirle aquellos desplantes, volvían el rostro hacia el techo como si con ello disimularan lo que hacíamos. Mi madre y Antonio se miraban entendidos y ocultaban su diversión. Tomó dos bocados que masticó sin ocultar su negligencia y volvió a la carga:&lt;br /&gt;–Nunca me habían bañado. Bueno, nunca desde hace unos veinte años. ¿Por qué lo hiciste? ¿Te gustó bañarme? ¿Siempre lo haces con tus novias?&lt;br /&gt;–Se me ocurrió. Nunca lo había hecho. Me gustó tanto que sentí que mientras limpiaba tu cuerpo el que se purificaba era yo.&lt;br /&gt;–¿En serio? Qué bonito. Oye, qué bárbaro; qué cogidota me metiste. Dime una cosa, no eyaculaste, ¿verdad? ¿Dónde aprendiste eso? Parecía tu primera vez por las ganas, por la calentura; pero por la ternura, por las caricias, era algo así como una primera vez. O parecía, más bien, tu última vez. Parecías un desesperado.&lt;br /&gt;–No tienes idea hasta dónde te asiste la razón.&lt;br /&gt;Luego se despidieron. Mi madre me dijo que estaríamos en contacto permanente por teléfono o correo electrónico, que vendría a verme con frecuencia. Antonio se despidió con gran cortesía agradeciendo mis halagos a su trabajo. Laura, enfrente de todos me dijo:&lt;br /&gt;–Creí que eras un señorito de provincias, pero resultaste un supermán... para to-do..., oye, Andrea, ¿por qué tenías escondida esta maravilla de señor? Tenemos que vernos otra vez, Tranquilino, deveras, qué feo nombre tienes, pero veo que eso no importa, bueno, ¿estás de acuerdo en que te llame?&lt;br /&gt;–Sí, me gustaría verte otras veces. Muchas gracias por... tu belleza.&lt;br /&gt;Los acompañé a sus hoteles. Laura recogió sus pertenencias, pagó su estancia en el hotel y la acompañamos a la terminal de autobuses. Al pie del transporte me dijo al oído:&lt;br /&gt;–Tengo que coger contigo alguna otra vez en esta vida. –Y me dio un beso descarado y salivoso. Luego dijo a mi madre:&lt;br /&gt;–Oye, Andrea, tu hijo, este señorito de Guanajuato es un hombre pero muy cabrón, muy cabrón, no encuentro otra palabra, un bruto, un salvaje pero también una ternura de señor, quizás algún día te contemos la aventura que vivimos, no tienes idea, no tienes idea; eres uno de ésos que pueden volver loca a una mujer; pero lo mejor de todo ¿sabes qué es?, ¿cómo lo diré?, tiene una verga de oro. ¡Chao!, cuídense mucho... –Y se trepó al camión. Esperamos a que partiese el transporte. En el camino de regreso:&lt;br /&gt;–Mira nomás, ¿quién lo dijera? –dijo mi madre–, así que la señorita quedó muy satisfecha ¿eh?&lt;br /&gt;–Madre, fue una casualidad, o muchas; tuve mucha suerte. Es una mujer muy hermosa...&lt;br /&gt;–Qué bueno, hijo, qué bueno que no eres como tu padre; o por lo menos ya no... –Nos despedimos con un fuerte, largo abrazo y un beso, con la certeza amarga de nuestro secreto–. Llámame cuando quieras, de cualquier manera yo estaré en contacto contigo lo más pronto posible.&lt;br /&gt;Regresé a casa a dormir. Estaba crudo y no terminaba de procesar lo que había vivido. Las tías me abrumaron a preguntas. ¿Quién es esa señorita? ¿Tuviste que ver algo con ella? ¿Por qué te manoseaba y te besuqueaba? ¿Crees que no nos dimos cuenta de todo? ¿Qué está pasando contigo, Tranquilino, mi hijo? No vayas a cambiar ahorita, tú has sido un buen muchacho toda tu vida; tienes que seguir haciendo una vida decente, ¿qué va a pensar Camila si se llega a enterar que esa mujer te manoseaba? Y además Dios sabe cuánta cosa más hicieron. Sí, Dios nos libre pero como gritaba. Ay, no, ni lo mande Dios, cuánta cosa harías con esa mujer mi Tran. ¡No, no nos digas! Tienes que confesarte, mi niño. Dios santo, cuanto pecado. Pero esta señora, con todo respeto, mi niño, tu madre, Andrea, siempre ha sido tan..., ay mi hijo no te ofendas, pero es que tu mamá ha sido tan... Toda su vida. ¿Pues no tuvo que divorciarse de tu padre?, no importándole el matrimonio sacramentado que ella y tu padre se juraron por la iglesia, dijo me voy y me voy y se fue y dejó a tu padre y los dejó a ustedes, no importándole nada.&lt;br /&gt;Las escuché. Salvé lo que podía salvar para calmar sus malestares morales. Cuando pude me fui a dormir.&lt;br /&gt;________________________________&lt;br /&gt;*John Donne.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-9100699891956415217?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/9100699891956415217/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/02/capitulo-v-verdad-es-belleza-belleza-es.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/9100699891956415217'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/9100699891956415217'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/02/capitulo-v-verdad-es-belleza-belleza-es.html' title='Capítulo V. Verdad es belleza. Belleza es verdad. Nada más es necesario'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-3612425236406452733</id><published>2009-01-25T13:37:00.003-08:00</published><updated>2009-01-25T13:40:04.905-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Donde Tranquilino incurre en conductas criminales.'/><title type='text'>Capítulo IV La bestia que me habita</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;IV. La bestia que me habita&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquello había sido demasiado y no podía dormir. Cerré los ojos y me imaginé a la muchacha desnuda caminando por mi casa, acostada en mi cama. Olí el lugar que ocupara. Había dejado, cómo no, el hálito de su perfume y, como perro, me puse a olfatear la mínima deformación que había quedado marcada con su leve huella sobre mi cama. Me serví un fajo de whisky y me puse a degustarlo. Descubrí que no era nada malo su sabor y que conforme más había bebido, su sabor había mejorado. La tremenda excitación, no sólo sexual, me mantenía en estado febril. Tomé los cigarros que dejara mi madre sobre el buró y decidí salir a la calle, bebí el whisky de un trago que me provocó un escalofrío de excitación y salí a caminar, a respirar aire fresco, a tranquilizarme. Sentía una gran confusión. Hasta el fondo permanecía la angustia “me va a llevar la chingada y, puesto que no hay cosa que pueda hacer, menos mal que esto ocurre”; más arriba estaban las consideraciones que obtuve la primera noche al reflexionar “nada de lo que haga tiene sentido, menos mal que hay intensidad. Para morir nacimos. Es demasiado fácil. Pretender que lograse eludir la muerte sería un acto egoísta y hasta mezquino”. ¿Qué importancia podía tener yo entre cientos de millones de personas que morían cada día? Era sólo una muerte más, en el proceso natural de la humanidad. Estas ideas se reforzaban con la actitud de mi madre. Más arriba de tal pensamiento estaba la indecible experiencia de mirar un cuerpo hermoso tan cerca, sentirlo tan lejos, una visión de prodigios; la vida me regalaba un manjar delicioso casi como castigo, como para demostrarme la estupidísma forma en que había perdido el tiempo; también reflexionaba sobre la embriaguez alcohólica, una forma de la felicidad, pensé en ese momento. Eso también era la vida y cómo putas me las arreglé para no haberme dado cuenta en treinta y cinco años. Agarré la cajetilla de cigarros y me dispuse a salir. Atravesé la sala y con gran sigilo abrí la puerta que da al patio, salí y cerré. Caminé por el patio y la vi fumando sentada en la pequeña fuente que adorna el lugar.&lt;br /&gt;–Hola, así que en fuga clandestina el señorito.&lt;br /&gt;–¡Laura! Creí que ya te habías dormido. Voy a caminar un poco, no tengo sueño.&lt;br /&gt;–Oye y..., ¿te molesta si voy contigo?&lt;br /&gt;–Sí, claro, como tú quieras. Digo, no, cómo crees...&lt;br /&gt;–No entiendo...&lt;br /&gt;–¡Vámonos a caminar por Guanajuato de noche! –Del Callejón de La Cabecita tomamos camino hacia la Plaza de la Paz pasando por la de El Baratillo. Mira el Palacio Legislativo, ¿ya viste la universidad?, esta iglesia es La Compañía. Ah, qué bonito, respondía casi de compromiso.&lt;br /&gt;–Quiero conocer otro lugar, no lo que conocen todos. –Dijo de pronto con un gesto inmisericorde, de fastidio, como a punto de abandonarme.&lt;br /&gt;–Te voy a llevar a la Panorámica por el Callejón de Perros Muertos.&lt;br /&gt;–¡No!, no me gustan los perros muertos.&lt;br /&gt;–Así se llama, no hay perros muertos, por lo menos ya no. –Y se dejó guiar.&lt;br /&gt;De la placita del Baratillo desandamos el callejón de La Cabecita y atravesamos la graciosa plaza de Mexiamora. En cada nuevo nombre que le mencionaba ella, asombrada y divertidísima, como niña chiquita, se carcajeaba de los nombres; “Pero ¿me juras que esto se llama el Callejón de La Cabecita?, ¡no puede ser!”; le gustó la irregularidad de los callejones, las subidas, llegamos a Perros Muertos y subimos, ella con alguna fatiga, por lo que le ofrecí mi mano. Y subimos por lugares solitarios hasta la Carretera Panorámica. Le encantó la vista de la ciudad desde arriba, la hice caminar hasta que bajamos por la Calzada de Guadalupe. Recorrimos un pequeño tramo de Pósitos y la metí por el túnel Santa Fe para salir a San Luisito.&lt;br /&gt;Alrededor de las dos de la mañana habíamos pasado por la carretera Panorámica con mi temor de que nos asaltaran esos muchachos desempleados, excluidos de las escuelas y de la vida, paupérrimos y hambrientos y por eso agresivos y resentidos. Y por eso reprimidos. Y por eso embebidos de odio, muchachos que son quizá la mitad de los muchachos que hay en este país. O bien, el temor sería que nos capturasen policías no menos hambrientos, no menos resentidos y no menos embebidos de odio (aunque sus razones no me son tan nítidas). Aunque era emocionante caminar por semejantes sitios a tales horas, me pareció obvio que era bastante estúpido, pero me dejaba llevar por el carácter aventurero de ella que parecía niña caprichuda de la mano de un papá tonto, complaciente y manipulable.&lt;br /&gt;Mi ciudad es, ciertamente, muy, digamos divertida, hacía tiempo que no lo notaba. El constante desconcierto y las preguntas, a veces bobas y a veces muy inteligentes, de Laura, me hicieron pensar que, en efecto, esta ciudad debe ser un gran desconcierto para quien viene de un lugar plano, con calles rectas paralelas y perpendiculares, sin mayores sorpresas.&lt;br /&gt;–¿Quieres una cerveza?&lt;br /&gt;–Bueno.&lt;br /&gt;Ella estaba encantada. Decía que a quién se le hubiera ocurrido hacer una ciudad tan desmadrosa, tan irregular, retorcida e inesperada. Siempre tuve en mente que podría ser peligroso deambular a esas horas por semejantes barriales, pero ¿qué era lo peor que podría ocurrirme? Nada que no fuera lo que ya tenía vislumbrado y que era inevitable. Lo peor hubiera sido adelantarlo unos meses. Nada podía haber peor; pero mucho mejor era lo que estaba viviendo. Era mucho mejor que pensar, mejor que cualquier cosa, disfrutar el momento y la deliciosa compañía.&lt;br /&gt;Nos metimos en un bar un tanto sórdido en Dos Ríos después de transitar por las calles chuecas y oscuras. Pedimos cerveza y nos sentamos. Quiso que le contara mi vida. ¿Qué contarle? Lo mejor y lo peor de mi existencia eran los momentos inmediatos. Mejor le pregunté cómo llegó a ser actriz y se desató hablando de su infancia sin mucho interés, de un padre que la adoraba y que, quizá sin saberlo con mucha certeza, la había hecho actriz desde que era una criatura.&lt;br /&gt;Una victrola de antigualla tocaba los éxitos del momento, entendamos, la peor música del mundo y de pronto me dijo “Vamos a bailar”. Cómo quieres que yo me ponga a bailar, si en mi puta vida no he bailado, pensé y le dije que prefería seguir sentado cuando ella ya estaba de pie y había empezado a mover el trasero. En el bar había tres o cuatro mujeres de catadura inconfundible, además estaban unos diez hombres diseminados por las mesas. No faltó un malparido que se puso frente a ella a bailar, a sonreírle con su gesto de briago y ojos de lujuria animal. Terminó la poética interpretación y la señorita se fue con el borracho a la sinfonola a escoger música bailable. Como perros que persiguen a la perra en celo se fueron tras ella al menos cinco ebrios dispuestos a complacerla hasta las últimas consecuencias en los más extravagantes caprichos musicales que les hubiera indicado la hermosa. En pocos minutos tenía a seis cabrones retorciéndose estúpidamente a su alrededor. Mientras más furor causaba entre semejantes perdularios más parecía gozar. Pensé que estaba demasiado borracha. Y empecé a sentirme furioso porque además ella contoneándose se acercaba a uno y a otro, bailando parecía ofrecerles sus preciosas nalgas y los estúpidos alargaban las manos para tocárselas y ella se retiraba sonriendo para ir con otro. Exceptuando al cantinero y al único mesero, el resto de los parroquianos estaban ya sea bailando con ella o bien a su alrededor mirándola, los hombres hambrientos y las mujeres con sorna, con algún odio. Así, vestida, era cien veces, mil veces menos hermosa que desnuda; era una muchachita casi insignificante, bonita, cierto, pero víctima adecuada para una violación a manos de cualquiera de esos borrachines más que plebeyos. ¿Qué putas mierdas hago yo aquí? Me pregunté. Pedí otra cerveza. Uno de los cerdos la abrazó para bailar con ella. Laura lo permitió y el muy marrano trató de repegársela. Ella, sonriendo, se apartó y se fue a los brazos de otro que, más listo, no la apretó, pero le colocó la mano casi en la nalga. Y esta cabrona lo permitió... un breve momento eterno... y escogió a otro borracho. Todos eran chaparros, regordetes y más o menos prietos y contrahechos. Aún tenía el control sobre ellos, pero me di cuenta que no por mucho más tiempo. Estuve seguro que en cualquier momento se atreverían a mucho más que tocarle las nalgas con disimulo. Creí que de su belleza sublime ya quedaba poco. Fui hasta ella y le dije “Ya me voy”. Soltó al incróspido en turno y me agarró “Baila conmigo”. Me echó los dos brazos al cuello mientras ella se movía ondulante. Dudé. Pero estaba demasiado furioso. Me quité sus brazos y di media vuelta. Se quedó inmóvil, desconcertada un momento, alzó los hombros como diciendo “Allá tú” y siguió bailando. Pronto la agarró otro beodo. Fui a la barra y pagué tres chelas. Me encaminé a la salida. Di dos pasos en la calle y oí que gritaba “No, déjenme; Tranquilino, espérame”. Di otros cuatro pasos y los ruidos se volvieron alarmantes. Me detuve. Volvió a gritar “Déjenme, ya me voy”. Había oído arrastrar de mesas, luego el derrumbar quizá de una silla y el quebrar de vidrios. Regresé. Vi que se jaloneaba de un borracho empeñado en abrazarla y otro la detenía de un brazo. En ese momento la chiquilla bonita, la belleza de prodigio no existían; veía una muchacha patética, flaca, en el desamparo, maltratada, manoseada y asustada. Llegué hasta el lugar, había una mesa patas arriba; tomé la primera botella a la mano y la estrellé en la cabeza del que la abrazaba, saltaron vidrios y cerveza en todas direcciones y la sangre me salpicó hasta la cara. La soltó y me miró desfalleciendo. Le di un formidable aventón y cayó por allá lejos entre un estrépito de vidrios y gritos. Aventé al otro que la detenía del brazo y casi se caen los dos. Ella trastabilló pero la alcancé, la jalé de un brazo y me la llevaba hacia la salida sujeta con firmeza de la mano.&lt;br /&gt;Entonces me salió un cabrón chaparro, prieto, chamarrudo, cabezón y malencarado.&lt;br /&gt;–¿A dónde vas, cabrón? –Dijo mientras sacaba algo del cinto. Me puso la pistola a treinta centímetros del pecho. Me detuve, lo miré a los ojos.&lt;br /&gt;–Tírale, hijo de tu puta madre. –Cortó cartucho. Era un buen momento para evitar la larga agonía de meses que me esperaba–. Tírale, hijo de tu puta madre.&lt;br /&gt;–Sí te voy a matar, cabrón. O lárgate y déjanos esta puta.&lt;br /&gt;–Te faltan güevos, hijo de perra. La putita viene conmigo y conmigo se va. Y si le vas a tirar tírale, pendejo, porque si tú no me matas yo sí te voy a matar, cabrón –Es tal lo que tiene que responder un hombre de verdad, un mexicano muy macho. Yo no lo hacía por eso, no sabía por qué. Pero, además, era indudable que no iba a disparar, porque lo hubiera hecho sin amenazarme. Una de las muchachas que miraban se abalanzó como suicida, le agarró la pistola como si la vida en peligro fuera la de ella, forcejeó furiosamente con él. Le mordió la mano y le quitó la pistola. Laura se había colocado a mi espalda y lloraba aterrada. Se hizo un griterío salvaje. La briaga, costosa como es siempre, la perdieron varios borrachos. La que arrebatara el arma se fue a la barra. Otra se puso a gritarme en la cara:&lt;br /&gt;–¡Qué tienen que traer aquí a putas de estas que no cobran y que ni necesidad tienen! ¡Váyanse, váyanse de aquí! –Otros borrachos agarraron al que nos amenazara. Avancé con Laura de la mano hacia la salida. La que arrebatara el arma estaba detrás del cantinero y tenía la pistola, con actitud como amorosa, contra su pecho. Me puse frente a ellos y les dije “Perdónenme. Perdónenme. Ya nos vamos”.&lt;br /&gt;La mujer puso el arma en un entrepaño de la barra y me dijo:&lt;br /&gt;–Ya váyase, señor. Aquí no queremos que vaya a pasar algo que no sirva.&lt;br /&gt;–Perdóneme, señora –me acerqué a ella, me incliné tomándole una mano y se la besé. Vi la pistola, la agarré y, como en un mundo irreal, sin que nadie se me opusiera, fui hacia el chaparro-prieto-chamarrudo que me encañonara y a dos metros de él, sin que supiera qué le pasaba, jalé el gatillo. Para matarlo.&lt;br /&gt;Nunca había oído un balazo. Disparé cuatro, cinco o seis veces. Se hizo un increíble vacío frente a mí. Se derrumbaron mesas, sillas, botellas, el ruido de vidrios rotos, mesas azotándose, cuerpos golpeándose contra suelo y paredes, hombres y mujeres gritando, era increíble. Era el infierno. El borracho recibió un balazo. Creí haberle dado en la cara. Cayó y se fue arrastrando con una agilidad de desesperación reptiliana. Seguí jalando el gatillo hasta que no sonaban los ruidos secos, breves, ensordecedores ni me rebotaba la mano a cada explosión. Aventé la pistola y rompí una ventana. Salí con Laura que estaba fuera de sí y la agarré, ella corría cayéndose por los jalones de mi mano. Caminamos un rato así. Mi mano se aferraba a su muñeca. Ella sollozaba. Me detuve. La encaré.&lt;br /&gt;–¡Cállate!&lt;br /&gt;–Sí. Sí. Ya. Ya. –Y seguía llorando sin control–. Lo mataste. Lo mataste.&lt;br /&gt;–Era un hijo de mala perra. Vámonos. –De pronto tuve consciencia de que no era yo el que había hecho aquello: uno o dos asesinatos, arriesgar la vida con tal violencia, maltratar a una mujer que poco antes me perturbara hasta el delirio. Sin embargo, nada me parecía extraordinario. Muy pronto llegamos a la delegación de policía, a trescientos metros de Dos Ríos. Me metí con ella.&lt;br /&gt;–¿A dónde vamos? –No le respondí. Llegué hasta donde un hombre somnoliento jugueteaba con pereza a las cartas ante la pantalla de una computadora. Con tranquila energía le dije:&lt;br /&gt;–Buenas noches, señor. Me llamo Tranquilino Vallehermoso y acabo de matar a un borracho. –El sujeto se quedó paralizado mirándome veinte eternos segundos y de pronto reaccionó, se puso de pie como si lo hubieran abofeteado. Llamó a policías, hizo traer al ministerio público, marcó un teléfono, llamó por radio. Laura, en cuanto terminé de hablar, gritó “¡No, no, por qué, por qué!” y se abrazó de mí con desesperación, convulsionando su cuerpo por los sollozos.&lt;br /&gt;–Vamos a ver, señor, ¿cómo dice que se llama? Dígame con calma, dice usted que asesinó a una persona.&lt;br /&gt;–Sí, señor, maté a un... individuo.&lt;br /&gt;–A ver, vamos con calma, dónde y cuándo.&lt;br /&gt;–En la cantina El Jarrito, hace diez minutos, a medio kilómetro de aquí, en Dos Ríos. –Me miró un momento como diciendo “Pero mira qué cabrón este”. Sin decirme nada llamó por radio y ordenó por medio de claves que fueran a El Jarrito a corroborar. El caos no terminaba en el antro, pero le dijeron que no había ningún muerto en el sitio. Exigió que investigaran. Minutos después llevaron hasta la delegación policiaca a casi todos los que estaban en el momento en que disparé. El gordo al que creí haber asesinado, la muchacha que le quitase la pistola a aquél, los borrachos que estuvieron bailando y tratando de manosear a Laura, faltarían uno o dos personajes.&lt;br /&gt;Nos hicieron declarar y tomaron nota en acta oficial. Narré los hechos tal como aquí aparecen. Cuando el borracho baleado dio su declaración dijo sin el menor asomo de preocupación, por la inmensa mentira que profería, que había reñido con su compadre a raíz de una discusión de borrachos y que aquél le quitó la pistola y le dio un tiro de rozón en el cuello sin consecuencias graves, y él, a su vez, había herido a su compadre en la cabeza con el gollete de una botella rota.&lt;br /&gt;Puesto que no había delito que perseguir en mi contra ni acusación, me informaron que no tenía problema alguno y que me retirara. El ministerio público, el mismo sujeto calvo de la noche anterior me saludó con efusiva afectuosidad; me dijo “No se preocupe, señor Vallehermoso, no hay delito, al menos no contra usted. ¿Quiere que metamos a la cárcel a algún borracho de estos?”. Contesté tan escuetamente que no entiendo por qué no se ofendió el MP y nos largamos.&lt;br /&gt;Regresamos a mi casa, en el Callejón de La Cabecita cuando empezaba a amanecer. Laura iba pegada a mi cuerpo, se había metido en mi chamarra y se abrazaba estrechándose somnolienta a mi cintura.&lt;br /&gt;Las tías ya estaban levantadas y corrían de un lado para otro preparando el desayuno. Nos vieron llegar y se pusieron en fila para mirarnos y, pensé, hacer alguna recriminación.&lt;br /&gt;–Tranqui, mi niño, ¿pero dónde andas? –Dijo Sanjuana.&lt;br /&gt;–Vénganse, en diez minutos está listo el desayuno. –Dijo Obdulia.&lt;br /&gt;–Esta mujer está completamente borracha, pero en un momento estamos con ustedes. –Subí con Laura de la mano.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-3612425236406452733?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/3612425236406452733/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/01/captulo-iv-la-bestia-que-me-habita.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/3612425236406452733'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/3612425236406452733'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/01/captulo-iv-la-bestia-que-me-habita.html' title='Capítulo IV La bestia que me habita'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-6999247962784320243</id><published>2009-01-19T09:32:00.000-08:00</published><updated>2009-01-19T09:36:14.409-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Donde Tranquilino Vallehermoso interactúa con las mujeres que han sido sus madres'/><title type='text'>Capítulo III. Duelo de madres. Paraíso.</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;III. Duelo de madres. Paraíso.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las viejas, Obdulia y Sanjuana, ah si serán estúpidas, se quedaron en la sala. Estuvieron tocando a la puerta de mi recámara desde la hora en que me encerré hasta las cuatro de la mañana, llorando, tratando de explicar, por teléfono, al mundo a su alcance que es nuestra parentela, qué me pasaba: llegué llorando y me encerré en mi recámara; me imagino las caras de quien oyera tal noticia: “Tranquilino llegó tarde, lloraba, se encerró y no abre desde anoche”. Las juzgarían locas o señorito llorón o simple joto a mí. Bien entrada la madrugada se durmieron –de desaliento, fatiga y deshidratación por tanto llorar– en los sofás de la sala. A las ocho de la mañana reiniciaron el asedio. Me despertaron prometiéndome un desayuno elaborado ex profeso para contentarme, incluían mis platos favoritos.&lt;br /&gt;–Mi niño, te hicimos, para almorzar, bisteces de arrachera sofreídos en grasa de tocino con papas doradas, como a ti te gustan, cebollitas acitronadas en mantequilla y frijoles refritos; además hay chocolate a la española y cuernitos de manteca. –Me mantuve igual que la noche anterior, no contesté. Tirado en la cama, después de haberme quedado dormido contra mi voluntad con la ropa de calle por primera vez en mi vida, con una gran somnolencia por haber pasado la noche pensando y haber dormido hasta que el cansancio me venciera. Desperté con un extraño sentimiento de liberación. Miraba el techo y pensaba que no me importaría que se me cayera encima, ni que explotara el planeta, ni que me secuestrase un maldito delincuente despiadado como, según informes de la televisión y el periódico, ocurre con tanta frecuencia ahora. Sentir que nada me importaba era más grato que haber tenido tantos temores tantos años. Por supuesto, mis tías me importaban menos que lo anterior, o si acaso igual. Estuve caminando alrededor de mi cuarto cerca de una hora. Luego me senté a pensar cómo reaccionaría cada uno de mis parientes cuando supiera que me iba a morir. Lo imaginé y sentí odio por ellos, por algunos más que por otros. Luego imaginé como reaccionarían cuando empezara a pudrirme en vida, como vendrían a visitarme una vez a la semana para regocijar su morbo y tratar de consolarme diciéndome estupideces y pensé que me gustaría matar a alguno, al más escandaloso, asustadizo y que más lástima mostrara por mí. Pensé en la necesidad de suicidarme o largarme lo más lejos posible para evitar ese revoloteadero de buitres alrededor de mi carroña cancerosa. Supliqué una buena muerte. A Obdulia y Sanjuana, entre más chillaban allí afuera y más se condolían y más me ofrecían desayunos, consuelos y visitas reconfortantes, más las odiaba. Pero a ellas no me atrevería a matarlas, ni siquiera a pensarlo; las quería a las pinches viejas aunque fueran unas eternas y fallidas aprendizas de bruja, vírgenes solteronas, escandalosas, persignadas, ignorantes, lloronas y pendejas. Quería estar lejos de toda esa puta parentela y morir sin que me tuvieran su podrida lástima.&lt;br /&gt;A eso de las dos de la tarde llegó Eloísa, una de las más detestables tías con su marido, un parásito burócrata viejo, ignorante y bueno para maldita la cosa. Preguntarían a Obdulia y Sanjuana qué pasó. Éstas les contarían lo que vieran. Aquéllos sospecharían una decepción amorosa y se pusieron a tocar mi puerta. Su actitud, y peor la que imaginaba si supieran la verdad, me causaba furia. Me gritaron “Tranquilino, no seas grosero, ábrenos por favor, sólo queremos ayudarte”. El odio me hizo quedar en silencio mientras estuvieron cerca de una hora tocando a mi puerta. Suspiré cuando me di cuenta de que se largaron entre detestables promesas de que estarían al tanto de mí por teléfono y de que los llamaran para lo que fuera necesario. Una de muy pocas veces en mi vida había pensado de alguien lo que pensé para ellos en ese momento “sáquense a chingar a su madre”.&lt;br /&gt;Como a las cinco o seis de la tarde les dije a Obdulia y Sanjuana que me dejaran el desayuno afuera, que no quería hablar con nadie. Lo calentaron solícitas y emocionadas: “Sí, mi niño; sí, papacito, ’orita te traigo tu comidita, mi amor” y lo colocaron junto a la puerta. Abrí un poco y metí la comida y me di cuenta de que el temor a la muerte no afecta al apetito; me atasqué como un cerdo, comiendo con los dedos y limpiándome la grasa de los labios con el dorso de la mano. Cuando terminé de comer, no sé bien por qué pensé que me gustaría fumar.&lt;br /&gt;No volví a comer. Llegó la noche y mis tías estaban enloqueciendo de preocupación. Lloraban por ratos e iban a suplicarme que les abriera la puerta y les contara que me estaba pasando. Y yo no les contestaba. Vino mi hermana Ernestina con mi novia, Camila. Cada una en su momento, y a solas, intentaron hablar conmigo. No contesté. Mi hermana, tras fracasar, me advirtió que traería un cerrajero para que abriera mi cuarto.&lt;br /&gt;–Si abren este cuarto contra mi voluntad, me mato.&lt;br /&gt;–Tranquilino, por favor, ¿qué te pasa? Sólo queremos ayudarte. Mira, hermano, dime qué te pasa, sea lo que sea, y yo algo podré hacer por ti. Ábreme por favor, vamos a hablar.&lt;br /&gt;–Te lo agradezco, Ernestina, no me pasa más que no quiero hablar con nadie. En su momento les diré lo que me pasa. Confíen en mí, te lo pido a ti, hermana. No hay problema, sólo quiero estar solo.&lt;br /&gt;–Aquí está Camila, ya lo sabes, ¿no quieres hablar ni con ella?&lt;br /&gt;–Dile por favor que si no se ofende, yo hablaré con ella cuando me sienta... diferente. Dile que no se preocupe, que me perdone y que si no le parece mal le avisaré cuándo me gustaría hablar con ella. Dile que no ha pasado nada, que le explicaré todo y que se tranquilice. –Así me las quité de encima y, con ellas, a casi todos los parientes.&lt;br /&gt;Obdulia y Sanjuana, aunque seguían preocupadas, se tranquilizaron un poco con el mensaje que llegó con Ernestina. Para el segundo día se enteraron, cómo no, en este pueblo, de que había estado detenido en la delegación de la policía. Eso las tranquilizó todavía más, pensaron en una parranda, por fin, en mi vida. Y así pasó el segundo día. Al tercer día, llamada por ellas, temprano, llegó mi madre.&lt;br /&gt;–Tranquilino, ábreme. Quiero hablar contigo...&lt;br /&gt;–Mamá, estoy bien, lo único que pasa es que...&lt;br /&gt;–No quiero saber qué es lo único que pasa, te dije que abras... Estoy esperando. –La amada voz de mi madre, grave y dulce a la vez. Una hermosa mujer, fuerte, poderosa en su menuda feminidad, benévola y libérrima. Amada como nadie en el mundo. Abrí. Quería verla.&lt;br /&gt;–Hola, madre.&lt;br /&gt;–Nunca me habías dicho madre. ¿Cómo estás? –pero era un cómo estás sano y sincero, sin morbo y sin lástima. Cerré bien la puerta y le respondí:&lt;br /&gt;–Me voy a morir, mamá –la frase me salió sin pensar y hasta con una calma que me sorprendió. Ella, mujer increíble, no perdió la serenidad, me miró con alguna extrañeza examinándome. Me contestó como un reto:&lt;br /&gt;–No te ves mal. Todos nos vamos a morir.&lt;br /&gt;–Pero yo me voy a morir en seis meses.&lt;br /&gt;–En seis meses. Ay Dios mío. ¿Cáncer, sida o qué?&lt;br /&gt;–Sí, cáncer.&lt;br /&gt;–Hemos perdido mucho tiempo. –Se quedó pensativa un momento–. No quiero que pienses que soy muy dura, mucho menos que no me importa. Pero lo único que puedes hacer, creo, es no preocuparte. Si te vas a morir, ya no tienes nada de qué preocuparte. Si no te mueres, para qué te preocupas. No pienses que soy cínica, tampoco creas que sé de qué te estoy hablando; pero es lo único lógico que encuentro; de cualquier manera la vida es buena o es mala y en ambos casos se va a terminar más pronto o más tarde; en este caso lo único desconcertante es que sabes aproximadamente cuándo... Pero si pasas tu tiempo contento nunca, ni ahorita, es tarde.&lt;br /&gt;Estuvimos conversando de asuntos sin relación con mi avanzado tumor, con mi metástasis de pronóstico reservado, con mi muerte en un año o menos. De pronto hasta bromeábamos. Me ofreció un cigarro y, por primera vez en mi vida, se lo acepté. Hablamos de nuestras ocupaciones, de nuestras relaciones, de nuestra vida mientras yo me iba sintiendo mareado por el efecto del cigarro.&lt;br /&gt;Sonó su teléfono celular. Contestó con naturalidad, sin alarmar a alguien que había venido con ella a Guanajuato al llamado que mis tías le hicieran porque llegué llorando y me encerré.&lt;br /&gt;Llegó Antonio León acompañado por Laura Leclerc. Mi madre se sorprendió por la presencia de ella, el hombre le explicó que era una coincidencia maravillosa que ella estuviera en la ciudad y ella le había dicho a él que le encantaría ver a mi madre. Él, un cincuentón juvenil, con el pelo entrecano largo hasta el hombro, unas barbas silvestres de dos semanas, vestido con una notable elegancia desparpajada, un fino chaleco florido que fabricaría algún indígena virtuoso iba encima de una camisa simple y un pantalón vaquero. La muchacha era resplandeciente de hermosa y vestía una gran falda no menos artesanal que el chaleco, una blusa inocua y una gran pañoleta de seda, además cargaba un vistoso morral de piel. Saludaron a las tías con singular afecto y se pasaron a mi recámara. Mi madre nos presentó, a mí como su hijo, a Antonio como su novio y a Laura como una gran amiga. Las tías husmeaban desde afuera pero no se atrevían a meterse en la charla. Una larga cadena de conflictos hacían que mis tías tuvieran un recelo decano, si no es que un odio inconfeso, por mi madre. Mis padres se divorciaron veinte años atrás, cuando yo tenía quince de edad. Mi padre, un hombre de acendrado catolicismo, se hizo cargo de mi hermana y de mí. No volvió a casarse y de pronto, sin aparentes males previos, sufrió un infarto y murió cuando apenas rebasaba la cincuentena.&lt;br /&gt;Mi madre era una mujer demasiado inteligente, demasiado hermosa, demasiado inquieta. Su soltería, tras divorciarse de mi padre, la vivió con gran intensidad. Su vasta cultura le abrió muchas puertas y llegó al ambiente de la televisión. En poco tiempo destacó en Guanajuato, aprendió a actuar, a dirigir y a producir, además de que era una extraordinaria conductora y se fue al Distrito Federal en donde hizo carrera que culminó con dos éxitos medianos (no fueron grandes éxitos tan sólo porque se trataba de series de programas de cultura) y, de nueva cuenta emigró, se fue a Estados Unidos en donde trabajó con cadenas televisivas de cultura y regresó a México a trabajar por su cuenta cuando ya mi padre había muerto; en el momento de mi crisis, la llamada de gran angustia de mis tías la hizo venir a Guanajuato tan rápido como pudo. Mi madre, directora y productora independiente de televisión, para aquel momento con una vida muy agitada dirigiendo su propia pequeña compañía de producción era una presencia añorada por mí después de un par de años sin verla. El novio de mi madre es un pintor más o menos afamado, su amiga Laura es actriz más bien de teatro y con un par de espectaculares papeles en el cine, casi famosa también ella.&lt;br /&gt;Mi madre les dijo que yo necesitaba una fiesta. En ningún momento mencionó lo que le confesara, el cáncer, mi muerte dentro de unos cuantos meses, la crisis en que había sumido a mis viejas tías. Se acomodaron en mi cama, colocaron un buró en el centro del cuarto, sacaron una botella de ron cubano, sirvieron copas satisfechas de alcohol, antes las habían aderezado con hielo y le agregaban el suficiente limón y, al final –exigían que tal fuera el orden– cocacola. Eran, no exagero, deliciosas. Si ya me voy a morir, qué más da que me tome las copas que me tome, pensé y, sediento, me bebí la primera como si fuese tónico. El efecto fue inmediato y no desagradable, de relajación. Y me serví la segunda. En un momento pensé, cómo había sido capaz de evitar a lo largo de toda mi vida semejante placer. Pero además había olvidado la gran preocupación, el peso de la muerte se había aligerado, me sentía increíblemente bien, contento, libre, con ganas de reír y sentía una agradable liviandad que, pude comprobar, era en realidad torpeza, cuando salí de mi cuarto al baño, por primera vez desde que llegara a casa. La falta de costumbre de alcohol a lo largo de mi vida me hacía ver que el mundo era maravilloso, incluso veía los colores diferentes. Mis tías estaban muy contentas y les sonreí enrojecido, ya algo borracho. Cuando regresé a mi recámara ya se habían puesto en movimiento. Se pasaron a la sala y mis tías trataban de departir, con su mayor amabilidad y encantos, con los llegados que habían logrado sacarme del encierro y me habían puesto tan contento, aunque me emborracharan.&lt;br /&gt;La conversación que había empezado abordando trivialidades, mutuos buenos deseos, informes de logros y anécdotas de trabajo, fue tomando interés y profundidad conforme avanzábamos en la ingestión de aquel ron ardiente y magnífico.&lt;br /&gt;Antonio, sin abandonar la conversación había sacado un cuaderno y rayaba en él con una destreza y una soltura que no dejé de admirar. En algún momento me di cuenta que estaba dibujando a mi tía Sanjuana. Mi madre le habló a Laura de mí y yo les hablé a todos de mi madre, mi madre contó que Laura era una muchacha impresionante, talentosa y gran actriz y Laura habló de que Antonio era un gran artista. Y entonces le exigió que nos mostrara el retrato a lápiz que había hecho de Sanjuana y nos fuimos de espaldas. Había atrapado a mi tía en una dulce expresión; era el retrato de una viejita sonriente, con ojos luminosos y rostro adorable. Mi tía lo vio y se conmovió hasta las lágrimas. Antonio León le regaló el retrato después de pasarlo por todas las manos para que fuera visto de cerca. Sanjuana le dijo al dibujante que de qué manera podía pagarle el prodigio que había hecho y él le contestó que era suficiente con que fuera su amiga. Luego, otra vez sin avisar, dibujó a Obdulia mientras la conversación seguía muy animada y había tomado por los rumbos del arte. Yo lanzaba grandes elogios a Antonio; le decía que era una facultad casi sobrehumana la de ser capaz de trasladar al papel los sentimientos, el carácter íntimo de las personas a través de la expresión del rostro; le dije que era un artista grandioso, que me enorgullecía de que compartiera la vida con mi madre. El alcohol me hacía exagerar y me sentía conmovido. El pintor sonreía ante los desmesurados elogios y seguía dibujando sin dejar de agradecerlos y participar en la conversación. En otra ida al baño me miré en el espejo y volvieron los pensamientos sobre la muerte. Vi mis ojos brillantes por la borrachera que ya me cargaba, el rostro rojo y transpirado con una involuntaria sonrisa. Me dije “Te vas a morir, cabrón” y me acerqué al espejo como si amenazara al que estaba del otro lado. Y ante la indiferencia del que estaba dentro del espejo, me di cuenta que no era el momento de pensar en eso. No pensé nada, seguí sintiendo los placeres que me había traído aquel brebaje de ron con hielos, limón y cocacola negra. Cuando regresé, León había terminado el retrato de Obdulia y ella también lloraba de agradecimiento. Las dos tías como niñas chiquitas se mostraban una a otra sus sendos retratos y comentaban y agradecían y volvían a llorar. Y cuando alguien tocó a la puerta les pedí que dijeran a quien viniese que se fueran, que no había ningún problema, que ya estaba normal, que no había problema, que yo había hecho un berrinche, que dijeran lo que se les antojara, pero que nadie más viniese...&lt;br /&gt;Y acabamos con el ron y las tías trajeron una botella de whisky Chivas Regal que tenía algunos años por ahí junto con otras botellas intocadas. Y todos aceptamos que se destapara. Se sirvió el whisky solo, ya ni hielos nos hacían falta. Nos había alcanzado el día siguiente, eran las doce de la noche. Y las tías Obdulia y Sanjuana, felicérrimas y espantadas por la hora se despidieron lanzándole grandes elogios y agradecimientos a Antonio León, ofrecieron a los invitados recámaras de la casa para que durmieran, no olvidaron sus recomendaciones, que había leche, carnes frías, algún guisado de la comida del día, recordaron que había buenas camas y mejores cobijas, se empeñaron en llevar a cada uno a su cuarto, pero les dije que yo los conduciría y por fin se fueron a dormir como niñas fascinadas cada una con un juguete mágico, sus respectivos retratos.&lt;br /&gt;–Ahora quiero un retrato mío –dijo Laura y se quitó la gran pañoleta de seda–, tú sabes cómo me gustaría ser retratada por un gran artista, Antonio –y desabrochó los botones del cuello de su blusa–; mira, algo así como La maja desnuda –entonces se sacó la blusa de un rápido movimiento. Su brasier era de un color delicioso y su piel nítida, su cuerpo parecía perfecto en las tenues curvas de la cintura. Se desabrochó la falda y creí que, ahora sí, moriría, pero de felicidad. Ella, con una naturalidad de diosa dejó caer la falda y bajó los tirantes del brasier, desenfundó sus senos de las copas y yo creí que tendría un orgasmo ante aquellos senos un poco grandes, de pezón color de rosa coronados por dos increíbles esferas de tersura, senos que temblaban de una manera que me parecía insoportable de tan grande placer que me causaba su vista. Giró el brasier sobre su tórax, lo desabrochó por delante y lo dejó caer como deshaciéndose de un estorbo a la más divina belleza. –¿Dónde me acomodo? ¿Qué tal en la cama de nuestro amigo Tranquilino–, dijo mientras se inclinaba para sacarse un calzoncito precioso que hacía juego con el brasier. En ese momento creí sentir la necesidad de gritar o al menos de llorar mientras no quitaba la vista de su cuerpo, su pubis y su sexo resguardado por un triángulo diminuto y castaño. Y ella caminó como una aparición de los cielos hasta la recámara. La vi pasar frente a mí y tenía ganas de besar las huellas de sus pies sobre el suelo de mi casa. Se dejó caer con suavidad sobre mi cama. Mi madre me guiñó un ojo mientras sonreía quizás de ver mi cara de estúpido desamparado y me hizo la seña de que nos fuéramos de nuevo a mi recámara. Como sonámbulo me puse de pie y no dejé de ver la manera en que movía sus nalgas como si estuviera viendo a Dios mismo que entraba en el cuarto donde dormía desde treinta y cinco años atrás.&lt;br /&gt;El pintor, sonriendo con una calma que casi parecía aburrición, consultando con la mirada a mi madre que también sonreía nos acompañó. Nos sentamos rodeando a la sublime belleza depositada sobre mi cama. Y el artista afiló un lápiz, preparó su cuaderno y se puso a mirarla como si mirara al árbol prohibido que nos hizo llegar a este mundo por la desobediencia de nuestros padres originales. Creí que no soportaría, creí que me soltaría a llorar como lo hiciera la noche anterior. Comprendí que la belleza puede ser insoportable. Nunca había visto a una mujer tan bella en vivo, desnuda y mucho menos en mi propia casa. El artista se aplicó a trabajar con una calma que para mí era inadmisible, pues yo temblaba. Mi madre, comprensiva, discreta, sin mirarme, sin hablar, dejaba que yo gozara de la observación de aquella belleza que para mí era una experiencia tan sublime que incluso me hacía daño, mi madre lo sabía bien, era un choque, una vivencia casi despiadada. La naturalidad de los otros tres, su actitud casi normal, la de Laura más que la de ninguno, el ambiente que se estableció, las palabras tranquilas, me relajaron. Por más que yo no quería quitar mis ojos de la desnudez de aquella mujer preciosa.&lt;br /&gt;El artista trabajaba. La hermosa se dejaba mirar causándome deleites inmensos y desconocidos. Mi madre observaba al pintor y a la modelo, a mí me examinaba con una discreción que era más bien piadosa complicidad.&lt;br /&gt;Después de la media hora más rápida de mi vida, media hora en la que la hermosa además se levantó dos veces de mi cama donde posaba, una para acercar su vaso y beber en el momento en que se le antojara y otra para, ¡Dios me libre!, ir al baño e insistió en ir al baño de afuera, puesto que hay un baño en mi recámara (momento en que, gracias oh universo, me hicieron acompañarla por motivos de seguridad respecto de mis tías, para que la cuidara de que ellas pudiesen aparecer de repente). La acompañé como si guardara un ser divino venido a la Tierra, caminé a su lado como sonámbulo y me adelanté a revisar puertas y pasillos asegurándole que no había nadie; ella se había puesto su gran pañoleta dizque cubriendo su desnudez y no cubría ni el diez por ciento de su intolerable belleza, lo que me la hacía deseable hasta la bestialidad, mi bestialidad. Se metió al baño y no pude evitar (ni quise hacerlo) que a mis oídos llegara el sonido de su orina golpeando contra el agua del escusado. Y salió más hermosa que nunca con la pañoleta de seda amarrada a su cuerpo para que se trasparentasen sus pezones y se cubriesen apenas las regiones superiores de sus nalgas. Sentí necesidad de entrar también al baño a desaguar, pero por los ojos. A llorar por semejante contemplación y por los viles, instintivos, insoportables deseos que despertara en mí. Regresamos, ella como si nada, gozando –creí notarlo– por hacerme sufrir, por hacerme gozar, por lograr ambos estados en el espíritu del pobre imbécil que debía ser yo para ella, se echó en mi cama tras quedar bien desnuda sin pañoleta y permaneció así, gozando nuestras miradas, la del experto, la de otra mujer que sería quizá el mejor ojo crítico no sólo de su belleza y la mirada mía, sufriente, deseosa, perdida en el desconcierto; Antonio terminó el retrato. Antes de vestirse, inmaculada de hermosísima, volviéndome loco de placer, se levantó y examinó el dibujo. “Es precioso, Antonio, está divino” dijo y lo abrazó con cuidado para no arrugarlo. Se vistió como si estuviera sólo consigo misma y la circunstancia retomó la más total normalidad. Una vez ataviada besó a Antonio y le agradeció, con una sonrisa casi prometedora, el dibujo a lápiz. Antonio y Andrea, mi madre, decidieron que se iban a dormir a su hotel. Les recordé la hospitalidad de mis tías y después de reconsiderar un poco decidieron quedarse en casa; Laura dijo que ella de plano prefería quedarse porque ya se sentía un poco más tomada de lo correcto. Los llevé a sus correspondientes recámaras asignadas y me regresé a mi cuarto.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-6999247962784320243?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/6999247962784320243/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/01/captulo-iii-duelo-de-madres-paraso.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/6999247962784320243'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/6999247962784320243'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/01/captulo-iii-duelo-de-madres-paraso.html' title='Capítulo III. Duelo de madres. Paraíso.'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-2520179627550528224</id><published>2009-01-11T13:33:00.000-08:00</published><updated>2009-01-11T13:43:09.200-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Capítulo II. Donde Tranquilino Vallehermoso se pregunta sobre la muerte y mucho más'/><title type='text'>Capítulo II. ¿Sabré morir?</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;II. ¿Sabré morir?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;¿Qué será morir? ¿Será dejar de ver? ¿Será dejar de pensar? ¿Será dejar de hacer? ¿Será dejar de ver, pensar y hacer? ¿Será como dormir sin sueños? ¿Será igual que soñar? ¿Encontraremos a todos los que se han muerto antes? ¿Sentiremos de alguna manera a los que un día amamos y se murieron antes? ¿Habrá un paraíso? ¿Un infierno? ¿Qué se sentirá? ¿No se sentirá nada? ¿No habrá nada? ¿O estará Dios esperándonos y consolándonos? ¿Después de muertos, pensaremos? ¿Seguiremos amando y odiando? ¿Veremos a Dios? ¿O no habrá nada, ni consciencia, ni pensamiento, ni cosa alguna, como dormir sin sueños? ¿Será como han publicado, irse por un tubo que termina con una luz resplandeciente donde Dios nos espera? ¿A quién le voy a dejar todo, que es casi nada, lo que tengo? ¿Cómo será el Juicio de Dios? ¿Cómo hará tantos juicios de tantos que mueren cada día? ¿Cuál será el peor pecado? ¿Habrá infierno con sufrimientos y reconvenciones eternas e inmarcesibles? ¿Habrá Diablo? ¿Qué nos hará el Diablo? ¿Satanás nos castigará eternamente? ¿El castigo consistirá en que vivamos en un mundo en el que abunden las cosas, las personas, las situaciones que odiamos en esta vida? ¿O las que tememos? ¿O, para los que nos hemos portado bien en esta vida, Dios nos premiará eternamente? ¿Nos premiará con lo que más nos guste en este mundo? ¿Cómo será el premio? ¿Será sexo? ¿Será poder? ¿O riquezas? ¿O amor? ¿Servirá de algo que recen por nosotros? ¿Seremos eternos después de la muerte? ¿Por qué, si es que somos eternos después de la muerte, esta vida tan breve define que gocemos el paraíso o suframos el infierno por toda la eternidad? ¿Significa que es más importante esta vida que toda la eternidad, puesto que en cada uno de sus momentos de esta vida podemos cometer pecados monstruosos o bien arrepentirnos? ¿Si alguien fue un criminal toda su vida y se arrepiente en el último momento, se salvará? ¿Para qué sirve, entonces, una vida de virtud? ¿Le debo algo a Dios, o Él me lo debe a mí? ¿Será herético pensar esto que pienso? ¿Seré condenado por pensar esto que pienso? ¿Será mi Dios el Dios verdadero? ¿Por qué no habrían de ser verdaderos los otros dioses? ¿Dónde estará escondido Dios? ¿No habrá Dios y sólo somos unos animales que piensan en Dios por desesperación ante el saber de la muerte? ¿Por qué nos da miedo morir? ¿Por qué hay gente que desea morir? ¿De qué, exactamente, nos salvó Cristo al morir en la Cruz? ¿Por qué, si Dios es tan bueno y misericordioso, ocurren tan espantosas atrocidades en el mundo? ¿Por qué tengo que morirme si no ha llegado mi momento? ¿O me estoy engañando y mi momento de morir ya llegó? ¿Pero por qué ya llegó mi hora de morir si no soy un viejo, estoy, cuando mucho, a la mitad de lo que se considera una vida normal? ¿Qué es el cáncer? ¿Será un instrumento de la justicia de Dios? ¿Por qué, si esto es su justicia, me castiga así? ¿Por estúpido? ¿O por malo? ¿O el cáncer será efecto de su furia? ¿Puesto que el cáncer, como he leído, se presenta porque unas células se niegan a morir, entonces esas putas células enloquecidas se niegan a morir para matarme? ¿Eso quiere decir que lo más sano es morir? ¿Entonces me voy a pudrir lentamente en vida? ¿Por qué habría de estar furioso conmigo Dios? ¿O simplemente Dios no tiene control sobre el cáncer? ¿O quizá sea arma de Satanás para oponerse a Dios y dañarlo dañando a los que Él ama? ¿Será que Él no puede hacer nada contra esta arma del Demonio? ¿O será el cáncer una enfermedad como la que le puede dar a un animal silvestre y que lo mata sin remedio? ¿Esto significa que tengo que buscarme una forma decente de morir, más aún, una muerte inmejorable? ¿Si ya me gané la vida mezquinamente durante 35 años, ahora tengo que ganarme una buena muerte? ¿Entonces no hay Dios? ¿Habrá un orden en el universo? ¿O Dios no puede completar el orden? ¿O será este universo sólo caos que habrá de autodestruirse de igual manera que lo hará cada miembro de la humanidad? ¿Para qué vivimos? ¿Somos únicos? ¿Dios nos ama? ¿O Dios nos odia? ¿O a veces nos ama y a veces nos odia? ¿En este momento, puesto que me va a quitar contra mi voluntad de este mundo, me odia? ¿O me va a llevar por mi bien? ¿No será que Dios y el Diablo son el mismo, como nosotros cuando estamos felices y deseamos el bien a todo el mundo, somos un Dios; y cuando odiamos, cuando deseamos matar somos un Demonio? ¿Seremos para Dios como serían para nosotros las hormigas de un hormiguero? ¿A veces Dios decide apachurrar a algunas hormigas? ¿Así como las hormigas nos pican, nos hacen daño, aunque sea mínimo, podremos hacerle lo mismo a Dios? ¿No hay Dios? ¿No hay Dios pero sí hay Dios? ¿Sí hay Dios, pero no hay Dios? ¿El Papa será un mentiroso? ¿Una hormiga, para la que nosotros somos Dios, si nos percibe de alguna manera, percibirá al inmenso ser que es Dios para nosotros, si es que existe? ¿Me estará esperando Dios? ¿O ya habrá mandado un mensaje al Demonio para que me espere? ¿Dios me condenará por pensar tonterías por estar a punto de quedarme dormido? ¿Me estoy quedando dormido o me estoy muriendo? ¿Por qué, si es que me estoy muriendo no aparece el famoso túnel? ¿Qué diferencia hay entre quedarse profundamente dormido y morir? ¿Por qué habría de ser diferente dormir que morir? ¿Pero por qué habría de ser igual dormir que morir? ¿Cuando soñamos, de dónde salen las imágenes? ¿Cuando soñamos somos inmensamente sabios? ¿O soñaremos sólo estúpidas incoherencias? ¿Dios soñará? ¿Será verdad aquello que alguien dijo una vez, que nosotros somos un sueño de Dios? ¿Seremos a veces una pesadilla de Dios? ¿Para qué nos puso Dios aquí? ¿Si no hay Dios, qué hacemos aquí? ¿Será Dios tan sabio, pero tan sabio que no podríamos entender para qué estamos aquí, así como un perro no entendería si le explicáramos que vive en la azotea para que cuide la casa? ¿Por qué, si Dios es tan sabio y lo puede todo, no puede hacernos entender para qué estamos aquí? ¿O será que no hay Dios y estamos aquí sólo como lo está cualquier animal? ¿Será Dios tan sabio –y puesto que ha hecho a todos los hombres– como para hacer a un hombre tan sabio, tan sabio, que pueda desbancar o destruir a Dios? ¿Para qué nacimos? ¿Qué es seguro para el que ha nacido? ¿Que puede ser un genio, que puede ser un idiota, que puede ser un don nadie... lo único seguro es que morirá? ¿Eso significa que nacimos... sólo para morir? ¿Si es así, entonces no debemos temer a la muerte? ¿Entonces es estúpido temer a la muerte? ¿De dónde viene, entonces, el miedo a la muerte? ¿Es cierto que la vida se alimenta de la muerte? ¿Y es cierto que la muerte se alimenta de la vida? ¿Entonces todo miedo es en realidad miedo a la muerte? ¿Entonces el único pecado, fuente de toda estupidez y egoísmo, es el miedo a morir? ¿Entonces el único pecado es el miedo? ¿Puesto que cada día mueren millones de personas en el mundo, morir es trivial? ¿Dios nunca muere? ¿Dios ha muerto? ¿Dios tendrá un Dios? ¿En el cielo habrá placeres? ¿Los placeres serán como los de la Tierra? ¿Dios me va a matar para premiarme en el cielo? ¿Me premiará con placeres? ¿Le debo algo a la humanidad? ¿Podrá premiarme, si es que nada debo, con diez mil mujeres bellísimas que incluyan a todas las razas y sean de mi propiedad y me obedezcan siempre y, por eso, estén desnudas siempre? ¿Podrá premiarme con dejar que haga sexo con tres de esas diez mil cada día? ¿Esas mujeres no tendrán sentimientos del pecado sexual? ¿Estarán, las tres con que me premiará, dispuestas a pecar diario haciendo conmigo todo género de porquerías sexuales que se me ocurran? ¿Después de morir lo sabremos todo? ¿Si somos, la muerte no es? ¿Si la muerte es no somos? ¿Somos porque pensamos? ¿Somos porque amamos? ¿Somos porque soñamos? ¿Si después de morir lo sabremos todo, podremos saber matemáticas? ¿Terminaremos por saber que morir es tan simple y natural como vivir? ¿Soy Dios? ¿Soi Dios? ¿Soy Dyos?&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-2520179627550528224?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/2520179627550528224/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/01/captulo-ii-sabr-morir.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/2520179627550528224'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/2520179627550528224'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/01/captulo-ii-sabr-morir.html' title='Capítulo II. ¿Sabré morir?'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-9098302942569452207</id><published>2009-01-06T12:49:00.000-08:00</published><updated>2009-01-06T13:11:44.091-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='no exageres. Tú no eres ni inteligente ni memorioso.'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='pero'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La memoria es la inteligencia de los pendejos'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Pterocles'/><title type='text'>Deudas de olvido</title><content type='html'>&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Norman Mailer, en su novela &lt;em&gt;Los ejércitos de la noche&lt;/em&gt;, dice que su cerebro debe estar como queso gruyer por tanto coñac bebido. Y que por ello su memoria es endeble.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Yo no he bebido coñac, no confesaré qué..., pero mi cerebro, todo agujerado, también adolece de una memoria decente y ésta me ha traicionado una vez más. Dejé afuera de las dedicatorias a unos entrañables amigos:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;La maravillosa pianista Ana Cervantes... Aplausos, por favor.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Los queridos Javier Manzano y su esposa Luz María Estrella Méndez y los dos hijos prodigiosos que engendraron y han forjado, Enrique, el virtuoso flautista adolescente y Edna, la preciosa criatura, artista plástica en formación. Una disculpa a ellos y también a los lectores.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos vemos el lunes.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-9098302942569452207?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/9098302942569452207/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/01/deudas-de-olvido.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/9098302942569452207'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/9098302942569452207'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/01/deudas-de-olvido.html' title='Deudas de olvido'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-1431423113684541729</id><published>2009-01-04T13:00:00.000-08:00</published><updated>2009-01-04T13:18:08.700-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Donde Tranquilino Vallehermoso de Guanajuato descubre una espantosa verdad'/><title type='text'>Una muerte inmejorable. Capítulo I</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Natural como la muerte&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Tranquilino Vallehermoso&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;I&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Me miró desde atrás de su escritorio con tanta frialdad como le fue capaz de reunir, trató de hacerse ver impersonal pero falló, usó –creo que sin darse cuenta y, no dudo, para protegerse– un tono de reclamo, como tratando de hacerme sentir que yo había cometido alguna estupidez inmensa o que había incurrido en un pecado nefando y en ese momento, ante él, me tocara pagar el precio. Hablaba como si me condenara, como si la estupidez o el pecado fueran imperdonables y él, juez imparcial, pero profundamente ofendido por mi porquería –estupidez o pecado–, no tuviera más remedio que condenarme.&lt;br /&gt;–Es un tumor maligno con desarrollo avanzado. La metástasis es de pronóstico reservado... –Me miró un momento, un médico pulcro, maduro, blanco y reluciente, de manos finas, recién llegado a mi ciudad, gesto duro y burocrático, implacable detrás de sus anteojos a la moda–. En mi opinión, voy a decirle la verdad, ya que usted insiste, usted vivirá, como máximo, un año. Como mínimo seis meses. –Volvió a mirarme. Yo actuaba, creo, como si no entendiera lo que me decía. Debió notar el gran desconcierto en mi cara. Sentí algo parecido a su odio, me habló con dureza–. Le indiqué la conveniencia de que este diagnóstico fuera revelado únicamente a sus familiares y usted prefirió, bajo su responsabilidad, que, al contrario, se lo hiciera saber sólo a usted. Le repito, es posible que viva un año más, en el mejor de los casos, depende de muchos factores que todavía no entendemos sobre la etiología del cáncer, en el peor de los casos quizás viva sólo seis meses. Le prescribo anestésicos y un complemento dietético para evitar los dolores y lograr que la calidad de vida no decaiga... tanto. Le recomiendo un hospital para cuando los malestares sean más... intensos. No le indico tratamiento, radioterapia o cirugía... ya no es tiempo. Pero si tiene dudas consulte a un especialista... Es todo, señor mmmm... –se alcanzó el historial clínico que me hicieran para buscar mi nombre–. Vallehermoso... Buenas tardes. –No contesté. Ignoro la actitud que adopté. Creo que miré el suelo, tomé el sobre con los documentos, me levanté de la silla sin mirar nada, ni el suelo y me encaminé a la salida.&lt;br /&gt;Seis meses, mínimo.&lt;br /&gt;Un año, máximo.&lt;br /&gt;Buenas tardes, dijo al despedirme. ¿Habrá algo bueno para mí de aquí al día que muera? ¿Habrá una sola buena de las trescientas sesenta y cinco tardes que me quedan como máximo?&lt;br /&gt;Y me fui a caminar, soplaba el viento. Y pensé que ya no habría aire nunca más para mí, ni frío, ni hambre, ningún dolor, ninguna vergüenza, ningún compromiso ni problemas con la gente que abusa de uno. Y no dejé de sentir extrañeza al haber descubierto algunas ventajas de la muerte. Pero también empecé a pensar en mis seres queridos, en mi hermana, en las viejas tías, en mis sobrinos, en tantos y tantos planes y el dolor me acució como nunca al recordar a Camila, mi prometida; la mujer con la que ya había planeado el resto de mi vida; la muchacha que junto conmigo había soñado un futuro tranquilo y próspero, unos niños que nos alegraran y estuvieran con nosotros, crecieran, hiciesen su vida, hasta nuestra vejez. Y de pronto sentí una rabia y una impotencia que despertaron en mí un odio sordo y ciego, un deseo inmenso y cierto de hacer daño a los que son felices y de pronto surgía el terror por estar pensando tales ideas a la vez que me asaltaba la pregunta ¿por qué a mí, Dios de mi vida? ¿Por qué a mí esta maldición? ¿Por qué me quitas la vida si nunca he vivido? Y el odio sordo y ciego parecía rebasarme y, como si tuviera el odio voluntad propia, amenazaba con dirigirse contra el mismo Dios, contra mi Dios, mi padre y mi creador, el que me dio la vida. Y a pesar de todo, a pesar de que estaba amenazado de muerte, me daba terror pensar así y me di cuenta de cuán débiles eran mis ideas religiosas y mi fe. Pues según mi fe católica, puesto que mi vida había sido prácticamente sin pecados, apegada a los mandatos de la Santa Madre Iglesia, disciplinada y de permanente esfuerzo, trabajo, caridad y dedicación a mis prójimos; según eso, yo debía ir directamente a disfrutar de las delicias que Nuestro Señor tiene reservadas para los justos, los que vivieron con rectitud, amor al prójimo y en la cotidiana práctica de mi fe católica. De pronto, y sin haberlo hecho consciente, creí estar seguro de que antes de morir quería saber qué era la embriaguez hasta derrumbarme, qué hubiera sido acostarme, revolcarme y batirme en los jugos de la promiscuidad, hedorosos y malditos, de una ramera que a cambio me cobrara unos pesos, liarme a golpes e insultos, mentadas de puta madre, en la calle con algún carretonero borracho y juro que hasta pensé en la posibilidad de, antes de morir, matar a alguien. Y los deseos eran reales, sentí que, por primera vez en mi vida, nada me detenía, que si alguna vez hubiera hecho o intentado alguno de esos actos, en este momento no tendría semejantes deseos, pues, pensé, sabría dónde detenerme, me habría fijado unos límites. Descubrí que no tenía límites porque mi inmovilidad había hecho que nunca los fijara; qué límites podría fijar alguien que nada había explorado. Y me di cuenta que mi fe era una mentira risible y, por eso, mucho más dolorosa. Mi dolor no provenía de haber cometido errores o haber sido malvado, sino de la estupidez de no haber hecho nada que valiera la pena. Me di cuenta que según mi supuesta fe, debería estar feliz de ir al lado de Dios. Y me asustaba pensar que semejante idea, en lo más sincero de mí mismo, me parecía un cuento para imbéciles. Y casi me asombraba que las personas eran indiferentes a mi confusión, a mi dolor. Y llegué a preguntarme por qué el cielo estaba igual que siempre, como si nada. Y el peso de la noticia me hacía sentir el cuerpo flojo, como si no hubiera dormido tres noches. Y el cuerpo flojo me hacía sentir con gran urgencia la enojosa necesidad de desalojar el vientre. Y pensé que, puesto que ya casi era un muerto –¿qué son seis meses o doce o más?– qué importaba defecar en cualquier calle o incluso en mis propios pantalones. Y por primera vez en mi vida desafié a mis necesidades fisiológicas pues sentía que ya ni eso me importaba, pero en un último momento antes de cagarme en los pantalones, mareado por el efecto de la noticia que estaba procesando, entré en un “baño público” de tres pesos en la entrada del túnel cerca del Mercado Hidalgo. Y por primera vez en mi vida, increíble paradoja, no me disgustó ni me molestó sentirme un sucio animal haciendo ese acto inmundo y secreto: cagar. Y al observar la mierda no pude menos que pensar que en pocos meses, en algunos días yo sería algo no menos repugnante que esos pedazos de caca de los que me había desprendido. Y sentí náuseas y sentí, más que nunca, odio y consideré la posibilidad de suicidarme despedazándome contra el asfalto después de lanzarme del lugar más alto de Guanajuato. Y la ciudad que me miraba ir y venir, el mundo que me juzgaba loco, los taqueros de la calle, los taxistas que me obstruían, los periódicos y los periodiqueros, los vecinos que me saludaban de lejos, mis escasos amigos que encontré y rehuí, el ambiente que, siendo el mismo, era diferente para todos; pero peor que para todos lo era para mí; los enamorados que se besuqueaban en las bancas, los árboles, el aire soplando normal, las piedras de los edificios, los pájaros cambiándose de lugar, divirtiéndose en bandadas que viajaban de un edificio a un árbol y luego invertían el viaje, no me tenían compasión; nadie tenía un poco de sentimiento para mí, que era ya casi un muerto, pero así pasaba porque no lo sabían y si lo hubieran sabido, no les importaría, ocurriría lo mismo. Y creí sentir que me odiaban, igual que lo sentí del doctor. Y noté que yo también los odiaba. Y caminé hasta que no pude más, pensando en que debía de atreverme a matar; repitiéndome la pregunta ¿por qué, Dios santo; por qué, Dios mío? Y empezaba a maldecir todo cuanto veía pero también le pedía perdón a Dios pero luego volvía a maldecir. Y pensé en maldecir también a Dios que así me castigaba. Y pensé “es que si esto ocurre es porque Dios no existe”. Y me senté en una banca de la Plaza de Mexiamora; ya eran las doce de la noche. Y me puse a llorar en silencio, sin moverme, como si ya estuviera muerto. Pensaba que mi vida entera era una estafa: si Dios existe se estará burlando de mi estupidez, por creer en su bondad, por esperar que mi comportamiento, tan perfecto como podía tenerlo un ser humano, había sido inútil. Si Dios no existe, entonces he sido uno de los seres más imbéciles del universo, pues he dejado pasar la vida sin conocerla a cambio de respetar una falsedad. Y las lágrimas me recorrían la cara y me mojaban la camisa. Y los mocos me escurrían hasta la boca y más abajo y no me importaba. Y llegaron dos borrachos que me invitaron a beber un líquido que hedía (shúpale, carnal; éshate un trago, cabrón) y no me moví; sólo levanté el rostro un poco para mirarlos sin hacer ningún gesto y los borrachos vieron mi cara (ay, güey, ¿pos qué te p’só, cabrón?; ya sé, te dejó tu vieja, ¿no? Ay, no mames, ¿siguesh shillando? entosh se te murió tu vieja; ¿no? Tampoco. No pos entos sí está más cabrón. No, güey, no nos vayas a decir, no nos digas nada de tu mamacita ni de tus hijitos, carnal. Eso sí es más cosa seria. Vámonos, hijo, este güey sí tiene un pedo más cabrón. Mis respet’s, s’ñor). Y se fueron. Y los maldije y pensé que en ese momento me habría gustado estar tan borracho y ser tan cretino y necio como ellos. Y me asaltó otra pregunta que espantosamente decía ¿Y todo... para qué... para qué?&lt;br /&gt;Luego llegaron dos policías (aquí no puedes dormir, amigo, circulando, circulando); no hice movimientos, no atendí, como si no existieran. Uno de ellos me picó en la pierna con la macana y algo dijo sobre una prohibición para dormir en las bancas de la calle. Seguí sin hacerles caso, oí los sonidos de su radio de comunicación y que hablaban con otros policías en la demarcación (este sujeto está drogado. Te vamos a remitir, cabrón. ¡Párate!). Me agarraron de las axilas y me pusieron de pie como a un espantapájaros, me hicieron sacar todo lo que traía en los bolsillos, obedecí como si fuera un muerto. Me colocaron con las manos contra la pared y me separaron los pies a empujones después de engancharlos con sus botas. Me manosearon por todo el cuerpo y no encontraron más que el sobre en donde se encontraba el diagnóstico del fin de mi vida y lo revisaron y nada entendieron. Llamaron a una patrulla y me subieron a empellones. No intenté defenderme. Me acusaron de consumir drogas y alcoholizarme en la vía pública sin evidencia, hubiera bastado que les dijese que era un casi agonizante y me hubieran dejado libre pues todos los hombres tienen una consideración prejuiciada al que está cerca de la muerte siempre y cuando esté a su lado porque si no está cerca es mejor que se muera y que no moleste con su presencia que pronto será un despojo pútrido, pues nadie quiere tratos con la muerte. Y me di cuenta que me hubiera gustado matar a uno de esos policías estúpidos, jóvenes y arbitrarios y así descubrí que la muerte está muy cerca de todos y nadie lo sabe ni quiere darse cuenta, porque noté que hubiera sido bastante fácil matar a uno de ellos; total, yo ya era casi un muerto.&lt;br /&gt;Me presentaron ante el ministerio público, un hombre casi joven aunque lo disimulaba por culpa de una perversa calvicie que lo hacía ver como cuarentón; además de ello, lo notorio del MP era una casi insufrible vulgaridad, una mirada de gato matrero y la obesidad incipiente de los que reposan como trabajo y han terminado por hacer del sedentarismo una profesión. Después de que me revisara un médico que, después de examinar mis signos vitales y hacerme pruebas de alcoholismo y drogadicción (camine por esta línea del suelo. Cierre los ojos y levante los brazos en cruz y, sin abrir los ojos, tóquese los dos pulgares en un solo movimiento, sópleme un ojo), pruebas que resultaron negativas. No se dio cuenta, en su examen, por supuesto, que yo era un moribundo y, supongo, les diría que no estaba ni borracho ni drogado. De cualquier manera me impusieron una multa de cuatrocientos pesos o bien tres días de reclusión. Casi me parecía bien estar tres días encerrado en la cárcel. En toda mi vida ni siquiera me había imaginado cómo podría ser una cárcel de verdad, o al menos un centro de los que llaman preventivo. Y me metieron a la cárcel –un sitio nauseabundo, con un simple hoyo en el suelo para defecar, sucio hasta los techos, listo para cualquier tipo de promiscuidad, con gente tirada durmiendo o meditando sus odios– por primera vez en mi vida.&lt;br /&gt;En este pueblo todos nos conocemos, al menos todos los que somos de las familias tradicionales, entiéndase, las acomodadas; alguien me reconoció. Me mandaron llamar y el carcelero me condujo hasta el ministerio público, el gato matrero y ahora se añadía el juez calificador, un viejo más calvo que el MP, con monstruosas ojeras y que parecía más ancho que alto, pues llegaría al metro y medio de estatura, y no dudo que midiese lo mismo de cintura. Con amabilidad, me hicieron sentar ante ellos y despidieron a los policías.&lt;br /&gt;–¿Usted es don Tranquilino Vallehermoso, de los Vallehermoso de Guanajuato, no es así? –me preguntó el ministerio público. Me hablaron muy condescendientes, reaccioné con actitudes que jamás hubiera imaginado en mí, no les contesté, sólo los miré con una tranquilidad que incluso a mí me pasmaba y a ellos les hacía sentir un vago nerviosismo.&lt;br /&gt;–Don Tranquilino, dígame, ¿quiere que castiguemos a estos muchachos que lo trajeron? Entiendo que debe estar molesto y es que éstos están cada vez más descuidados, no se fijan en las personas que remiten, creerán que pueden agarrar a la gente de bien. Le pido que nos disculpe y le ofrezco mi amistad, señor. –Me dijo el juez; de pronto descubrí que saber mi destino final y su fecha era casi maravilloso pues me hacía sentirme tan ajeno a convenciones, amistades, prejuicios, compadrazgos. Si me voy a morir tan pronto de qué putas sirve ser de los Vallehermoso de Guanajuato y de qué sirve que este imbécil me ofrezca su amistad, de qué sirve que me den la libertad y me revoquen la multa. Me salí del sitio sin dar las gracias. Pensé que en otro tiempo eso, obtener mi libertad sin pronunciar una sola palabra y ni siquiera agradecerlo y aun haberla perdido antes, hubiera sido una verdadera hazaña. En este momento me parecía tan trascendental como la mierda que a cambio de tres pesos había enviado a los desechos por el escusado del túnel del mercado.&lt;br /&gt;Llegué caminando a la casa de mis tías en el Callejón de La Cabecita. Noctámbulas de sala a recámara y a cocina, me esperaban en bata de dormir. Me miraron las dos viejas decrépitas, ridículas, intransigentes en sus cursilerías y en sus sobreprotecciones más que pendejas y totalitarias de toma leche caliente, ponte calcetines para dormir que hace frío, cierra la puerta con llave y con trancas por favor, para dormir tranquilas. Estaban despiertas a horas más que inconvenientes para ellas y me miraron extrañadas, me esperaban y tan sólo por eso no se habían dormido. Destruido, frente a ellas me derrumbé llorando. Hincado, con mi rostro sollozante entre sus regazos, sin que mediara explicación las dos empezaron a sollozar conmigo. “Ay mi niño, ¿qué tienes, por qué lloras, papacito mío?”. Y lloraban como becerras y mis chillidos no eran menos que los de ellas. “¿Qué te pasó, amor mío?, ¿quién te hizo daño, amor de mi vida?”. Y yo las abrazaba entre hipadas de llanto y ellas me acariciaban y lloraban sumidas en el más desolador desconsuelo y el desconcierto de un enigma que les parecía aterrador. Era algo espantoso lo que les hacía. No tenían la menor idea de la causa de mi llanto y eso era terrible para ellas y aun así, sin saber la causa de mi gran dolor lo compartían conmigo. Me levantaron y me acariciaban y lloraban desesperadas y me preguntaban qué me pasaba y por qué había llegado a deshoras ya en la madrugada, si alguien me había golpeado y mi tía Sanjuana se fue llorando a hacerme un té caliente y la otra, Obdulia, llorando a gritos me echó un abrigo a los hombros y me quiso sentar en la sala para que le contara qué me había pasado y cuando Sanjuana regresaba con el té, dejé a la vieja tía Obdulia sobrecogida de miedo y preocupación, pues me solté de sus brazos, lancé el abrigo sobre un sofá y me fui a encerrar a mi recámara, puse el seguro y se quedaron llorando en la sala aterrorizadas y preguntándose qué maldita cosa me pasaría. A grito pelado se pusieron a tocar mi puerta, a pedirme que por amor de Dios les dijera que me pasaba sin dejar de llorar; luego empezaron a telefonear a la parentela avisando en una retahíla confusa y entre lloriqueos que yo había llegado llorando y me había encerrado. Ni sospechaban que me iba a morir antes que ellas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2411986522786478893-1431423113684541729?l=novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/feeds/1431423113684541729/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/01/una-muerte-inmejorable-captulo-i.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/1431423113684541729'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2411986522786478893/posts/default/1431423113684541729'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://novelaunamuerteinmejorable.blogspot.com/2009/01/una-muerte-inmejorable-captulo-i.html' title='Una muerte inmejorable. Capítulo I'/><author><name>Pterocles Arenarius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06102376331503675433</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2411986522786478893.post-2599716419340176469</id><published>2008-12-29T12:53:00.000-08:00</published><updated>2008-12-29T13:27:21.401-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='De la primera aproximación entre Tranquilino Vallehermoso y Pterocles Arenarius'/><title type='text'>Inicio de Una muerte inmejorable</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:180%;"&gt;Una muerte inmejorable&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Pecar es ser no ritual&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Pterocles Arenarius)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Índice:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;Epígrafes                                                                  &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Bebía cerveza…                                                  &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Capítulos:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;  I           Natural como la muerte                                     &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt; II         ¿Sabré morir?                                                     &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;     III       Duelo de madres. Paraíso                                      &lt;br /&gt;      IV        La bestia que me habita (y nunca lo supiera)      &lt;br /&gt;     V          Belleza es verdad. Verdad es belleza…*               &lt;br /&gt;    VI        ¿Quién era? No soy. Moriré.                                 &lt;br /&gt;  VII      Devolver algo de mierda                                       &lt;br /&gt; VIII     Pecar el resto de la vida                                       &lt;br /&gt;    IX        Bienventuranza. Maldición                                    &lt;br /&gt;    X          El Inframundo                                                        &lt;br /&gt;  XI        Atisbos                                                                     &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;XII      Rebeldía, dulce rebeldía                                      &lt;br /&gt;XIII    Bendita carne                                                       &lt;br /&gt; XIV     Sexo y muerte                                                         &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;XV      Cajones                                                                  &lt;br /&gt;XVI    El puente de Cajones (Primera escaramuza) &lt;br /&gt;XVII  Primera muerte                                                 &lt;br /&gt;XVIII.Lucha y Gloria                                                    &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;XIX    Coger en Cajones                                                &lt;br /&gt;XX     ¿Por qué no morir en Cajones?                        &lt;br /&gt;XXI    Pecados capitales. Aleluya                               &lt;br /&gt;XXII  La batalla de Guanajuato                                &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Epílogo                                                                             &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Epígrafes&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Hay un mundo más allá del nuestro,&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;em&gt;un mundo lejano cercano e invisible.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;em&gt;Ahí vive Dios, viven la muerte, los&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;em&gt;espíritus y los santos; es un mundo&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;em&gt;donde todo ha sucedido y todo se sabe.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/em&gt;&lt;div align="left"&gt;María Sabina&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;El infierno bien puede existir en este mundo,&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;em&gt;al igual que el paraíso. Más aun, ambos, infierno&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;em&gt;y paraíso están en el coleto de cada uno.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;em&gt;Y, en todo caso, sus existencias dependen de&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;em&gt;nuestras personales creaciones.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/em&gt;&lt;div align="left"&gt;Jorge Arturo Borja López&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;em&gt;¿Alguna vez se te ocurrió que el mal&lt;br /&gt;y el bien son nombres que designan la&lt;br /&gt;misma cosa? ¿Que Dios podría ser al&lt;br /&gt;mismo tiempo bueno y malo?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/em&gt;&lt;div align="left"&gt;Phillip K. Dick&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;em&gt;Morir es harto fácil. Más difícil es vivir.&lt;br /&gt;Y muy inútil. Y es el miedo de morir el que&lt;br /&gt;le da su gran valor a la vida, pero ningún&lt;br /&gt;sentido.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;Jorge S. Luquín&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;em&gt;La gente es feliz pero no se da cuenta.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;Enrique Galván Ortiz&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;em&gt;Corta una madera, allí estoy yo.&lt;br /&gt;Levanta una piedra, ahí me encontrarás.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;Evangelio (“apócrifo”) agnóstico de Santo Tomás&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Lo que no experimentes positivamente&lt;br /&gt;lo experimentarás negativamente.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;Joseph Campbell&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;Bebía mi primera cerveza, de dos que bebería cuando llegó El Podrido con su mochila de excursionista polar, unos diez instrumentos eléctricos, electrónicos o de otra índole (grabadora reportera, discman, cámara fotográfica, lámpara, anteojos, navaja de montañista, etcétera) colgados del cinturón y su muestrario de madera tipo portafolios sobrecargado de pulseras y colguijes. Por alguna razón hablamos –como habríamos hablado de cualquier otro tema– de los amigos comunes de Guanajuato y cuando llegó a uno, Tranquilino Vallehermoso, puso más énfasis que lo normal.&lt;br /&gt;―Sí, Pterocles, este bato peló gallo, dicen quesque a Europa, pero nadie sabe bien a bien adonde mero. Y me dejó este choro –abrió su mochila y sacó un fajo de hojas–, en la más buena onda, no dijo móchate con un varo, nada. Cuando Tranquilino Vallehermoso tuvo su problema ya no le importó nada. Pero lo chingonométrico del señor es que no se venció. Yo ya había leído e
